Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Diana

El móvil vibra sobre la encimera mientras ayudo a Elsie a colocar varios biberones dentro de una bolsa térmica. Miro la pantalla y reconozco enseguida el número de Londres.

—¿No vas a responder? —me pregunta Elsie mientras intenta cerrar una cremallera que se resiste.

Cojo el teléfono y me aparto de la mesa.

—Sí. Es del trabajo.

Elsie deja de pelearse con la bolsa y me mira con atención.

—¿Ha pasado algo?

—No lo sé todavía.

Deslizo el dedo por la pantalla y salgo al jardín antes de responder.

—Hola, Richard.

La voz del presidente del consejo de la consultora llega con el ruido de una oficina de fondo.

—Diana, espero no pillarte en mal momento.

Camino hasta el extremo del porche y apoyo una mano sobre la barandilla.

—No, tranquilo. ¿Va todo bien?

Richard tarda un instante en contestar.

—Sí, aunque ha surgido un cambio.

Miro hacia el jardín y veo que Max está al otro lado del césped ayudando a Dorian a montar una sombrilla junto al carrito de Oliver. Brock permanece cerca dando instrucciones que nadie parece escuchar.

—¿Qué clase de cambio?

—El consejo quiere adelantar la reunión de presentación. Necesitamos que estés aquí el lunes por la mañana.

Frunzo el ceño mientras intento calcular las fechas.

—Eso es antes de lo previsto.

—Lo sé. La situación con uno de los clientes se ha complicado y prefieren que tomes el control cuanto antes.

Richard habla con naturalidad, como si acabara de ofrecerme exactamente lo que llevo meses esperando. Hasta hace unos días habría sentido alivio e incluso, quizá, orgullo. Ahora, en cambio, solo noto una presión incómoda en el pecho.

—¿Cuándo tendría que volar?

—Cuanto antes, quizá mañana, así podrías descansar y estar preparada para la reunión.

Vuelvo la cabeza hacia la casa y veo que Elsie sigue en la cocina y Naomi acaba de aparecer junto a ella con una cesta de ropa limpia. Al verme al teléfono, levanta una mano a modo de saludo.

—Mañana es muy pronto —respondo mientras bajo un poco la voz.

Richard guarda silencio un instante.

—Pensaba que tenías previsto regresar esta semana.

—Sí, pero no mañana.

—Entiendo que es precipitado. Puedo pedir que la reunión sea por videollamada, aunque el consejo prefiere que estés presente.

La forma en que lo dice deja claro que aquello no es una orden, pero tampoco una sugerencia fácil de rechazar.

Durante años he trabajado para llegar a este punto.

He construido mi carrera con decisiones rápidas y nunca he necesitado más de unos minutos para saber qué quería.

Ahora, en cambio, me quedo mirando a Max mientras sujeta la sombrilla para que Dorian pueda fijarla al suelo.

Él levanta la vista en ese momento y nuestras miradas se encuentran desde el otro lado del jardín.

No sonríe y yo tampoco. Aun así, me cuesta apartar los ojos de él.

—Diana —insiste Richard al otro lado de la línea—, ¿sigues ahí?

Vuelvo a concentrarme en la llamada.

—Sí. Perdona.

—Necesito una respuesta antes de esta tarde para organizarlo todo.

Aprieto un poco más el teléfono.

—Te llamaré en un par de horas.

—Perfecto. Confío en que podamos contar contigo.

Nos despedimos y la llamada termina. Permanezco junto a la barandilla con el móvil todavía pegado a la oreja, aunque ya no hay nadie al otro lado.

«Mañana, Richard quiere que vuelva mañana», me digo para mí.

Sé que esto debería resolver todas mis dudas.

Durante cinco años esa ciudad ha sido mi refugio, el lugar donde aprendí a vivir sin Max y donde conseguí convertirme en alguien.

En cambio, ahora, por primera vez, Londres no se parece a un regreso sino a una despedida.

—No tienes cara de haber recibido una buena noticia.

La voz de Naomi me hace volver la cabeza, y al girarme hacia ella, compruebo que ha salido al porche con dos tazas de café y me ofrece una.

—Quieren adelantar mi regreso —le respondo aceptando la taza antes de guardar el móvil.

—¿Cuánto? —me pregunta y se apoya en la barandilla.

—Me han dicho de volar mañana.

Ella mira hacia el jardín y no necesita preguntarme por qué la noticia me afecta de esa manera. Sus ojos se detienen un instante en Max y después vuelven a mí.

—Eso sí que es adelantarla.

—Es una oportunidad importante.

—No he dicho lo contrario.

Doy un pequeño sorbo al café, aunque apenas noto el sabor.

—Llevo meses esperando esto, es una gran oportunidad para mí y para mi empresa.

Naomi asiente con calma.

—También llevas días intentando decidir si todavía lo quieres de la misma manera.

La miro de frente.

—No he dicho eso.

—No hace falta que lo digas —me dice y da un trago a su taza antes de continuar—. La pregunta no es si Londres sigue siendo una buena opción, sino si todavía es la única.

No le respondo y justo en ese momento desde el jardín llega una carcajada de Brock seguida de una protesta de Dorian. Oliver empieza a balbucear desde el carrito y Max se inclina para hablarle, aunque estamos demasiado lejos para oír qué le dice.

Aparto la vista.

—Necesito despejarme.

