Capítulo 4
Diana
Llevo diez minutos sentada frente al restaurante Lumière cuando decido que volver a Nueva York ha sido una idea bastante peor de lo que parecía desde Londres.
No por la ciudad, porque la ciudad continúa como siempre: con gente con mucha prisa, sonido de cláxones por todas partes, cafeterías llenas desde primera hora…
El problema es otro y tiene nombre, mide casi un metro noventa y lleva cinco años apareciendo en mi cabeza solo cuando yo se lo permito.
Pero solo hasta el viernes, desde entonces parece haberse instalado otra vez en mi cabeza con la misma facilidad con la que antes ocupaba el salón de nuestro apartamento.
Remuevo el café sin necesidad, porque no le he puesto azúcar.
—Si sigues dando vueltas a la cucharilla, vas a desgastar la taza.
Levanto la mirada y veo a Elara que acaba de llegar. Deja el bolso sobre la silla antes de inclinarse para darme un abrazo.
—Hola.
—Hola.
Elara deja el bolso sobre la silla, me observa un instante y niega con la cabeza.
—No.
—¿No qué? —pregunto abriendo mucho los ojos sorprendida, porque no sé a qué viene su negación.
—No pienso empezar fingiendo que estás estupendamente porque las dos sabemos que sería perder el tiempo.
Se sienta enfrente de mí y hace un gesto al camarero para pedir otro café.
—Déjame adivinar —me dice mientras se quita la chaqueta—. Has vuelto a Nueva York, has sobrevivido al desfase horario y ya te estás preguntando por qué aceptaste este proyecto.
—Más o menos —asiento levemente con la cabeza.
—Mentira.
La miro.
—¿Cómo? —le pregunto frunciendo el ceño.
—La expresión «más o menos» suele significar que hay algo bastante peor.
Antes de que pueda responder, la puerta del restaurante vuelve a abrirse y observo que entra Amara.
Al verla, compruebo que no ha cambiado nada durante este tiempo.
Sigue caminando con su habitual seguridad, que hace pensar que siempre sabe adónde va, aunque solo esté buscando una mesa libre.
Detrás aparece Elsie con un carrito de bebé y me quedo mirándolo sorprendida unos segundos.
—No puede ser.
Elsie sonríe antes incluso de llegar.
—Sí puede.
Nos abrazamos con cuidado para no despertar al pequeño y después aparta ligeramente la capota.
—Te presento a Oliver.
No esperaba que un bebé tan pequeño pudiera parecer tan serio. Tiene los ojos cerrados y duerme completamente ajeno al revuelo que acaba de provocar.
—Es precioso —murmuro con una sonrisa dulce.
—Lo dices porque todavía no has intentado cambiarle un pañal.
—Eso también es verdad —nos reímos sin hacer mucho ruido.
Elara ya se ha levantado.
—Déjamelo.
Elsie la mira con auténtico pánico.
—No.
—Solo un momento.
—Elara...
—He sujetado bebés antes.
Amara deja el bolso sobre la silla sin perder la expresión impasible.
—¿Podemos confirmar ese dato con alguna fuente fiable?
Elara se gira hacia ella.
—¿Qué insinúas?
—Nada. Solo intento averiguar si esos bebés sobrevivieron.
No puedo contener la risa y Elsie tampoco.
—No os riais. Estoy perfectamente capacitada.
—La última vez que sostuviste algo delicado en los brazos rompiste una copa de vino —recuerda Amara.
—Eso fue distinto.
—¡Era de plástico!
—Precisamente por eso no me lo esperaba.
Elsie niega con la cabeza mientras coloca una mano protectora sobre el carrito.
—Mi hijo no va a convertirse en un experimento.
—Qué poca confianza —añade Elara negando con la cabeza.
—La justa —responde Elsie.
El camarero llega para tomar nota y durante unos minutos la conversación deriva hacia temas completamente inofensivos como mi vida en Londres, el trabajo, la cantidad de turistas que siguen confundiendo Times Square con el centro real de Nueva York…
Pero mientras hablamos, me doy cuenta de que echaba de menos algo tan sencillo como estar sentada con ellas sin mirar el reloj, sin una reunión dentro de veinte minutos, ni un avión esperándome al día siguiente.
Mientras hablamos, el teléfono de Elsie vibra, aunque ella ni siquiera necesita mirar la pantalla para saber quién es.
—Otra vez —dice después de lanzar un hondo suspiro.
—¿Dorian? —pregunta Amara.
—¿Quién si no?
Desbloquea el móvil y sonríe.
—¿Cuántos lleva ya? —pregunta Elara.
—Siete.
—¿Siete qué?
—Mensajes.
Miro la pantalla por encima de su hombro.
Dorian:
¿Ha comido?
¿Sigue dormido?
¿Tiene frío?
¿Seguro que no tiene frío?
Mándame una foto.
Otra foto.
¿Respira normal?
Levanto una ceja.
