Capítulo 16
Diana
Brock aparece en el porche con las llaves de una lancha entre los dedos y la expresión satisfecha de quien acaba de tener una idea que nadie le ha pedido.
—Antes de que empecéis a poner excusas, quiero recordaros que tengo licencia, experiencia y un historial marítimo impecable —anuncia mientras baja los escalones hacia el jardín.
Amara se cruza de brazos y lo sigue con la mirada.
—La última vez que utilizaste la palabra «impecable» acabamos esperando una grúa durante dos horas.
Brock se vuelve hacia ella sin dejar de caminar.
—Eso fue un problema mecánico.
—Era tu coche y llevabas seis meses ignorando una luz roja en el salpicadero.
Devon recoge una mochila del suelo y se la cuelga al hombro antes de intervenir.
—Creo que Amara acaba de demostrar que tu historial no es tan tranquilizador como pensabas.
—Estamos hablando de una lancha, no de un coche —replica Brock, agitando las llaves—. El mar está en calma y hace un día perfecto. Nada puede salir mal.
Elara pasa junto a él y le da una palmada en el brazo.
—Precisamente esa última frase es la que más miedo me da.
Las risas nos acompañan mientras bajamos hacia el embarcadero de la mansión. Después de la lluvia, el cielo está despejado y el agua apenas se mueve alrededor del pantalán.
Intento concentrarme en el paisaje, pero Max camina unos pasos por delante y mi atención termina regresando a él sin que pueda impedirlo.
Lo veo ayudar a Dorian con la bolsa del bebé, sujetar el carrito mientras Elsie sube a Oliver a la embarcación y apartarse para dejarme pasar cuando llega mi turno.
—Cuidado con el escalón —me advierte mientras me ofrece una mano.
—Lo he visto.
—No he dicho que no lo hubieras visto.
Acepto su ayuda de todos modos. Sus dedos rodean los míos un instante, pero ese contacto basta para recordarme lo natural que vuelve a resultarme estar cerca de él. Retiro la mano en cuanto pongo los pies en la lancha y Max no comenta nada, aunque eso casi lo empeora.
Nos acomodamos como podemos porque la embarcación no es muy grande y acabamos sentados bastante juntos. Brock ocupa el puesto de mando con una seguridad que no tranquiliza a nadie y Amara toma asiento a su lado para vigilarlo.
—Antes de arrancar, quiero que me prometas una cosa —le pide ella mientras se ajusta las gafas de sol.
—Depende de lo que sea —le responde Brock colocando una mano en la llave de contacto.
—No hagas nada que después tengas que explicar con la frase «pensé que funcionaría».
Él sonríe mientras pone el motor en marcha.
—Me parece una limitación excesiva.
—A mí me parece una medida de supervivencia —le corrige Amara.
La lancha se separa del embarcadero con suavidad y, durante los primeros minutos, el paseo resulta bastante más tranquilo de lo que esperaba. El aire huele a sal y Oliver observa las gaviotas desde los brazos de Elsie con los ojos muy abiertos.
Brock mantiene una velocidad prudente y aprovecha para mirarnos por encima del hombro.
—Luego no digáis que no sé comportarme con responsabilidad.
Devon levanta el móvil y apunta la cámara hacia él.
—Voy a grabarlo porque nadie va a creernos.
Brock abre la boca para responder, pero Dorian emite un sonido extraño a mi lado y todos volvemos la cabeza hacia él. Ha perdido el color de golpe y Elsie se inclina hacia él mientras sigue sujetando a Oliver.
—¿Qué te pasa?
Dorian cierra los ojos y apoya una mano sobre el estómago.
—Creo que me estoy mareando.
Brock suelta una carcajada desde el puesto de mando.
—No puede ser. Pero si acabamos de salir del puerto.
Dorian abre un ojo para mirarlo.
—Mi estómago no parece interesado en tu opinión.
Elsie intenta abrir la mochila del bebé con una sola mano.
—Creo que llevo unas pastillas para el mareo.
—Pues este sería un momento excelente para encontrarlas.
Oliver decide entonces que también quiere participar en el desastre. Primero protesta con un pequeño quejido y, pocos segundos después, rompe a llorar con suficiente fuerza para que todos empecemos a hablar a la vez.
—Debe de tener hambre —explica Elsie mientras busca el biberón entre pañales, muselinas y varios juguetes.
Dorian se cubre la boca con una mano.
—Yo también necesito algo, aunque preferiblemente nada que haya que masticar.
Brock gira la cabeza para observar la escena.
—No os preocupéis. Yo tengo todo controlado.
—¡Mira al frente! —gritan Amara y Devon al mismo tiempo.
