Capítulo 17 #2
Las carcajadas vuelven a llenar la terraza.
Incluso Diana acaba riéndose y baja la cabeza mientras intenta disimularlo.
Me quedo mirándola un momento. Hace apenas unos días habría dado cualquier cosa por verla sonreír así.
Ahora me doy cuenta de que no echo de menos solo besarla, porque lo de verdad he echado de menos todo este tiempo es compartir momentos como este con ella y verla reír sin que haya nada más de lo que preocuparnos.
La barbacoa termina saliendo bastante mejor de lo que cualquiera habría imaginado.
No porque Brock descubra de repente un talento oculto para la cocina, sino porque Amara interviene a tiempo para impedir que la mitad de la carne acabe convertida en carbón, aunque Brock protesta mientras ella le quita las pinzas de las manos.
—Amara, todavía no hacía falta darle la vuelta.
Ella deja el filete sobre una bandeja y lo mira con infinita paciencia.
—Llevaba un buen rato echando humo. Si esperaba un poco más, habría necesitado un extintor.
Brock niega con la cabeza.
—Eso no era humo. Era el sabor.
Devon levanta su cerveza desde el otro lado de la mesa.
—Propongo un brindis por Amara, que acaba de salvar la comida.
Elara alza también su vaso.
—Yo me uno.
Brock nos mira a todos con expresión ofendida.
—Qué poca confianza tenéis. Hace diez minutos estabais encantados de que me ocupara de la barbacoa y ahora…
Dorian rompe a reír mientras acomoda a Oliver sobre sus piernas.
—Brock, eso tampoco ha sido así.
—Me siento muy poco valorado en esta casa.
Elsie sonríe mientras le coloca el chupete al bebé.
—No te preocupes. Oliver todavía confía en ti.
Dorian mira a su hijo con absoluta seriedad y después vuelve la cabeza hacia ella.
—No confundas las cosas. Solo tiene cinco meses y aún no sabe quién es Brock.
Oliver fija la vista en él durante un momento y, acto seguido, hace una pedorreta con la boca. Dorian asiente, satisfecho con el resultado.
—¿Lo veis? Ya empieza a sospechar algo.
Toda la terraza rompe a reír otra vez. Mientras, Naomi contempla la escena apoyada en el respaldo de la silla y niega divertida con la cabeza.
—Empiezo a pensar que debería haber traído una libreta.
—¿Para apuntar recetas? —le pregunta Brock arqueando una ceja.
—No. Para ir apuntando todas las frases que algún día utilizaré en vuestra contra.
—Eso suena inquietante —dice Brock con gesto de miedo.
—Es una deformación profesional —le responde Naomi con una sonrisa mientras da un sorbo a su refresco.
Después de comer, la mayoría se acomoda en los sofás del jardín.
Devon propone una partida de cartas y Brock acepta al instante, convencido de que nadie puede ganarle.
Cinco minutos después pierde la primera mano y Amara deja las cartas sobre la mesa sonriendo por haber ganado con una satisfacción que ni siquiera intenta disimular.
—Empieza a gustarme este juego.
Brock la señala con una carta.
—Has tenido suerte.
Devon recoge el montón del centro de la mesa.
—Llevas diciendo eso desde que empezamos la partida.
—Porque es verdad.
Elara niega divertida mientras reparte otra mano.
—Creo que lo único que se te da peor que cocinar es perder.
Las risas vuelven a llenar la terraza y aprovecho que todos están pendientes de la partida para recoger varios platos vacíos y llevarlos a la cocina. Cuando entro, encuentro a Diana llenando el fregadero con agua caliente. Al oír mis pasos levanta la cabeza y deja un hueco libre sobre la encimera.
—Déjalos ahí. Ya casi está todo listo.
Obedezco y dejo la bandeja a su lado.
—¿No ibas a jugar con ellos?
Ella niega mientras abre el lavavajillas.
—Prefiero hacer algo útil.
—Brock diría que eso también forma parte de una estrategia para distraerlo —le digo sonriente.
—Entonces mejor no darle argumentos —me responde y se ríe mientras cierra el lavavajillas.
Cojo un paño y empiezo a secar los vasos que ella va aclarando y durante unos minutos trabajamos sin decir gran cosa, aunque tampoco hace falta.
Hace años hacíamos exactamente lo mismo casi todas las noches.
Uno fregaba, el otro secaba y la conversación aparecía sola, sin que ninguno tuviera que pensar en ella.
