Capítulo 7
Max
La casa de los Hamptons de Alistair sigue siendo tan desproporcionada como la recordaba.
Está construida sobre una pequeña elevación desde la que se ve el mar y rodeada por jardines muy cuidados que terminan perdiéndose entre los árboles.
La fachada de madera blanca, los enormes ventanales y el porche que rodea casi toda la planta baja consiguen que parezca más acogedora de lo que realmente es.
Aun así, sigue siendo la clase de sitio donde alguien podría perderse buscando la cocina.
Dejo la bolsa de viaje junto a la puerta principal justo cuando un todoterreno negro entra por el camino de grava. Devon baja primero y da la vuelta al coche para abrirle la puerta a Elara, que sale sujetándose el sombrero antes de que el viento decida llevárselo.
—Sabía que llegarías antes que nosotros —comenta Devon mientras se acerca para estrecharme la mano.
Lleva unos vaqueros oscuros, un jersey azul marino de cuello redondo y unas gafas de sol colgadas del cuello de la camiseta que lleva bajo el jersey. Incluso de vacaciones parece incapaz de ir despeinado.
—También lo sabías tú —le respondo con una sonrisa.
Devon sonríe un poco.
—Por eso no hemos salido más tarde.
Elara rodea el coche y se acerca directamente a mí para darme un abrazo. Lleva una cazadora vaquera sobre un vestido ligero y el viento intenta llevarse el sombrero de rafia que se ha puesto para el viaje.
—Espero que Alistair haya comprado café suficiente.
—¿Tan mal ha ido el trayecto? —pregunto mientras la ayudo a sujetarse el sombrero.
Elara pone los ojos en blanco.
—He pasado dos horas escuchando un podcast sobre inversión inmobiliaria.
Devon se vuelve hacia ella con absoluta tranquilidad.
—Solo era un episodio.
—Un episodio de dos horas —afirma Elara y añade un resoplido.
—Era interesante —trata de justificarse Devon.
—Solo para alguien que disfruta leyendo contratos durante las vacaciones —añade ella negando con la cabeza.
Devon arquea una ceja.
—Eso tampoco es verdad.
Elara sonríe mientras enlaza su brazo con el suyo.
—No he dicho que fuera una crítica.
Antes de que Devon encuentre una respuesta, otro coche aparece por el camino de grava. Al instante, vemos como Brock abre la puerta incluso antes de que el vehículo termine de detenerse y sale prácticamente de un salto.
—¡Por fin!
Amara baja mucho más despacio por el lado del copiloto. Cierra la puerta con suavidad, se coloca unas gafas de sol sobre la cabeza y contempla el equipaje que Brock acaba de dejar desparramado delante de la entrada.
—Algún día conseguirás sacar una maleta sin parecer que estás evacuando un edificio —dice y suelta un suspiro.
Brock recoge una bolsa del suelo sin dejar de sonreír.
—Lo importante es que ha llegado todo.
Amara observa una de las maletas aun abierta.
—Todavía no lo sabes.
Brock se vuelve inmediatamente hacia mí.
—Max, dile algo.
Miro el pequeño desastre que acaba de organizar.
—Tiene razón ella, tío.
Brock deja caer los hombros con dramatismo.
—Empiezo a sentirme muy poco apoyado por mis amigos.
Amara se acerca para saludarnos uno por uno y, al pasar junto a Brock, le dedica una mirada cargada de resignación.
—No les pidas milagros.
Mientras hablamos, Brock ya está delante de la puerta principal intentando abrir una cerradura para la que, evidentemente, no tiene llave.
—¿Dónde está Alistair? —pregunta sin dejar de manipular el pomo.
—Aún no ha llegado —respondo.
Brock sigue probando suerte un par de segundos más.
—Perfecto.
Devon lo observa con expresión divertida.
—¿Qué estás haciendo?
—Intento entrar.
—No tienes llaves.
Brock aparta una mano del pomo y se encoge de hombros.
—Era optimista.
Un claxon interrumpe la conversación y todos giramos la cabeza hacia la entrada de la finca y observamos cómo una furgoneta familiar avanza despacio por el camino mientras levanta una ligera nube de polvo.
—Ya está aquí el circo —afirma Brock sonriente antes incluso de distinguir quién conduce.
Unos instantes después, el vehículo se para frente a nosotros. La puerta lateral de la furgoneta se abre y Dorian baja primero. Apenas da un par de pasos antes de detenerse, mirar hacia el interior con expresión de quien acaba de recordar algo importante y volver a meterse dentro.
—¿Necesitas ayuda? —le pregunta Devon frunciendo ligeramente el ceño.
—Todavía no —responde la voz de Dorian desde el interior del vehículo.
Unos segundos después reaparece cargando una mochila enorme sobre un hombro. La deja en el suelo, echa un vistazo al maletero y, sin decir una palabra, vuelve a desaparecer.
—Empiezo a preocuparme —afirma Elara que observa la escena con una sonrisa divertida.
Dorian sale por tercera vez de la furgoneta sujetando una bolsa térmica en una mano.
—¿Cuántas cosas habéis traído? —le pregunta Brock rompiendo a reír mientras habla.
Dorian deja la bolsa junto a la mochila y se pasa una mano por la nuca.
—Las normales.
Elsie asoma la cabeza desde el asiento del copiloto con Oliver dormido entre los brazos.
