Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Diana

No sé quién disfruta más con todo esto si Brock o Elara, porque empiezo a sospechar que compiten y la prueba de eso la tengo durante el desayuno. Brock termina de untar una tostada mientras me observa por encima de la taza de café con una expresión de falsa inocencia que conozco bien.

—He dormido genial.

Nadie le responde, aunque él tampoco parece esperar una respuesta, lo único que necesita es público.

—Supongo que influye no tener que compartir habitación con una ex.

Amara deja el cuchillo sobre el plato y suspira sin levantar la vista.

—Buenos días para ti también.

—Solo estoy creando conversación —trata de justificarse Brock.

—Yo diría que estás buscando problemas —le corrige Amara.

—Son cosas distintas —se justifica él.

Elara se ríe antes incluso de que Brock termine la frase.

—Reconoce que llevas toda la mañana esperando sacar el tema.

Brock señala a Elara con la tostada.

—Gracias. Al fin alguien entiende mi compromiso con el entretenimiento —le dice Brock a Elara señalándola con la tostada.

—No lo entiendo. Lo padezco.

Max continúa desayunando como si la conversación no tuviera absolutamente nada que ver con él, lo cual es un esfuerzo admirable, aunque también completamente inútil.

—¿Qué tal has dormido? —le pregunta Brock a Max girando la cabeza hacia él.

Max levanta la vista de la taza con la misma calma con la que lleva soportando toda la mañana las bromas de Brock.

—Bien —responde antes de dar otro sorbo al café.

Brock apoya los antebrazos sobre la mesa y sonríe con evidente interés.

—¿Solo bien?

—Sí, solo bien —le confirma Max.

—¿Y no hubo ningún incidente nocturno? Pensaba que, compartiendo habitación, alguno de los dos acabaría perdiendo la paciencia.

Max deja la taza sobre el plato y entrelaza las manos delante de él.

—¿Qué clase de incidente esperabas exactamente?

Brock empieza a enumerar con los dedos.

—Un codazo. Una pelea por la manta. Que uno de los dos terminara durmiendo en el suelo. Cualquier cosa mínimamente entretenida.

Max niega despacio con una sonrisa resignada.

—Te estás quedando sin imaginación.

—Eso nunca —replica Brock con absoluta convicción.

Elara interviene desde el otro lado de la mesa mientras se inclina hacia delante y apoya los codos sobre el mantel.

—A mí me sigue sorprendiendo que ninguno de los dos intentara escapar por la ventana.

Max gira la cabeza hacia ella.

—La habitación está en la primera planta.

—Precisamente por eso —responde Elara encogiéndose de hombros—. Era una salida bastante razonable.

No puedo evitar sonreír, aunque intento esconder la sonrisa llevándome la taza hasta los labios, pero ya es tarde, porque Elsie me descubre al instante. Apoya el codo sobre la mesa y me señala con una sonrisa divertida.

—Acabas de sonreír.

Bajo la taza despacio.

—¿Y? —le pregunto.

—Que llevabas toda la mañana esforzándote por no hacerlo.

—No estaba esforzándome en nada.

Elara me dedica una mirada cargada de intención.

—Claro.

—¿Qué significa ese «claro»? —le pregunto frunciendo un poco el ceño.

—Significa exactamente lo que tú crees que significa.

Antes de que pueda responder, Naomi observa la conversación de un lado a otro con una expresión divertida. Hace apenas dos días que nos conoce y ya empieza a entender cómo funcionamos.

—Tengo una duda —dice levantando la mirada después de untar de mantequilla una tostada.

Brock alza inmediatamente la mano, como si estuviera en clase.

—Acepto preguntas.

—No iba dirigida a ti —dice Naomi sin ni siquiera mirarle.

—Todavía estás a tiempo de cambiar de idea.

Ella sonríe con tranquilidad.

—Lo dudo.

Después vuelve la cabeza hacia mí.

—¿Siempre consiguen terminar hablando de lo mismo?

La respuesta me sale antes de pensarlo.

—Sí.

Brock asiente muy satisfecho consigo mismo.

—La constancia es una virtud.

Amara deja la servilleta sobre su regazo y lo observa con falsa paciencia.

—El acoso también puede ser constante y no por eso mejora.

Las risas vuelven a recorrer el comedor y, por fin, la conversación empieza a alejarse de Max y de mí.

—Si el tiempo aguanta, podríamos bajar a la playa antes de comer —propone Alistar aprovechando el momento para consultar el reloj.

Devon saca el móvil del bolsillo y consulta la previsión meteorológica, pero a medida que lee la pantalla, el gesto se le va torciendo.

—No sé si va a ser buena idea. Aquí pone que esta tarde habrá tormenta.

Brock gira la cabeza hacia el ventanal y observa que el cielo sigue completamente despejado.

—Pues ese meteorólogo necesita unas vacaciones.

Devon se levanta un poco de la silla para enseñarle la pantalla.

—Tormenta a partir de las cinco, ¿lo ves? —le pregunta acercándole el teléfono tanto a la cara que es imposible que el otro vea algo.

Elara deja escapar un suspiro de decepción.

—Qué mala suerte. Justo hoy queríamos alquilar los kayaks.

—Entonces habrá que improvisar otro plan —comenta Amara mientras termina el café.

