Capítulo 13 #3
—Esto sigue dándome miedo —musita apoyando la frente contra la mía y mirándome a loso ojos.
—A mí también.
—No quiero volver a perderte.
—Yo tampoco —le respondo estrechándola entre mis brazos un poco más fuerte.
Apagamos la luz mucho más tarde mientras la lluvia continúa golpeando los cristales y nos tumbamos en la cama.
No hablamos más, aunque no es necesario porque la distancia que hemos intentado mantener estos días desaparece por completo.
Mientras el sueño empieza a vencerme, solo puedo pensar en que tal vez el verdadero error no fue besarnos, sino pasar cinco años convencidos de que alejarnos era la única manera de seguir adelante.
La lluvia sigue golpeando los cristales con la misma constancia de toda la noche, aunque ninguno de los dos hace el menor intento de romper nuestro abrazo. Tampoco necesito preguntarle cómo se siente, porque lo noto en la forma en que se aferra a mi camisa.
Durante estos cinco años he imagino cientos de veces qué diría si alguna vez volvía a tenerla delante.
Preparé discursos, ensayé explicaciones, inventé respuestas para preguntas que nunca me han hecho.
Y ahora que por fin la tengo entre mis brazos, descubro que nada de todo lo que he pensado y planeado me sirve para nada.
Porque ahora basta con estar aquí y sentir que no intenta escapar.
—No sé hacer esto —me confiesa en un susurro levantando despacio la cabeza y mirándome con los ojos húmedos.
—Yo tampoco —le contesto acariciando con cuidado su mejilla.
Esboza una sonrisa cansada.
—Pues vaya panorama —me responde esbozando una sonrisa cansada y no puedo evitar sonreír yo también.
—Nunca hemos destacado por hacer las cosas fáciles.
—Eso sí sigue siendo verdad —me dice entre risas.
La habitación vuelve a quedarse en silencio y esta vez no siento la necesidad de decir nada. Hace años que aprendí que con Diana también se podía estar compartiendo el mismo espacio sin buscar una conversación para llenar el tiempo.
Ella baja la vista hacia nuestras manos y observa que nuestros dedos siguen entrelazados antes de volver a hablar.
—Creía que había aprendido a vivir sin ti.
Espero a que levante la cabeza antes de responder.
—Yo aprendí a seguir adelante.
Hago una breve pausa.
—Pero vivir es otra cosa.
Diana sostiene mi mirada y veo cómo traga saliva antes de asentir muy despacio.
—Sí.
Solo dice eso. No necesita explicar nada más, porque ambos sabemos perfectamente de qué estamos hablando. Seguimos trabajando, haciendo planes, conocimos a gente, intentamos construir una vida nueva… Pero, por mucho que avanzáramos, siempre había algo que seguía en el mismo sitio.
Paso el pulgar despacio sobre sus nudillos.
—No quiero volver a perder otros cinco años.
Ella inspira hondo y aprieta un poco mi mano antes de responder.
—No me prometas nada esta noche.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Diana mantiene la vista fija en mí.
—Porque ahora mismo quiero creerte—. Hace una pausa y baja un instante la mirada hacia nuestras manos—. Lo único que necesito es saber que mañana, cuando nos despertemos, seguirás sintiendo lo mismo.
No tardo ni un segundo en responder.
—Lo sentiré.
Ella niega despacio.
—No puedes saberlo.
Me acerco un poco más.
—Sí puedo.
Espero a que vuelva a mirarme.
—Porque no es algo que haya descubierto anoche, sino que llevo mucho tiempo sintiéndolo. Pero lo único que hice ayer, fue dejar de esconderlo.
Después acorta la poca distancia que todavía nos separa y apoya la frente contra la mía.
Cierro los ojos y nos quedamos callados, porque no necesitamos decir nada.
Después de tantos años, volver a tenerla así de cerca resulta extrañamente familiar.
La beso otra vez sin prisa. Cuando nos separamos, ella deja escapar una respiración larga y esboza una sonrisa cansada.
—Creo que deberíamos intentar dormir un poco.
—Creo que tienes razón —le respondo sin poder evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios.
Ella arquea una ceja.
—Me sorprende que no me lleves la contraria.
—Estoy intentando mejorar.
Su risa, aunque apenas dura un segundo, hace que la habitación parezca distinta.
—Pues sigue por ese camino.
Nos acercamos a la cama y nos tumbamos sin volver a hablar.
La lluvia continúa golpeando los cristales y la habitación queda iluminada únicamente por la luz tenue que entra desde el jardín.
Diana se gira primero hacia la ventana y se queda así unos segundos.
Después vuelve despacio hacia mí en silencio y bajo la manta busca mi mano hasta encontrarla.
Entrelaza sus dedos con los míos y los aprieta con suavidad y yo hago lo mismo.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que el sueño nos vence. Lo único que sé es que hacía muchos años que no me acostaba con la sensación de haber dejado de luchar contra lo que sentía.
Cuando noto movimiento a mi lado, todavía no ha amanecido del todo. No abro los ojos y noto cómo Diana retira la mano con mucho cuidado para no despertarme. Po mi parte no me muevo y la escucho levantarse despacio. Durante unos segundos no ocurre nada, pero después siento su mirada sobre mí.
