Capítulo 9
Max
Dormir es una palabra optimista y descansar, directamente, una fantasía.
Abro los ojos y permanezco unos segundos mirando el techo.
La habitación todavía está en penumbra y el sonido de las olas llega amortiguado desde la playa.
No necesito girarme para saber que Diana sigue en la cama.
Lo sé porque llevo buena parte de la noche siendo consciente de su respiración, de las veces que ha cambiado de postura y del instante en que ha dejado de fingir que dormía para empezar a hacerlo de verdad.
Miro el reloj de la mesilla de noche y veo que son las seis y veinte.
Si me levanto ahora, probablemente consiga un café antes de que Brock aparezca dispuesto a comentar cómo ha ido nuestra primera noche compartiendo habitación y solo por eso ya merece la pena madrugar.
Así que me incorporo con cuidado para no hacer ruido y apoyo los pies en el suelo.
Cojo la ropa que dejé preparada anoche y entro en el baño procurando cerrar la puerta con la mayor suavidad posible.
Cinco minutos después salgo vestido con unos vaqueros y una camiseta azul oscuro.
La observo y sigue dormida o, al menos, eso parece.
Tiene media cara escondida con la almohada y el pelo le cubre parte de la frente.
Hace años me habría acercado para apartárselo, ahora, en cambio, me limito a coger el móvil y salir de la habitación haciendo el menor ruido.
Cierro la puerta despacio y respiro aliviado por primera vez desde que llegamos ayer.
La casa todavía está en silencio. Bajo la escalera siguiendo el olor del café recién hecho y entro en la cocina con la certeza de que alguien se ha levantado antes que yo y se ha preparado un café.
Al llegar a la planta baja veo a Dorian frente a la encimera con una botella de agua caliente en una mano y un biberón en la otra.
Lleva el pelo completamente despeinado, una camiseta arrugada y unas ojeras que parecen tener vida propia.
Me mira como quien acaba de encontrar refuerzos.
—Gracias a Dios.
Me paro en seco.
—Buenos días para ti también —le digo con una leve sonrisa.
—No lo son —me responde a media voz y negando con la cabeza.
—¿Dónde están Elsie y Oliver? —le pregunto mirando a mi alrededor.
Dorian señala el piso de arriba con el pulgar.
—Elsie ha conseguido que se vuelva a dormir hace media hora. Me ha dicho que aprovechara para desayunar y descansar un poco.
—Parece un buen plan.
—Lo era hasta que me ha pedido que preparara el siguiente biberón.
—¿Y? —le pregunto levantando una ceja.
—Creo que lo he hecho mal —. Me enseña el biberón como si fuera una prueba judicial.
—¿Qué has hecho exactamente? —le pregunto acercándome hasta donde está.
—Seguir las instrucciones —me responde encogiéndose de hombros.
—Eso suele funcionar.
Dorian niega con energía.
—No cuando las instrucciones parecen escritas por alguien que odia a los padres primerizos.
Cojo el bote de leche en polvo y leo la etiqueta.
—Una medida rasa por treinta mililitros.
—Eso pone —me contesta asintiendo con la cabeza como un autómata.
—¿Y cuál es el problema?
Dorian suspira.
—¿Qué significa exactamente «rasa»?
No puedo evitar mirarlo y veo que me está sosteniendo la mirada con absoluta seriedad.
—¿Hablas en serio? —le pregunto sorprendido.
—Completamente —asiente levemente con la cabeza.
—Rasa significa que la llenas y después retiras lo que sobra —le explico tomando la cucharilla dosificadora con dos dedos.
—¿Con qué?
—Con el borde del bote.
Dorian permanece callado unos segundos.
—Yo lo estaba haciendo con el dedo.
—Empiezo a entender muchas cosas —le contesto sin poder contener la risa.
—No te burles. Llevo tres meses sin dormir una noche entera.
Mientras hablo con él, abro el bote, lleno la cucharilla y la paso por el borde de la lata para dejarla completamente nivelada. Dorian observa el movimiento con una concentración impropia de un socio de uno de los despachos más importantes de Manhattan.
—Pues sí que cambia.
—Bastante.
—Nadie me explicó esa parte.
—Pensabas que «rasa» era una sugerencia.
—Pensaba que era una actitud.
No llego a responder, porque ambos levantamos la cabeza al mismo tiempo al escuchar que desde el monitor del bebé apoyado sobre la encimera llega un pequeño sonido.
—Ya está despierto —. Dorian palidece mirando el reloj—. Ha dormido veintiocho minutos.
Lo dice con la resignación de quien acaba de perder una apuesta millonaria. El monitor vuelve a emitir un pequeño quejido y él cierra los ojos.
—No puede ser.
Deja el biberón sobre la encimera y se queda inmóvil unos segundos, como si esperara que el problema se resolviera solo, pero eso no sucede, porque Oliver protesta otra vez.
—Creo que te reclama.
—No, reclama a su madre.
El llanto aumenta un poco de intensidad y Dorian señala el monitor con expresión dramática.
—¿Ves? Ese tono significa que dentro de treinta segundos va a considerar insuficiente cualquier esfuerzo humano.
—Hablas como si fuera un negociador internacional.
—Es peor, porque los negociadores aceptan acuerdos.
Antes de que pueda responderle, unas pisadas aceleradas resuenan en la escalera y Dorian se gira de golpe.
