Capítulo 8
Diana
Tardo tres segundos en comprender que Alistair nos ha tendido una trampa. Pero no lo digo como una metáfora, ¿eh? Esto es una trampa de verdad.
Permanezco inmóvil en mitad de la habitación mientras observo la única cama de matrimonio situada frente al enorme ventanal con vistas al mar.
Es grande, elegante y probablemente comodísima.
Lanzo un suspiro y recorro el dormitorio con la mirada buscando una segunda puerta, un sofá oculto o cualquier detalle que justifique semejante desastre, pero no encuentro nada.
Hay una pequeña zona de estar junto a la ventana, un vestidor abierto y un baño separado únicamente por un cristal esmerilado que deja bastante claro que la palabra «privacidad» nunca formó parte del proyecto de decoración de esta habitación.
«Perfecto. Simplemente perfecto», me digo para mí tratando de que no se me note en la cara, porque por nada del mundo querría que Max se diera cuenta.
—¿Vas a quedarte ahí plantada mucho rato? —me pregunta mientras observa la habitación y después de dejar su bolsa junto a la puerta con un golpe seco.
Me giro despacio para mirarlo.
—¿No te parece que aquí hay un pequeño problema?
Max dirige la vista hacia la cama y vuelve a mirarme.
—Sí.
Espero algo más, pero no dice nada.
—¿Y ya está? —pregunto frunciendo el ceño.
Él se encoge ligeramente de hombros.
—¿Esperabas que gritara?
—Esperaba que esto te pareciera tan absurdo como me lo parece a mí.
—Me lo parece.
—Pues no lo demuestras.
Max deja escapar el aire con tranquilidad.
—Porque gritar no va a hacer aparecer otra habitación.
Aprieto los labios porque tiene razón y lo odio un poco por tenerla. Así que, sin responder, agarro mi maleta y salgo al pasillo.
—¿Adónde vas? —me pregunta Max desde la puerta.
Sigo caminando hacia la escalera.
—A solucionar esto.
Él apoya un hombro en el marco y me observa bajar.
—Buena suerte.
No sé si lo dice con ironía o porque ya conoce el resultado, pero tampoco pienso averiguarlo.
Cuando llego a la planta de abajo, compruebo que el resto del grupo sigue en el salón.
Brock se ha servido una copa y charla con Devon junto a la chimenea.
Dorian intenta convencer a Oliver de que acepte el chupete, mientras Elsie contempla la escena con algo a medio camino entre la paciencia y el agotamiento, que solo parecen desarrollar los padres primerizos.
Naomi observa la casa con curiosidad y Amara ayuda a Elara a colocar unas bolsas sobre el sofá.
En una esquina observo a Alistair hablando tranquilamente con Devon, por lo que sin pensármelo voy directa hacia él.
—Tenemos un problema —le digo cuando llego a su altura.
Alistair levanta la vista al ver que me he plantado frente a él con una mano en la cintura y la otra tirando de mi maleta.
—¿Con la habitación?
—Veo que no te sorprende —le contesto cruzándome de brazos.
—Era previsible —me responde encogiéndose de hombros.
—Solo hay una cama.
Él asiente con absoluta serenidad.
—Lo sé.
—Necesitamos otra habitación.
—No la hay.
—Un sofá.
—Están ocupados.
—Una cama supletoria.
—No cabe.
—Un colchón hinchable.
—No tenemos.
—Empiezo a pensar que disfrutas con esto —le suelto mirándole fijamente durante unos segundos.
Alistair sostiene mi mirada sin alterar un músculo del rostro.
—No especialmente.
Brock aparece a mi lado con el vaso todavía en la mano y una sonrisa en los labios que no es capaz de disimular.
—Miente fatal.
Alistair ni siquiera gira la cabeza.
—Gracias por tu aportación.
—Para eso estoy.
Naomi se acerca despacio, metiéndose en la conversación con la misma naturalidad con la que lleva todos estos días.
—Tengo una duda.
Todos volvemos la vista hacia ella y Naomi señala la escalera con un gesto de la barbilla.
—¿Cuántas veces has organizado reuniones en esta casa?
—Bastantes —responde Alistair.
—¿Y cuántas veces te has equivocado contando las habitaciones?
Alistair tarda un instante en responder.
—Nunca.
Naomi sonríe con una expresión que deja claro que acaba de confirmar una sospecha.
—Eso pensaba.
Brock chasquea los dedos con entusiasmo.
—¡Lo sabía!
Alistair lo mira por primera vez.
—Podéis sospechar lo que queráis.
—Lo estamos haciendo —responde Brock sin perder la sonrisa.
—No cambia nada.
Dorian consigue colocar por fin el chupete en la boca de Oliver y se incorpora con gesto victorioso.
—Siempre podemos reorganizarnos.
Elsie levanta inmediatamente la cabeza.
—¿Cómo exactamente?
Dorian se queda inmóvil, aunque abre la boca, pero al instante la vuelve a cerrar.
—Bueno...
Brock levanta una mano.
—Ni se te ocurra empezar a intercambiar habitaciones porque Amara me mata.
Amara se vuelve muy despacio hacia él.
—Eso dependerá de lo que propongas.
Brock levanta las dos manos en señal de rendición.
—Era una broma.
—Más te vale.
Las risas recorren el salón durante unos segundos, aunque yo no entiendo qué les hace tanta gracia.
—¿De verdad no existe ninguna otra solución? —. Vuelvo a mirar a Alistair.
—No.
—¿Ninguna?
—Ninguna.
Naomi se acerca hasta quedar a mi lado y baja un poco la voz.
—Cada vez estoy más convencida de que esto estaba preparado.
