Capítulo 13 #2
Las risas vuelven a llenar el comedor y aprovecho ese momento para salir por la puerta de atrás.
Cuando estoy en el exterior noto que el aire huele a tierra mojada.
Cuando miro hacia el cielo, compruebo que la tormenta nos ha dado una tregua.
Pese a eso, las nubes siguen cubriendo casi todo el cielo.
Camino sin un rumbo concreto por el jardín hasta llegar al sendero de madera que conduce al pequeño embarcadero. Desde allí veo a Naomi y a Diana hablando junto a la barandilla, aunque no alcanzo a escuchar lo que dicen.
Estoy a punto de dar media vuelta cuando Naomi gira la cabeza y me ve.
Levanta una mano para saludar y después mira a Diana y le dice algo al oído.
Ella se vuelve despacio y nuestras miradas vuelven a encontrarse.
Esta vez es ella quien rompe el contacto primero y Naomi sonríe con una naturalidad sospechosa.
—Creo que voy a volver a la casa. He prometido ayudar a Elsie con Oliver.
Diana frunce ligeramente el ceño.
—Hace un momento no habías prometido nada.
—Las promesas aparecen cuando más se necesitan.
Antes de que Diana pueda responder, veo como Naomi ya se aleja por el sendero y desaparece entre los árboles cercanos a la casa. Cuando vuelvo la vista hacia delante, Diana sigue donde estaba. Apoya los antebrazos sobre la barandilla de madera y mira el agua.
Me acerco despacio hasta donde está. Procuro no invadir su espacio ni darle la sensación de que intento arrinconarla. Me detengo a un par de metros y apoyo los antebrazos sobre la barandilla, igual que ella.
—Naomi tiene un sentido de la oportunidad bastante curioso —comento sin apartar la vista del mar.
Diana deja escapar una risa breve mientras el viento le mueve algunos mechones de pelo alrededor de la cara.
—Empiezo a pensar que se está integrando en el grupo más rápido de lo recomendable.
Giro ligeramente la cabeza hacia ella.
—Eso significa que dentro de un par de días empezará a inventarse teorías con Brock.
Diana niega despacio, divertida.
—Espero que no. Con uno ya tenemos suficiente.
Me rio al escucharla antes de volver la vista hacia el horizonte. Durante unos segundos nos quedamos contemplando el mar. El agua golpea suavemente los pilares del embarcadero y el viento trae el olor salado de la costa, mientras la lluvia parece concedernos una tregua.
—¿Sigues enfadada conmigo?
Diana tarda un momento en responder y sin dejar de mirar al horizonte, niega despacio.
—No.
—Entonces ¿por qué llevas desde que te has levantado evitándome?
Ella suspira antes de girarse hacia mí.
—Porque no sé cómo mirarte después de anoche.
La sinceridad de la respuesta me descoloca, porque no esperaba que lo admitiera tan pronto.
—Podríamos empezar por no fingir que no pasó.
Diana baja la vista hacia sus manos.
—Precisamente eso es lo que me da miedo.
—¿El beso?
Ella asiente muy despacio.
—No fue un beso cualquiera, Max.
—Lo sé.
—No, creo que no lo sabes —me dice levantando la mirada otra vez hacia mí, después da un paso atrás y se cruza de brazos—.
Si hubiera sido un impulso, sería fácil olvidarlo y decir que nos equivocamos —Hace una pausa y lanza un suspiro—.
El problema es que no sentí que fuera un error mientras ocurría.
No le respondo, porque yo sentí exactamente lo mismo.
Diana se humedece los labios antes de continuar.
—Y eso cambia muchas cosas.
—También para mí.
Ella me sostiene la mirada unos segundos y después vuelve a mirar el agua.
—No quiero volver a pasar por lo mismo.
—Yo tampoco.
—No me refiero a eso… Me refiero a perderte otra vez.
Sus palabras quedan suspendidas sobre nuestras cabezas y no sé qué responderle, porque nunca imaginé que ese fuera el miedo que escondía todos estos años. Porque es exactamente el mismo que he escondido yo.
Doy un paso hacia ella y ahora ella no se aleja de mí.
—Diana...
Antes de que pueda terminar la frase, la puerta de la casa se abre de golpe y la voz de Brock atraviesa todo el jardín.
—¡Eh! ¿Pensáis venir o tenemos que mandar un equipo de rescate?
Diana cierra los ojos un instante y después niega con la cabeza y una sonrisa resignada.
—Ha tardado más de lo que esperaba.
No puedo evitar reírme.
—Es Brock. Treinta segundos ya le parecen una desaparición preocupante.
Ella también sonríe y, por primera vez desde el beso de anoche, tengo la sensación de que los dos hemos dejado de fingir que ya no nos importamos.
Brock nos espera junto al porche con las manos en los bolsillos y una expresión de falsa inocencia que no engaña a nadie. Cuando nos ve acercarnos, mira primero a Diana y después a mí.
—Perfecto. Ya pensaba que tendría que organizar una batida.
—Hemos dado un paseo —le responde Diana adelantándose un paso.
—Eso ya lo había deducido —le contesta Brock ladeando la cabeza—. La duda era si pensabais volver hoy.
Antes de que ninguno de los dos responda, Amara aparece detrás de él con una bandeja llena de vasos. Le da un pequeño golpe con el hombro al pasar.
—Deja de incordiar.
