Capítulo 11 #2
—Habéis dicho que la música empezó antes de lo previsto, que el brindis no ocurrió cuando debía y que algunas personas terminaron en lugares donde no esperaban estar. Alguien tuvo que modificar el programa, ¿no?
Nadie responde de inmediato y me giro para mirar a Alistair, que sigue observando a Naomi con expresión serena.
—La coordinadora de la boda —dice Amara al cabo de unos segundos.
Brock niega con la cabeza.
—No. La coordinadora se marchó antes de medianoche porque su hija estaba enferma.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque discutí con ella por el horario de la barra libre.
—Qué sorpresa —murmura Devon.
Naomi se inclina un poco hacia delante.
—Entonces, después de que se marchara, ¿quién tenía el programa completo?
La mesa se queda en silencio, no porque nadie quiera responder, sino porque ninguno sabe qué decir. Miro otra vez a Alistair y esta vez sí que me encuentro con sus ojos.
—Tú —digo.
Brock vuelve la cabeza hacia él.
—Es verdad.
Alistair no cambia de expresión.
—Tenía una copia.
—¿Solo una copia? —pregunta Naomi.
—No lo recuerdo —añade Alistair tratando de desviar la atención sobre él.
—Pero sí recuerdas que la tenías.
—Eso parece.
Su respuesta es impecable, pero también inútil. Devon observa a Alistair con la misma atención que yo y Diana se reclina despacio en la silla.
—¿Fuiste tú quien habló con el equipo cuando la coordinadora se marchó?
—Ayudé en algunas cosas —admite Alistair sosteniéndole la mirada.
—¿Qué cosas? —pregunta Brock.
—Las necesarias.
—Esa respuesta no significa nada —contesta Naomi dejando el tenedor sobre su plato.
Alistair vuelve la cabeza hacia ella.
—Significa exactamente lo que he dicho.
—No. Significa que no quieres decir qué hiciste.
Naomi y Alistair permanecen mirándose unos segundos, sin molestarse en ocultar que ninguno piensa ceder.
—Esto empieza a ponerse interesante —dice Brock con una sonrisa.
Amara le toca el brazo para que se calle, aunque tampoco aparta la vista de Alistair. Él recoge la copa y da un sorbo antes de responder.
—No recuerdo todos los detalles.
Naomi ladea la cabeza.
—Curioso.
—¿El qué?
—Que hace un minuto parecías recordar perfectamente quién tenía el programa.
Alistair apoya la copa sobre la mesa y sostiene la mirada de Naomi.
—La memoria selecciona.
Naomi no aparta los ojos de él.
—O alguien selecciona por ella.
Esta vez nadie hace una broma. Brock deja de jugar con el tenedor, Dorian permanece inmóvil con Oliver en brazos y hasta Elara parece olvidarse de la comida. Miro a Diana y veo que ella también ha levantado la vista del plato y observa a Alistair con el ceño ligeramente fruncido.
Durante unos segundos nadie dice una palabra.
Entonces vuelvo a mirar a Alistair y por primera vez desde que llegamos a los Hamptons, la conversación del porche deja de parecerme una de sus rarezas.
Si todos recordamos aquella noche de forma distinta, quizá el problema no sea la memoria sino otra cosa.
La comida termina más tarde de lo previsto.
No porque nadie tenga prisa por levantarse, sino porque la conversación sobre la boda se resiste a desaparecer.
Durante varios minutos, seguimos repasando pequeños detalles que todos creemos recordar con absoluta claridad y que, sin embargo, encajan cada vez peor unos con otros.
Cuando por fin recogemos la mesa, nadie menciona el tema otra vez, pero tampoco tengo la sensación de que haya terminado.
La casa recupera poco a poco la calma cuando cae la noche.
Brock convence a Devon para jugar una partida de billar en la sala de juegos y Elara insiste en acompañarlos solo para demostrar que juega mejor que los dos.
Naomi desaparece con Amara después de prometerle que le enseñará unas fotografías del viaje a Islandia.
Dorian y Elsie suben un momento para acostar a Oliver y yo salgo a la terraza con una copa de vino, aunque no necesito beber, sino solo respirar.
Cuando salgo el aire es mucho más fresco que durante el día y el sonido del mar llega amortiguado desde la playa. Me apoyo en la barandilla de madera mientras observo las luces de las casas vecinas repartidas a lo lejos, mientras el sonido de las olas me acunan.
—Empiezo a sospechar que este es tu escondite favorito.
La voz de Diana consigue que sonría antes incluso de girarme. Cuando la miro, veo que sostiene una taza entre las manos. Lleva un jersey gris de punto fino sobre unos vaqueros oscuros y el pelo suelto, aunque se lo despeina la brisa marina.
—No sabía que estaba ocupado —me dice mientras se acerca despacio hasta mí, para apoyarse en la barandilla a mi lado.
—No lo está.
Durante unos segundos ninguno habla, aunque no me resulta incómodo. Compartimos el mismo trozo de barandilla mientras el viento mueve suavemente los árboles del jardín.
—¿Qué estás bebiendo? —me pregunta después de dar un pequeño sorbo a su taza.
Levanto ligeramente la copa.
—Vino.
—Esperaba una respuesta más emocionante.
—Puedo inventarme una si quieres, ¿eh?
Ella gira la cabeza hacia mí.
