Capítulo 9 #3
Seguimos caminando por la calle principal sin intercambiar una sola palabra durante unos metros.
No resulta incómodo, pero sí extraño. A nuestro alrededor el mercado está lleno de gente.
Varias familias pasean entre los puestos mientras un músico toca la guitarra junto a una cafetería y el olor a croissants recién hechos llega desde una pequeña panadería de la esquina.
Diana reduce el paso al llegar a un puesto de mermeladas artesanales.
Coge un tarro de arándanos y gira la etiqueta para leer los ingredientes con la misma concentración con la que otras personas revisan un contrato y al verla, no puedo evitar sonreír.
—¿Sigues leyendo todas las etiquetas antes de comprar algo? —le pregunto mientras me detengo a su lado.
Ella levanta la vista del tarro y me mira.
—Alguien tiene que comprobar que no me intenten vender azúcar con sabor a fruta.
Apoyo una mano sobre el mostrador del puesto.
—Tú convertías la compra de un bote de miel en una investigación científica.
Diana deja escapar una risa baja mientras devuelve el tarro a su sitio.
—Gracias a mí descubrimos que una llevaba colorantes.
—Gracias a ti llegamos cuarenta minutos tarde a una cena.
Ella se encoge ligeramente de hombros.
—Era una información relevante.
—Solo para las abejas.
Diana niega despacio con la cabeza mientras empieza a caminar otra vez.
—Sigues exagerándolo todo.
Me pongo en marcha a su lado.
—Jamás.
Seguimos avanzando entre los puestos hasta llegar a otro donde venden velas aromáticas, jabones y pequeñas piezas de cerámica hechas a mano. Diana toma una vela entre las manos, acerca la nariz y la huele con curiosidad.
La observo un momento antes de hablar.
—¿Qué?
Ella vuelve a inspirar con calma.
—Huele a bosque.
Me acerco un poco para leer la etiqueta.
—Eso pone.
Diana gira la vela entre las manos.
—Pues alguien ha conseguido meter un bosque dentro de un bote.
La dependienta, que está ordenando unas cajas detrás del mostrador, levanta la cabeza y sonríe.
—Es cedro con romero.
Diana vuelve a olerla.
—Ahora tiene sentido.
La dependienta asiente satisfecha y continúa con su trabajo.
—¿Te la llevas? —le pregunto.
Ella deja la vela en el mismo sitio del que la ha cogido.
—No.
La miro divertido.
—Has estado dos minutos analizándola.
—Eso no significa que quiera comprarla.
—Pensaba que formaba parte del protocolo.
Diana me lanza una mirada de reojo.
—Hay costumbres que no cambian.
Su tono varía un poco, aunque no parece estar hablando únicamente de una vela, pero decido no decir nada.
Reanudamos el paseo y, unos metros más adelante, una pequeña librería abierta a la calle consigue captar inmediatamente su atención y en cuanto ve los libros cambia de dirección. Sonrío para mis adentros mientras la sigo.
—Eso tampoco ha cambiado —digo mientras ella ya hojea una novela.
—No pienso disculparme por entrar en una librería —me responde sin apartar la mirada del libro.
Cojo un ejemplar de otra mesa y lo abro distraídamente.
—Nunca lo hacías.
Diana levanta una ceja.
—¿Perdón?
—Siempre decías que solo ibas a mirar.
Ella cierra el libro y me señala con él.
—Y era verdad.
No puedo evitar reír.
—Terminabas comprando tres.
—Dos.
—Cuatro.
Ella deja el libro sobre la mesa con cuidado y se cruza de brazos.
—Tres... como mucho.
—Eso ya es una negociación.
—Es una rectificación.
La observo unos segundos.
—Sigues discutiendo exactamente igual.
Diana sonríe sin darse cuenta.
—Porque normalmente tengo razón.
—Eso también lo decías antes.
Su sonrisa permanece un poco más y después desaparece con la misma rapidez con la que ha llegado.
—Funcionó durante años.
Baja la vista hacia los libros y yo cierro despacio el que tengo entre las manos. Ninguno habla, aunque no hace falta, porque ambos sabemos perfectamente a qué años acaba de referirse.
Diana es la primera en reaccionar, deja el libro sobre la mesa y da un pequeño paso hacia la salida.
—Creo que los demás ya nos habrán sacado ventaja.
Asiento mientras vuelvo a caminar junto a ella.
—Probablemente.
Salimos de la librería y retomamos el paseo al mismo ritmo pausado que siempre.
Cualquiera diría que es casualidad, pero yo sé que no lo es, porque durante años siempre caminamos así: sin esperarnos ni adelantarnos.
Simplemente ajustábamos el paso del uno al otro sin necesidad de decir una sola palabra.
