Capítulo 20 #2
—Llegó un momento en que compartíamos casa... pero yo ya no sabía en qué momento podía acercarme a ti.
Mi voz sale más baja.
—Vivía esperando el momento adecuado para hablar contigo.
Aprieto los dedos contra la madera de la barandilla.
—El problema es que ese momento nunca llegaba.
Max tarda varios segundos en responder y cuando lo hace, su voz apenas supera un murmullo.
—Pensaba que te estaba dando espacio.
La respuesta me obliga a levantar la cabeza, no porque me convenza sino porque jamás se me habría ocurrido.
—¿Espacio?
—Creía que era lo que necesitabas —me responde asintiendo con la cabeza.
Niego casi sin darme cuenta.
—Lo que necesitaba era a ti.
Las palabras salen solas y durante unos segundos ninguno de los dos parece capaz de moverse.
—No supe verlo —me dice después de inspirar hondo.
—No, no lo visto —le contesto con cansancio en la voz y aparto la mirada hacia el mar—.
Había días en los que deseaba que llegaras a casa y me preguntaras cómo estaba.
No esperaba que solucionaras nada. Solo quería que te sentaras conmigo en el sofá y me dijeras que aquello también te estaba haciendo daño.
Trago saliva.
—Pero tú nunca lo hacías.
Max apoya las manos sobre la barandilla.
—Porque estaba convencido de que, si me derrumbaba delante de ti, todo sería todavía peor.
Lo miro de frente.
—¿Te das cuenta?
Él frunce ligeramente el ceño.
—¿De qué?
—Los dos intentábamos proteger al otro.
Una sonrisa triste cruza su rostro.
—Sí.
—Solo que, mientras tú intentabas protegerme, yo pensaba que ya no te importaba lo suficiente.
Veo cómo aprieta la mandíbula y no me discute nada, ni trata de convencerme de que interpreté mal las cosas.
Simplemente deja que mis palabras ocupen el lugar que deberían haber tenido hace cinco años.
Lanzo un hondo suspiro, porque sé que aún no he llegado a la parte que más miedo me da.
Durante años he conseguido hablar de nuestra ruptura, incluso de Londres, hasta del día en que hice las maletas, pero hay un tema que siempre he evitado, porque solo nombrarlo significaba regresar a él y nunca me sentí preparada.
Aprieto los dedos entre sí antes de continuar.
—Después llegó el embarazo.
Max cierra los ojos un instante y basta esa reacción para comprender que él tampoco ha dejado de vivir con ese recuerdo.
—Nunca llegamos a disfrutarlo —susurro.
Él niega muy despacio.
—No.
—Todo ocurrió muy deprisa.
Todavía recuerdo el día que salimos de la consulta con aquella primera ecografía y los dos sonreíamos como dos idiotas.
Habíamos pasado todo el camino de vuelta imaginando nombres que seguramente nunca habríamos elegido de verdad.
A quién se parecería, de qué color pintaríamos las paredes de su habitación, qué dirían nuestras familias…
Habíamos empezado a construir una vida entera en menos de una hora y desapareció igual de rápido.
—Cuando lo perdimos... —noto que la garganta se me empieza a cerrar y tengo que detenerme un momento.
Max no dice nada, ni siquiera intenta acercarse, solo espera.
—No fue solo el bebé.
Levanto la vista hacia él.
—Sentía que también te estaba perdiendo a ti.
Él baja la cabeza.
—Salimos del hospital y tú empezaste a comportarte como si hubiera que seguir adelante cuanto antes.
Max abre la boca para responder, pero vuelve a cerrarla.
—¿Sabes lo que yo veía? —le pregunto.
Él niega.
—Veía a un hombre que no lloraba— le digo y la voz se me empieza a romper—.
Que no hablaba, que volvía al trabajo, que me preguntaba si había comido, pero nunca me preguntaba cómo estaba.
—Una lágrima resbala por mi mejilla y me la limpio con el dorso de la mano antes de continuar—.
Necesitaba verte roto conmigo y pensar que el aborto también te había destrozado tanto como a mí.
Porque, cuanto más fuerte intentabas ser, más convencida estaba de que yo era la única incapaz de salir de aquel agujero.
Durante unos segundos ninguno de los dos habla.
Al levantar la vista, descubro que Max me mira de una forma distinta.
Por primera vez, tengo la sensación de que entiende de verdad lo que intento explicarle y eso hace que también empiece a preguntarme qué estaba viviendo él mientras yo llegaba a esa conclusión.
Max tarda tanto en responder que llego a pensar que no va a hacerlo. Mantiene la vista fija en el mar y tiene las manos apoyadas sobre la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le han quedado blancos. Cuando empieza a hablar, apenas reconozco su voz.
—Creía que, si me rompía delante de ti, tendría que ser yo quien volviera a levantarnos a los dos.
