Capítulo 14 #3
La cena termina casi cuando es medianoche.
Todos colaboramos para recoger la mesa y guardar las fotografías, aunque Brock intenta quedarse con la de Devon y la camisa de flores hasta que Amara se la quita.
Yo me las ingenio para subir a la habitación antes que Max, porque necesito estar sola unos minutos.
Me cambio, me recojo el pelo y me meto en la cama con un libro que no consigo leer, porque a pesar de que releo varias veces la misma página no me concentro, hasta que de repente escucho voces en el pasillo.
Max se ha detenido al otro lado de la puerta, aunque no la abre. Al principio pienso que habla con alguien de la casa, pero después distingo el tono bajo y profesional que utiliza cuando atiende una llamada de trabajo.
—Sí, lo sé —responde Max desde el pasillo—. No hace falta que cambies nada.
No consigo oír la voz de la otra persona, a pesar de que Max permanece callado varios segundos antes de volver a hablar.
—Porque no estoy interesado.
Me quedo inmóvil con el libro abierto sobre las piernas escuchando con atención, aunque sé que no debería hacerlo, a pesar de que no sé de qué hablan.
—Ya te lo expliqué hace meses —continúa él—. No quiero que me presentes a nadie.
Siento que algo se me encoge en el pecho. La voz al otro lado insiste y Max deja escapar una respiración cansada.
—No es por trabajo —Hace una pausa—. Simplemente no he querido estar con nadie.
Cierro el libro despacio y no me muevo, porque no quiero que descubra que lo he oído.
—No, no estoy esperando a que ocurra nada —añade Max—. Solo te estoy diciendo que dejes de insistir.
Se despide poco después, la llamada termina y la puerta se abre unos segundos más tarde. Finjo seguir leyendo cuando Max entra, deja el móvil sobre la cómoda y me dedica una mirada breve.
—¿Sigues despierta?
Levanto la vista del libro procurando que mi expresión no me traicione.
—Sí. No tengo sueño y por eso me he puesto a leer un rato —le digo mientas me encojo de hombros.
Él asiente y se dirige hacia el baño. Cuando la puerta se cierra, bajo otra vez la mirada hacia la página de la que no he entendido una sola línea, pero lo que he escuchado hace imposible que esta noche sea capaz de entender nada de lo que pone en este libro.
Durante cinco años he dado por hecho que Max había seguido adelante.
Pensé que habría conocido a otras mujeres, que habría rehecho su vida y que yo era la única que seguía arrastrando algo que ya no existía.
Ahora sé que no fue así, porque Max tampoco ha conseguido olvidarme.
Cierro el libro y apoyo la cabeza contra la almohada mientras escucho el agua al otro lado de la puerta del baño. Debería tranquilizarme, pero, en lugar de eso, solo consigue que la decisión de volver a Londres resulte mucho más difícil de lo que era esta mañana.
Permanezco inmóvil hasta que el agua de la ducha deja de oírse. No sé cuánto tiempo llevo mirando la misma página del libro. Podrían haber pasado dos minutos o veinte. No he leído una sola palabra.
La puerta del baño se abre poco después y levanto la vista por puro reflejo.
Max sale secándose el pelo con una toalla.
Lleva un pantalón de pijama oscuro y una camiseta gris que le queda igual de bien que hace cinco años.
Durante un instante, me sorprendo pensando en lo fácil que sería levantarme, acercarme a él y volver a besarlo.
Pero aparto esa idea de mi cabeza antes de que siga creciendo.
Él deja la toalla sobre una silla y me mira.
—¿Todo bien?
—Sí —asiento demasiado deprisa con la cabeza.
Max permanece unos segundos observándome y tengo la sensación de que sabe que estoy mintiendo, pero no insiste.
—Buenas noches, Diana.
—Buenas noches.
Apaga la lámpara de su mesilla de noche y se mete en la cama. Yo dejo el libro sobre la mía unos segundos después y la habitación vuelve a quedarse en silencio.
Cierro los ojos e intento dormir, pero la conversación que acabo de escuchar no deja de darme vueltas en la cabeza.
Durante cinco años me convencí de que Max había rehecho su vida mucho antes que yo.
Necesitaba creerlo, porque era la única forma de pensar que marcharme había servido para algo y que los dos habíamos conseguido seguir adelante.
Ahora sé que no fue así. Max no encontró a otra persona y ni siquiera quiso intentarlo.
Me doy la vuelta con cuidado para no hacer ruido y la claridad que entra por la ventana apenas me deja distinguir su silueta al otro lado de la habitación. Lo observo unos segundos antes de volver a mirar al techo y parece dormido.
Desde anoche todo ha cambiado. Hasta hace apenas dos días tenía muy claro cómo iba a ser mi vida.
Volvería a Londres, retomaría mi trabajo en esta nueva etapa de crecimiento de la empresa y estos días en los Hamptons acabarían convirtiéndose en un recuerdo extraño que, con un poco de suerte, terminaría olvidando.
Ahora ya no estoy tan segura, porque, aunque Londres sigue esperándome, Nueva York también. Por primera vez desde que acepté este viaje, me pregunto si de verdad quiero volver.
Cierro los ojos otra vez y el sueño tarda un poco en llegar, pero antes de quedarme dormida hay una idea que no deja de repetirse en mi cabeza: durante estos años he creído que Max y yo éramos los únicos responsables de haber roto nuestra historia.
Sin embargo, acabo de descubrir que ninguno de los dos consiguió dejarla atrás y ahora no sé qué hacer con esa verdad.