Cinco años después seguimos haciéndolo igual.
Unos metros más adelante nos detenemos frente a un escaparate lleno de objetos de cerámica. Diana levanta una mano y señala una taza pintada a mano.
—Esta se parece muchísimo a una que rompiste.
La frase sale de su boca con absoluta naturalidad y ambos nos quedamos quietos, porque ninguno entiende por qué acaba de decir eso.
—Perdón —se disculpa apartando la vista del escaparate con rapidez.
Niego despacio.
—No hace falta.
Durante unos segundos seguimos caminando.
—Nunca la rompí aposta.
—Lo sé —me responde con una media sonrisa.
—Intentaba alcanzar el azúcar.
—Lo recuerdo.
—Estaba mal colocada.
—No.
Me mira de reojo.
—Tú calculaste mal la distancia.
No puedo evitar reír.
—Eso nunca quedó demostrado.
—Se rompió una taza.
—Era una prueba circunstancial.
Ella niega con la cabeza.
—Sigues discutiendo igual.
—Tú también.
Nos miramos y, durante un instante, tengo la sensación de que desaparecen estos cinco años y no estamos en los Hamptons, ni somos dos personas que llevan media década separadas. Solo somos Diana y yo discutiendo por una taza.
Ella rompe el momento primero y señala otra tienda.
—Creo que Elsie estaba buscando una manta para Oliver.
—Sí.
La complicidad desaparece tan deprisa como había aparecido y seguimos caminando con un metro de distancia entre los dos.
Cuando regresamos a la casa, parece que el grupo empieza a notar el cansancio.
Oliver duerme profundamente en el carrito, ajeno a la excursión que acabamos de hacer.
Brock sigue defendiendo con entusiasmo que ha conseguido negociar el mejor helado del pueblo, mientras Amara camina a su lado sosteniendo el ticket de la compra.
—Has pagado el precio que marcaba —le recuerda Amara sin dejar de andar.
Brock abre la puerta principal y le dedica una sonrisa de absoluta confianza.
—Sí, pero lo he pagado con estilo.
—Eso no cuenta como descuento —le recuerda Amara con paciencia.
—Cuenta para mi orgullo.
—Tu orgullo no aparece en el recibo —le contesta ella negando con la cabeza.
Las risas acompañan al grupo hasta el salón. Uno tras otro vamos dejando las bolsas y las chaquetas sobre los sofás, mientras Dorian empuja el carrito con cuidado para no despertar a Oliver.
Yo saco las llaves del bolsillo con intención de dejarlas sobre la repisa de la chimenea, pero entonces me detengo al ver un marco de fotos apoyado junto al reloj de sobremesa.
Estoy seguro de que esta mañana no estaba ahí.
Lo cojo con cuidado y observo la fotografía que tiene unos cuantos años.
Diana y yo aparecemos sentados en la terraza de un restaurante junto al río.
Ella lleva una chaqueta vaquera y está riéndose de algo que acabo de decir.
Yo, en cambio, ni siquiera miro a la cámara, porque la estoy mirando a ella. Recuerdo perfectamente aquel día.
—Curioso.
La voz de Devon llega desde mi espalda y me vuelvo despacio sin dejar de sujetar el marco.
—¿Habías visto esta fotografía antes? —le pregunto frunciendo el ceño.
Devon se acerca un par de pasos, fija la vista en el marco que tengo entre las manos y después niega lentamente con la cabeza.
—No. Juraría que esta mañana no estaba ahí.
Vuelvo a mirar la fotografía y recorro el salón con la vista buscando alguna explicación.
Al otro lado de la habitación, Alistair conversa tranquilamente con Dorian junto a uno de los ventanales.
Tiene una taza de café en la mano y escucha algo que Dorian le está contando mientras señala a Oliver, que sigue dormido en el carrito.
No parece prestar la menor atención a lo que ocurre aquí, pero no puedo evitar sospechar de él.
Si hay una persona capaz de colocar una fotografía en el lugar exacto, desaparecer antes de que nadie lo note y fingir después que no sabe absolutamente nada... Esa persona es Alistair.
Como si hubiera sentido que lo estaba observando, levanta la cabeza en ese mismo instante y nuestras miradas se cruzan.
No sonríe, aunque tampoco parece sorprendido de encontrarme con la fotografía entre las manos.
Simplemente me sostiene la mirada antes de volver a centrar su atención en la conversación con Dorian, como si aquel marco nunca hubiera existido.
Bajo la vista otra vez hacia la fotografía y aunque la imagen es igual que hace un momento, ya no consigo verla igual. Por primera vez desde que llegamos a los Hamptons, tengo la sensación de que alguien está moviendo las piezas de estos días con mucha más intención de la que quiere reconocer.