No necesito verla para saber que sigue ahí. Cuando por fin habla, apenas puedo distinguir las palabras.
—¿Qué hemos hecho...?
No espero que me conteste nadie, no hace falta. Además, la pregunta no iba dirigida a mí sino a ella misma. Pero, por la forma en que vuelve a levantarse de la cama y permanece inmóvil junto a la ventana, comprendo que el miedo acaba de volver.
El mismo miedo que anoche desapareció durante unas horas, ahora es el que amenaza con separarnos de nuevo sin que ella lo sepa.
Abro los ojos despacio y la veo de espaldas contemplando la lluvia que sigue cayendo sobre los Hamptons.
Justo en ese momento entiendo que recuperar su amor ha sido solo lo primero, pero convencerla de que esta vez nuestro futuro puede ser diferente va a ser una batalla mucho más difícil.
—Sí, tienes razón —asiento sin discutir.
—Voy un momento al baño —me dice y la veo desaparecer tras la puerta y escucho el clic suave del pestillo.
Aprovecho para apagar la lámpara de la mesilla y recoger las dos tazas que todavía siguen sobre la cómoda desde la noche anterior.
Las dejo junto a la puerta para bajarlas por la mañana y, cuando vuelvo a incorporarme, la puerta del baño vuelve a abrirse.
Diana sale con el pelo suelto, una camiseta amplia que le llega hasta medio muslo y se detiene al verme todavía de pie.
—Pensaba que ya estarías acostado.
—Yo creía lo mismo de ti.
Los dos sonreímos y yo me acerco hasta el armario para coger una camiseta limpia.
—Te dejo el baño libre.
Ella asiente.
—Gracias.
Paso junto a ella para entrar en el baño y nuestros hombros se rozan al cruzarnos. Ninguno de los dos se aparta ni se disculpa, aunque hace solo unos días ese contacto habría resultado incómodo. En cambio ahora me recuerda lo fácil que siempre fue compartir el mismo espacio con ella.
Cuando salgo unos minutos después, la habitación ya está completamente a oscuras.
La lluvia sigue cayendo fuera y a través de la ventana entrar una claridad tenue que apenas dibuja el contorno de los muebles.
Diana está tumbada de lado, de espaldas a mí y yo me meto en la cama con cuidado para no hacer ruido.
Intento cerrar los ojos, pero no lo consigo.
Así que me muevo tratando de encontrar una postura cómoda, pero, al cabo de unos segundos, escucho cómo ella cambia también de posición.
Sonrío para mis adentros.
—¿Estás despierta? —pregunto en voz baja mientras giro ligeramente la cabeza hacia ella.
Diana tarda un instante en contestar.
—Sí.
—Yo tampoco consigo dormir.
—Ya me había dado cuenta —me responde riéndose.
—¿Tan evidente era?
—Llevas cinco minutos moviéndote de un lado a otro.
Resoplo con una sonrisa.
—Pensaba que estaba siendo discreto.
—Eso nunca se te ha dado especialmente bien.
Me giro hacia ella y aunque la oscuridad no me deja distinguir bien su cara, alcanzo a ver el brillo de sus ojos cuando vuelve la cabeza hacia mí.
—Tú siempre me quitabas la manta.
—Eso es completamente falso —protesta ella nada más escucharme.
—No lo es.
—La manta acababa en tu lado porque tú te enrollabas dentro como si fueras un burrito.
No puedo evitar reírme.
—Esa teoría no tiene ningún fundamento.
—Claro que lo tiene.
Levanta ligeramente una mano, aunque apenas puedo distinguir el gesto.
—Conviví contigo durante años, así que hablo con conocimiento de causa.
—Estabas predispuesta contra mí.
Su risa vuelve a llenar la habitación, algo que llevaba demasiado sin escuchar tan de cerca.
—Qué poca vergüenza tienes.
—La justa para defender mi reputación.
La conversación se detiene por sí sola, porque no hace falta seguir hablando. Durante unos segundos nos limitamos a escuchar la lluvia, pero entonces Diana vuelve a hablar.
—¿Sabes una cosa?
—Dime.
Permanece callada un instante antes de responder.
—Había olvidado lo fácil que era hablar contigo.
Cierro los ojos un momento y noto cómo su frase me llega mucho más hondo de lo que esperaba.
—Yo nunca lo olvidé —le digo sin pensar—. De hecho, lo eché de menos todos los días.
Ella no me responde y al cabo de unos segundos noto cómo se gira despacio sobre el colchón. Después encuentro su mano sobre la sábana, muy cerca de la mía. La busco con cuidado y nuestros dedos se rozan primero. Después se entrelazan con una naturalidad que me deja sin respiración.
Ninguno dice nada y nos quedamos tumbados uno frente al otro, con las manos unidas y el sonido de la lluvia acompañándonos desde el otro lado de la ventana. Hacía mucho tiempo que una habitación no me parecía el mejor lugar del mundo simplemente porque Diana estaba dentro.