—Solo estaba siendo un anfitrión preocupado.
—Ni esta es tu casa ni sabes ser discreto.
Brock sonríe.
—Lo segundo te lo acepto.
Entramos detrás de ellos y el resto de la mañana transcurre entre partidas de cartas, café y conversaciones que saltan de un tema a otro con la facilidad de los grupos que llevan años conociéndose.
Yo intento no mirar a Diana, pero fracaso casi siempre.
Ella también parece intentarlo, pero fracasa también.
La casa empieza a quedarse en silencio cuando todos se retiran a sus habitaciones. No obstante, Dorian tarda casi veinte minutos en subir, porque Oliver decide que es un buen momento para volver a despertarse.
Desde el pasillo todavía escuchamos su voz.
—No pasa nada, Papá está aquí. Solo necesitamos averiguar qué drama tenemos ahora.
Elsie responde algo que no llego a entender y al instante se oye reír a Brock.
—Apuesto diez dólares a que es un pañal —suelto.
—Acepto la apuesta —contesta Dorian desde el piso de arriba—. Pero la vas a perder.
Las voces se van apagando poco a poco y cuando cierro la puerta de nuestra habitación, Diana ya está junto a la ventana. Tiene los brazos cruzados y observa la lluvia que vuelve a caer sobre el jardín. No se gira al oírme entrar.
—Parece que mañana tampoco podremos salir mucho —le digo dejando mi teléfono sobre la mesilla de noche.
—Eso dice la previsión —me responde mirando hacia fuera.
La respuesta es correcta, pero también completamente vacía.
—No podemos seguir así —le suelto mientras empiezo a deshacer la cama para preparar mi lado.
—¿Así cómo? —me pregunta dándose la vuelta para mirarme.
—Fingiendo que ayer no pasó nada.
Ella camina despacio hasta el otro lado de la habitación.
—Es mucho más sencillo.
—No—. Niego con la cabeza—. Solo parece más sencillo.
Se queda quieta.
—Max...
—No quiero discutir.
—Pues yo sí.
La frase me sorprende y ella también parece darse cuenta, por lo que respira hondo antes de continuar.
—Porque estoy enfadada.
—¿Conmigo?
—Con los dos —me aclara y se lleva un mano al pelo, para recolocarse los mechones que se le han caído a los lados de la cara—. Llevamos cinco años intentando reconstruir nuestras vidas y basta un beso para que todo vuelva a ponerse patas arriba.
—No ha sido un beso cualquiera —añado.
—Precisamente ese es el problema.
La habitación vuelve a quedarse en silencio, aunque parece que ninguno de los dos está dispuesto a hablar en breve. Diana termina sentándose en el borde de la cama y apoya los antebrazos sobre las rodillas.
—¿Sabes qué es lo que más rabia me da? —me pregunta bajando la vista hacia el suelo.
Me siento frente a ella, aunque dejo suficiente espacio entre los dos.
—No.
—Que pensé que el tiempo lo arreglaría—. Levanta despacio la cabeza y veo que tiene los ojos brillantes—. Creía que llegaría un día en el que dejarías de importarme de esta manera.
—Yo también lo pensé —admito después de tragar saliva.
Esboza una sonrisa triste.
—Y mira qué bien nos ha salido.
No puedo evitar devolverle la sonrisa, aunque dura muy poco.
—No he sido feliz —le cuento antes de que pueda pararme a pensarlo.
Ella no responde y solo me mira.
—He trabajado demasiadas horas, porque me convencí de que, si llenaba los días de reuniones y de trabajo, dejaría de pensar en ti.
Bajo la vista hacia mis manos.
—No funcionó.
—A mí tampoco —me susurra tras unos segundos en los que ambos permanecemos en silencio—.
Londres era todo lo que necesitaba o eso era lo que me repetía todos los días, porque tenía la confianza de autoconvencerme—.
Sonríe con amargura—. Tenía el trabajo que quería, un buen equipo, amigos y una vida tranquila.
Pese a eso, siempre sentía que me faltaba algo.
Ninguno dice nada durante varios segundos, porque no hace falta. Por primera vez desde que nos reencontramos, ninguno intenta aparentar que la ruptura fue más fácil de lo que realmente fue. Me acerco despacio a ella y no se aparta.
—Ojalá hubiera sabido entonces lo que sé ahora —le confieso.
Diana niega muy despacio.
—No podemos cambiar lo que pasó.
—Lo sé.
—Solo podemos decidir qué hacemos a partir de aquí.
La distancia entre nosotros vuelve a reducirse y le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos. Esta vez no retrocede. Cierra los ojos un instante y apoya la cara contra mi mano.
Ese gesto tan pequeño me rompe por dentro, porque durante estos cinco años he imaginado cientos de conversaciones, pero nunca imaginé volver a sentir algo tan sencillo.
Ella levanta la mano y entrelaza los dedos con los míos sin prisa y sin necesidad de demostrar nada.
Nos abrazamos despacio y noto su frente descansando unos segundos contra mi hombro y la mía sobre su pelo.
No sé cuánto tiempo permanecemos así, porque pierdo la noción de los minutos y dejo de sentir que estoy luchando contra algo.
Cuando levanta la cabeza, nuestras miradas vuelven a encontrarse y la beso otra vez con la misma calma que alguien vuelve a entrar en un lugar que siempre sintió como su hogar.