Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Max

El Nocturne es uno de esos pocos sitios de Manhattan que parecen inmunes al paso del tiempo.

La barra de nogal sigue ocupando el lateral del local.

Las lámparas industriales proyectan una luz cálida sobre el tapete verde de las mesas de billar, mientras las paredes de ladrillo visto conservan las mismas fotografías en blanco y negro de Nueva York que recuerdo desde hace años.

Incluso el camarero continúa secando vasos con la misma parsimonia de siempre, como si aquí el reloj avanzara a otra velocidad.

Empujo la puerta y el sonido del jazz suave y de conversaciones apagadas me recibe antes que nadie.

—Ya era hora —protesta Brock desde el fondo del local.

Está inclinado sobre la mesa de billar con un taco entre las manos y una cerveza apoyada en el borde.

Lleva la camisa remangada hasta los antebrazos y no hay rastro de su corbata, por lo que supongo que debe haber desaparecido en algún momento tras salir de la oficina.

Siempre consigue parecer más un hombre que acaba de salir de una fiesta que un abogado capaz de cerrar operaciones millonarias.

—He llegado dos minutos antes de la hora —le respondo mientras dejo la americana sobre el respaldo de una silla.

—Eso significa que llevo esperándote siete minutos —añade tras consultar la hora en su reloj de pulsera

—Las matemáticas nunca han sido lo tuyo.

—No hacen falta matemáticas cuando uno tiene razón.

Devon levanta la vista del botellín de cerveza que sostiene entre las manos y observo que incluso sentado junto a la barra mantiene la misma serenidad de siempre.

Lleva un traje oscuro impecable, una camisa blanca perfectamente abotonada, cada mechón de pelo en su lugar y una expresión que hace pensar que pocas cosas consiguen sorprenderlo.

Habla poco, pero cuando lo hace nadie le interrumpe.

—Ha llegado antes porque sabía que, si te dejaba solo mucho más tiempo, terminarías jugando una partida contigo mismo.

Brock asiente con absoluta naturalidad.

—Lo he hecho.

—¿Y quién ha ganado? —pregunto.

—La mesa.

Una risa cansada suena detrás de mí y al girarme veo a Dorian, que acaba de entrar con un enorme vaso de café en una mano y el teléfono en la otra.

Lleva la barba más larga de lo habitual, las mangas de la camisa arremangadas de cualquier manera y unas ojeras que hacen pensar que lleva semanas sin dormir.

—No os riais —dice antes siquiera de llegar a la mesa—. Estoy atravesando una etapa complicada.

Brock lo observa de arriba abajo.

—Pensaba que venía Dorian.

—Soy Dorian.

—No exactamente. Tú eres la versión de prueba de Dorian.

Devon se levanta para estrecharle la mano.

—¿Cómo estás?

Dorian deja el vaso sobre la mesa de billar y se pasa una mano por la cara.

—No tengo claro si sigo vivo o simplemente llevo varios días funcionando por inercia.

—¿Tan mal duerme Oliver? —pregunto.

—Oliver duerme estupendamente.

—Entonces no entiendo el problema.

—El problema es que ha decidido hacerlo únicamente cuando yo estoy despierto.

Brock rompe a reír.

—Eso es genético.

—No tiene ninguna gracia —le responde Dorian tras dar un bostezo.

—Para ti no.

Dorian saca el móvil del bolsillo.

—¿Queréis saber cuál ha sido mi mañana?

Nadie responde, aunque él tampoco parece necesitar permiso para contarnos lo que tiene en mente.

—He discutido con un desconocido durante cuarenta minutos.

—Eso tampoco es noticia —comenta Brock mientras coloca las bolas sobre el tapete.

—Era sobre pañales.

Brock deja caer la bola ocho antes de tiempo.

—Perdón... ¿sobre qué?

—Pañales —repite Dorian.

—No puede ser…

—Sí, que puede, sí —asiente Dorian con la cabeza.

—Dime que estás bromeando.

—Ojalá.

Devon apoya los antebrazos sobre la mesa.

—¿Cómo se llega a discutir cuarenta minutos sobre pañales?

Dorian abre mucho los ojos.

—Porque ese hombre sostenía que una marca absorbe igual que otra y es evidente que no tiene ni idea.

Durante unos segundos nadie dice nada, pero después Brock empieza a reírse hasta el punto de tener que apoyarse en el taco.

—No te rías tanto —protesta Dorian—. Cuando seas padre lo entenderás.

—Precisamente por eso pienso seguir tomando precauciones.

—Eres un irresponsable.

—No. Soy un hombre descansado.

Incluso Devon deja escapar una sonrisa y Dorian niega con la cabeza.

—Os creéis muy graciosos.

—Porque lo somos —le contesta Devon.

—No tenéis ni idea de lo que es vivir pendiente del color de un pañal.

—Y espero seguir así muchos años —contesta Brock.

En ese momento la puerta vuelve a abrirse y Alistair entra en el local. Lleva un traje azul marino, el abrigo sobre un brazo y el gesto sereno de alguien que, como él, observa más de lo que habla.

—Habéis llegado todos antes que yo por primera vez —dice después de saludarnos con una ligera inclinación de cabeza antes de acercarse hasta donde estamos.

—No exageres —responde Devon mientras le estrecha la mano—. Solo llegas cuatro minutos tarde.

—Cinco —corrige Brock.

—Eso depende de si seguimos utilizando tu reloj.

Alistair mira el reloj de Brock.