—Ya voy —eleva un poco la voz.
Sube los dos primeros escalones, pero se detiene y vuelve a bajar.
—El biberón.
Lo recoge, da otros tres pasos, pero se vuelve de nuevo.
—¿Está demasiado caliente?
Cojo el biberón de sus manos, lo agito ligeramente y me echo unas gotas de leche en la muñeca izquierda para comprobar la temperatura.
—Está bien —le informo con convicción.
—¿Seguro?
—Seguro —le respondo con seguridad.
Dorian asiente con una solemnidad impropia de la situación.
—Si sobrevivo a esta toma, voy a dormir doce horas seguidas.
—Eso tendrás que negociarlo con Oliver.
—No creo que acepte —me responde y desaparece escaleras arriba justo cuando el llanto aumenta de volumen.
La cocina recupera el silencio durante apenas medio minuto, porque poco después vuelve a escucharse el llanto del crío de nuevo, pero esta vez más fuerte. Resoplo negando con la cabeza con la certeza de que la negociación no ha ido bien.
Un minuto después Dorian reaparece con Oliver en brazos. El niño protesta con auténtica convicción mientras él intenta sujetar el biberón, el babero y una muselina al mismo tiempo.
—Te juro que hace nada estaba dormido.
Me acerco para sujetar la muselina antes de que se caiga al suelo.
—Creo que tienes más manos ocupadas de las que puedes manejar.
—Eso intento explicarle yo también.
Oliver rompe a llorar otra vez y Dorian prueba con el biberón, pero no funciona. Lo balancea con suavidad y tampoco. Le habla en voz baja, pero el resultado sigue siendo exactamente el mismo.
—No me quiere.
No puedo evitar sonreír.
—Tiene tres meses.
—Precisamente por eso… Ya tiene personalidad.
—Lo que tiene es hambre.
—Pues no parece dispuesto a colaborar.
Se queda mirando a Oliver con expresión derrotada.
—Empiezo a sospechar que prefiere a cualquier persona antes que a mí.
En ese momento aparece Elsie por la puerta de la cocina con el pelo alborotado y un albornoz sobre el pijama. Se apoya un instante en el marco de la puerta observando la escena.
—¿Qué ha pasado aquí?
Dorian levanta las manos.
—Todo iba perfectamente hasta que dejó de ir perfectamente.
Elsie contiene una sonrisa.
—Eso aclara muchísimo la situación.
Se acerca hasta ellos y acaricia la mejilla del bebé.
—Déjame ver.
Dorian le entrega el biberón.
—Creo que he preparado bien la leche.
Ella lo prueba asintiendo con la cabeza.
—Está perfecta.
Dorian parece sinceramente sorprendido.
—¿Sí?
—Claro.
—Entonces ¿por qué llora? —pregunta él con desesperación.
Elsie lo mira durante un par de segundos y después rompe a reír.
—Porque es un bebé, Dorian.
—Esa explicación empieza a serviros para todo.
—Porque suele ser la correcta.
Oliver continúa protestando y Elsie intenta cogerlo, pero el niño arquea la espalda con esa fuerza inexplicable que tienen los bebés cuando deciden que no están de acuerdo con el mundo y ella lanza un profundo suspiro.
—Hoy está especialmente guerrero.
Sin pensarlo demasiado, alargo los brazos.
—¿Puedo probar?
Elsie me mira un instante y después me pone a Oliver entre los brazos.
Lo acomodo contra mi pecho procurando sujetarle bien la cabeza y empiezo a caminar despacio por la cocina.
No hago nada especial, simplemente avanzo con un balanceo tranquilo mientras le doy unas palmaditas suaves en la espalda.
El cambio llega casi de inmediato. El llanto pierde intensidad y se convierte en un par de quejidos para después desaparecer por completo.
Poco después el niño bosteza con toda la tranquilidad del mundo y termina apoyando la cabeza bajo mi barbilla.
Cuando levanto la vista descubro que Dorian y Elsie me observan exactamente igual que si acabara de resolver un truco de magia.
—No puede ser —susurra Dorian abriendo mucho los ojos.
Miro a Oliver.
—Creo que simplemente quería cambiar de postura.
—No.
Dorian niega con absoluta convicción.
—Eso ha sido brujería.
—No ha sido brujería —le responde Elsie rompiendo a reír.
—Pues explícamelo.
—No todo tiene explicación.
—Eso es justo lo que diría una bruja.
Elsie le da un pequeño golpe en el brazo.
—Empieza a dormir más de tres horas seguidas y luego hablamos.
Dorian se deja caer sobre una silla.
—Estoy criando a un niño que me humilla delante de mis amigos.
—No te humilla —le contesta Elsie aún con una sonrisa en los labios.
—Acaba de elegir a Max.
Miro a Oliver, que ya parece dispuesto a volver a dormirse.
—No creo que haya elegido a nadie.
—Pues yo sí —. Dorian apoya los codos sobre la mesa—. Empiezo a sospechar que voy a tener que contratarte para las mañanas.
Sigo balanceando a Oliver con suavidad.
—No creo que aceptara el puesto.
—¿Ni con un buen sueldo?
—Sobre todo con un buen sueldo.
Elsie se sirve una taza de café y niega divertida mientras observa a su marido.
—Déjalo tranquilo. Bastante hace con soportarte como amigo.
Dorian finge sentirse ofendido.