Capítulo 13
Max
—Te juro que algo ha pasado.
Escucho a Brock decir antes de cruzar la puerta del comedor. Me detengo un segundo en el pasillo para escuchar, porque sé que está hablando de mí o de Diana y de mí.
—Llevas diciendo eso desde que os habéis levantado —responde Amara con una paciencia que, sinceramente, no sé de dónde saca.
—Porque es verdad.
Entro en el comedor justo cuando Brock deja una cesta de pan sobre la mesa y señala alternativamente dos sillas vacías.
—Falta que lleguen ellos y lo comprobaréis vosotros mismos.
Devon levanta la vista del periódico.
—¿No te cansas nunca? —le pregunta.
—Jamás —sentencia Brock con una sonrisa de suficiencia.
Elara aparece con un par de tazas de café en las manos y las deja sobre la mesa.
—Tengo que reconocer que esta vez estoy un poco de acuerdo con él.
Brock sonríe como si acabara de ganar un juicio.
—Gracias.
—No te emociones. Solo digo que ayer pasaron muchas horas intentando evitarse y, aun así, terminaron yéndose para su habitación al mismo tiempo.
Noto cómo me pongo tenso, porque no esperaba que nadie se hubiera dado cuenta. Por suerte, Amara interviene antes de que Brock monte una de sus teorías conspirativas.
—También desapareció Dorian.
En ese mismo momento, como si hubiera escuchado su nombre, Dorian entra en el comedor empujando el carrito de Oliver con una mano y sujetando un biberón con la otra. Tiene el pelo completamente revuelto y unas ojeras que empiezan a parecer permanentes.
—Buenos días.
Elsie entra detrás de él cargando una mochila que parece preparada para una expedición de un mes en el desierto.
—Empiezo a pensar que vuestro hijo necesita menos cosas que vosotros —les dice Brock observando todo el despliegue de cosas con gesto divertido.
Dorian deja el carrito junto a la ventana.
—No hables muy alto. Si Oliver oye eso, igual decide demostrarte que te equivocas.
—Todavía no habla —le recuerda Brock.
—Dale tiempo.
Las risas recorren la mesa justo cuando cruzo la puerta. Brock gira la cabeza hacia mí y la sonrisa que aparece en su cara no me gusta absolutamente nada.
—Buenos días, Romeo.
Me quedo quieto.
—No pienso preguntar por qué me has llamado así.
—Pues es una pena, porque tengo preparada la respuesta.
Me siento en una de las sillas con toda la tranquilidad de la que soy capaz.
—Mejor que te la guardes.
—Imposible —suelta apoyando los codos sobre la mesa y bajando un poco la voz—. Las mejores teorías merecen ser compartidas.
—Las tuyas suelen merecer justo lo contrario —comenta Devon sin levantar la vista del periódico.
Brock hace un gesto con la mano para restarle importancia.
—Lo dices porque todavía no conoces mi última investigación.
Elara reparte las tazas de café y deja la jarra con la leche caliente en el centro de la mesa.
—Tiene hasta nombre.
—Por supuesto —contesta Brock y se aclara la garganta con una solemnidad completamente innecesaria—. La he llamado «Operación segunda oportunidad».
Amara cierra los ojos un instante antes de mirar a su marido.
—No puedo creer que hayas bautizado una teoría absurda.
—Las grandes ideas siempre tienen nombre —le responde él satisfecho.
Amara deja la servilleta sobre la mesa y lo mira con una mezcla de paciencia y resignación.
—Lo peor es que llevas toda la mañana preparando esa frase.
Brock sonríe sin el menor asomo de vergüenza.
—No toda la mañana. Desde que me he duchado.
Las risas recorren el comedor y yo empiezo a prepararme un café mientras trato de mantener una expresión lo más neutral posible, aunque no me funciona porque Brock me observa con una atención casi científica.
—Fíjate —empieza de nuevo señalando mi taza con un movimiento de barbilla—. Ni siquiera me ha preguntado de qué va la operación.
—Porque no me interesa —le respondo yo con tranquilidad.
—Mentira—me responde él al instante.
—Ah, ¿sí?
—Por completo —sentencia.
Antes de que pueda responder, la puerta del comedor vuelve a abrirse y aparece Diana con paso tranquilo.
Lleva un jersey azul claro de punto fino, unos vaqueros oscuros y el pelo recogido en una coleta alta que todavía conserva algunas gotas de humedad.
Se detiene un instante al descubrir que toda la mesa ya está ocupada y después se acerca con absoluta naturalidad.
—Buenos días.
Elsie le dedica una sonrisa.
—Buenos días, Diana.
Elara se aparta ligeramente para dejarle sitio junto a ella.
—Todavía queda leche caliente.
—Menos mal.
Diana coge una taza del aparador y se prepara un café. Durante unos segundos ninguno de los dos nos miramos y Brock tarda cinco segundos en darse cuenta.
—Curioso —dice Brock cruzando una mirada rápida con Elara y sonriendo con una satisfacción casi infantil
Amara deja el cuchillo sobre el plato.
—Brock...
Él levanta una mano.
—No he dicho nada.
—Precisamente eso me preocupa.
Diana sigue removiendo el café con tranquilidad, aunque la conozco demasiado bien como para adivinar que está tan incómoda como yo.
—Diana —la llama Brock y ella levanta la cabeza de la taza al escucharlo.
—¿Sí?
—¿Has dormido bien?
—Sí.
—¿Y tú, Max?
