Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Diana

Desde que Naomi encontró la fotografía ampliada, la casa parece la misma y, al mismo tiempo, completamente distinta.

Nadie habla del tema durante la comida, pero noto que todos piensan en ello.

Brock intenta mantener el ambiente animado contando una historia absurda sobre un cliente que confundió un yate con un ferry y Devon le sigue el juego.

Amara lo corrige tres veces en menos de cinco minutos porque, según ella, exagera incluso cuando no hace falta.

Dorian consigue que Oliver se ría haciendo sonidos con la boca y Elsie termina riéndose más que el propio bebé.

Por mi parte, sonrío cuando toca y respondo cuando alguien me pregunta algo.

Pero mi cabeza está en otra parte. No dejo de pensar en la fotografía y en la expresión de Max cuando la vio y, sobre todo, en la conversación que tuvimos a solas hace unas horas.

Por primera vez en cinco años, dejamos de hablar de lo que pasó después y empezamos a hablar de lo que sentimos mientras ocurría. Creía que eso me ayudaría, pero solo ha conseguido crear preguntas nuevas.

—¿Quieres un poco más? —me pregunta Elsie levantando la fuente de ensalada.

Levanto la vista.

—No, gracias.

Ella deja la fuente sobre la mesa y me observa un momento.

—¿Seguro que estás bien?

Antes de que pueda responder, Brock interviene desde el otro extremo de la mesa.

—Está pensando en el misterio.

Naomi niega mientras corta un trozo de pan.

—No. Está pensando en otra cosa.

La miro y me sostiene la mirada un momento y después continúa comiendo sin decir nada más. Sabe cuándo hacer preguntas y también sabe cuándo es mejor no hacerlas.

Después de comer, Brock propone bajar otra vez a la playa.

—Prometo no organizar ninguna actividad.

—Eso ya es una actividad bastante prometedora —le responde Amara arqueando una ceja.

—Empiezo a sentirme atacado.

—Pues vas tarde…

Las risas vuelven a invadir la terraza y el grupo termina aceptando el plan.

Así que bajamos caminando hasta la arena.

Una vez en la playa, Oliver descubre que las olas hacen ruido y pasa varios minutos completamente fascinado, moviendo los pies dentro del carrito.

Dorian le toca la naricilla con la punta del dedo.

—No te emociones tanto, porque si luego quieres llevarte el mar a casa, tu madre me va a echar la culpa —le dice a media voz al niño.

Me quedo un poco apartada, observándolos. Max está cerca de ellos, aunque no dice nada, solo escucha cómo Dorian explica que su hijo ya tiene más personalidad que la mitad de sus amigos.

—Eso no es difícil —comenta Devon.

—Lo dices porque todavía no has discutido con él.

—Tiene seis meses —le recuerda Devon.

—Precisamente. Ya gana todas las discusiones.

Elsie rompe a reír y Max también. En ese momento levanto la vista casi sin darme cuenta y él me descubre mirándolo, aunque ahora no aparto los ojos.

Hace unos días habría sido incapaz de sostener esa mirada, ahora, en cambio, ya no me da miedo encontrarme con él.

Sin embargo, lo que me asusta es todo lo que siento cuando ocurre.

Aparto la vista hacia el mar, aunque no me sirve de mucho, porque sigo notando su presencia, aunque no lo mire.

Naomi termina acercándose hasta mí. Camina despacio, con las zapatillas en la mano y los pies hundiéndose en la arena húmeda.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Nunca esperas a que te dé permiso —le respondo con una sonrisa.

—Es verdad.

Se coloca a mi lado y mira el horizonte.

—¿Has decidido qué vas a hacer con Londres?

Me hace la pregunta de forma tan natural, que me coge totalmente desprevenida y tardo unos segundos en responderle.

—No.

—¿Y con Max?

Suelto una risa breve.

—Mucho menos.

Naomi asiente despacio.

—Tiene sentido.

Permanecemos unos instantes contemplando el agua y después vuelve a hablar.

—Llevas días intentando encontrar una respuesta definitiva.

—¿Y?

—Empiezo a pensar que estás haciéndote la pregunta equivocada.

La miro.

—Ilumíname.

—Sigues preguntándote si puedes volver a confiar en él.

Frunzo ligeramente el ceño.

—Es una pregunta bastante importante.

—Sí —asiente y hace una pausa antes de continuar—. Pero creo que la de verdad es otra.

Espero y observo cómo Naomi se gira hacia mí.

—¿Has conseguido perdonarte a ti?

Sus palabras me dejan completamente inmóvil.

—¿Perdonarme... por qué?

—Por seguir queriéndolo.

Noto un nudo en la garganta, porque nunca lo había pensado de esa manera.

Durante cinco años me convencí de que había seguido adelante, que Londres era mi hogar y que la etapa de Nueva York había quedado atrás.

Sin embargo, ahora descubro que una parte de mí ha seguido viviendo en el mismo sitio donde todo se rompió.

No porque siguiera esperando a Max, sino porque nunca me permití mirar aquel dolor de frente.

Bajo la vista hacia la arena.

—No lo sé —le respondo bajando la mirada hacia la arena.

