Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Max

Oliver se despierta poco después de las dos de la madrugada con un llanto que atraviesa la casa entera.

No tarda mucho en volver a callarse, pero cuando bajo a por un vaso de agua encuentro a Elsie caminando despacio por el salón con el niño en brazos.

Tiene el pelo alborotado y unas ojeras que hablan por ella.

—Creo que hoy ha decidido que dormir está sobrevalorado —comenta al verme aparecer.

Me apoyo un momento en el marco de la puerta.

—¿Lleva mucho rato así?

—Casi una hora —resopla con resignación.

Oliver protesta otra vez mientras mueve las piernas y Elsie intenta mecerlo con paciencia, aunque el cansancio empieza a notarse en la forma en que cambia el peso de un brazo al otro. En ese momento aparece Dorian por el pasillo con la camiseta del revés y tarda unos segundos en darse cuenta.

—¿Sigue despierto? —pregunta mientras bosteza.

—Ha conseguido dormirse dos veces y las dos ha decidido que era una mala idea.

Dorian se acerca enseguida.

—Dámelo —le susurra Dorian acercándose a Elsie, pero ella niega con la cabeza con una sonrisa agotada.

—Llevas dos noches levantándote antes que yo —musita ella.

—Eso da igual.

—No, no da igual —insiste Elsie.

Los observo discutir en voz baja y no puedo evitar sonreír. Ninguno quiere que el otro cargue con más cansancio. Intentan protegerse incluso cuando apenas son capaces de mantenerse despiertos.

—Si os sirve de algo, puedo quedarme con él un rato —les corto acercándome a ellos.

Los dos levantan la cabeza al mismo tiempo.

—No hace falta —responde Dorian casi por reflejo.

—Claro que hace falta —contesta Elsie antes de mirarme—. ¿Seguro que no te importa?

—Estoy completamente despierto.

Dorian duda unos segundos.

—Solo hasta que se duerma otra vez.

—Trato hecho —le respondo a mi amigo con una sonrisa.

Elsie me pone a Oliver entre mis brazos con mucho cuidado y, al instante, el pequeño deja de llorar casi al instante. De repente, empieza a observarme con una seriedad impropia de alguien que todavía no sabe hablar.

—No pongas esa cara. Yo tampoco sé qué hago —le susurro y le doy un beso en la cabecita.

Elsie deja escapar una risa.

—Creo que acaba de elegirte.

—No le des ideas.

Dorian recoge el biberón vacío de la mesa.

—Si protesta mucho, avísanos.

—Lo haré —le respondo asintiendo con la cabeza.

Elsie y Dorian se toman de la mano y los observo cómo suben las escaleras hacia su dormitorio casi arrastrando los pies.

Cuando desaparecen, vuelvo al sofá con Oliver apoyado sobre mi pecho.

No hago nada especial, simplemente me quedo quieto y le acaricio la espalda con movimientos lentos mientras su respiración empieza a acompasarse con la mía.

Al cabo de unos minutos deja de moverse.

Lo observo moviéndome lo mínimo posible y veo que tiene una mano cerrada sobre mi camiseta y la cabeza apoyada justo debajo de mi barbilla.

No puedo evitar pensar que Dorian tenía razón.

Da miedo querer tanto a alguien tan pequeño.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que noto una presencia cerca. Abro los ojos despacio y me encuentro a Diana agachada junto al sofá. No dice nada, pero tiene toda su atención completamente centrada en Oliver.

Con muchísimo cuidado aparta un mechón de pelo de la frente del niño y el gesto es tan delicado que apenas consigue despertarme.

—Se ha quedado dormido —murmuro.

Ella levanta la vista hacia mí.

—Ya lo veo.

Miro al pequeño y sonrío sin darme cuenta.

—No quería soltarme.

Una sonrisa muy parecida aparece en sus labios.

—Parece que el sentimiento es mutuo.

Durante unos segundos ninguno dice nada más y noto algo distinto en cómo me mira. No sé explicarlo, pero no es nostalgia lo que veo en su mirada, ni tristeza. Quizá se parece más a alguien que acaba de encontrarse con un recuerdo que llevaba mucho tiempo evitando.

—¿No podías dormir? —le pregunto en un susurro.

—Lo he intentado, pero tenía sed y he bajado a por un vaso de agua —me responde con un vaso de agua en la mano. —Buenas noches, Max.

—Que descanses —musito mirándola a los ojos hasta que se da la vuelta.

La observo subir la escalera hasta perderse en la planta de arriba.

Aguanto un rato más despierto, porque no dejo de pensar en el gesto de su cara al verme con Oliver.

Durante años he imaginado cientos de formas distintas de volver a encontrarme con Diana, pero jamás se me había ocurrido que una de las más importantes sería verla contemplando a un bebé dormido sobre mi pecho.

Cuando me despierto otra vez, estoy solo y el salón está vacío.

Alguien ha debido de llevarse a Oliver sin despertarme.

Así que me incorporo, doblo la manta que me cubría las piernas y entro en la cocina todavía con el cuello agarrotado por haber dormido en el sofá.

El aroma del café ya ha invadido toda la casa y me encuentro con Brock sosteniendo una espátula frente a los fogones.

Amara, situada a su lado, observa la sartén con evidente preocupación.

—Te prometo que la tortita necesita que le des la vuelta —insiste ella.

