Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

El paseo hasta el puerto transcurre entre conversaciones cruzadas, tiendas abiertas y el ir y venir constante de turistas.

Oliver vuelve a convertirse en el centro de atención cuando una pareja de ancianos se detiene para hacerle carantoñas y Elara termina haciéndose amiga de la dependienta de una tienda de productos artesanales antes incluso de cruzar la puerta.

El grupo vuelve a dispersarse sin proponérselo y Naomi entra con Amara en una tienda de decoración.

Elsie se queda mirando ropa infantil y Dorian desaparece detrás de un escaparate donde venden mochilas portabebés.

Brock anuncia que solo va a comprar una botella de agua y tarda exactamente treinta segundos en regresar con una bolsa de donuts.

—¿No ibas a comprar agua? —le pregunta Devon.

Brock levanta la botella con una mano y la bolsa con la otra.

—He optimizado el viaje.

Amara niega con la cabeza.

—No sé por qué sigo sorprendiéndome.

—Nos vemos dentro de media hora junto al faro —dice Alistair consultando la hora en su teléfono.

Todos asienten sin darle importancia y yo sigo caminando por el paseo marítimo, aunque no me doy cuenta de que me he separado del resto hasta que una voz conocida suena a mi lado.

—Creo que nos hemos quedado solos.

Levanto la cabeza y veo a Max caminando junto a mí con las manos en los bolsillos. Miro a nuestro alrededor y compruebo que parte del grupo ya está varios metros por delante o la otra parte ha desaparecido dentro de las tiendas.

—Parece que sí.

Seguimos andando sin prisa por el puerto, que está lleno de pequeños barcos de recreo que se balancean suavemente sobre el agua. Algunas gaviotas sobrevuelan los muelles esperando que alguien deje caer un trozo de comida.

—¿Cómo va la oficina de Nueva York? —me pregunta Max acabando con el silencio que reinaba entre él y yo.

Lo miro de reojo y pienso que la pregunta es segura, porque pertenece al ámbito profesional, es decir, que es la clase de conversación que ninguno de los dos tiene motivos para evitar.

—Mejor de lo que esperaba.

—Eso es buena señal.

Asiento.

—El equipo funciona muy bien. Al principio pensé que costaría más coordinar dos sedes con seis horas de diferencia, pero al final todo ha resultado más sencillo de lo que creía.

—Siempre se te dio bien organizar el caos —me contesta con una sonrisa.

No puedo evitar devolverle la sonrisa.

—Porque alguien tenía que hacerlo.

—¿Insinúas que yo era el caos?

Lo miro con fingida sorpresa.

—¿Todavía necesitas que lo confirme?

Max deja escapar una risa.

—Pensaba que con los años mejorarías tu opinión sobre mí.

—He mejorado muchas cosas.

—Esa no.

—No, esa no.

La conversación fluye con una facilidad que empieza a inquietarme. Nos detenemos frente a un pequeño puesto donde venden limonada casera y Max señala el cartel.

—¿Te sigue gustando?

Tardo un instante en entender a qué se refiere y después recuerdo que siempre pedía limonada cuando paseábamos en verano y encontrábamos algún puesto que vendía.

—Sigues acordándote.

Él mantiene la vista en el puesto.

—De algunas cosas —me responde encogiéndose de hombros.

Compramos dos vasos y seguimos caminando junto al agua.

Durante unos minutos hablamos de Londres, de los cambios de la ciudad, de lo difícil que resulta encontrar un taxi cuando llueve, de los restaurantes que han cerrado…

Todo parece sencillo, tanto que olvido por un momento que llevamos cinco años separados, aunque es Max quien acaba con esa sensación.

—¿Cuándo vuelves? —me pregunta de forma despreocupada.

Bebo un sorbo de limonada antes de responder.

—Dentro de un par de semanas.

Él asiente despacio.

—Imagino que tendrás ganas.

Al escuchar lo que acaba de decirme, tengo la sensación de que no habla como alguien a quien le da igual la respuesta, sino como alguien que ya conoce la respuesta y preferiría no escucharla.

—¿De verdad quieres saberlo? —le pregunto mirándole.

—Claro —me responde girando la cabeza hacia mí.

—Mientes.

—¿Perdón? —inquiere inmóvil.

—Estás fingiendo que esta conversación no te importa.

Él aparta la mirada hacia el mar.

—Es una conversación profesional.

—No —niego despacio con la cabeza—. Eso ha sido al principio, pero ahora no.

Caminamos varios metros sin hablar, hasta que finalmente él lanza un suspiro.

—Londres es tu casa.

—Sí.

—Tu empresa está allí.

—Sí.

—Tu vida también.

Hay algo en la forma en que pronuncia esa última frase que consigue hacerme daño, porque no lo está preguntando, sino intentando convencerse.

—Max...

Él niega suavemente con la cabeza.

—No pasa nada.

Y vuelve a mentir, lo conozco demasiado bien para no darme cuenta.

Durante unos minutos ninguno habla y seguimos caminando junto al puerto, uno al lado del otro, exactamente igual que hace años.

Al llegar al faro vemos al resto del grupo esperándonos.

Brock es el primero en levantar la mano y cuando estamos lo bastante cerca para oírlo, sonríe con la expresión que pondría alguien que acaba de encontrar una oportunidad perfecta para meterse donde no lo llaman.

—¡Hombre! —exclama mientras mira alternativamente a Max y a mí—. ¿Ya habéis vuelto o todavía estáis perdiendo el tiempo?

Las risas estallan inmediatamente a nuestro alrededor. Yo cierro los ojos un segundo con la certeza de que estos días en los Hamptons se me va a hacer mucho más largo de lo que imaginaba.