—Creo que marca una hora distinta en función de quién pague la siguiente ronda.

Brock sonríe.

—Ves por qué me cae bien.

Durante unos segundos, me entretengo en observar al grupo y veo a cinco hombres que han cambiado mucho en los últimos años. Y, aun así, cuando estamos alrededor de una mesa de billar, resulta fácil olvidar que todos llevamos encima bastante más de lo que aparentamos.

Alistair coloca la chaqueta también sobre el respaldo de una silla y toma un taco de billar. No pregunta quién va ganando, probablemente porque ya sabe que Brock modificará el resultado en cuanto empiece a perder.

—¿Celebramos algo en concreto o simplemente necesitabas una excusa para beber entre semana? —me pregunta mientras observa la mesa.

Brock levanta su botella.

—Hoy celebramos que Dorian ha sobrevivido a los primeros meses de paternidad.

Dorian resopla.

—No sé si llamarlo sobrevivir.

—Respiras, ¿no? —pregunta Brock.

—Sí, creo que sí —afirma Dorian acompañándose de un movimiento leve de cabeza.

—Entonces vas mejor de lo que esperaba.

Alistar coge el taco con firmeza y observa las bolas sobre el tapete.

—¿Cómo está Oliver?

La expresión de Dorian cambia de inmediato. Hasta hace un segundo parecía un hombre al borde del colapso, pero basta mencionar a su hijo para que desaparezca el cansancio durante un instante.

—Está bien. Muy bien, de hecho.

—¿Y Elsie?

—También. Aunque empieza a sospechar que utilizo como excusa que tengo reuniones de trabajo para dormir dentro del coche.

Brock rompe a reír.

—¿Lo haces?

Dorian tarda medio segundo en responder.

—Solo una vez.

—¿Una?

—Bueno… dos —admite.

—Sabía que había una explicación para esa cara.

Dorian señala las ojeras.

—Estas tienen nombre y apellido.

—Oliver Griffiths —le respondo.

—Exacto —acepta Dorian.

Brock coloca la bola blanca sobre el tapete.

—¿Cuántas horas has dormido esta noche?

—No lo sé —le responde tras dar un resoplido.

—¿Menos de tres?

—Depende de cómo cuentes los despertares.

—Eso significa que menos de tres.

—Bastante menos —admite asintiendo con la cabeza.

Devon coge un taco.

—Deberías descansar cuando el niño duerme.

Dorian lo mira con auténtica compasión.

—Eso lo dice la gente que no tiene hijos.

—Es un buen consejo.

—Claro. El problema es que cuando Oliver duerme hay que poner la lavadora, esterilizar biberones, responder mensajes de la familia, recoger la cocina y descubrir por qué llevamos media hora buscando un chupete que estaba dentro del bolsillo de mi americana.

—Tengo una pregunta importante —lo interrumpe Brock levantando una mano.

—Adelante —dice Brock.

—¿Cuándo dejó de darte vergüenza hablar durante cinco minutos seguidos sobre chupetes?

Dorian ni siquiera parece ofendido.

—El mismo día que empecé a discutir con desconocidos sobre pañales.

Las carcajadas vuelven a llenar el rincón del local donde estamos.

—Sigue pareciéndome increíble —admite Brock mientras coloca la bola blanca sobre el tapete y prepara el siguiente tiro.

—Porque todavía no entiendes la diferencia entre una absorción correcta y un desastre absoluto —replica Dorian.

—Ni quiero entenderla —dice Brock al golpear la bola con suavidad.

—Ya lo harás.

—Voy a hacerme una vasectomía solo para no tener nunca esa conversación, te lo aseguro.

Devon niega con la cabeza mientras da un sorbo a la cerveza.

—Eso me parece una reacción un poco desproporcionada.

Brock señala a Dorian con el taco.

—¿No has visto cómo habla de las toallitas húmedas?

—Son importantes —responde Dorian con total convicción.

Brock abre mucho los ojos.

—Lo dices completamente en serio.

—Porque es un tema muy serio.

Mientras hablamos, Alistair ejecuta un tiro impecable y la bola desaparece en la tronera de la esquina antes de levantar la vista hacia Dorian.

—Creo que la paternidad ha cambiado tus prioridades.

Dorian sonríe por primera vez desde que ha llegado.

—No, yo diría que ha cambiado mi definición de emergencia.

Devon apoya los antebrazos sobre el borde de la mesa.

—¿Cuál es ahora?

—Que un bebé decida hacer caca justo cuando acabas de ponerle ropa limpia.

Brock deja caer el taco sobre el tapete con gesto resignado.

—No puedo creer que esta conversación exista.

—Es la realidad —responde Dorian.

Brock niega lentamente con la cabeza.

—Es una realidad horrible.

Dorian sonríe mientras coge otra vez el vaso de café.

—Es maravillosa.

Durante unos segundos ninguno se ríe, porque Dorian acaba de decirlo con una convicción imposible de fingir. Porque, aunque está agotado, despeinado, probablemente lleva meses sin dormir una noche entera, volvería a hacerlo sin pensarlo.

—Me alegro por vosotros —. Devon es el primero en romper el momento.

Dorian asiente.

—Gracias.

El ambiente recupera enseguida el tono distendido. Brock vuelve a preparar el siguiente tiro y me señala con el taco.

—Ahora hablemos del otro padre del grupo.

Frunzo el ceño.

—No soy padre.

—No me refería a ti.

Señala a Devon.

—Él lleva años actuando como el adulto responsable cuando nosotros hacemos el idiota.