Brock vuelve inmediatamente la vista al mar.
—Vale. No hace falta ponerse así.
Max se inclina hacia Elsie y saca el biberón de la mochila antes de que ella termine de encontrarlo.
—Toma. Yo sujeto la bolsa.
—Gracias —responde ella mientras acomoda mejor a Oliver.
El bebé acepta el biberón casi al instante y deja de llorar con una rapidez que nos hace respirar a todos. Mientras Dorian, en cambio, sigue con los ojos cerrados.
—Nunca te había visto marearte —le dice Elara inclinándose hacia él desde el banco de enfrente.
—Yo tampoco había navegado con Brock.
—Eso es una acusación sin pruebas —protesta él sin apartar las manos del timón.
Amara lo mira de perfil.
—Llevas diez minutos felicitándote por conducir en línea recta.
—Porque nadie más valora mi talento.
—Empiezo a entender el motivo.
Dorian intenta reírse, pero termina apoyando la cabeza contra el respaldo.
—¿Podemos volver?
Brock hace una mueca de decepción.
—Acabamos de salir.
—Entonces tardaremos poco.
Elsie le acaricia el brazo con una sonrisa paciente.
—Aguanta cinco minutos más. Si no mejoras, regresamos.
Oliver termina el biberón y, justo cuando todos empezamos a relajarnos, eructa con una fuerza sorprendente y devuelve parte de la leche sobre la camisa de Dorian.
Él baja la vista muy despacio hacia la mancha.
—Perfecto —chasquea la lengua.
—Al menos ahora tienes un motivo real para querer volver —le dice Brock sin poder contener la risa.
Dorian levanta la cabeza y lo mira con una calma que resulta mucho más amenazante que un grito.
—Si dices una palabra más, voy a demostrarte que el mareo puede llegar hasta el puesto de mando.
Brock cierra la boca, mientras Amara lo observa con evidente satisfacción.
—Por fin alguien ha encontrado la forma de hacerte callar.
El efecto dura menos de medio minuto, porque poco después Brock vuelve a hablar y nadie parece sorprendido.
A pesar del caos, acabamos navegando cerca de la costa durante un rato. Dorian recupera algo de color y Oliver se duerme en brazos de Elsie, ajeno al despliegue que ha provocado.
Max permanece sentado frente a mí y de vez en cuando nuestras miradas se encuentran, pero ninguno dice nada.
No hace falta y ese es el problema, porque hace unos días la distancia entre nosotros parecía imposible de cruzar.
Ahora, en cambio, basta con que esté cerca para que todo vuelva a parecer familiar.
La embarcación gira para regresar a la mansión y siento un alivio que no tiene nada que ver con el mar. Sé que Max quiere hablar conmigo y también sé que llevo demasiado tiempo evitando esa conversación.
Cuando Brock amarra la lancha al embarcadero, todos empiezan a bajar entre bromas.
Dorian pone los pies sobre la madera y permanece inmóvil unos segundos, comprobando que el suelo ya no se mueve.
Yo espero a que los demás emprendan el camino hacia la casa y después me quedo atrás, porque necesito unos minutos.
Aunque esta vez, cuando escucho los pasos de Max acercándose por el pantalán, no intento marcharme.
Max se detiene a unos pasos de mí y observa durante un momento el agua antes de acercarse.
—¿Quieres que me vaya? —me pregunta mientras señala con la cabeza el sendero que conduce hasta la casa.
—No —le respondo negando despacio con la cabeza.
Él se sienta a mi lado y deja un espacio prudente entre los dos. Durante unos segundos miramos el mar sin saber muy bien por dónde empezar. La lancha sigue balanceándose junto al embarcadero y, a lo lejos, todavía se oyen las voces del resto del grupo mientras suben hacia la mansión.
—Llevo todo el día pensando en la fotografía —me dice Max apoyando las manos sobre las rodillas.
—Yo también —respondo sin apartar la vista del agua.
—Alistair tenía esa carpeta. No sé qué significa, pero ya no creo que la noche de la boda fuera solo una sucesión de casualidades.
—Ni yo tampoco.
La conversación podría terminar ahí. hablar de la fotografía resulta sencillo porque ninguno necesita exponerse de verdad. Sin embargo, Max no se levanta y yo tampoco hago el menor intento por marcharme.
—Creo que llevamos varios días utilizando todo lo demás para no hablar de nosotros —me dice después de inspirar hondo.
Giro la cabeza hacia él.
—No sabía que ahora fueras tan directo.
Max esboza una sonrisa.
—He perdido cinco años siendo prudente y no parece que me haya servido de mucho.