—No le hagáis caso, se ha querido traer media casa por si acaso.
Brock contempla el interior de la furgoneta.
—Eso ya lo había deducido.
Dorian vuelve a entrar por tercera vez y Brock levanta las manos.
—¿Otra vez?
—Me falta Oliver —responde Dorian desde dentro.
Durante un instante nadie dice absolutamente nada.
—Creo que el niño debería haber sido la primera prioridad —le responde Brock negando despacio con la cabeza.
Dorian reaparece sujetando un capazo.
—Lo era.
Brock señala la nevera portátil que ya descansa sobre la grava.
—Entonces explícame por qué ha salido antes una nevera portátil.
—Porque dentro va su comida.
Devon ya camina hacia la furgoneta.
—Déjame ayudarte.
—Gracias —le responde Dorian asintiendo agradecido.
Me acerco también, pero cuando llego al maletero descubro que Brock se había quedado corto.
Aquello parece más una mudanza que una escapada de unos días.
Hay un carrito plegado, dos maletas grandes, una cuna de viaje, una bolsa repleta de juguetes, otra llena de pañales y varias mochilas cuyo contenido prefiero no imaginar.
—¿Pensáis quedaros a vivir aquí? —le pregunto.
Dorian intenta sacar el carrito sin desmontar el resto del equipaje.
—Eso mismo preguntó Elsie cuando terminé de cargar la furgoneta.
—Porque sigo pensando que tienes un problema.
Por fin consigue liberar el carrito y lo deja en el suelo.
—No tengo un problema —me contesta incorporándose y mirándome con seriedad, después señala a Oliver con un gesto de cabeza—. Tengo un hijo.
Elsie baja por fin del coche con el niño profundamente dormido entre los brazos. Ni siquiera parece enterarse del despliegue logístico que ha organizado a su alrededor. Elara se acerca a ella despacio, casi conteniendo las ganas de tocar al bebé.
—¿Puedo cogerlo?
Elsie da un pequeño paso atrás por puro reflejo.
—Todavía no.
Elara levanta las dos manos.
—Prometo no romperlo.
—Eso tampoco ayuda.
Brock se lleva una mano al pecho.
—Yo ni siquiera voy a preguntar.
Elsie sonríe por primera vez desde que ha llegado.
—Me parece una decisión muy inteligente.
Entre todos terminamos de descargar el equipaje mientras la brisa marina nos envuelve. Durante unos minutos nadie menciona el trabajo, las reuniones, Londres o Nueva York. Solo somos un grupo de amigos intentando averiguar cómo un bebé de pocos meses necesita más equipaje que cinco adultos juntos.
El carrito ya está montado cuando Oliver decide despertarse. Al principio solo emite un sonido breve, casi un quejido. Después arruga la cara y, un segundo más tarde, rompe a llorar con una energía que resulta sorprendente para alguien con un cuerpo tan pequeño.
—Tranquilo, cariño —le susurra Elsie balanceándolo con suavidad, aunque no funciona porque el bebé sigue llorando.
Dorian deja la mochila en el suelo y busca algo dentro de otra bolsa.
—Creo que tiene hambre.
—Acaba de comer hace una hora —le responde Elsie que continúa con su particular baile para calmar al pequeño, aunque no lo consigue.
—Pues entonces sueño.
—Ha dormido todo el camino.
Brock observa la escena con las manos en los bolsillos.
—Me fascina la seguridad con la que los padres adivinan cosas completamente distintas.
—No estamos adivinando —protesta Dorian.
—Ah, ¿no? —pregunta Brock desconcertado.
Justo en ese momento, el llanto de Oliver aumenta de volumen.
—¿Seguro que no puedo cogerlo? —pregunta Elara que se acerca un paso más al niño.
Elsie niega con la cabeza mientras sigue moviéndolo despacio.
—Ahora mismo no.
—Lo intento otra vez dentro de cinco minutos.
—Dentro de cinco minutos seguiré diciéndote que no.
Amara deja su bolsa junto a la entrada.
—¿Hay algún protocolo para estas situaciones o simplemente improvisáis?
—Improvisamos con mucha convicción —responde Dorian.
Dorian mira al niño, vuelve a mirar a Elsie y se encoge ligeramente de hombros.
—Pues ya no tengo más teorías.
Oliver, lejos de tranquilizarse, rompe a llorar con más fuerza, mientras Elsie intenta calmarlo cambiándolo de postura una y otra vez.
Primero lo apoya sobre un hombro, después sobre el otro, lo balancea con suavidad y le susurra algo al oído, pero nada parece funcionar.
Empieza a lanzar pequeñas miradas a Dorian buscando una solución que ninguno de los dos encuentra.
Me acerco casi por instinto.
—¿Puedo?
Elsie levanta la vista hacia mí y durante un instante duda, quizá porque ninguna madre entrega a su hijo a la primera persona que se lo pide cuando está llorando, pero finalmente da un pequeño paso hacia delante y lo deposita con cuidado entre mis brazos.
Lo acomodo contra mi pecho casi por instinto.
No hago nada especial. Solo apoyo una mano sobre su espalda, le sujeto con firmeza la cabecita y empiezo a recorrer el porche despacio, siguiendo el mismo balanceo que tantas veces vi hacer a mi hermana cuando nacieron mis sobrinos.