—La casa es lo bastante grande para mantenernos entretenidos —afirma Alistair asintiendo con tranquilidad.

—Eso es porque todavía no has visto a Dorian intentando organizar una partida de cartas mientras vigila el monitor del bebé —le responde Brock con una sonrisa.

Dorian levanta la cabeza al instante.

—Puedo hacer las dos cosas.

—Precisamente ese es el problema.

Oliver responde con un pequeño balbuceo desde la trona y toda la mesa gira la cabeza hacia él.

—No le hagas caso, Oliver. Yo también creo que tu padre necesita relajarse un poco —dice Brock inclinándose sobre el bebe.

Dorian deja el tenedor sobre el plato y lo mira con fingida seriedad.

—¿Sabes qué?

—Sorpréndeme —le responde Brock sonriente.

—Empiezo a entender por qué Oliver sonríe más cuando estás lejos.

Brock se lleva una mano al pecho con gesto dramático.

—Eso ha sido cruel.

—Y bastante merecido.

Las carcajadas vuelven a llenar el comedor.

Levanto la vista casi por casualidad y al hacerlo veo que Max me está mirando y no aparta los ojos de mí cuando nuestras miradas coinciden, ni yo tampoco.

Nuestro encuentro no dura más de un par de segundos, pero son suficientes.

Porque Brock carraspea con exageración para llamar la atención de toda la mesa y todos giramos la cabeza hacia él.

—Confirmado —afirma apoyando su taza sobre el plato y sonriendo con una satisfacción que me resulta insoportable.

Amara cierra los ojos un instante antes de mirarlo.

—Brock...

Él levanta una mano para pedir silencio.

—No, espera. Esto es importante.

Nos señala alternativamente a Max y a mí con un dedo.

—Acabáis de mantener contacto visual durante exactamente dos segundos y medio.

Elara rompe a reír.

—¿Los has contado de verdad?

Brock asiente con absoluta solemnidad.

—Mentalmente —confiesa.

Naomi deja escapar una carcajada.

—Esto empieza a dar un poco de miedo.

Brock se reclina satisfecho en la silla.

—No, yo diría mejor que esto empieza a darme la razón.

Vuelvo la vista hacia Max y veo que él suspira exactamente al mismo tiempo que yo, por lo que no hace falta decir nada, los dos acabamos de llegar a la misma conclusión: compartir habitación solo es el principio, lo realmente complicado va a ser sobrevivir a estos días en los Hamptons.

El resto de la mañana transcurre bastante mejor de lo que había imaginado.

El grupo baja hasta la playa poco después de recoger el desayuno y Oliver se queda dormido apenas diez minutos después de salir de la casa.

Eso parece relajar tanto a Dorian que, durante casi media hora, consigue mantener una conversación sin asomarse al carrito para comprobar que el niño sigue respirando.

Pero eso solo dura media hora. Porque mientras paseamos junto al agua, Dorian interrumpe la conversación para inclinarse sobre el carrito una vez más.

Aparta con cuidado la capota, observa a Oliver unos segundos y vuelve a colocarla como estaba.

Elsie, que camina a su lado, lo mira de reojo.

—Está dormido —le dice Elsie mirándolo de reojo y caminando a su lado.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué acabas de comprobarlo otra vez?

Dorian se incorpora con absoluta naturalidad.

—Por si acaso —suelta encogiéndose de hombros.

—¿Por si acaso qué?

—No lo sé. Por si hubiera dejado de dormir —le responde después de unos segundos.

Brock se lleva una mano a la frente con gesto dramático.

—No había visto una ansiedad tan organizada en toda mi vida.

—Es prevención —se justifica Dorian.

—Es paranoia con zapatillas.

Dorian continúa empujando el carrito sin darse por aludido y cuando apenas han caminado unos metros más, vuelve a levantar ligeramente la capota para echar otro vistazo.

—No ha tenido tiempo ni de cambiar de postura —le suelta Amara arqueando una ceja.

—Me ha parecido que se movía.

—El que se ha movido has sido tú —le contesta Elsie negando despacio con la cabeza con una sonrisa resignada.

Las carcajadas recorren el paseo, aunque Dorian vuelve a mirar a Oliver una última vez antes de asentir para sí mismo.

—Está bien.

Devon sonríe mientras mete las manos en los bolsillos.

—Llevas diciendo eso desde que salimos de la casa.

—Porque sigue estándolo.

—Entonces intenta creértelo tú también.

Dorian parece dispuesto a responder, pero en ese momento Oliver emite un pequeño bostezo desde el carrito. Él se inclina inmediatamente sobre su hijo y sonríe al comprobar que sigue profundamente dormido.

—¿Veis? Solo quería asegurarse de que seguíamos aquí.

Brock niega con la cabeza.

—No, Dorian. El que necesitaba asegurarse eras tú.

Brock observa la escena con una mezcla de diversión y ternura.

—Cuando nazca mi primer hijo pienso contratar a Dorian para que se preocupe por los dos.

—Tú no sabes cuidar ni a un cactus —le suelta Amara mirándolo de lado.

—Precisamente por eso necesito ayuda.

Seguimos caminando entre las casetas de madera y las pequeñas tiendas que bordean la playa. El ambiente es relajado. Hay familias jugando cerca del agua, grupos de adolescentes con tablas de surf y parejas sentadas en las terrazas que miran el mar sin ninguna prisa.