Capítulo 13 #4
Ella acerca la frente a la mía y permanece unos segundos sin decir nada, aunque no necesito que hable.
Hace años aprendí que, cuando Diana me mira así, las palabras sobran.
Así que levanto una mano despacio y acaricio su mejilla con la yema de los dedos.
La suavidad de su piel me resulta tan familiar que siento un nudo en el pecho y ella me sonríe.
—¿De qué te ríes? —me pregunta en voz baja, sin apartar la vista de mí.
Niego despacio, porque ni me había dado cuenta de que estaba sonriendo.
—De nada.
Ella arquea una ceja.
—Te conozco.
—Precisamente por eso y sigues respondiendo igual cuando escondes algo.
—Y tú sigues empeñada en descubrirlo.
—Es uno de mis defectos.
—Pues es uno de los que más me gustan —admito.
Su risa apenas dura un instante, pero basta para que yo vuelva a sonreír también. Me acerco más a ella, pero esta vez lo hago muy despacio, porque no quiero precipitar nada. Deseo dejarle dejo todo el tiempo del mundo para apartarse si lo necesita, pero no lo hace.
Nuestros labios vuelven a encontrarse sin prisa.
No intentamos recuperar los cinco años que hemos pasado separados, solo estamos volviendo a encontrarnos y queremos disfrutarlo.
Mientras la beso, rodeo su cintura con mis manos con cuidado y noto cómo sus brazos descansan sobre mis hombros.
Poco a poco toda la tensión que llevaba acumulando desde que la vi aparecer en los Hamptons empieza a desaparecer y cuando nos separamos apenas unos centímetros, nuestras respiraciones siguen mezclándose.
Apoyo la frente contra la suya.
—Te he echado mucho de menos.
Ella cierra los ojos y me responde con un tono que apenas se oye.
—Yo también.
La abrazo con más fuerza y siento cómo apoya la cabeza sobre mi pecho. Permanecemos así varios segundos, mientras la lluvia sigue cayendo al otro lado de la ventana.
Había olvidado lo mucho que necesitaba algo tan sencillo como tenerla entre mis brazos. Le beso el pelo con cuidado y, cuando vuelve a levantar la cabeza, nuestros ojos vuelven a encontrarse.
—No quiero que esto desaparezca cuando volvamos a Nueva York —susurra.
—Yo tampoco —le respondo sin dudar.
—Tengo miedo de que mañana todo parezca una locura.
Niego despacio.
—No voy a levantarme mañana fingiendo que esta noche no ha existido.
Veo cómo algo se relaja en su expresión y entonces vuelve a besarme. Es un beso largo, tranquilo, lleno de esa confianza que pensé que habíamos perdido para siempre.
Nos abrazamos otra vez y dejamos que el tiempo pase sin preocuparnos de nada más.
No hace falta hablar. Basta con sentir que seguimos aquí.
Ella me quita la camiseta y me besa el pecho despacio, mientras pasea sus dedos por mi abdomen.
Poco después, sin dejar de mirarme, se quita el pijama y se tumba encima de mí.
Yo me dejo llevar y poco después ella se coloca a horcajadas encima de mí.
Me bajo el pantalón del pijama con una mano y con una sonrisa cómplice ella se levanta un poco para agarrar mi sexo y buscar su entrada.
Cuando halla el punto exacto de su centro, se deja caer poco a poco hasta que me clavo por completo en ella.
Mientras entro nos miramos a los ojos y cuando entro hasta el fondo ambos dejamos escapar un hondo gemido.
Después ella empieza a moverse como sabe que me gusta y como a ella le enloquecía.
Nos dejamos llevar por el ansia de tenernos el uno al otro.
Ella sigue moviéndose mientras yo le agarro por la cintura para ayudarla en su delicioso galope encima de mí.
Después, me incorporo para quedarme sentado frente a ella, mientras sigue moviéndose conmigo dentro.
Nos besamos y ambos acabamos estallando en un potente orgasmo que nos deja rendidos pero satisfechos entre las sábanas.
Cuando por fin nos separamos, ninguno siente la necesidad de alejarse.
Diana deja la mano apoyada sobre mi pecho y yo la cubro con la mía mientras nos miramos unos segundos sin decir nada.
Al final apagamos la luz y busco su mano bajo la manta.
Ella entrelaza sus dedos con los míos y los aprieta con suavidad.
Después de cinco años creyendo que nunca volvería a tenerla así de cerca, quedarme dormido a su lado ya me parece mucho más de lo que alguna vez pensé que tendría.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que noto que Diana se mueve a mi lado. Abro los ojos lo suficiente para distinguir la claridad del amanecer colándose entre las cortinas. Ella cree que sigo dormido y retira la mano de la mía con mucho cuidado, procurando no despertarme, y sale de la cama despacio.
Permanezco inmóvil mientras la observo caminar hasta la ventana aún desnuda.
Aparta un poco la cortina y se queda mirando el jardín sin moverse.
Desde donde estoy no puedo verle la cara.
Solo distingo su espalda, los brazos cruzados sobre el pecho y la forma en que inspira hondo una vez tras otra.
No sé qué pasa por su cabeza, aunque tampoco necesito saberlo para entender que algo ha cambiado.
Anoche, durante unas horas, dejó de tener miedo. Sin embargo, ahora ese miedo ha vuelto y la encuentro otra vez intentando protegerse de él.
Cierro los ojos un instante y trago saliva.
Hasta ayer pensaba que lo más difícil sería conseguir que volviera a besarme.
Ahora sé que aquello solo era el principio, porque lo verdaderamente complicado no será recuperar a Diana sino conseguir que vuelva a creer que esta vez nuestra historia puede tener un final distinto.