—¿Qué quieres decir? —le pregunto frunciendo un poco el ceño.
Él lanza un suspiro antes de responderme.
—Toda mi vida he reaccionado igual cuando algo va mal. Busco una solución, un plan, algo que hacer… —Esboza una sonrisa que desaparece enseguida—. El problema es que aquello no tenía solución.
Permanezco en silencio y él sigue hablando.
—El día que salimos del hospital llegué a casa convencido de que, si me permitía caer, ya no iba a saber levantarme. —Levanta por fin la cabeza y me mira. Tiene los ojos enrojecidos—. Así que hice lo único que sabía hacer.
—Trabajar —susurro.
Asiente.
—Trabajar, mantener la rutina y fingir que todavía era capaz de controlar algo.
Niego despacio con la cabeza.
—Yo pensé que estabas escapando —confieso.
—Lo estaba.
Su respuesta me sorprende.
—Pero no escapaba de ti, sino de mí mismo.
No sé qué responderle, porque jamás imaginé que diría eso.
—Había momentos en los que entraba en la habitación y esperaba escuchar algún ruido, pero después recordaba que nunca iba a oírlo —se pasa una mano por la cara antes de continuar.
Siento un nudo en la garganta.
—No podía mirar aquella habitación —dice y se le empieza a romper la voz—.
Ni mirar la ecografía que seguía encima de la cómoda, ni abrir el cajón donde habíamos guardado el chupete y los zapatitos que compramos.
—Cierra los ojos un instante—. No podía hacer nada de eso contigo delante porque tenía la sensación de que, si empezaba a llorar, no iba a parar nunca.
Una lágrima resbala por mi mejilla, pero no me la limpio, simplemente dejo que caiga.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Él tarda unos segundos en contestar.
—Porque veía cómo me mirabas.
—¿Cómo te miraba? —le pregunto frunciendo el ceño.
—Como si estuvieras intentando mantenerte en pie a la fuerza. —Aprieta los labios—. Pensé que necesitabas que uno de los dos siguiera funcionando.
No puedo evitar negar con la cabeza.
—No, Max —le digo casi en un susurro inaudible—. Lo que necesitaba era que dejaras de fingir.
Él baja la mirada.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —le respondo dando un paso hacia él—. Porque todas las noches esperaba que entraras en la habitación y te sentaras a mi lado. Esperaba que me abrazaras y me dijeras que también estabas destrozado.
Siento que las palabras se escapan de mis labios sin que pueda detenerlas.
—Necesitaba llorar contigo y pensar que no era la única incapaz de seguir adelante.
Max cierra los ojos.
—Lo era.
Niego con fuerza con la cabeza.
—No lo parecía.
Él asiente con una tristeza que me rompe por dentro.
—Ese fue mi error.
Nos quedamos mirándonos unos segundos. De pronto entiendo lo que nunca fui capaz de ver.
Durante cinco años los dos vivimos el mismo dolor, pero yo interpreté su silencio como si ya hubiera seguido adelante.
Él, en cambio, estaba convencido de que mantenerse fuerte era la única forma de sostenernos a los dos. Suelto el aire despacio.
—¿Sabes qué fue lo peor? —le pregunto soltando el aire despacio.
Max mantiene la vista fija en mí, pero no me responde, aunque no hace falta.
—Lo peor no fue perderlo. —Tengo que detenerme un instante, porque la garganta se me cierra—. Lo peor fue pensar que lo había perdido sola.
Veo cómo algo cambia en la expresión de Max, aunque no intenta ocultarlo, ni intenta recomponerse.
Simplemente deja de sostener el peso que lleva cargando desde hace cinco años.
Se lleva una mano a la boca, cierra los ojos y durante unos segundos no consigue hablar.
Cuando vuelve a abrirlos, ya no queda nada del hombre que siempre parecía tener el control, solo está Max.
El hombre del que me enamoré y a quien también rompió aquella pérdida.
Da un paso hacia mí y se detiene muy cerca.
—Perdóname —me dice.
—No necesito que me pidas perdón —le respondo negando despacio con la cabeza.
—Yo sí —me dice con la voz rota por completo—. Porque te dejé cargar con algo que también era mío.
Las lágrimas empiezan a caerle mejillas abajo sin que haga el menor intento por contenerlas. Es la primera vez que lo veo llorar. La primera, pero cinco años tarde y me duele tanto como imaginaba. Levanto una mano y le acaricio la mejilla y él cierra los ojos al notar el contacto.
—Pensé que estabas mejor sin verme venirme abajo —murmura e inspira con dificultad.
Después me mira con una sinceridad que nunca había visto.
—Hay una cosa que necesito que sepas.
Espero y me toma de la mano y me la aprieta.
—Nunca conseguí superarlo.
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros y, por primera vez desde aquella noche en el hospital, comprendo que los dos hemos estado llorando al mismo hijo. Solo que lo hicimos separados.