Naomi se queda en silencio y agradezco que no diga nada más. Porque, por primera vez desde que llegué a los Hamptons, empiezo a sospechar que quizá el problema nunca fue volver a encontrarme con Max sino conmigo.

La tarde se alarga entre conversaciones que apenas consigo seguir.

Brock organiza un partido improvisado de voleibol con una pelota que encuentra en la playa y Devon protesta porque asegura que jugar descalzo es una pésima idea.

Amara le responde que el verdadero problema es su espíritu competitivo y no el calzado.

Cinco minutos después los dos discuten sobre una pelota que ha caído claramente fuera según uno y claramente dentro según el otro.

Finalmente, Elara termina haciendo de árbitro.

Dorian aprovecha el caos para sentarse en una toalla junto a Oliver y explicarle, con absoluta seriedad, que toda amistad verdadera acaba sobreviviendo a una discusión absurda.

—No les hagas mucho caso —le dice al bebé—. En un rato estarán tomando una cerveza juntos.

—Estoy oyendo eso —protesta Devon desde la arena.

—Entonces ya sabes cómo acaba la historia.

Las carcajadas vuelven a llenar la playa y aunque intento contagiarme de ese buen humor no lo consigo, porque cada vez que levanto la mirada me encuentro con Max. No me persigue, ni busca quedarse a solas conmigo. Simplemente está más cerca que antes.

Si alguien necesita ayuda para mover una mesa, aparece él.

Si Dorian tiene que subir el carrito por la pasarela de madera, es el primero en echar una mano.

Si Elsie necesita ir un momento hasta la casa, Oliver termina unos minutos en brazos de Max mientras ella vuelve.

No son gestos extraordinarios y precisamente por eso me conmueven.

Porque durante años olvidé cómo era compartir la vida con él cuando no ocurría nada importante.

Empieza a refrescar cuando el grupo decide regresar a la casa. Amara propone preparar algo caliente para cenar y Brock asegura que él puede encargarse.

—No —responden cuatro voces al mismo tiempo.

—No entiendo esta campaña contra mis habilidades culinarias —responde Brock levantando las manos.

—Se llama instinto de supervivencia —contesta Elsie.

Todos entran en la casa entre bromas, mientras yo me quedo unos segundos más en la terraza que da al mar. Necesito aire y apoyo las manos sobre la barandilla, mientras la brisa me despeja un poco la cabeza. De repente escucho unos pasos detrás de mí y no necesito volverme para saber quién es.

—Naomi dice que has desaparecido —comenta Max cuando está a mi lado.

—Entonces ya me habrá encontrado —le contesto con una sonrisa sin apartar la vista del agua.

Él se coloca a mi lado dejando un espacio prudente entre los dos.

—Supongo que sí.

Permanecemos unos instantes contemplando el mar en silencio y me sorprende que no me resulta incómodo, a pesar de que hace unos días me habría sentido obligada a decir algo para llenar ese silencio.

Ahora, en cambio, descubro que lo que realmente me inquieta no es callar, sino saber que, cuando hablo con él, siempre termino diciendo más de lo que pensaba.

—He estado pensando en lo que dijiste en el embarcadero —empieza a decir él.

Cierro los ojos un instante.

—Yo también.

—La verdad es que no he dejado de darle vueltas.

—¿A qué parte?

Él tarda unos segundos en contestar.

—A cuando dijiste que sentías que estabas sola.

Noto que el pecho se me encoge, porque llevo los cinco últimos años evitando esta conversación. Cinco años diciéndome que ya no hacía falta remover el pasado y, sin embargo, me basta con escuchar lo que me acaba de decir para entender que sigue en el mismo punto donde lo dejamos.

«Sola». Sí, así es como me sentí.

—No fue de un día para otro —le contesto y apoyo los antebrazos sobre la barandilla.

Max permanece completamente quieto y no intenta interrumpirme, ni me pide explicaciones, solo me escucha.

—Al principio pensaba que todo era cuestión de tiempo. Que estabas pasando una época complicada y que, cuando terminara aquel proyecto, volveríamos a ser nosotros.

Sonrío con amargura.

—Pero después llegó otro proyecto.

Miro el mar.

—Y luego otro.

La voz apenas me tiembla, algo que me extraña. Pensaba que recordar aquello me rompería otra vez, pero lo que siento ahora es cansancio de haber cargado con esa conversación pendiente durante demasiado tiempo.

—Intentaba convencerme de que era normal —continúo—. Que todas las parejas pasan por momentos difíciles y que solo había que esperar un poco más.

Max baja la cabeza y sigue sin decir nada.

—¿Sabes cuándo empecé a tener miedo de verdad?

Él niega despacio con la cabeza y yo lo miro por primera vez desde que hemos empezado a hablar.

—Cuando dejé de contarte las cosas pequeñas.

—¿Las cosas pequeñas? —me pregunta frunciendo ligeramente el ceño.

Asiento.

—Las tonterías del trabajo, una comida con una amiga, algo divertido que había pasado durante el día…

Hago una pausa.

—Porque siempre pensaba que ya tendrías bastantes problemas con tus cosas.

Max cierra los ojos un instante.

—Diana...

Levanto una mano con suavidad.

—Déjame terminar.

Él asiente inmediatamente sin protestar.