Capítulo 14
Diana
He pasado buena parte de la mañana evitando a Max con una eficacia que, en otras circunstancias, me habría parecido admirable.
No he bajado a desayunar hasta que me he asegurado de que estaba en el jardín con Devon.
Después he ayudado a Elsie a preparar el biberón de Oliver, aunque no tengo la menor idea de cómo se prepara un biberón.
Más tarde he acompañado a Elara a buscar unas mantas que estaban en la secadora y también me he ofrecido para ayudar a Amara con la comida antes de que nadie haya decidido siquiera qué vamos a cocinar.
Mi estrategia consiste en mantenerme ocupada y rodeada de gente. De momento me ha funcionado, siempre que no piense en lo que pasó anoche entre Max y yo.
—Llevas limpiando la misma manzana más de cinco minutos.
Levanto la vista hacia Naomi, que permanece al otro lado de la isla de la cocina con una tabla de cortar delante. Tiene un cuchillo en una mano y una expresión divertida que deja claro que lleva observándome todo este rato. Bajo la mirada hacia la fruta que sigo frotando con un paño.
—Me gusta asegurarme de que esté bien limpia.
Naomi deja el cuchillo sobre la tabla y apoya las manos en la encimera.
—Eso explicaría que la estés lavando. No que intentes gastarle la piel con un trapo.
Resoplo y dejo la manzana dentro del bol.
—Estoy distraída —admito encogiéndome de hombros.
—Eso ya lo había notado.
—¿También llevas la cuenta de eso?
—No necesito contar nada, has ordenado la fruta por tamaño después de gastarles la piel con el trapo.
Miro el bol y tiene razón. Las manzanas grandes están a un lado y las pequeñas al otro.
—No lo estaba haciendo conscientemente.
Naomi sonríe con cierta compasión.
—Eso es lo preocupante.
Recojo otra manzana y la dejo sin tocar junto a las demás.
—¿Vas a preguntarme qué ha pasado?
—No.
Su respuesta me sorprende lo suficiente para que levante la cabeza.
—¿No?
Naomi retoma el cuchillo y empieza a cortar una cebolla con movimientos precisos.
—Está bastante claro que ha pasado algo. Lo que no tengo tan claro es si quieres hablar de ello.
—No, no quiero —le respondo al instante.
—Entonces no preguntaré.
Me quedo observándola unos segundos.
—¿Así de fácil?
—No todo el mundo es Brock.
—Gracias a Dios.
Naomi suelta una risa antes de empujar hacia mí el bol vacío.
—Puedes ir poniendo aquí las verduras. Te mantendrá ocupada y evitará que sigas torturando a las manzanas.
Suelto una carcajada al escuchar lo que me acaba de decir y empiezo a recoger los trozos de pimiento que ha cortado.
Durante unos minutos trabajamos sin hablar, aunque mi cabeza continúa en la habitación, en la mano de Max sobre la mía y en la forma en que me miró antes de que nos quedáramos dormidos.
Todo ha resultado sencillo durante unas horas.
Ese es el problema. Con Max siempre fue sencillo hasta que dejó de serlo y justo en ese momento el recuerdo aparece en mi cabeza sin avisar: vuelvo a verme en aquella habitación blanca del hospital, con el olor a desinfectante clavado en la garganta.
Una enfermera nos habla con una calma que no consigue suavizar la realidad de sus palabras.
A mi lado, Max permanece sentado con las manos entrelazadas y la vista fija en el suelo, incapaz de mirarme.
Aparto los dedos del bol antes de apretarlos con más fuerza de la necesaria.
—¿Estás bien? —me pregunta Naomi que ha dejado de cortar.
—Sí —asiento demasiado deprisa con la cabeza.
Ella no parece convencida.
—No tienes que responder eso por costumbre.
—No es por costumbre.
Naomi arquea una ceja.
—Entonces eres bastante mala mintiendo.
Me apoyo contra la encimera e intento respirar con normalidad, porque no quiero hablar del hospital, ni tampoco de la ecografía, de los días posteriores o de cómo Max y yo fuimos alejándonos después de aquello, mientras los dos fingíamos que solo necesitábamos tiempo.
—Anoche recordé cosas que creía superadas —admito al final.
Naomi no pregunta cuáles. Se limita a asentir y vuelve a concentrarse en las verduras.
—Los recuerdos tienen esa mala costumbre, regresan en el momento más inoportuno.
—No quiero volver a pasar por lo mismo.
—Eso sí lo entiendo.
—No creo que nadie lo entienda.
La frase sale con más dureza de la que pretendía de entre mis labios. Al escucharme, Naomi deja el cuchillo otra vez y se gira hacia mí.
—Tienes razón. No sé exactamente por lo que pasaste y tampoco voy a fingir que lo sé.
Su respuesta me obliga a mirarla.
—Entonces ¿qué entiendes?
—Que cuando alguien te hace daño en un lugar que todavía duele, no importa cuánto tiempo haya pasado. Tu cuerpo lo recuerda antes que tú.
Bajo la vista hacia mis manos.
—Max no me hizo daño a propósito.
—Eso no significa que no te lo hiciera.
La sencillez con la que lo dice me desarma, porque no le acusa a él, ni tampoco a mí. Solo dice una verdad que llevo cinco años intentando digerir.
