Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Naomi se detiene delante de un puesto donde venden sombreros de paja. Coge uno, se lo prueba y gira hacia Alistair.

—¿Qué tal? —le pregunta.

Él levanta la vista del escaparate.

—No parece tu estilo.

Naomi deja el sombrero en su sitio.

—No te he preguntado eso.

—Ya lo sé.

—Te he preguntado cómo me queda.

Alistair se acerca un paso y la observa con calma antes de responder.

—Bien.

—Qué entusiasmo —le bufa Naomi cruzándose de brazos.

—Me has pedido una opinión, ¿no? —le pregunta Alistair desconcertado.

—Podrías fingir un poco.

—No suelo hacerlo —le responde él negando con la cabeza.

—Eso explica muchas cosas —le contesta ella con una sonrisa ladeada.

—¿Por ejemplo?

—Que resultes desesperante.

Alistair parece aceptar el comentario con absoluta tranquilidad.

—Me lo han dicho alguna vez.

—Lo imaginaba —le responde tras soltar una carcajada.

Los observo unos segundos y me da la sensación de que no se llevan especialmente bien, aunque tampoco parece que les moleste seguir buscándose conversación. Es una combinación curiosa.

El cielo empieza a cambiar poco después de comer. Las nubes avanzan desde el mar con una rapidez inesperada y el viento gana fuerza en cuestión de minutos.

—Creo que el meteorólogo tenía razón —afirma Devon alzando la mirada hacia el cielo.

Brock sigue caminando con un helado en la mano.

—Todavía aguanta.

No termina la frase cuando un trueno retumba sobre la playa.

—Vale. Retiro lo dicho.

De repente empiezan a caer las primeras gotas y Dorian cubre inmediatamente el carrito con la capota mientras Elsie coloca una manta sobre Oliver.

—Tenemos que volver —dice Devon mirando el cielo.

Nadie protesta y cinco minutos después la lluvia cae con tanta fuerza que acabamos prácticamente corriendo por el sendero que conduce hasta la mansión. Brock llega el primero al porche completamente empapado y abre los brazos con dramatismo.

—Esto sí que no estaba en el programa.

Amara sube los escalones detrás de él y se escurre el agua del pelo.

—¿Sabes cuál es el problema de hacer bromas sobre el tiempo?

—¿Cuál?

—Que el tiempo no tiene sentido del humor.

Entramos en la casa entre risas, empapados y con las chaquetas empapadas.

El sonido de la lluvia golpeando los ventanales cambia por completo el ambiente.

Hace apenas una hora estábamos repartidos por la playa y ahora, en cambio, todos estamos refugiados en el salón, alrededor de la chimenea, con mantas, café e infusiones calientes y varias botellas de vino sobre la mesa.

—Bueno... —empieza a decir Brock mirando por la ventana con expresión resignada y se gira hacia el resto—¿Quién propone algo antes de que Dorian nos haga ver doscientas fotos de Oliver?

Dorian lo señala inmediatamente.

—No tengo tantas.

Elsie sonríe.

—Tiene trescientas cuarenta y dos.

—Eso no ayuda.

Naomi deja una baraja sobre la mesa.

—Podemos jugar a algo.

Brock sonríe.

—Por fin alguien con una buena idea.

Alistair ocupa uno de los sillones frente a la chimenea.

—Hace años que no jugamos todos juntos.

Elara se acomoda en el sofá.

—Eso significa que Brock volverá a hacer trampas.

—Aquello nunca pudo demostrarse —le responde él negando con la cabeza.

—Porque escondiste las cartas.

—Eso tampoco pudo demostrarse.

Amara se sienta a su lado.

—Porque las encontramos en tu mochila dos días después.

Brock hace una pausa.

—Los detalles nunca juegan a mi favor.

Las risas vuelven a llenar el salón mientras la lluvia sigue golpeando los cristales sin dar ninguna señal de querer parar.

Las cartas aparecen sobre la mesa del salón y Alistair propone un juego que ninguno recuerda del todo, aunque Brock asegura que eso nunca le ha impedido ganar.

—Porque cambias las reglas a mitad de la partida —protesta Elara mientras reparte las cartas.

—Eso se llama capacidad de adaptación —Brock se lleva una mano al pecho.

—Yo lo llamaría hacer trampas.

—Depende de quién escriba la historia.

Naomi observa las cartas que acaba de recibir.

—Empiezo a entender por qué nadie quiere formar equipo contigo.

—Porque me tienen envidia.

Amara deja escapar una risa.

—No, porque les gusta conservar las amistades.

Las partidas se suceden entre bromas, acusaciones absurdas y varias discusiones sobre reglas que nadie parece conocer con seguridad.

Oliver duerme sobre el pecho de Elsie durante buena parte de la tarde, aunque Dorian comprueba el monitor menos veces que por la mañana, lo que el resto interpreta como un progreso digno de celebración.