—Creo que tu marido necesita dormir un poco más.
—Creo que necesita terapia. —sentencia ella.
—Eso también —coincido asintiendo con la cabeza al responderle.
Elsie escribe una respuesta rápida.
Elsie:
Todo está bien.
Deja de mandar mensajes.
Apenas pasan cinco segundos cuando el teléfono vuelve a vibrar y Elara rompe a reír.
—No me lo puedo creer.
Elsie lee el mensaje en voz alta de Dorian.
—«Solo era para asegurarme de que habías leído los anteriores».
Amara apoya despacio el vaso sobre la mesa.
—Voy a decir algo que jamás pensé que diría.
Las tres la miramos.
—Empiezo a entender por qué Brock se burla constantemente de él.
Las carcajadas atraen la atención de varias personas que están sentadas en algunas de las mesas cercanas. Con el estruendo de las risas, el bebé abre un ojo unos segundos, nos observa con expresión ofendida, pero, por suerte, vuelve a dormirse.
—Tiene el mismo gesto que Dorian cuando Brock habla —comenta Elara.
—No empieces tú también —le responde Elsie.
—Solo digo que el parecido es inquietante —le aclara Elara.
Sigo riéndome mientras observo a mis amigas y no puedo evitar pensar que han pasado cinco años desde la última vez que las vi. No obstante, por primera vez desde que aterricé en Nueva York, siento que hay cosas que siguen exactamente donde deberían estar, aunque otras hayan cambiado para siempre.
La puerta del restaurante se abre de nuevo poco después y Naomi aparece quitándose el abrigo mientras recorre la sala con la mirada.
—Pensaba que llegaría la última —comenta al acercarse a la mesa a la que estamos sentadas.
—Técnicamente has llegado la última —señala Amara.
—Entonces mi intuición sigue funcionando.
Naomi saluda a las demás antes de inclinarse para besarme en la mejilla.
—Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi.
—Eso tampoco es muy difícil.
—Cierto.
Se sienta a mi lado y dirige la atención hacia el carrito.
—¿Cómo sigue el responsable de que Dorian lleve meses comportándose como un hombre perseguido?
Elsie aparta un poco la capota para que pueda verlo.
—Prefiero que lo llames Oliver.
Naomi lo observa con interés.
—Parece tranquilo.
—No te fíes —advierte Elsie—. Solo es una estrategia.
—Tiene sentido. Su padre también parecía encantador al principio.
Elara suelta una carcajada.
—Te vas a llevar muy bien con nosotras.
—Eso empieza a preocuparme —añade Naomi.
El camarero vuelve para tomarle nota a la última en llegar y ella pide una copa de vino.
La conversación recupera pronto el ritmo anterior y enseguida hablamos del proyecto que me ha traído a Nueva York, de los clientes que nos esperan durante las próximas semanas y de lo poco que echo de menos los inviernos de Manhattan.
—Eso lo dices porque todavía no ha nevado —comenta Elara.
—Lo digo porque llevo cinco años viviendo en Londres. Sé reconocer una ciudad empeñada en arruinarte el peinado.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —pregunta Amara.
—Hasta que terminemos la implantación de la sede. Unas semanas, quizá algo más si aparece algún contratiempo.
—Siempre aparece alguno —señala Naomi mientras coge su copa.
—Para eso me pagan.
—Pensaba que te pagaban por decirles a hombres muy ricos que han cometido un error sin conseguir que se ofendan.
—Eso también —asiento con la cabeza.
Elsie sonríe.
—Entonces no te faltará trabajo en este grupo.
No necesito preguntar a quiénes se refiere. Elara tampoco, porque empieza a enumerar mentalmente candidatos mientras los cuenta con los dedos.
—Devon no comete errores —afirma al final—. Toma decisiones cuestionables que luego intenta presentar como estrategia.
—Brock comete errores de forma profesional —añade Amara—. Dorian los convierte en anécdotas.
Elsie levanta la vista del móvil.
—Dorian no necesita ayuda para quedar mal.
—¿Y Max? —pregunta Elara.
La pregunta cae en mitad de la conversación con una naturalidad tan estudiada que resulta imposible creer que haya sido casual.
Cojo mi copa y doy un sorbo antes de responder.
—¿Qué pasa con Max?
Elara se encoge de hombros.
—Nada. Solo estamos clasificando errores masculinos y me parecía injusto dejarlo fuera.
Amara la observa con una expresión paciente.
—No estabas clasificando nada.
—Ahora sí.
Naomi dirige la mirada hacia mí, pero no interviene. La conozco lo suficiente para saber que está esperando mi reacción.
—Max no suele equivocarse —respondo al final.
Elara apoya los codos sobre la mesa.
—Eso ha sonado sospechosamente parecido a un cumplido.
—Que va, solo era una observación —le digo tratando de sonar convincente.
—Las observaciones también pueden revelar cosas.
—Especialmente cuando alguien intenta disfrazarlas —añade Naomi.
