Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Probablemente estoy imaginando cosas —empieza, pero hace una pausa antes de seguir hablando—. Pero hay personas que me despiertan la misma sensación que un rompecabezas al que le falta una pieza.

Vuelvo la cabeza hacia Alistair y veo que sigue hablando tranquilamente con el empleado. Todo parece completamente normal.

—A mí nunca me ha dado mala espina.

—No he dicho que me la dé.

Naomi mantiene la vista fija en él unos segundos más.

—Solo digo que hay cosas que no terminan de encajar.

No le doy más importancia, porque ahora mismo mi cabeza está ocupada por un problema mucho más urgente y una decisión que hace apenas una semana habría tomado sin necesitar ni cinco minutos para pensarlo.

La tarde avanza con más rapidez de la que me gustaría. Richard sigue esperando una respuesta y, aunque llevo el móvil encima, lo ignoro cada vez que vibra. No necesito mirar la pantalla para saber que es él o alguien de la oficina intentando confirmar mi vuelo para mañana.

A la hora de cenar, Elsie se sienta a mi lado con Oliver dormido contra el pecho. Dorian vigila al niño desde la silla de enfrente y deja de prestar atención a la conversación en cuanto el bebé mueve una mano.

—Solo se está acomodando —le aclara Elsie mientras termina de colocar la muselina sobre su hombro.

Dorian se inclina un poco más.

—Ha hecho un ruido.

—Ha respirado.

—No sonaba como siempre.

Brock levanta la vista del plato.

—Tiene cinco meses. Ni siquiera él sabe cómo respira normalmente.

—No necesito consejos tuyos sobre paternidad —le dice Dorian con seriedad.

—Perfecto, porque no tengo ninguno.

Amara deja el tenedor sobre el plato y niega con una sonrisa.

—Por fin reconoces una limitación.

Las risas invaden la mesa y durante unos minutos consigo participar en la conversación sin pensar en el vuelo.

Max está sentado al otro extremo, hablando con Devon, aunque de vez en cuando levanta la vista hacia mí.

No sé si ha notado que algo ha cambiado desde la llamada, pero no me pregunta y agradezco que no lo haga delante de todos.

Cuando terminamos de cenar, el grupo se dispersa por la casa.

Naomi se marcha con Elara al salón, Brock propone una partida de billar y Dorian sube con Elsie para acostar a Oliver.

Yo me refugio en la habitación con la excusa de responder correos.

Así que abro el portátil, leo dos mensajes, pero termino cerrándolo sin contestar ninguno porque no soy capaz de concentrarme en nada.

Richard necesita una decisión y Max también, aunque todavía no lo sepa.

Me siento al borde de la cama y miro el teléfono durante varios minutos.

Podría llamar a Londres y aceptar, de hecho, sería lo razonable.

El puesto sigue siendo el mismo que deseaba antes de venir a Nueva York y marcharme mañana evitaría que todo se complicara más.

Sin embargo, por primera vez, irme no se parece a avanzar sino a volver a huir.

Dejo el móvil sobre la mesilla y salgo de la habitación antes de que la tentación de llamar gane la partida. Cuando llego al final de la escalera veo que la planta baja, veo que está casi a oscuras. Desde la sala de juegos ya no llega ningún ruido y la puerta del salón permanece entornada.

Voy hacia la cocina en busca de agua, pero me detengo al ver una lámpara encendida junto al sofá.

Max está tumbado con la cabeza apoyada contra el respaldo y los ojos cerrados.

Una manta le cubre las piernas, aunque no es eso lo que consigue dejarme inmóvil en la puerta, sino que Oliver duerme sobre su pecho.

El bebé tiene la mejilla apoyada junto al cuello de Max y una mano cerrada sobre su camiseta.

Él lo sostiene con un brazo alrededor de la espalda y la palma extendida sobre el pañal, incluso dormido.

Me acerco con cuidado para no despertarlos y veo que sobre la mesa hay un biberón vacío y el teléfono de Dorian junto a una nota escrita a toda prisa: «Hemos subido un momento. Si se despierta, avísanos». Al parecer, ese momento se ha alargado bastante.

Oliver se mueve un poco y Max, sin abrir los ojos, ajusta el brazo para acercarlo más a su cuerpo. El gesto es automático, ni siquiera sabe que lo está haciendo.

Siento que algo dentro de mí se remueve.

Años atrás, cuando todavía hablábamos de la vida que íbamos a construir juntos, Max me dijo que quería ser un padre presente.

Recuerdo que estábamos cenando en el sofá y que él sostuvo la copa entre las manos antes de reconocer que deseaba ofrecer a sus hijos todo lo que había echado de menos en su propia infancia.

Entonces me pareció una conversación cualquiera.

Ahora, en cambio, la recuerdo con una claridad que duele.

Max dormido con Oliver sobre el pecho es la imagen de una vida que llegué a imaginar con tanta precisión que durante años me prohibí recordarla.

Me agacho junto al sofá y aparto con cuidado un mechón de pelo de la frente del bebé y Max abre los ojos.

—Se ha quedado dormido —murmura, todavía medio dormido.

—Ya lo veo —susurro.

Él baja la vista hacia el niño y sonríe.

—No quería soltarme.

—Parece que el sentimiento es mutuo.

Max vuelve a cerrar los ojos sin perder la sonrisa y me quedo allí unos segundos más, observándolos.

Mañana podría estar en un avión rumbo a Londres. Podría regresar a la vida que construí para no volver a sentir este dolor. El problema es que, mirándolo ahora, ya no sé si esa vida sigue siendo un refugio o se ha convertido en la forma más segura de perderlo otra vez.