No le respondo, porque empiezo a sospechar lo mismo. Levanto otra vez la vista hacia Alistair y veo que está hablando con Devon de otro asunto, como si nuestra conversación hubiera terminado hace rato. Resulta desesperante.
—No vas a conseguir nada más —dice Max a mi espalda.
Me giro y veo que ha bajado la escalera sin hacer ruido y ahora permanece unos pasos detrás de mí, con las manos en los bolsillos y una tranquilidad que empieza a sacarme de quicio.
—¿Siempre aceptas las catástrofes con tanta facilidad?
Él arquea ligeramente una ceja.
—Solo las inevitables.
—Qué suerte la tuya.
—No es cuestión de suerte.
—Pues empieza a parecerme un superpoder.
Brock se lleva el vaso a los labios para esconder una sonrisa, pero Dorian ni siquiera hace el intento. Sin duda, estoy rodeada de traidores.
—Si decides demandar a Alistair, creo que aquí tienes abogados de sobra —me dice Naomi pasándome un brazo por los hombros.
Lanzo una mirada rápida alrededor.
—Precisamente ese es el problema.
Max deja escapar una pequeña risa y señala la escalera.
—Subamos.
Lo miro sin moverme.
—¿Perdón?
—Cuanto antes decidamos cómo organizarnos, antes dejará Brock de disfrutar con esto.
—Eso no va a pasar —dice Brock levanta su copa a modo de brindis.
Amara niega despacio.
—Al menos intenta disimular.
—¿Para qué?
—Porque eres adulto.
Brock sonríe.
—Eso todavía está por demostrar.
Resoplo y ahora mismo ya no sé si estoy más enfadada con Alistair, con Brock o conmigo misma por haber aceptado venir. Lo único que tengo claro ahora mismo es que compartir habitación con Max me parecía una mala idea hace diez minutos y ahora me parece una auténtica locura.
Durante unos segundos ninguno de los dos se mueve, mientras el resto del grupo vuelve poco a poco a sus conversaciones, aunque estoy convencida de que más de uno sigue pendiente de nosotros por el rabillo del ojo.
—Está bien —empiezo a decir después de soltar un resoplido.
Max inclina ligeramente la cabeza.
—¿Subimos?
—No te emociones. Solo acepto, porque no pienso dormir en el jardín.
Brock levanta el vaso desde el otro lado del salón.
—¡Esa es la actitud!
Amara le da un golpecito en el brazo.
—¿Puedes dejar de meter las narices durante cinco minutos?
—No.
—Era una pregunta retórica —niega Amara con la cabeza.
Devon niega despacio con la cabeza mientras termina su copa.
—Nunca dejará de sorprenderme que sigáis juntos.
Brock rodea los hombros de Amara con un brazo.
—Porque el amor todo lo puede.
Ella aparta el brazo sin el menor esfuerzo.
—No. Lo que todo lo puede es mi paciencia.
Las risas vuelven a llenar el salón y agradezco que todos estén pendientes de Brock y no de mí. Porque, si lo estuvieran, descubrirían que llevo varios minutos evitando mirar a Max.
—Vamos —dice él con tranquilidad.
Subimos la escalera uno al lado del otro sin hablar. Cuando entramos otra vez en la habitación, cierro la puerta detrás de nosotros y vuelvo a encontrarme con la misma cama ocupando el centro del dormitorio. No sé por qué había esperado que desapareciera.
—Bien —empiezo a decir dejando mi maleta junto al armario.
Max permanece de pie, esperando.
—Supongo que habrá que organizar esto.
Me vuelvo hacia él.
—Exacto.
Durante unos segundos, nos observamos con la misma cautela que tendrían dos desconocidos obligados a compartir piso.
—Empiezo yo —digo después de aclararme la garganta.
—Adelante.
Señalo la cama.
—¿Qué lado prefieres?
Max la mira un momento.
—Me da igual.
—Esa respuesta no vale.
—¿Por qué?
—Porque a mí también.
Él contiene una sonrisa.
—Pues ya tenemos el primer problema.
—Escoge uno —insisto y después lanzo un resplido.
—El derecho.
—Perfecto —le respondo y rodeo la cama hasta el otro lado—. Pues yo dormiré aquí.
Max deja la bolsa junto al armario.
—Resuelto.
—No tan deprisa —le digo alzando la palma de mi mano derecha.
—¿Hay más normas? —me pregunta alzando una ceja.
—Varias —le respondo con convicción.
—Empiezo a preocuparme.
—El baño.
Los dos giramos la cabeza al mismo tiempo hacia el panel de cristal que separa el dormitorio de la ducha. No obstante, la palabra «separa» quizá sea demasiado optimista, porque a través del cristal se intuye absolutamente todo.
Cierro los ojos un segundo.
—¿Quién diseña un baño así?
—Alguien sin problemas de convivencia.
—O con muy mala idea del concepto intimidad.
Max se acerca un poco al cristal y observa la distribución.
—Hay un estor.
—Translúcido —le aclaro.
—Es verdad.
—Lo había visto.
Durante un instante los dos seguimos mirando el baño con expresión crítica.
—Vale —digo al fin—. Pongamos horarios entonces.
Max vuelve a mirarme.
—¿Horarios?
—Sí.
—No pensaba que fueran necesarios.
—Yo sí.
—Te escucho.
—Por la mañana entro yo primero —empiezo a hablar y me cruzo de brazos.
—De acuerdo.
—Y por la noche...
Dudo un instante.
—...también.
Él tarda un segundo en responder.
—Entonces yo ¿cuándo entro?
Me paro a pensarlo, porque la verdad es que no había llegado tan lejos.
—Después.