Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Empujamos las maletas hacia el interior y compruebo que la casa sigue siendo tan amplia como la recordaba. Hay un enorme salón que ocupa el centro de la planta baja. Los ventanales dejan ver el mar al fondo y una escalera de madera conduce al piso superior.

—Vale. Esto es ridículo —afirma Naomi girando sobre sí misma.

—Lo dices porque todavía no has visto la piscina —comenta Brock.

—¿Hay piscina?

—Dos.

Ella lo mira.

—Empiezo a entender por qué aceptaste la invitación tan deprisa.

—Yo acepto cualquier invitación con comida gratis.

Elsie deja el carrito junto al sofá mientras Dorian comprueba por tercera vez que no ha olvidado ninguna bolsa en el coche.

—No recordaba que tuviera estas vistas —dice Elara acercándose hasta una de las ventanas.

—Porque la última vez llovió durante todo el fin de semana —responde Devon.

—Es verdad —le responde ella asintiendo con la cabeza.

Alistair deja las llaves sobre la consola de la entrada.

—Antes de instalaros, hay un pequeño problema.

Brock suspira.

—Sabía que esa frase iba a estropear el día.

Todos levantamos la vista hacia Alistair, aunque él mantiene la misma expresión tranquila.

—Una de las habitaciones no está disponible.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo que no está disponible?

—Han tenido que desmontar parte del baño esta mañana.

Brock tarda exactamente un segundo en negar con la cabeza.

—No me lo creo.

—Es la verdad.

—Nunca pasa nada en esta casa y justo ocurre hoy.

—Las tuberías no suelen tener en cuenta el calendario.

Naomi cruza los brazos.

—¿Cuántas habitaciones quedan entonces?

—Cinco.

El silencio dura un instante y después todos empezamos a hacer el mismo cálculo: Devon y Elara, Brock y Amara, Dorian, Elsie y Oliver, Naomi, yo y Diana.

Brock vuelve a mirar a Alistair.

—Falta una.

—Lo sé.

—¿Y cuál es tu brillante solución?

Alistair responde con absoluta naturalidad.

—Max y Diana compartiréis habitación.

El salón entero se queda inmóvil. Brock gira lentamente la cabeza hacia mí, después hacia Diana y finalmente vuelve a mirar a Alistair.

—Eso no puede ir en serio.

—Va completamente en serio —asegura Alistair.

Naomi tampoco parece convencida.

—¿No hay ningún sofá libre?

—Todos están ocupados por invitados o son demasiado pequeños para pasar varias noches.

—¿Y un hotel?

—El más cercano está completo por el torneo de vela que hay este fin de semana.

Brock resopla.

—Qué casualidad.

—Sí —asiente Alistair sosteniéndole la mirada.

—No te creo.

—Lo superarás —le responde asintiendo con la cabeza.

Devon interviene por primera vez.

—Podemos reorganizarnos si hace falta.

Alistair niega con calma.

—No es necesario.

Dorian mira alternativamente a Diana y a mí.

—Si alguno de los dos prefiere...

—No pasa nada —le interrumpe Diana.

La miro y compruebo que ella mantiene la vista fija en Alistair.

—Solo son unos días.

No sé si intenta convencernos a nosotros o a sí misma.

—Por mí tampoco hay problema —respondo.

—Eso sí que no me lo esperaba —añade Brock dejando escapar una risa incrédula.

—¿El qué? —pregunto.

—Que ninguno proteste.

Naomi señala a Alistair.

—Eso es precisamente lo que me resulta sospechoso.

—Coincido —añade Brock—. Llevas años preparando viajes y nunca te equivocas con las habitaciones.

Alistair recoge tranquilamente una de las maletas.

—Siempre hay una primera vez.

—¿Y por qué no duerme Max en mi habitación y Diana y yo dormimos juntas?

—Porque la habitación en la que tú dormirás es la de servicio, que tiene una cama más pequeña y en la que Max no podría dormir porque se le saldrían los pies.

No insiste nadie más, porque discutir con él cuando adopta ese tono nunca sirve de nada.

Alistair toma una llave del mueble de la entrada y se la entrega a Diana.

—Primera planta. Última puerta del pasillo.

Diana acepta la llave con una serenidad que no engaña a nadie y empieza a subir la escalera sin volver la vista atrás.

Recojo mi bolsa de viaje y la sigo unos pasos por detrás, manteniendo la misma distancia durante todo el recorrido.

Por lo visto, ninguno encuentra nada que decir mientras avanzamos por el pasillo de la primera planta, donde solo se oye el roce de las ruedas de las maletas sobre el suelo de madera.

Al llegar a la última puerta, Diana introduce la llave en la cerradura y gira el pomo despacio.

Empuja la puerta, entra primero y da un par de pasos hacia el interior.

Entonces se detiene. Yo me acerco hasta el umbral y sigo la dirección de su mirada.

En medio de la habitación hay una cama de matrimonio. Solo una. Diana permanece inmóvil durante unos segundos y observo que cierra los ojos un instante, deja escapar el aire muy despacio y vuelve a abrirlos, quizá con la absurda esperanza de que la habitación haya cambiado mientras no miraba.

Diana sigue mirando la cama, después deja la maleta junto a la puerta sin apartar la vista de ella.

—Esto no puede estar pasando.

Entro por fin en la habitación y cierro la puerta a mi espalda. La cama sigue sin moverse de dónde estaba y, por primera vez desde que hemos vuelto a encontrarnos, tengo la sensación de que salir de esta habitación va a resultar mucho más fácil que convivir dentro de ella.