—Confía en el proceso —le recuerda él.

—Eso mismo dijiste con la barbacoa y…

—Salió razonablemente bien —le corta Brock.

Devon entra en la cocina justo a tiempo para escuchar la última frase.

—Si por «razonablemente bien» te refieres a que casi incendiamos la terraza, estoy de acuerdo.

Las protestas de Brock provocan varias risas y, justo en ese momento, Diana aparece por la puerta. Nuestros ojos se encuentran un instante y lo que anoche vi diferente en su mirada, esta mañana continúa igual, solo que ahora parece disimularlo un poco mejor.

Durante el desayuno intento hablar con Diana un par de veces, pero siempre aparece alguien antes de que consiga formular una pregunta que no suene demasiado evidente.

Primero Brock decide que necesita una segunda opinión sobre las tortitas.

Después Elsie entra con Oliver en brazos y todos se concentran en averiguar por qué el niño está empeñado en agarrar el mantel.

Cuando por fin Diana se queda sola junto a la cafetera, su móvil vibra sobre la encimera.

Ella mira la pantalla y su expresión cambia de repente.

—¿Todo bien? —le pregunto mientras me acerco.

Diana bloquea el teléfono antes de guardárselo en el bolsillo.

—Sí. Solo era un correo del trabajo —me responde demasiado deprisa, como si estuviera muy nerviosa por algo.

—¿De Londres?

—Sí —asiente alzando la mirada hacia mí.

Antes de que pueda preguntarle algo más, Naomi entra en la cocina con varias de las fotografías de la boda bajo el brazo.

—Necesito enseñaros una cosa.

Diana parece agradecer la interrupción. Se aparta de la cafetera y sigue a Naomi hasta el salón sin volver a mirarme, yo la sigo. Naomi deja las fotos sobre la mesa baja y las reparte sobre la mesa. Brock, Devon y Elara se acercan enseguida. Alistair todavía no ha bajado.

—He estado comparando las imágenes de la boda —explica Naomi mientras señala dos fotografías tomadas desde ángulos distintos—. Hay algo que no encaja.

Devon se inclina para verlas mejor.

—¿El qué?

Naomi coloca un dedo sobre la primera imagen.

—Esta se hizo poco antes de la cena. Se ve la mesa de regalos al fondo.

Después señala la segunda.

—En esta, que debería ser posterior, la mesa vuelve a estar exactamente igual. Incluso las cajas están colocadas en la misma posición.

—Quizá nadie tocó nada —comenta Brock frunciendo el ceño y sin dejar de mirar las imágenes.

Naomi niega despacio con la cabeza.

—Eso pensé al principio, pero en otra fotografía aparece una de las cajas abierta. Si las imágenes están ordenadas como creíamos, tendría que haberse cerrado sola.

Elara coge una de las fotografías y la examina con atención.

—Entonces quizá las fechas estén mal.

—Puede ser —admite Naomi—. Pero algunas llevan anotaciones detrás.

Les da la vuelta y ve que en una se lee una hora y en otra aparece un número de mesa.

—¿Quién escribió esto? —pregunto.

—Eso mismo querría saber yo —me contesta Naomi girándose para mirarme.

Diana se agacha junto a la mesa.

—Alistair dijo que él guardó todas las fotografías.

—También dijo que hizo algunas copias —recuerda Naomi—. Si alguien mezcló originales y duplicados, podría haber alterado el orden sin que nadie se diera cuenta.

Brock deja escapar una risa breve.

—¿Estás diciendo que alguien reorganizó las fotos para volvernos locos un año después?

—Estoy diciendo que las imágenes no cuentan la historia en el orden que todos hemos dado por hecho —le responde Naomi con calma.

—Eso cambia bastante las cosas —dice Devon cruzándose de brazos.

La puerta del salón se abre en ese momento y Alistair aparece con una taza en la mano. Al acercarse hasta donde estamos nosotros, detiene la mirada sobre las fotografías que tenemos sobre la mesa del sofá.

—¿Qué pasa? —pregunta frunciendo el ceño.

Naomi recoge una de las imágenes y se la muestra.

—Intentamos entender por qué el orden de las fotos no coincide con lo que recordáis.

Alistair observa la imagen apenas unos segundos.

—Estaban ordenadas deprisa.

—¿Las ordenaste tú? —le pregunta Naomi.

Él deja la taza sobre la repisa de la chimenea.

—Supervisé parte del trabajo.

—Entonces quizá recuerdes quién anotó las horas detrás de algunas copias.

Alistair tarda un instante en responder.

—No.

Naomi no aparta la vista de él.

—¿Ni siquiera una idea?

—Había mucha gente trabajando aquella noche.

La respuesta suena razonable, pero vuelve a ocurrir lo mismo de siempre: contesta sin ofrecer nada que permita avanzar.

—Tengo una llamada. Seguid revisando si queréis —dice Alistair consultando la hora en su reloj de muñeca.

Sale del salón antes de que Naomi pueda preguntarle algo más.

—No me creo que no recuerde nada —sentencia Naomi cuando Alistair ha desaparecido de nuestra vista.

—Alistair siempre ha sido reservado —comenta Diana mientras recoge una de las fotografías.

Naomi arquea una ceja.

—Una cosa es ser reservado y otra responder de forma distinta según quién pregunte.