Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La llamada termina pocos minutos después y la pantalla vuelve a mostrar mi escritorio.

Mientras permanezco inmóvil unos instantes contemplando el contrato y después lo cierro, porque no necesito volver a leerlo.

Voy a firmarlo, siempre he sabido que lo haría.

Ahora lo único que tengo que hacer es terminar lo que he venido a hacer aquí y regresar a casa, porque Londres ya es mi hogar o eso llevo cinco años repitiéndome.

De repente mi móvil vibra sobre la mesa y al mirar la pantalla veo que las chicas me están escribiendo por el grupo que han bautizado como «Manhattan Girls».

Elsie:

Necesito saber si en los Hamptons

existen supermercados abiertos

veinticuatro horas.

Elara:

¿Por qué?

Elsie:

Porque Oliver ha decidido

que solo acepta un tipo de toallitas

y creo que he comprado las equivocadas.

Diana:

Pensaba que los bebés

no distinguían unas toallitas de otras.

Elsie:

Eso demuestra que no tienes hijos.

Elara:

Ni piensa tenerlos después

de estar en este grupo.

Una fotografía aparece inmediatamente debajo de Dorian sujetando un paquete de pañales con la expresión solemne de quien acaba de resolver un caso de Estado. Aunque lo peor es que en la imagen hay un pie de foto donde ha escrito: «Victoria. Encontré las buenas».

No puedo evitar reírme.

Amara:

¿De verdad ha salido de casa

para hacer una foto a unos pañales?

Elsie:

No. Lleva veinte minutos

comparando precios.

Elara:

Empiezo a pensar

que la paternidad

le ha provocado algún

tipo de cortocircuito

y le ha trastornado

por completo.

Al instante aparece otra fotografía, pero esta vez aparece Oliver profundamente dormido mientras Dorian lo observa con auténtica admiración y al pie de la imagen: «Compensa».

Durante unos segundos nadie escribe nada, pero después aparece un corazón que envía Elsie, después otro de Elara e incluso Amara reacciona con un emoji que jamás habría imaginado verla utilizar.

El teléfono vuelve a vibrar, pero esta vez es un mensaje privado.

Naomi:

¿Sigues viva?

Sonrío.

Diana:

De momento.

Su respuesta llega casi al instante.

Naomi:

Eso significa que sigues trabajando.

Diana:

Eso significa que me conoces

demasiado bien.

Pasan apenas unos segundos.

Naomi:

¿Has hecho ya la maleta?

Miro alrededor del despacho.

Diana:

No sé si ir a los Hamptons.

Naomi:

¿Cómo que no?

Pero si voy hasta yo.

Diana:

Ya pero…

Naomi:

No hay peros que valgan.

Así que en cuanto salgas,

te pones a hacer la maleta.

Diana:

Salgo tarde.

Naomi:

Precisamente por eso

voy a pasar por tu apartamento

dentro de una hora.

Levanto los ojos al techo.

Diana:

Puedo hacer una maleta yo sola.

Naomi:

Eso nadie lo discute.

La cuestión es si vas a hacerla

o vas a pasarte dos horas pensando

en si debes venir o no.

Resoplo, porque empieza a resultarme preocupante que la gente acierte tanto últimamente.

Cuando llego al apartamento, Naomi ya está esperándome sentada en el rellano con un café entre las manos y levanta la mirada al escuchar el ascensor.

—Has tardado —me dice como saludo.

—Estaba trabajando.

—Mentira.

Saco las llaves del bolso.

—¿Perdón?

—Has trabajado y has pensado más de la cuenta.

Abro la puerta.

—Empiezo a arrepentirme de haberte dado una copia de mis llaves.

—Nunca me la has dado.

—Es verdad.

Naomi sonríe.

—Pero sé dónde escondes la de emergencia.

Entro negando con la cabeza.

—Eso da bastante miedo.

—Lo sé.

El apartamento sigue oliendo a nuevo, porque llevo poco más de un mes viviendo aquí y todavía hay dos cuadros apoyados contra una pared esperando que encuentre tiempo para colgarlos.

Naomi entra detrás de mí y deja el café sobre la isla de la cocina.

—Bien —dice dando una palmada— ¿Dónde está la maleta?

—En el vestidor.

—Perfecto.

Camina decidida hacia el dormitorio mientras yo me quito los zapatos. Cuando llego, ya ha sacado la maleta grande y la ha dejado abierta sobre la cama.

—No hace falta tanta organización para pasar unos días fuera.

—No estoy organizando nada.

—¿Entonces?

—Estoy evitando que metas seis pares de zapatos para solo unos días.

La miro.

—Eso solo lo hice una vez.

—Dos.

—No llevas la cuenta bien, ¿eh? —se gira para mirarme.

—Claro que la llevo —le respondo con una seguridad que no siento.

Empiezo a sacar ropa del armario mientras Naomi las dobla con una eficacia que me hace sospechar que ha ensayado esto antes.

—¿Nerviosa? —pregunta sin levantar la vista.

—No.

—Otra mentira.

—No estoy nerviosa —insisto.

—Entonces estás enfadada.

—Tampoco.

Se detiene.

—Diana.

La conozco demasiado bien para fingir y ella me conoce aún mejor para creerme.

—No sé qué estoy.

Naomi asiente despacio.

—Eso ya me lo creo más.

Seguimos preparando la maleta durante varios minutos: vestidos, vaqueros, una chaqueta, el neceser, el cargador del portátil. Todo entra en su sitio con rapidez.

Cuando abro el último cajón de la cómoda para buscar un pañuelo de seda, algo se cae hasta el suelo.

Me agacho automáticamente y veo que es una fotografía.

La tomo entre los dedos antes incluso de pensar y veo que tiene las esquinas ligeramente dobladas.

Es una imagen de Central Park en invierno.

Max aparece detrás de mí sujetándome por la cintura mientras intento mantener el equilibrio sobre unos patines de hielo.

Los dos estamos riéndonos. Recuerdo perfectamente aquel día, pero también recuerdo que, al volver a casa, prometí que nunca volvería a ponerme unos patines.

Mentí, porque volví a hacerlo solo porque él insistió durante semanas.

—¿Qué es? —pregunta Naomi.

Levanto la mirada y veo que sigue junto a la cama observándome con una prudencia que agradezco.

Miro otra vez la fotografía y me doy cuenta de que a pesar de que han pasado cinco años, aún soy incapaz de tirarla y, lo que es peor, la he traído conmigo hasta este lado del Atlántico.

Podría tirarla, de hecho, es lo que debería hacer.

Bastaría con acercarme a la papelera y lanzarla.

Nadie lo sabría y ni siquiera yo volvería a verla.

Sin embargo, mis dedos no se mueven si no es para abrir el bolsillo interior de la maleta para guardar la fotografía entre dos libros.

Después cierro la cremallera y Naomi no hace ningún comentario, solo espera.

—No significa nada —digo al cabo de unos segundos.

Ella sonríe con suavidad.

—Si eso te ayuda a dormir mejor, adelante.

Resoplo.

—Solo son unos días —digo en voz alta, más para convencerme a mí misma que a ella.

Solo serán unos días en una casa llena de gente.

Unas cuantas comidas, alguna excursión… Después volveré al trabajo, terminaré el proyecto y regresaré a Londres.

Ese siempre ha sido el plan. Sigo repitiéndomelo mientras cierro la maleta.

Pero, por primera vez desde que volví a Nueva York, la frase ya no suena tan convincente como hace unos días.