—Lo peor es que sigo queriéndolo —reconozco en voz baja.
Naomi se apoya de espaldas en la encimera.
—Eso tampoco parece una sorpresa.
—Para mí sí debería serlo.
—Pues no parece que lo sea.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque llevas dos días evitando a un hombre al que miras incluso cuando estás hablando con otra persona.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que todavía te importa.
—No es tan sencillo.
—Nunca he dicho que lo sea.
Antes de que pueda responderle, la puerta que comunica con el jardín se abre y Elsie entra con Oliver en brazos. Lleva una muselina sobre el hombro y una expresión cansada que desaparece al vernos.
—Por favor, decidme que alguna de las dos sabe por qué mi hijo lleva veinte minutos enfadado con el mundo.
Naomi se acerca y observa a Oliver con cuidado.
—¿Tiene hambre?
—Que va, ya ha comido.
—¿Sueño? —le pregunta Naomi de nuevo.
Elsie señala las ojeras del bebé con gesto resignado.
—Lleva bostezando desde hace media hora y se niega a dormir.
Me acerco un poco más.
—Quizá solo quiere que lo paseen.
Elsie me mira.
—Eso ha dicho Dorian.
—¿Y dónde está?
—Buscando en internet si los bebés pueden desarrollar resentimiento hacia una habitación concreta.
—¿Hablas en serio? —quiere saber Naomi, que se ha quedado inmóvil al escuchar lo que acaba de decir Elsie.
—Completamente —le responde Elsie asintiendo con la cabeza.
Oliver empieza a protestar otra vez y ella lo balancea con suavidad.
—Voy a dejarlo en el carrito y dar una vuelta por el jardín antes de que su padre compre otra máquina de sonidos relajantes.
—¿Otra? —pregunto.
—Ya tenemos tres.
Naomi abre mucho los ojos.
—¿Para un solo bebé?
—Dorian cree que cada sonido sirve para una emergencia distinta —Oliver emite un quejido y Elsie suspira—. Volveré antes de la cena.
La observamos salir hacia el jardín mientras sigue hablándole al niño en voz baja.
—Esto es mucho mejor que cualquier serie —me dice Naomi, que ha esperado a que la pueta se cierre para girarse hacia mí.
—Pues solo llevas aquí dos días —resoplo.
—Y ya tengo personajes favoritos.
—Déjame adivinar ¿Brock?
—Ni de lejos —niega con la cabeza, coge el cuchillo y sigue cortando verduras—. Alistair.
La forma en que pronuncia su nombre me llama la atención.
—Pensaba que no os soportabais.
—No nos soportamos.
—Entonces no entiendo nada.
Naomi deja varios trozos de cebolla dentro del bol.
—Precisamente por eso me interesa.
—Eso suena poco saludable.
—No me interesa de esa manera —dice alzando la mirada hacia mí—. Me interesa porque se comporta de una forma extraña.
—Alistair siempre se comporta de una forma extraña.
—No. Alistair se comporta como alguien que sabe más de lo que dice —me corrige.
La frase me recuerda inmediatamente la conversación que tuvimos durante la comida y la forma en que respondió a las preguntas sobre la boda.
—¿Por qué lo dices?
Naomi baja un poco la voz, a pesar de que estamos solas.
—Esta mañana lo he visto revisando una caja de fotografías en el despacho. En cuanto me ha oído entrar, la ha cerrado y ha cambiado de tema.
—Quizá estaba buscando algo.
—Lo estaba, sí.
—Entonces no hay nada extraño.
—Lo extraño es que la caja tenía una etiqueta con la fecha de la boda.
Dejo la verdura sobre la tabla.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Puede que Alistair guardara las fotografías.
—Puede —me responde encogiéndose de hombros y después limpia el filo del cuchillo con un paño—. Aunque también puede que esté comprobando qué recuerda todo el mundo de aquel día, ¿no?
—Estás sacando conclusiones.
—No, solo estoy observando.
—Eso mismo dice Brock.
—Por favor, no vuelvas a compararme con él.
No puedo contener una sonrisa.
—Vale, lo retiro entonces… Por ahora.
Naomi vuelve al trabajo, aunque la conversación no desaparece de mi cabeza.
Tiene razón que Alistair lleva días haciendo comentarios sobre aquella noche tan rara de la boda.
También colocó la fotografía de Max y de mí sobre la chimenea y nadie ha explicado todavía de dónde salió.
Quizá podría significar algo o solo podría ser otra casualidad. De momento prefiero creer lo segundo.
—No le des más vueltas —le digo mientras vuelvo a ocuparme del bol—. Alistair siempre ha sido reservado.
Naomi me observa un instante.
—Eso no significa que sea inofensivo.
No le respondo, porque no estoy segura de que esté hablando solo de Alistair.
La cena empieza a tomar forma a media tarde, aunque da la impresión de que nadie sabe muy bien quién está organizando qué.
Amara toma el mando de la mesa desde el primer momento porque, según ella, dejar esa tarea en manos de Brock sería la forma más rápida de arruinar una cena.
Elara aparece poco después con un ramo de flores recién cortadas del jardín y empieza a repartirlas entre varios jarrones.
Mientras tanto, Elsie entra y sale de la cocina con Oliver en brazos y Dorian la sigue de un lado para otro cargando bolsas que nadie le ha pedido que lleve.