Capítulo 10
Diana
Me despierto y permanezco unos segundos tumbada, mirando el techo, mientras intento recordar dónde estoy.
El sonido constante de las olas llega amortiguado desde el otro lado de la ventana y tarda apenas un instante en devolverme a la realidad.
Estoy en los Hamptons compartiendo habitación con Max.
Giro despacio la cabeza hacia el otro lado de la cama y me encuentro con su lado vacío.
Las sábanas siguen revueltas, pero él ya se ha levantado y no sé por qué eso me decepciona un poco.
Aparto inmediatamente ese pensamiento de mi cabeza, me levanto y cojo mi ropa limpia del armario. Cruzo el dormitorio en silencio y entro en el baño con la absurda sensación de que, al menos por una mañana, no tendré que negociar horarios con nadie.
Cuando bajo a la planta principal, la casa ya está completamente despierta.
El olor a café recién hecho invade la cocina y las voces llegan mezcladas con las risas que entran desde el jardín.
Encuentro a las chicas alrededor de la isla central preparando el desayuno.
Elsie intenta untar una tostada mientras sostiene a Oliver con un solo brazo, Naomi coloca los platos sobre la mesa y Amara remueve el café con la tranquilidad de quien contempla el caos desde una distancia prudencial.
Elara es la primera en verme entrar. Levanta la cabeza, deja el cuchillo sobre la tabla de cortar y viene directamente hacia mí.
—¡Por fin! —exclama mientras me da un abrazo—. Pensaba que seguías durmiendo.
Le devuelvo el abrazo antes de sonreír.
—Lo estaba intentando.
Amara levanta la taza sin apartar la vista del café.
—Con Brock en esta casa, eso cuenta como deporte de riesgo.
Naomi deja una cesta con tostadas sobre la mesa y sonríe.
—Lleva despierto desde hace veinte minutos.
—Diecinueve exactamente —le corrige Brock desde el jardín, antes de que incluso aparezca por la puerta.
Todas giramos la cabeza hacia la cristalera y Elara resopla.
—Ni se os ocurra preguntarle cómo nos ha oído.
Amara deja la cucharilla sobre el plato.
—Tiene oído selectivo. Solo funciona cuando alguien habla de él.
En ese momento, Brock asoma la cabeza por la puerta corredera con una sonrisa de absoluta satisfacción.
—Es un talento natural.
Naomi apoya una mano sobre la encimera y lo observa divertida.
—No. Es un castigo para el resto de la humanidad.
Brock hace una pequeña reverencia.
—Agradezco el reconocimiento.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igualmente.
Las risas recorren la cocina y, por primera vez desde que llegamos, siento que puedo relajarme un poco.
Un rato después, Elsie intenta sentarse con Oliver en brazos, pero el niño decide que ese es el momento perfecto para removerse y estirar las piernas.
—Déjamelo un momento. Tú desayuna tranquila —le dice Elara dando un paso hacia ella.
—¿Estás completamente segura? —le pregunta Elsie mirándola con cierta desconfianza.
—Por supuesto.
—La última vez casi tiras el bolso al río.
Elara abre mucho los ojos.
—Eso fue un accidente por el viento.
—Pero si estábamos dentro de un restaurante.
Naomi ya no intenta contener la risa.
—Empiezo a entender por qué os lleváis tan bien.
Elara pone los ojos en blanco, pero acaba extendiendo los brazos.
—Venga, dámelo.
Elsie termina entregándole al bebé con más confianza de la que aparenta y Elara lo acomoda con muchísimo cuidado y sonríe orgullosa.
—¿Veis? Lo tengo perfectamente controlado.
Oliver la observa con enorme interés durante unos segundos, pero después arruga la nariz y Amara levanta lentamente la vista de la taza.
—Creo que eso no significa lo mismo para los dos.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Elara, todavía convencida de que todo va bien.
La respuesta llega un segundo después, porque Oliver regurgita un buen chorro de leche sobre la parte delantera de su camiseta y toda la cocina se queda en silencio.
—No puede ser... —dice Elara bajando muy despacio la vista hasta la mancha.
Oliver la mira completamente satisfecho y Elsie intenta contener la risa llevándose una mano a la boca, pero fracasa estrepitosamente. Naomi gira la cara hacia otro lado mientras se ríe en silencio y Amara deja la taza sobre la encimera.
—Ha sido muy preciso —afirma Amara aguantándose la risa.
Elara continúa mirando la camiseta.
—Me acaba de vomitar encima.
—Sí —responde Elsie entre carcajadas—. Bienvenida al club de la maternidad... aunque sea por accidente.
No puedo evitar reírme con ellas, pero justo entonces aparece Dorian por la puerta y se queda inmóvil al ver la escena.
—¿Qué ha pasado?
Elsie señala la camiseta de Elara.
—Nada grave.
Dorian ya se está acercando a Oliver.
—¿Ha vomitado?
—Un poco.
Él se inclina inmediatamente sobre el bebé y le toca la frente con el dorso de la mano.
—¿Está bien?
—Perfectamente.
—¿Seguro?
Elsie suspira con paciencia infinita.
—Dorian, acaba de echar un poco de leche.
—Eso puede significar muchas cosas.
Amara se cruza de brazos sin perder la calma.
—O una sola.
Dorian ni siquiera parece escucharla, porque ya está buscando algo con la mirada.
—Voy a por el termómetro.
Da media vuelta dispuesto a salir corriendo, pero Elsie lo sujeta del brazo antes de que llegue a la puerta.