—Creía que habías venido a apoyarme —respondo mirándola.
—He venido a cenar. El apoyo emocional no estaba incluido en la invitación.
Elsie se ríe mientras Amara se sirve agua.
—Lo viste en la gala —continúa Elara—. No hace falta que finjas que no ocurrió.
—No estoy fingiendo nada.
—Claro.
—Hablamos cinco minutos.
—Cinco minutos pueden ser muy largos si dos personas llevan años evitando una conversación.
Aprieto los labios.
—Fue una conversación educada —aclaro.
Amara interviene antes de que Elara vuelva a la carga.
—Las conversaciones educadas suelen ser las más peligrosas cuando hay una historia previa.
—Gracias por tu colaboración —murmuro.
—No he dicho que ella tenga razón.
—La tengo —replica Elara.
—He dicho que entiendo por qué te resulta incómodo.
Naomi apoya la barbilla sobre una mano.
—¿Y cómo fue?
—Normal.
—Eso no significa nada —señala Elsie.
—Hablamos de Londres, de su trabajo y del mío.
—Entonces fue horrible —concluye Elara.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —le pregunto alzando una ceja.
—Porque si después de cinco años solo hablasteis de trabajo es que estabais evitando todo lo demás.
Abro la boca para responder, pero no encuentro una réplica que no confirme precisamente lo que acaba de decir y Elara sonríe al comprobarlo.
—Sabía que tenía razón.
—No te acostumbres.
—Ya es tarde —dice encogiéndose de hombros y riendo.
Oliver empieza a moverse dentro del carrito y Elsie se inclina para comprobar qué necesita. El gesto interrumpe la conversación el tiempo suficiente para que yo recupere algo de compostura y Naomi lo aprovecha para acercarse un poco.
—No tienes que contar nada que no quieras —murmura.
—Lo sé.
—Aunque todas saben que sigues afectada.
—Qué tranquilizador —le respondo mirándola de reojo.
—No pretendía serlo.
Elsie coge al bebé con cuidado y lo acomoda contra su pecho.
—Ahora sí puedes dejármelo —le dice Elara volviendo a extender los brazos.
—Sigo opinando que no —le responde Elsie que está calmando al bebé.
—No voy a romperlo —insiste Elara aún con los brazos dirigidos hacia el bebé.
—Esa frase no ayuda.
Amara mira el reloj.
—¿Queréis que preparemos un contrato de responsabilidad antes de continuar?
—Gracias por la confianza —protesta Elara.
—Solo es una medida preventiva.
El bebé vuelve a dormirse y Elsie decide no arriesgarse. La conversación deriva hacia los planes del fin de semana hasta que Naomi menciona que ha recibido un mensaje extraño esa misma mañana.
—¿De quién? —pregunta Amara.
—De Alistair.
Elara deja de intentar convencer a Elsie y se gira hacia ella.
—Eso siempre es preocupante.
—Me ha invitado a pasar unos días en los Hamptons.
Amara frunce el ceño.
—A mí también.
—A nosotras nos lo dijo Dorian —explica Elsie—, aunque supongo que la idea debe venir de Alistair.
—Devon recibió la invitación anoche —añade Elara—. No quiso contarme por qué.
—Probablemente porque no lo sabe —señalo.
Naomi da otro sorbo a su copa.
—He preguntado el motivo y me ha respondido: «Hace tiempo que no coincidimos todos» —dice Naomi tras dar otro sorbo a su copa.
—Eso suena razonable —comenta Elsie.
—En boca de Alistair no —replica Amara—. Nunca organiza nada sin una razón concreta.
—Quizá se ha vuelto sociable —sugiere Elara.
Las cuatro la miramos.
—De acuerdo —concede—. Es más probable que haya comprado una isla y necesite testigos.
La conversación continúa entre teorías cada vez más absurdas, pero apenas las escucho.
Si Alistair ha invitado a todo el grupo, Max también estará allí.
La idea aparece antes de que pueda detenerla dentro de mi cabeza.
Así que estaríamos varios días compartiendo casa, comidas, planes y horas en las que resultará imposible mantener una conversación breve y educada para después marcharse cada uno en dirección contraria.
—¿Vas a venir? —me pregunta Elsie después de acomodar a Oliver en el carrito.
Todas esperan mi respuesta. Así que podría decir que tengo trabajo, reuniones pendientes o cualquier compromiso relacionado con la apertura de la sede.
Supongo que nadie se atrevería a discutirme una excusa profesional.
Sin embargo, la respuesta sale de mi boca antes de que consiga construir una alternativa sensata dentro de mi cabeza.
—Claro.
Elara sonríe, Naomi arquea una ceja y Amara se limita a observarme con una expresión que parece que está registrando información para utilizarla más adelante.
Yo cojo la copa y doy otro sorbo, consciente de que acabo de aceptar pasar varios días en los Hamptons con el único hombre al que llevo cinco años intentando olvidar.