Capítulo 12 #3
Entro despacio en la cocina y cierro la puerta detrás de mí.
—Yo pensaba exactamente lo mismo de ti.
Él baja un momento la vista hacia la taza.
—Parece que los dos nos hemos equivocado.
Cruzo hasta el frigorífico, saco una botella de agua y lleno un vaso antes de volverme hacia él.
—¿Llevas mucho aquí?
Max hace girar la taza entre las manos mientras se encoge ligeramente de hombros.
—Un rato.
—¿No podías dormir?
—Supongo que no.
Me apoyo al otro lado de la isla y doy un sorbo al agua. Durante unos segundos ninguno dice nada, mientras la lluvia repiquetea contra los cristales y el reloj del horno marca los minutos con un tic-tac casi imperceptible.
—No tiene pinta de que vaya a dejar de llover —digo levantando la vista hacia la ventana.
Max sigue mi mirada.
—No. Creo que la tormenta ha venido para quedarse.
Sonrío ligeramente.
—En Londres llueve bastante peor.
Él gira la cabeza hacia mí.
—Siempre defendías la lluvia de Londres.
—Porque todo el mundo se empeñaba en decir que era horrible.
—Llevabas la contraria por sistema.
Lo miro divertida.
—Solo cuando tenía razón.
Max deja escapar una risa baja y niega con la cabeza.
—Hay cosas que no cambian nunca.
—Tú tampoco has cambiado tanto.
Él sostiene mi mirada unos segundos.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo he decidido.
La sonrisa se le ensancha un poco y durante unos instantes volvemos a hablar de Londres, de Nueva York y de los cafés en los que acabábamos refugiándonos cuando empezaba a llover sin avisar.
La conversación fluye con una facilidad que me desconcierta.
No necesito pensar qué decir, porque las palabras aparecen solas.
Exactamente igual que antes cuando todavía éramos nosotros.
Max deja la taza sobre la encimera y apoya una mano sobre la madera.
—¿Sabes qué es lo que más he echado de menos todos estos años?
Lo observo con sorpresa y niego despacio con la cabeza sin dejar de mirarle. Él tarda unos segundos en responder, como si necesitara ordenar muy bien las palabras antes de pronunciarlas.
—Hablar contigo de cosas que no tenían ninguna importancia.
No esperaba esa respuesta y siento un nudo en el estómago porque, si soy sincera, yo también he echado de menos eso.
Las conversaciones absurdas mientras preparábamos la cena.
Discutir durante media hora para decidir qué película ver.
Salir a comprar cualquier tontería un sábado por la mañana y volver dos horas después porque nos habíamos entretenido por el camino…
—Éramos buenos en eso —le digo sonriendo con cierta distancia.
Max no aparta la vista de mí.
—Éramos buenos en muchas cosas.
La frase se queda flotando entre los dos, aunque no habla de la ruptura, ni de lo que salió mal. Solo de lo que un día funcionó y eso resulta mucho más difícil de soportar.
—Será mejor que suba —le respondo dejando el vaso sobre la encima y doy un paso hacia atrás.
Rodeo la isla con intención de marcharme y ya cuando casi estoy junto a la puerta escucho mi nombre.
—Diana.
Me detengo, aunque no intenta acercarse, ni me toca, ni hace nada más que pronunciar mi nombre.
Me vuelvo despacio hacia él y veo que sigue en el mismo sitio.
Tiene una mano apoyada sobre la encimera y la otra alrededor de la taza.
No parece nervioso, aunque tampoco muy seguro de sí mismo. Simplemente me mira.
—¿Qué? —pregunto casi en un susurro.
Él tarda un instante en responder.
—Me alegro de que hayas venido.
No añade nada más, ni intenta convencerme de que me quede, ni busca una explicación, ni comenta nada del pasado.
Solo dice una verdad tan sencilla que consigue desarmarme.
Lo miro unos segundos sin moverme. Después doy un paso hacia él y otro más.
No sabría decir cuál de los dos recorre la última parte de la distancia que nos separa.
Solo sé que, de pronto, estamos tan cerca que puedo distinguir el color exacto de sus ojos y Max levanta lentamente una mano, aunque no llega a tocarme, la deja suspendida entre los dos, esperando… Esperándome a mí.
Soy yo quien termina de acortar la distancia y nuestros labios se encuentran con una suavidad que me deja sin respiración. No hay prisa, ni rabia, ni necesidad de recuperar el tiempo perdido. Solo dos personas que llevan cinco años intentando convencerse de que podían vivir la una sin la otra.
El beso es lento y durante eso segundos todo vuelve a ocupar el lugar que le corresponde.
Soy la primera en apartarme. Retrocedo apenas un paso y apoyo una mano sobre la encimera para recuperar el aliento. Lo miro y todavía puedo sentir el calor de sus labios sobre los míos.
—Esto...
La voz apenas me sale y niego despacio antes de reunir fuerzas para terminar la frase.
—Esto ha sido un error.
No espero a que me responda y salgo de la cocina con el corazón desbocado.
Subo las escaleras casi sin sentir los pies, porque sé perfectamente lo que acaba de ocurrir y porque ese beso no ha removido un recuerdo, sino que ha derribado unas defensas que llevaba cinco años construyendo con mucho cuidado.