—También —le respondo mirándolo con resignación.
—Qué casualidad —le contesta Brock asintiendo despacio con la cabeza.
—¿Qué tiene de casualidad? —pregunta Devon dejando por fin el periódico doblado sobre la mesa.
—Que los dos contesten exactamente lo mismo —le responde Brock satisfecho de su respuesta.
Amara suspira.
—Eso no demuestra absolutamente nada.
—Al contrario.
Brock se incorpora un poco en la silla.
—Demuestra coordinación.
—Demuestra que les has hecho la misma pregunta.
Naomi entra en el comedor en ese momento, todavía ajustándose el reloj y se queda mirando a unos y a otros antes de sentarse la única silla libre que queda alrededor de la mesa.
—¿Qué me he perdido?
Elara le acerca la cesta del pan.
—Cinco minutos con Brock.
Naomi hace una mueca.
—Entonces prefiero no preguntar.
—Has llegado tarde.
Brock se gira hacia ella con una sonrisa.
—Estamos analizando un comportamiento muy interesante.
Naomi unta mantequilla en una tostada antes de responder.
—¿El tuyo?
—No —niega con la cabeza y señala a Diana y a mí—. El de estos dos.
Naomi nos observa unos segundos y, por último, vuelve a mirar a Brock.
—Pues yo solo veo a dos personas desayunando.
—Porque acabas de llegar.
—O porque no estoy intentando escribir una novela de misterio.
Las carcajadas vuelven a llenar la mesa e incluso Diana sonríe por primera vez desde que ha entrado. Un gesto pequeño pero suficiente para que yo también sonría sin darme cuenta.
—¡Lo sabía! —exclama Brock golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano.
Todos giramos la cabeza hacia él y señala alternativamente a Diana y a mí con una expresión triunfal.
—Acaban de sonreír al mismo tiempo —sentencia como si eso fuera una verdad absoluta.
Elara rompe a reír.
—¿De verdad los has contado?
Brock se encoge de hombros con toda naturalidad.
—No hacía falta contar mucho.
Amara niega con la cabeza mientras deja la taza sobre la mesa.
—Lo preocupante es que llevas toda la mañana pendiente de ellos.
Brock sonríe sin esconderse.
—Alguien tiene que hacer el trabajo de investigación.
Dorian, que hasta ese momento había permanecido completamente ajeno a la conversación mientras daba el desayuno a Oliver, levanta por fin la cabeza.
—¿De qué estáis hablando?
Brock señala a Max y a Diana con entusiasmo.
—De que estos dos esconden algo.
Dorian mira primero a Diana, después a mí y finalmente vuelve la vista hacia Oliver, que acaba de agarrarle un dedo con toda la fuerza de su pequeña mano.
—Pues yo creo que el verdadero misterio es cómo alguien tan pequeño puede apretar tanto.
—Gracias —le responde Elsie riéndose de nuevo.
Dorian la mira sin entender.
—¿Por qué?
—Porque acabas de salvar la conversación.
—¿La he salvado?
—Sin saberlo.
Brock resopla con fingida decepción.
—La paternidad te ha vuelto mucho más útil de lo que esperaba.
—Y a ti todavía no te ha pasado nada parecido.
Las risas vuelven a invadir el comedor y, por primera vez desde que Diana ha entrado, el foco deja de estar sobre nosotros.
Aun así, mientras doy otro sorbo al café, no puedo evitar levantar la mirada y me encuentro con que ella hace lo mismo y nuestras miradas vuelven a encontrarse durante un instante.
Esta vez ninguno sonríe, porque no hace falta.
Estoy convencido que los dos seguimos pensando en el beso de anoche y ambos sabemos que fingir que no ocurrió va a ser mucho más difícil de lo que habíamos imaginado.
Diana termina el café más deprisa de lo habitual y ni ha probado la tostada que tiene en el plato. También porque, en cuanto deja la taza sobre la mesa, busca una excusa para levantarse.
—Voy a dar una vuelta por el jardín antes de que vuelva a llover.
Elsie levanta la vista.
—¿No quieres esperar un poco? Parece que el cielo vuelve a oscurecerse.
Diana coge su móvil, que había dejado junto al plato y se lo guarda en el bolsillo trasero del pantalón.
—Solo serán un rato.
Naomi termina el último sorbo de café y se incorpora al momento.
—Te acompaño.
Durante un segundo me da la impresión de que Diana va a negarse, pero al final sonríe.
—Claro.
Las dos salen del comedor hablando en voz baja, por lo que espero unos segundos antes de levantarme. No pienso perseguirla. Ya cometí ese error hace cinco años y no pienso repetirlo. Sin embargo, tampoco puedo seguir sentado aquí fingiendo que todo sigue igual.
—Voy a salir un momento —digo dejando mi taza en el fregadero.
Brock me observa con una sonrisa llena de segundas intenciones.
—Qué casualidad.
—¿Qué tiene de casualidad? —le pregunto mirándolo de frente.
—Nada—. Se lleva una mano al pecho con gesto solemne—. Simplemente me encanta cómo este grupo empieza a coordinarse sin necesidad de hablar.
Amara le da un ligero codazo en el brazo.
—Déjalo respirar.
—Lo estoy dejando.
—Pues no lo parece.
Devon niega con la cabeza mientras recoge los platos.
—Algún día alguien va a esconderte el café.
—No servirá de nada.
—¿Por qué?
—Porque soy así incluso descafeinado.