Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Es un concepto poco concreto.

—Ya me entiendes.

Max termina sonriendo por primera vez desde que llegamos. Es una pequeña curva en la comisura de los labios, pero tengo suficiente para reconocerla de inmediato. Es la misma que ponía cuando estaba a punto de discutir conmigo por puro entretenimiento y eso me obliga apartar la vista de él.

—Podemos hacerlo por turnos —propone.

Asiento.

—Eso tiene más sentido.

—Empiezas tú mañana.

—Gracias.

—De nada.

Se produce una pausa breve y él señala la cama otra vez.

—¿Alguna norma más?

Me obligo a seguir pensando.

—Si uno de los dos ronca...

Max me mira sorprendido.

—¿Ronco?

—No lo sé.

—Tú deberías saberlo.

Las palabras salen antes de que ninguno pueda detenerlas y ambos nos quedamos inmóviles, porque hace cinco años esa conversación habría sido completamente normal. Sin embargo, ahora esas mismas palabras ya no suenan igual.

Soy la primera en romper el momento.

—Han pasado cinco años.

—Lo sé.

—La gente cambia.

Él asiente despacio.

—Sí, supongo que sí.

No añade nada más y yo tampoco. Así que camino hasta el armario y saco el neceser de la maleta, porque necesito tener las manos ocupadas y dejar de pensar en que hace apenas unos minutos hemos hablado con absoluta naturalidad sobre si ronca o no. Es absurdo. Todo esto es absurdo.

—Tengo otra norma —digo mientras coloco la ropa sobre una de las baldas.

Max sigue junto a la cama.

—¿Cuál?

Cierro la maleta y después levanto la vista hacia él.

—No hablar del pasado.

Él tarda unos segundos en responder, aunque no aparta la mirada de mí.

—¿Esa es una norma o una condición?

Trago saliva.

—Las dos cosas.

Max permanece inmóvil y finalmente asiente una sola vez.

—De acuerdo.

Acepta con tanta facilidad que, por algún motivo, eso me duele un poco más de lo que esperaba. Porque una parte de mí había imaginado que discutiría, insistiría o preguntaría por qué, pero no hace nada de eso, simplemente acepta.

Max permanece unos segundos donde está antes de abrir también su maleta.

Los dos empezamos a sacar ropa al mismo tiempo, procurando no invadir el espacio del otro.

Resulta casi cómico comprobar el cuidado con el que evitamos cruzarnos cuando hace años éramos incapaces de movernos por un piso sin chocarnos constantemente.

El armario tampoco ayuda, porque es enorme para una pareja, pero ridículo para dos personas empeñadas en fingir que son desconocidas.

Dejo varios vestidos colgados en la parte izquierda y coloco el neceser sobre una balda y veo que Max espera a que termine antes de acercarse al lado derecho.

—Puedes utilizar también los cajones de abajo —me dice mientras cuelga sus camisas.

—Con esto tengo suficiente —le respondo negando con la cabeza y él asiente sin insistir.

Hace cinco años habría respondido que era una tontería, habría ocupado media balda con mis cosas y la otra media con las suyas, porque nunca entendió por qué necesitaba tanto espacio para solo unos días fuera. Ahora ni siquiera intenta discutir y no sé por qué, pero eso me entristece un poco.

Cuando terminamos de ordenar el equipaje, volvemos a quedarnos sin ninguna tarea que hacer y tengo la sensación de que la habitación resulta mucho más pequeña cuando no hay maletas abiertas.

—Creo que aún tenemos tiempo antes de bajar —me dice consultando la hora en su reloj.

—Sí.

Ninguno se mueve y la situación empieza a resultar absurda.

—Voy a cambiarme —anuncio mientras cojo una camiseta amplia y un pantalón corto de algodón.

Max señala el baño.

—Adelante.

Entro y cierro el estor translúcido, aunque no sirve de gran cosa, porque se distinguen las siluetas con bastante claridad.

Así que me cambio lo más deprisa que puedo y recojo el pelo en un moño antes de salir.

Al escucharme, Max levanta la vista del móvil y me observa durante una décima de segundo y después vuelve a bajarla con la misma rapidez.

—Ya puedes entrar —le digo sin atreverme a mirarlo por si nuestras miradas vuelven a coincidir.

—Gracias.

Espero junto a la ventana mientras él desaparece tras el cristal e intento concentrarme en las vistas.

