Capítulo 6
Diana
Londres tiene una virtud que Nueva York nunca ha conseguido copiar: la lluvia.
No porque sea agradable. Después de cinco años allí sigo sin entender cómo una ciudad puede pasar semanas enteras cubierta por el mismo cielo gris sin que a nadie parezca importarle.
La virtud está en otra parte. La lluvia consigue que todo el mundo mantenga la cabeza ocupada.
Nadie pierde el tiempo mirando lo que hacen los demás cuando bastante tiene con llegar seco a la oficina.
Nueva York, en cambio, funciona al revés.
Aquí todo ocurre deprisa y a la vista de todos.
Los clientes llaman mientras cruzan una avenida, las reuniones empiezan cinco minutos antes de la hora prevista y siempre hay alguien dispuesto a convertir cualquier pequeño contratiempo en una crisis internacional.
Por eso me gusta este trabajo. Las crisis tienen algo tranquilizador, porque mientras soluciono las de otros, resulta mucho más fácil olvidarme de las mías.
—¿Tienes un minuto?
Levanto la vista del portátil y veo que Ethan asoma la cabeza por la puerta de mi despacho con una carpeta en una mano y un café en la otra.
—Depende.
—Mala respuesta.
—Las buenas respuestas suelen terminar con más trabajo —le digo sonriente.
—Precisamente por eso he venido.
Entra sin esperar a que le dé permiso y deja la carpeta sobre mi mesa.
Nuestro despacho de Manhattan ocupa dos plantas completas de un edificio de cristal en Bryant Park.
No es tan grande como la sede de Londres, pero empieza a parecerse bastante a la idea que imaginé cuando decidimos abrir mercado en Estados Unidos.
Hace un año aquí solo había planos. Ahora, en cambio, hay despachos ocupados, salas de reuniones llenas y un equipo que empieza a funcionar sin necesitar que yo revise absolutamente todo. Es la parte del trabajo que más me gusta: construir y después dejar que las cosas caminen solas.
—¿Qué tenemos? —pregunto.
Ethan abre la carpeta.
—El cliente farmacéutico ha aceptado el plan de comunicación.
—Bien.
—Pero quiere adelantar el calendario dos semanas.
Resoplo.
—Claro que sí.
—He pensado lo mismo.
Cojo el documento y empiezo a leer las modificaciones. Mientras avanzo por las páginas, Ethan permanece sentado frente a mí sin decir una palabra. Conozco esa expresión y sé que está esperando algo.
—¿Qué? —le pregunto alzando la mirada hacia él.
—Nada.
—Te conozco.
—Eso también es verdad.
Cierra la carpeta despacio.
—Solo estaba comprobando una teoría.
No puedo evitar sonreír.
—Empiezo a preocuparme. Últimamente todo el mundo tiene teorías sobre mí.
—La mía es bastante sencilla.
—Sorpréndeme.
Se cruza de brazos.
—Desde el lunes trabajas más horas.
—Eso no es una teoría. Es un hecho.
—También revisas los mismos documentos dos veces.
—Eso tampoco tiene nada de extraño —añado.
—Para ti sí.
Dejo el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Quieres preguntarme algo o vas a seguir jugando a los detectives?
Ethan apoya un codo en el reposabrazos de la silla.
—¿Tan mal fue la reunión con Hammond & Rowe?
Durante un instante me limito a observarlo. Sabía que acabaría preguntándolo, aunque no imaginaba que tardaría tanto.
—No.
—Entonces fue muy bien.
—Fue una reunión, simplemente.
Él sonríe.
—Curiosamente esa respuesta tampoco responde a la pregunta.
Me echo hacia atrás en la silla.
—Profesionalmente fue impecable —admito.
—Eso ya lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque saliste de allí con tres páginas de anotaciones y una discusión jurídica que repetiste dos veces durante el trayecto de vuelta.
—No repetí ninguna discusión —le respondo frunciendo el ceño y negando con la cabeza.
—La reprodujiste palabra por palabra.
Me quedo pensándolo unos segundos y me doy cuenta de que es perfectamente posible que así fuera, porque cuando una conversación profesional me interesa suelo repasarla mentalmente varias veces. El problema es que aquella no me interesó únicamente por motivos profesionales.
—Max es bueno en lo que hace —reconozco al final.
Ethan arquea una ceja.
—Eso también lo había deducido.
—¿Por qué?
—Porque llevas cinco años hablando de él.
La frase me deja inmóvil.
—No exageres.
—No lo hago —me responde inclinándose ligeramente hacia adelante—. Nunca hablabas de vuestra relación. Hablabas de cómo negociaba, de cómo preparaba una reunión, de las preguntas que hacía a un cliente o de la facilidad que tenía para encontrar un problema antes que nadie.
Bajo la vista hacia los documentos, porque no sé qué responderle, porque tiene razón. Nunca he contado demasiadas cosas personales sobre Max. En cambio, he hablado muchas veces del abogado brillante que era y, por lo visto, también del hombre.
—No hace falta que me expliques nada —me dice levantándose de la silla.
—No iba a hacerlo.
—Ya lo sé.
Recoge la carpeta y se dirige hacia la puerta, pero antes de salir se gira otra vez.
—Solo intenta no discutir tanto con él en la próxima reunión.