—Se te sigue dando fatal cargar esto —suelta mientras coloca unos platos en el lavavajillas.
Levanto la vista hacia ella.
—Yo diría que está perfecto.
Ella se acerca, señala una fuente con el dedo y la mueve unos centímetros.
—Ahora sí. Si la dejabas como estaba, el agua no le hubiera llegado bien.
La observo recolocarla con la misma seguridad de siempre.
—Cinco años después y todavía me corriges.
Ella coloca la fuente y me sonríe.
—Cinco años después y tú sigues colocándolo igual de mal.
No puedo evitar reírme.
—Supongo que hay cosas que nunca cambian.
Ella baja la vista un instante mientras guarda los últimos cubiertos.
—Supongo que no.
Seguimos recogiendo la cocina sin prisas.
Comentamos quién rompió el primer vaso cuando nos fuimos a vivir juntos, nos reímos al recordar la obsesión de Brock por organizar barbacoas y hablamos de lo mucho que ha cambiado Dorian desde que nació Oliver.
No mencionamos nuestra ruptura, ni tampoco hablamos de Londres ni de todo lo que todavía queda por resolver.
Pese a eso, siento que avanzamos más durante esos veinte minutos fregando platos que en muchas de las conversaciones que imaginé durante estos cinco años.
Poco a poco, empiezo a comprender que recuperar la confianza no depende de encontrar las palabras perfectas.
A veces basta con compartir otra vez momentos tan sencillos como este, descubrir que seguimos riéndonos de las mismas tonterías y comprobar que estar juntos vuelve a ser tan fácil como antes.
Cuando terminamos de recoger la cocina, Diana vuelve al jardín para reunirse con los demás.
—Voy con ellos —me dice antes de salir.
Asiento con la cabeza.
—Ahora iré yo también.
Cuando sale de la cocina, abro la nevera para coger una botella de agua y justo cuando voy a cerrarla, escucho voces que llegan desde el vestíbulo. Al principio no les presto atención, hasta que oigo el nombre de Diana.
—Sí, el coche vendrá a buscarla el martes por la mañana.
Reconozco enseguida la voz de Alistair y me quedo completamente inmóvil. Hay otra persona con él, pero no puedo verla desde la cocina, aunque por la conversación deduzco que debe de ser el encargado de la casa.
—¿La llevaré directamente al aeropuerto? —pregunta el hombre.
Alistair responde sin bajar la voz.
—Sí. Su vuelo sale poco después del mediodía, así que no conviene salir más tarde.
Siento un nudo en el estómago al escuchar que se marchará el próximo martes. No tenía ni idea de que tuviera una fecha cerrada. De hecho, pensaba que todavía estaba decidiendo cuándo volver a Londres.
La conversación continúa, pero dejo de escucharla, porque dentro de mi cabeza solo hay una idea dando vueltas. Diana ya lo tiene organizado. Ha reservado el vuelo y sabe el día y la hora en que se marchará, aunque a mí no me ha dicho nada.
Apoyo una mano sobre la encimera mientras intento ordenar todo lo que acabo de descubrir. Hace apenas unas horas me ha confesado que nunca dejó de quererme y yo le he dicho que nunca dejé de esperarla y, aun así, tiene un billete para volver a Londres.
Salgo de la cocina despacio y las risas del jardín llegan hasta mí antes incluso de cruzar la puerta.
Brock está contando alguna historia exagerada porque todos lo interrumpen a la vez.
Devon niega con la cabeza, Amara pone los ojos en blanco y Elara no consigue dejar de reír.
Busco a Diana entre ellos y la encuentro sentada junto a Naomi mientras escucha a Dorian, que intenta convencer a Oliver de que algún día entenderá lo difícil que es ser padre.
El pequeño le agarra un dedo con toda la fuerza de sus manos y Diana sonríe al verlo.
Durante un momento me pregunto si esa tranquilidad significa que ya ha tomado una decisión.
Entonces recuerdo lo que me dijo sentados en el embarcadero.
«No dejé de quererte. Simplemente dejé de esperar que algún día volvieras a buscarme».
Hasta hace unas horas estaba convencido de que todavía teníamos tiempo para recuperarnos, pero ahora sé cuántos días quedan antes de que vuelva a marcharse. Ahora el mayor problema ya no es recuperar a Diana, sino que el tiempo se nos acaba.