El océano se extiende tranquilo hasta el horizonte y una ligera brisa mueve las copas de los árboles que rodean la finca.

A pesar de que este lugar es precioso, no consigo disfrutarlo, porque el ruido del agua al otro lado del cristal me devuelve una y otra vez al mismo pensamiento.

Hace cinco años esto habría sido lo más normal del mundo, pero ahora me descubro calculando cuánto tarda en ducharse un hombre con el que compartí media vida. Es ridículo. Así que respiro hondo, porque necesito dejar de comparar constantemente el presente con el pasado.

La puerta del baño vuelve a abrirse unos minutos después y Max sale con un pantalón de deporte gris y una camiseta oscura. Lleva el pelo todavía húmedo y durante un instante me sorprende descubrir que sigue utilizando el mismo perfume después de cinco años.

Aparto la vista inmediatamente.

—¿Bajamos? —le pregunto.

—Sí.

La cena transcurre mucho mejor de lo que esperaba.

Brock monopoliza la conversación contando una historia absurda sobre un cliente que confundió una cláusula de confidencialidad con una invitación para publicar fotografías en redes sociales.

Dorian interrumpe el relato tres veces, porque Oliver decide que ese es el momento perfecto para protestar.

Naomi termina riéndose tanto con Elsie que las dos tienen que levantarse de la mesa para calmar al niño.

Durante un rato casi consigo olvidarme de dónde voy a dormir, porque, cuando la noche empieza a caer y todos deciden retirarse a sus habitaciones, el problema vuelve a esperarme donde lo había dejado.

Subimos la escalera junto al resto del grupo y Brock pasa a nuestro lado y nos dedica una sonrisa que promete problemas.

—Que descanséis.

—Deja de comportarte como un adolescente —le dice Amara dándole un pequeño empujón.

—No he dicho nada —se defiende él.

—Precisamente por eso.

Entramos en la habitación y esta vez ninguno pierde el tiempo contemplando la cama, porque ambos sabemos que sigue ahí.

Así que, después de lavarme los dientes y ponerme el pijama en el baño, apago la lámpara de la mesilla de noche de mi lado mientras Max hace lo mismo con la suya.

Lo único que alumbra la habitación es la tenue luz que entra por la ventana de la luna.

Me meto bajo las sábanas procurando ocupar el extremo izquierdo de la cama.

Después el colchón se hunde ligeramente cuando se tumba al otro lado.

Hay espacio de sobra entre los dos y, aun así, tengo la absurda sensación de que está demasiado cerca. Cierro los ojos, pero no funciona, porque escucho su respiración, el leve roce de las sábanas cuando cambia de postura y el crujido del colchón cuando pone un brazo bajo la cabeza.

Recuerdo exactamente ese sonido al igual que recuerdo lo fácil que era dormir junto a él.

Nunca tuve que pensar dónde colocar un brazo ni preocuparme por rozarlo sin querer, porque simplemente ocurría.

Durante años compartir cama fue la cosa más natural del mundo.

Ahora, en cambio, parece un ejercicio de autocontrol.

Cuando cambio de postura, las sábanas se mueven y al otro lado ocurre lo mismo.

Contengo una sonrisa, porque supongo que él tampoco duerme.

Miro el reloj de la mesilla y veo que son las doce y cuarto, después la una menos diez, más tarde las dos…

. Y el sueño sigue sin aparecer. En ese momento, empiezo a preguntarme si Max seguirá despierto, aunque no quiero comprobarlo.

Sigo con los ojos cerrados y pasan varios minutos más, aunque al final me rindo y los abro muy despacio.

La habitación permanece casi a oscuras, giro un poco la cabeza y veo que Max continúa tumbado boca arriba con los ojos cerrados.

Estoy a punto de convencerme de que por fin se ha dormido cuando lo veo mover ligeramente la mandíbula.

Después cambia de postura con el mismo cuidado con el que yo llevo horas intentando no hacer ruido.

Al verlo, una sonrisa casi imperceptible aparece en mis labios, porque Max está tan despierto como yo.

Cierro otra vez los ojos antes de que descubra que lo he mirado y durante un instante ninguno se mueve.

Los dos seguimos fingiendo dormir, aunque ambos sabemos que el otro está haciendo exactamente lo mismo, y esa mentira compartida resulta mucho más íntima, que cualquier conversación que hayamos tenido desde que volvimos a encontrarnos.