—¿Qué propones?
Finjo pensarlo.
—Un whisky escocés de edición limitada envejecido durante treinta años.
Diana contiene una sonrisa.
—No sabes distinguir un whisky de treinta años de uno del supermercado.
—Eso no puedes demostrarlo.
—Podría…
—No, no puedes.
—Porque ya lo hice —me recuerda alzando su taza.
Tardo un segundo en recordar el momento y después me echo a reír.
—No puede ser. Aquello fue una trampa.
—Fue una cata —me corrige.
—Cambiaste las etiquetas.
—Precisamente para comprobar si presumías sin saber.
Sacudo la cabeza.
—Nunca había imaginado que pudieras ser tan cruel.
—Lo fui un rato —reconozco.
—Y lo disfrutaste.
—Muchísimo.
Nuestras risas se mezclan con el sonido del mar y me doy cuenta de que hacía años que no nos reíamos así. Durante unos instantes desaparecen Londres, nuestra ruptura, los cinco años que han pasado y la habitación compartida. Ahora solo estamos nosotros dos.
—Sigues riéndote igual.
La frase escapa de mis labios antes de poder detenerla y Diana deja de sonreír poco a poco al escucharla.
—Tú también.
La observo unos segundos.
—Lo había olvidado.
Ella baja la vista hacia la taza.
—Yo no.
No sé qué responder, porque no es verdad que haya olvidado su risa. Lo único cierto es que intenté convencerme de que ya no importaba.
—¿Sabes qué es lo peor? —me pregunta tratando de cambiar el tema con suavidad.
—Depende.
—Que seguimos terminando las conversaciones exactamente igual.
—¿Cómo?
—Evitando lo importante.
No puedo discutirle eso, porque tiene razón.
—Supongo que resulta más fácil —le digo apoyando los antebrazos sobre la barandilla.
Ella asiente despacio.
—Mucho más.
El viento le aparta un mechón de pelo de la cara y sin pensar, alargo la mano para colocárselo detrás de la oreja.
El gesto es tan automático que ninguno de los dos parece reaccionar al principio, hasta que mis dedos rozan su piel.
Entonces el tiempo parece detenerse. Ella levanta despacio la mirada y nuestras caras están mucho más cerca de lo que imaginaba.
Sin embargo, ella no retrocede y yo tampoco.
Noto su respiración en mi mejilla y ella debe notar lo mismo con la mía.
No decimos nada, porque no hace falta. Después de cinco años, sigo sabiendo exactamente cuándo está nerviosa y ella también lo sabe.
—Max...
Pronuncia mi nombre en un susurro, aunque sin reproche ni distancia. Solo hay una pregunta sobrevolando nuestras cabezas que ninguno de los dos se atreve a hacer. Mi mano sigue junto a su rostro y bastaría inclinarme unos centímetros.
—¡Max!
La voz de Dorian rompe el momento como un disparo y los dos nos separamos a la vez. Diana da un paso atrás y yo retiro la mano con la misma rapidez. Al instante, Dorian aparece en la puerta de la terraza con Oliver en brazos y una expresión entre desesperada y agotada.
—Perdona... ¿puedes venir un momento?
Tardo un segundo en reaccionar.
—¿Qué pasa?
—No sé qué le ocurre. Lleva diez minutos despierto y solo quiere que alguien pasee con él.
Elsie aparece detrás de su marido y niega con resignación.
—No le hagas caso. Está perfectamente.
—No está perfectamente —insiste él.
—Dorian...
—Estoy seguro de que le pasa algo.
Oliver emite un bostezo enorme y veo por el rabillo del ojo como Diana baja la cabeza para ocultar una sonrisa y yo resoplo.
—Voy.
—Sabía que me entenderías —me dice Dorian que parece sinceramente aliviado.
Antes de entrar en la casa vuelvo la cabeza hacia Diana y veo que sigue junto a la barandilla. Ninguno dice nada sobre lo que acaba de ocurrir, porque no hace falta. Ambos sabemos lo cerca que hemos estado de cometer un error o quizá… de dejar de cometerlo.
Una hora más tarde todo vuelve a estar en calma.
Oliver duerme. Dorian, por fin, también parece convencido de que el mundo no se va a acabar y yo subo despacio las escaleras hacia mi dormitorio intentando no hacer ruido.
Cuando entro en la habitación encuentro a Diana profundamente dormida.
La lámpara de su mesilla sigue encendida y tiene un libro abierto sobre el pecho y varios mechones de pelo cubriéndole parte de la cara.
Me acerco despacio para apagar la luz y con cuidado retiro el libro, lo dejo sobre la mesilla y le coloco la manta que se le había bajado hasta la cintura.
Ella ni siquiera se mueve y aprovecho para observarla unos segundos.
Cinco años atrás habría entrado en esta habitación, me habría tumbado a su lado y habría pensado en la suerte que tenía.
Ahora sigo sintiendo exactamente lo mismo, la diferencia es que ya no deseo besarla, ni acostarme con ella, porque lo que realmente quiero va mucho más allá de eso.
Deseo volver a despertarme así todos los días, discutir por tonterías, reírme con ella, volver a construir la vida que un día dejamos a medias…
Y por primera vez desde que nos hemos reencontrado, dejo de engañarme, porque nunca he dejado de quererla.