Lo miro con fingida inocencia.
—¿Quién dice que vaya a haber una próxima?
Ethan sonríe.
—Tu agenda.
La puerta se cierra antes de que pueda responderle y yo permanezco unos segundos mirando el despacho vacío.
Después vuelvo a fijar la vista en el informe que tengo delante y leo el mismo párrafo tres veces.
No consigo recordar una sola palabra, porque, por mucho que intente convencerme de lo contrario, Ethan acaba de confirmar algo que llevo varios días intentando negar: volver a encontrarme con Max no ha removido el pasado, ha vuelto a traerlo al presente.
Tomo aire, cierro el informe y aparto el portátil unos centímetros. No sirve de nada seguir fingiendo que estoy trabajando cuando llevo diez minutos mirando la misma página. El teléfono fijo suena justo en ese momento y pulso el botón de manos libres antes de responder.
—¿Sí?
—Diana, tienes una videollamada desde Londres —me informa Olivia, mi asistente.
Miro el reloj y veo que son las cuatro en punto. Sonrío para mí.
—Pásamela.
La pantalla del ordenador cambia unos segundos después y aparece Richard Collins, presidente del consejo de la consultora.
Detrás de él reconozco la sala principal de reuniones de nuestra sede de Canary Wharf.
La mesa de nogal ocupa casi toda la estancia y, al fondo, los ventanales dejan ver un Londres cubierto por ese cielo gris que parece no agotarse nunca.
—Buenas tardes, Diana.
—Buenas tardes, Richard.
—¿Te pillo ocupada? —pregunta Richard.
Aparto un informe para poder verlo mejor en la pantalla.
—Si me llamas a esta hora, ya sabes la respuesta.
Una leve sonrisa aparece en sus labios.
—Precisamente por eso sé que no perderás el tiempo con rodeos.
Richard lleva más de veinte años asesorando empresas multinacionales y posee una habilidad admirable para resumir conversaciones de una hora en cinco minutos.
—He hablado esta mañana con el consejo —empieza a decir y yo asiento sin interrumpirlo—. La apertura de Nueva York avanza incluso mejor de lo previsto.
—El equipo está funcionando muy bien.
—Lo sabemos —Consulta unas notas antes de continuar—. Por ese motivo queremos cerrar ya la reorganización de la dirección internacional.
No necesito que siga hablando para imaginar hacia dónde va la conversación, porque llevamos meses preparándola.
—Continuamos queriendo que ocupes el puesto de Directora de Estrategia Internacional. Supervisarás las sedes de Londres, Nueva York y Singapur mientras coordinamos la expansión prevista para los próximos años.
Permanezco en silencio unos segundos, no porque me sorprenda. Porque, incluso sabiendo que iba a ocurrir, escucharlo en voz alta hace que resulte mucho más real.
—Las condiciones son las mismas que hablamos en abril —añade Richard—. Aunque el consejo ha decidido mejorar la parte variable.
Me envía el documento y la notificación aparece inmediatamente en la pantalla.
—Quieren que vuelvas cuanto antes —continúa—. El contrato está preparado. Solo falta tu firma.
Abro el archivo y veo que todo está exactamente como esperaba: el salario, la participación en beneficios, el nuevo equipo, el despacho, las responsabilidades…
Sin duda, esta es la oportunidad por la que he trabajado desde que llegué a Londres.
He estado cinco años construyendo una empresa que empezó con cuatro personas en un espacio de coworking y que ahora asesora a algunas de las compañías más importantes de Europa.
Cinco años también en los que he levantado una vida completamente distinta de la que dejé atrás en Manhattan.
—¿Cuándo quieres que esté allí? —pregunto.
Richard sonríe.
—Eso depende de ti.
—No exactamente.
—No.
Tiene razón, porque la decisión ya está tomada desde hace meses. Solo queda terminar el trabajo pendiente en Nueva York.
—Calculamos tres semanas más —respondo después de revisar mentalmente el calendario—. Quizá cuatro si aparece algún imprevisto.
—Perfecto.
Hace una pequeña pausa.
—¿Todo va bien por ahí?
La pregunta parece referirse al proyecto, aunque sé que no es así, porque Richard nunca pregunta dos veces lo mismo.
—Sí —le digo alzando la vista de la pantalla.
Él espera, porque conoce esa respuesta y también sabe cuándo alguien la utiliza para terminar una conversación.
—He coincidido con Max Hammond.
Richard arquea ligeramente una ceja, aunque no parece sorprendido.
—Imaginaba que tarde o temprano ocurriría.
—Ha sido una casualidad.
—Las casualidades suelen ser bastante insistentes en Nueva York.
No respondo, porque empieza a parecerme que tiene razón. Por suerte, Richard cambia enseguida de tema.
—Lo importante es que no altere tus planes.
Bajo la mirada hacia el contrato que sigue abierto delante de mí y me digo que no, que no los altera o no debería alterarlos, porque mi vida está en Londres.
Mi casa, mi trabajo y mi futuro están en Londres, mientras que Nueva York es solo un proyecto con fecha de caducidad.
Además, eso estaba decidido desde hace meses, mucho antes de volver a encontrarme con Max.
—No los altera —respondo con firmeza.
Richard asiente satisfecho.
—Eso esperaba escuchar.