Incluso Max parece relajado y lo observo reírse con Devon por una jugada de Brock y durante un instante olvido que llevamos cinco años separados. Ese es el problema, que cada vez me resulta más fácil olvidarlo.

La segunda botella de vino ya está abierta cuando la conversación abandona definitivamente los juegos. Brock deja las cartas sobre la mesa y se estira en el sofá.

—Vale —dice mirando a su alrededor con expresión solemne—. Hora de las historias vergonzosas.

—Eso nunca acaba bien —le responde Elara después de soltar un resoplido.

—Precisamente por eso.

Devon niega con una sonrisa.

—Empieza tú.

—No.

—¿Por qué?

—Porque las mías ya las conocéis.

Amara cruza las piernas antes de intervenir.

—No. Las tuyas las hemos sufrido, que es diferente…

Las risas vuelven a recorrer el salón y Brock señala a Max.

—Entonces que empiece él.

—Ni hablar —le contesta Max alzando la mirada de la copa.

—Venga.

—No.

—Solo una.

—Brock...

Él cambia inmediatamente de objetivo.

—Diana.

Lo miro con resignación.

—No pienso ayudarte.

—Qué poca colaboración.

Naomi contempla la escena divertida.

—¿Siempre resolvéis los problemas así?

—No —responde Elara y hace una pausa—. A veces es peor.

Brock vuelve a dejar la copa sobre la mesa.

—Tengo una.

Sonríe con esa expresión que anuncia problemas.

—¿Os acordáis del día que Max intentó cocinar para Diana?

Noto cómo el corazón me da un pequeño vuelco y observo cómo Max levanta lentamente la cabeza.

—No.

—Claro que sí.

—No.

—Pues yo sí.

Elsie empieza a reír antes incluso de que Brock continúe.

—Yo también.

—Aquello fue espectacular —afirma Dorian asintiendo con la cabeza.

Max se pasa una mano por la nuca.

—No hace falta recordarlo.

—Hace muchísima falta.

Brock se incorpora un poco en el sofá.

—Nuestro brillante abogado decidió preparar una cena romántica.

Naomi sonríe.

—Hasta ahí todo bien.

—Exacto.

Brock levanta un dedo.

—El problema es que confundió el azúcar con la sal.

No puedo contener una carcajada y Max cierra los ojos un instante.

—Eso ocurrió una vez —se justifica Max.

—Ocurrió durante toda la cena.

—Solo el primer plato —aclara Max.

—Y el postre —añado yo.

Devon ya está riéndose.

—Lo mejor fue que insistía en que la receta estaba bien escrita.

—¿Te la comiste? —me pregunta Elara mirándome.

Asiento entre risas.

—Toda.

Max gira la cabeza hacia mí.

—Te dije que podíamos pedir una pizza.

—También me dijiste que era una receta infalible —le contesto.

—Porque lo era.

—Max... —le llamo la atención con una sonrisa.

—Hasta ese día.

Las risas llenan el salón mientras Naomi sigue observándonos alternativamente.

—¿Y no le dijiste nada?

—Se había pasado toda la tarde cocinando —le contesto encogiéndome de hombros—. Me daba pena.

—Siempre hacías eso —dice Max bajando la mirada hasta su copa.

La frase la dice tan despacio que casi pasa desapercibida, pero no lo hace, porque todos se quedan en silencio y nadie se vuelve a reír.

Brock deja de sonreír poco a poco, Elsie baja la mirada hacia Oliver e incluso Dorian parece darse cuenta de que acaba de cruzarse una línea invisible.

Max tarda un segundo en comprender lo que acaba de decir y yo ya no soy capaz de mirarlo.

De pronto siento que todas las personas de la habitación recuerdan la misma escena. No la de la cena, sino la de nosotros y Alistair rompe el silencio con absoluta naturalidad.

—Creo que alguien debería preparar café.

Nadie discute la propuesta y las conversaciones vuelven poco a poco, aunque ya no tienen la misma ligereza.

No consigo dormir. Llevo casi una hora dando vueltas en la cama cuando decido rendirme.

Aparto la manta con cuidado y me incorporo despacio.

La habitación permanece en penumbra y ni siquiera miro hacia el otro lado.

Lo último que quiero es despertar a Max si, por una vez, ha conseguido dormir mejor que yo.

Cojo una chaqueta fina del respaldo de la silla y salgo procurando que la puerta no haga ruido al cerrarse. Solo necesito un vaso de agua y unos minutos lejos de mi cabeza.

Cuando llego a la cocina, la luz que ilumina la encimera ya está encendida.

Me detengo en el umbral y veo a Max apoyado contra la isla con una taza entre las manos.

Lleva las mangas del jersey remangadas hasta los antebrazos y contempla la lluvia que golpea los ventanales.

Al oír mis pasos levanta la cabeza y una sonrisa discreta aparece en su cara.

—Pensaba que dormías —comenta sin moverse del sitio.