Naomi deja su taza sobre una mesa auxiliar.

—Entonces demos una vuelta antes de que Brock decida organizar otra actividad —me dice y yo asiento con la cabeza sin decir nada.

Bajo los escalones junto a ella sin mirar otra vez hacia Max, porque sé que, si vuelvo a mirarlo, la decisión será todavía más difícil.

Naomi y yo caminamos despacio por el sendero que bordea el jardín. El aire huele a sal y, a lo lejos, se oye el mar golpeando suavemente contra el embarcadero. Durante un rato ninguna de las dos habla. Ella parece esperar a que sea yo quien rompa el silencio.

—Londres era un plan muy sencillo hasta hace tres días —admito al fin.

Naomi gira la cabeza hacia mí.

—¿Y ahora?

Sonrío sin ganas.

—Ahora ya no sé ni cuál era el plan.

Seguimos caminando unos metros más y Naomi se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta que se ha puesto para protegerse de la brisa.

—¿Sabes una cosa?

La miro de reojo.

—¿Qué?

—Cuando llegaste, parecías una persona que tenía la vida perfectamente organizada.

—Te aseguro que era una impresión totalmente falsa —le digo riéndome.

—Puede ser. Pero tú te la creías.

Bajo la vista hacia el sendero.

—Sí, supongo que sí —le digo encogiéndome de hombros.

—No conozco toda vuestra historia y tampoco creo que la necesite saber para entender una cosa.

—¿Cuál? —le pregunto alzando la mirada hacia ella.

Ella se detiene junto a un banco de madera desde el que se ve el agua.

—Llevas días hablando de Londres, del trabajo, del piso, de la vida que has construido allí... pero casi nunca hablas de lo que realmente quieres.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Y qué diferencia hay?

Naomi sonríe con paciencia.

—Todo.

Se sienta en el banco y me hace un gesto para que haga lo mismo y yo le obedezco.

—Una cosa es la vida que has conseguido construir y otra muy distinta la vida que te hace feliz.

—No siempre coinciden —le respondo apoyando los codos sobre las rodillas.

—Precisamente.

Muevo la taza vacía entre las manos antes de dejarla en el banco.

—Londres me salvó.

Naomi asiente despacio.

—Eso sí me lo creo.

—Necesitaba marcharme. Si me hubiera quedado en Nueva York, no habría sabido cómo seguir adelante.

—No estoy cuestionando esa decisión —me dice y lanza un suspiro antes de continuar—. Lo único que me pregunto es si sigues viviendo allí por la misma razón.

La pregunta se queda suspendida entre las dos, porque no sé responderla.

Durante cinco años nunca me la había hecho, porque siempre di por hecho que Londres era mi sitio.

Volver allí era lo correcto y regresar a Nueva York solo serviría para abrir heridas que ya estaban cerradas.

Ahora ni siquiera estoy segura de que alguna vez llegaran a cerrarse.

—¿Qué estás pensando? —pregunta Naomi.

Tardo un momento en responder.

—Que llevo mucho tiempo creyendo que estaba huyendo de Max.

—¿Y ahora?

Respiro hondo.

—Empiezo a pensar que quizá estaba huyendo de todo lo que pasó.

Naomi no dice nada y simplemente espera, lo que hace que me resulte mucho más fácil seguir hablando.

—Era más sencillo convencerme de que el problema era él —empiezo bajando la vista hacia mis manos—. Así no tenía que reconocer que también me daba miedo volver a sentir lo mismo.

Naomi permanece unos segundos en silencio antes de responder.

—El dolor tiene una costumbre muy fea.

La miro.

—¿Cuál?

—Convencernos de que protegernos siempre es la mejor decisión.

Esbozo una sonrisa cansada.

—¿Y no lo es?

Ella niega despacio.

—A veces sí, pero otras veces solo consigue que dejemos de vivir antes de tiempo.

No encuentro nada que responderle, porque, por mucho que me esfuerce, esa frase se parece demasiado a lo que llevo sintiendo desde que llegué a los Hamptons.

Nos levantamos para volver hacia la casa y al rodear la piscina veo a Alistair hablando con uno de los empleados de mantenimiento.

En cuanto nos acercamos, dobla rápidamente un papel que tiene entre las manos y se lo guarda en el bolsillo de la chaqueta.

El gesto dura apenas un segundo y casi pasa desapercibido, pero Naomi también lo ha visto.

Lo noto porque reduce ligeramente el paso.

—Hola —nos saluda Alistair con absoluta naturalidad.

—Hola —les saludamos las dos casi al unísono.

No es hasta que nos alejamos unos metros cuando Naomi vuelve a hablar.

—¿Te has fijado?

—¿En qué? —le pregunto frunciendo el ceño.

—En el papel que acaba de guardarse en el bolsillo.

—Estaría revisando cualquier cosa de la casa, ¿no? —le respondo encogiéndome de hombros.

—Puede ser —me contesta, aunque su tono deja claro que no termina de creérselo—. Desde que llegamos llevo viéndolo hacer cosas parecidas.

—¿Como cuáles? —le pregunto con curiosidad.

—Siempre se aparta cuando recibe una llamada. Cambia de conversación en cuanto alguien menciona la boda y parece controlar todo lo que ocurre en esta casa, aunque no haga falta.

—Empiezas a sonar como una detective —le digo con una sonrisa y ella se ríe.