—No vas a ninguna parte.
—Pero...
—Está perfectamente —sentencia Elsie mirando a Dorian.
—¿Y si...?
—Está perfectamente —insiste.
Dorian observa unos segundos a Oliver, después mira a Elsie y finalmente suspira.
—Vale —se queda callado por un instante—. Pero voy a vigilarlo.
En ese momento Brock entra en la cocina con las manos en los bolsillos, supongo que ha debido de escuchar la última frase. Se acerca al carrito, mira a Oliver con absoluta solemnidad y niega despacio con la cabeza.
—Pobre chaval.
Dorian frunce el ceño.
—¿Por qué?
Brock apoya una mano sobre el carrito.
—Porque acabas de anunciarle que va a tener vigilancia permanente hasta la universidad.
Después baja un poco la voz y mira al bebé.
—Si algún día necesitas escaparte de casa, avísame. Conozco sitios.
Amara se lleva una mano a la frente.
—Brock...
—¿Qué?
—Tiene tres meses.
—Nunca es pronto para hacer buenos contactos.
Dorian señala la puerta con el dedo.
—Fuera de la cocina.
Brock sonríe mientras retrocede un paso.
—Qué poca confianza hay en esta familia.
—La justa —responde Dorian sin dejar de vigilar a Oliver.
—Eso me duele.
—Ya se te pasará.
—No estoy tan seguro.
Brock gira sobre los talones dispuesto a marcharse, pero se detiene antes de cruzar la puerta y vuelve a asomar la cabeza.
—Por cierto... ¿dónde está Max?
Dorian señala distraídamente el jardín.
—Ha salido a correr hace un rato.
—Eso explica muchas cosas.
Elara arquea una ceja.
—¿Qué cosas exactamente?
—Que alguien de esta casa tenga fuerza de voluntad.
Amara niega despacio con la cabeza.
—La tuya consiste en levantarte antes para desayunar dos veces.
—Eso también requiere disciplina.
—No exactamente.
Naomi termina de colocar los cubiertos sobre la mesa y observa a Brock con curiosidad.
—¿Siempre eres así?
Él se lleva una mano al pecho.
—¿Así cómo?
—Incapaz de permanecer callado más de treinta segundos.
Brock parece pensárselo.
—Treinta segundos me parece una estimación optimista.
—Lo era.
Las carcajadas vuelven a llenar la cocina y en ese momento la puerta que da al jardín se abre de nuevo y Max entra secándose el cuello con una toalla mientras sostiene una botella de agua en la otra mano.
Lleva una camiseta deportiva oscura pegada al cuerpo por el sudor y el pelo ligeramente revuelto.
Se detiene al descubrir que toda la cocina está mirándolo.
—¿Qué?
Brock sonríe con absoluta tranquilidad.
—Nada.
—Eso nunca significa nada bueno —le responde con el ceño ligeramente fruncido.
—Simplemente comentábamos que eres la única persona capaz de salir a correr estando de vacaciones.
Max deja la botella sobre la encimera.
—Me gusta correr.
—A mí me gusta dormir —le responde Brock.
—Eso ya lo sabemos.
Brock acerca una silla y se deja caer sobre ella.
—Lo mío también es un deporte.
Amara ocupa el asiento de al lado y lo mira de reojo.
—No. Lo tuyo es una afición.
Mientras ellos siguen discutiendo, Max levanta la vista y nuestras miradas se cruzan un instante, pero ninguno sonríe ni aparta la vista de inmediato. Es un gesto breve, casi insignificante, pero siento la misma incomodidad que la noche anterior.
Ayer compartíamos una cama y esta mañana fingimos que no ha pasado nada.
—Bueno —anuncia Brock mientras se frota las manos—. Ahora que ya estamos todos...
No me gusta el brillo que aparece en sus ojos, porque eso nunca anuncia nada bueno.
—...ha llegado el momento de hacer la pregunta importante.
Max cierra la botella de agua con calma.
—No la hagas.
—¿Por qué? —pregunta Brock desconcertado.
—Porque ya sé cuál es.
Brock sonríe todavía más.
—Entonces me ahorrarás tiempo —dice inclinándose sobre la mesa y nos señala alternativamente con un dedo—¿Qué tal vuestra convivencia en la misma habitación?
Un silencio incómodo cae sobre la cocina.
Elara baja despacio la taza de café y sonríe con evidente interés.
Después, Naomi mira primero a Brock y después a nosotros, intentando averiguar por qué esa pregunta parece haber detenido la conversación.
Amara ni siquiera intenta ocultar que quiere escuchar la respuesta y Dorian continúa dando el biberón a Oliver, aunque presta mucha más atención a nosotros que al niño.
Max es el primero en reaccionar, se quita la toalla del cuello y se sirve un vaso de agua fría antes de responder con absoluta tranquilidad.
—He dormido poco.
Brock hace un gesto con la mano.
—Eso ya lo sabemos, pero quiero la versión completa.
Max bebe un sorbo antes de dejar el vaso sobre la encimera.
—No hay versión completa.
—¿Ni una discusión?
—No.
—¿Ni una pelea por la almohada?
—No.
—¿Ni siquiera un codazo?
Max niega con paciencia.
—Nada de eso.
Brock gira inmediatamente hacia mí.
—¿Confirmas su declaración?
Todas las miradas recaen sobre mí al mismo tiempo y lo único que puedo hacer es respirar hondo antes de contestar.
—Tiene razón —respondo asintiendo con la cabeza.
Brock entrecierra los ojos.