Bajo la vista hacia mis manos, que siguen apoyadas sobre el borde del embarcadero.
—Puede que no haya nada que hablar.
—Los dos sabemos que eso no es verdad.
Su tono no es de reproche, ni intenta acorralarme ni obligarme a responder. Solo espera, y esa paciencia termina resultándome más difícil de soportar que cualquier discusión.
—Durante años imaginé esta conversación de otra manera —admito al fin.
Max se gira un poco hacia mí.
—¿Cómo?
—Pensaba que terminaríamos culpándonos. Tú me explicarías todo lo que estabas haciendo por nosotros y yo te diría que nunca fue suficiente.
—No voy a defenderme —me responde bajando la cabeza un momento.
Su respuesta me sorprende.
—¿Por qué?
Max vuelve a mirarme.
—Porque ya sé que te hice daño. Explicarte mis motivos no cambiaría cómo te sentiste.
Trago saliva y vuelvo la vista hacia el mar. Durante cinco años me preparé para oír todo tipo de excusas, pero nunca imaginé que Max aceptaría mis palabras sin intentar corregirlas.
—Hubo un momento en que dejé de saber cuándo podía acercarme a ti —empiezo mientras aprieto los dedos contra la madera—.
Siempre estabas trabajando o pensando en el siguiente problema.
Si llegabas tarde, esperaba. Si estabas cansado, intentaba no molestarte.
Me decía que hablaríamos al día siguiente, pero ese día nunca llegaba.
Max permanece quieto a mi lado escuchándome.
—Al principio pensé que era algo temporal —continúo—. Después empecé a organizar mi vida alrededor de tus ausencias. Dejé de contarte cosas porque siempre parecía haber algo más urgente e importante para ti.
Él cierra los ojos un segundo, aunque no me interrumpe.
—Llegó un punto en que me sentía culpable por echarte de menos —confieso con la voz más baja—. Tú trabajabas por nuestro futuro y yo pensaba que pedirte tiempo era otra forma de complicarte la vida.
—Nunca fuiste una complicación —me susurra negando despacio con la cabeza.
—Ahora lo sé. Entonces no.
Me humedezco los labios antes de continuar.
—Lo único que veía era que, cada vez que intentaba acercarme, tú estabas un poco más lejos. Dejé de esperar una noche tranquila, un fin de semana libre o una conversación que no acabara interrumpida por el teléfono.
Él baja la mirada hacia sus manos.
—Tienes razón.
Me vuelvo hacia él con el ceño fruncido.
—¿Eso es todo?
Max asiente, aunque su expresión se endurece por la culpa.
—Sí. Estaba convencido de que, si trabajaba lo suficiente, podríamos vivir tranquilos después. No entendí que estaba sacrificando nuestra vida mientras intentaba asegurarla.
La sencillez de sus palabras consigue hacerme más daño que si tratara de defenderse con cualquier argumento, por estúpido que fuera.
—Intenté hablar contigo —le recuerdo.
—Lo sé.
—No, Max. Si lo hubieras sabido, habrías hecho algo.
Él recibe la frase sin apartar los ojos de mí.
—Es verdad.
No hay un «pero» después. No habla de clientes ni de responsabilidades, ni intenta recordarme sus propios esfuerzos. Simplemente acepta que me dejó sola.
Bajo la vista y noto que tengo las manos tan tensas que me duelen los dedos.
—Lo peor es que seguía queriéndote —admito—. Incluso cuando me marché, incluso cuando estaba convencida de que no podía quedarme un día más, seguía enamorada de ti.
Max inspira con dificultad, pero se mantiene quieto.
—Pensaba que el tiempo cambiaría eso —continúo—. Creí que Londres, el trabajo y una vida distinta terminarían ocupando el lugar que habías dejado —me rio con una risa amarga—. De hecho, funcionó bastante bien desde fuera.
—¿Y por dentro? —pregunta él con suavidad.
Niego despacio con la cabeza.
—Por dentro solo aprendí a no esperar nada.
Max acerca la mano, aunque se detiene antes de tocarme.
—Diana...
Levanto la cabeza y encuentro su mirada fija en mí.
—No dejé de quererte —le digo, permitiendo que por fin salga la verdad completa—. Simplemente dejé de esperar que algún día volvieras a buscarme.
Durante unos segundos ninguno se mueve mientras de fondo se oye el sonido del agua golpeando los pilares del embarcadero con suavidad y la brisa marina me alborota el pelo. Max mira y me cubre la mano con la suya, despacio, dándome tiempo para retirarla, pero no lo hago.
—Yo nunca dejé de esperarte.