Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Max

Entro en el edificio poco después de las siete de la mañana, mientras camino intercambio un gesto con uno de los vigilantes y tomo el ascensor hasta la planta treinta y dos.

Afuera, Manhattan empieza a desperezarse, pero en Hammond & Rowe el día ya lleva un buen rato en marcha.

Aquí nadie espera a que salga el sol para ponerse a trabajar.

Los problemas de nuestros clientes tienen la mala costumbre de madrugar y nosotros hace tiempo que aprendimos a hacerlo también.

Cuando llego a mi despacho dejo la americana sobre el respaldo de la silla, enciendo el ordenador y abro la agenda.

Hoy tengo nueve reuniones, dos videoconferencias, una negociación con un cliente alemán y tres contratos pendientes de revisión.

Es decir, trabajo suficiente para mantener la cabeza ocupada durante horas.

Exactamente lo que necesito o eso intento creer.

La primera parte de la mañana transcurre con normalidad.

Respondo correos, reviso un informe sobre una adquisición empresarial y devuelvo varias llamadas antes de que el despacho termine de llenarse.

Desde el ventanal observo cómo la ciudad va acelerando su ritmo mientras los pasillos empiezan a llenarse de abogados, asistentes y clientes.

Todo funciona igual que cualquier otro lunes, pero el único que parece haber dejado de funcionar con normalidad soy yo.

Eso es algo que descubro cuando uno de los asociados entra para consultarme una cláusula de un contrato y tengo que pedirle que me repita la pregunta, porque no la he entendido, algo que no recuerdo si me ha sucedido alguna otra vez.

La puerta vuelve a abrirse unos minutos después.

—Buenos días —me saluda Clara, mi secretaria.

—Buenos días —le respondo apartando la vista del ordenador un instante.

—Acaba de llegar esto —me dice mostrándome un dossier que tiene entre las manos.

—¿Qué es?

—Una solicitud de propuesta. Viene marcada como prioritaria.

Asiento distraídamente.

—Déjala ahí.

Clara coloca el dossier a mi lado sobre la mesa y sale del despacho sin añadir nada más.

Yo continúo trabajando unos minutos hasta que termino el contrato que tengo abierto.

Solo entonces alargo la mano hacia la carpeta y la abro casi por inercia.

Lo primero que veo es el logotipo: «Kline Strategic Consulting».

El aire parece detenerse dentro de mis pulmones y bajo la vista despacio hasta la primera página.

«Diana Kline.

Directora ejecutiva.

Fundadora».

Permanezco inmóvil varios segundos con el dossier abierto sobre la mesa, porque no necesito seguir leyendo para saber de quién se trata.

Aun así, continúo pasando páginas. Frente a mí tengo la solicitud de asesoramiento jurídico para la apertura definitiva de la sede estadounidense.

La constitución de sociedades, la adaptación contractual y la coordinación entre la matriz británica y la filial de Nueva York.

Toda la documentación está impecablemente preparada, no esperaba otra cosa viniendo de ella, porque Diana siempre convertía el caos en un sistema perfectamente ordenado.

Cierro la carpeta un instante, pero vuelvo a abrirla al instante, porque necesito comprobar que no estoy imaginándolo y efectivamente veo que lo estoy imaginando.

En Hammond & Rowe este tipo de operaciones llegan primero al socio responsable del área mercantil internacional.

Es decir, a mí y la decisión es sencilla: puedo asumir personalmente el expediente o reasignarlo a cualquiera de los otros socios del departamento.

De hecho, eso sería lo más fácil. Bastaría una llamada, un par de instrucciones, que no me supondrían más de cinco minutos.

Además, nadie tendría por qué saber el verdadero motivo.

La idea apenas permanece unos segundos en mi cabeza, pero poco después la descarto.

Rechazar un cliente de este nivel solo provocaría preguntas que no tengo ninguna intención de responder.

Además, existe otra razón, una mucho más incómoda: no pienso permitir que una historia que terminó hace cinco años condicione la forma en que hago mi trabajo.

Así que cierro definitivamente la carpeta con la convicción de que mañana me reuniré con Diana Kline igual que me reuniría con cualquier otro cliente. Eso es lo que me repito. El problema es que ni yo mismo me lo creo.

Durante el resto de la mañana, no consigo concentrarme, aunque cualquier persona que me observe desde fuera diría lo contrario.

Porque pese a que no sé dónde tengo la cabeza, asisto a todas las reuniones que tenía programadas para esta mañana, reviso varios contratos y participo en una videoconferencia con un cliente de Chicago sin cometer ni un solo error.

Por fuera sigo siendo el abogado meticuloso de siempre, pero por dentro llevo horas con la cabeza en la reunión que tendré con Diana mañana.

La puerta de mi despacho se abre sin llamar. Al instante tengo claro quién es, porque solo hay una persona de toda la oficina capaz de entrar así.

—Buenos días para ti también —dice Brock mientras cruza la puerta con un café en una mano y una carpeta en la otra.

Levanto la vista del ordenador.

—¿Has pensado alguna vez en llamar antes de entrar?

—Sí.

—¿Y?

—He llegado a la conclusión de que no encaja con mi personalidad.

Deja el café sobre mi mesa sin molestarse en preguntar si lo quiero y ocupa la silla que hay frente a mí.

—¿Qué quieres?

—Venía a hablar de un cliente.

—¿Y la carpeta?

—Es el cliente.

Señalo el dossier que acaba de dejar sobre la mesa.

—Empieza.

Durante los siguientes diez minutos repasamos una operación inmobiliaria que lleva varias semanas complicándose.

Brock habla deprisa, cambia de tema con una facilidad desesperante y consigue convertir una conversación jurídica en algo sorprendentemente entretenido.

Cuando termina de resumirme la situación, cierra la carpeta, aunque no se mueve y yo lo conozco lo suficiente para saber que no ha venido solo por eso.

—¿Falta algo? —pregunto alzando una ceja.

—Depende.

—¿De qué?

—De si prefieres que te haga una pregunta incómoda o si seguimos fingiendo que desde el viernes no te pasa absolutamente nada.

Resoplo mientras dejo el bolígrafo sobre la mesa.

—No empieces.

—Vas un poco tarde para eso…

Cruza una pierna sobre la otra y apoya el brazo en el respaldo de la silla con una tranquilidad que solo él es capaz de mantener dentro de un despacho de abogados.

—Llevas tres días con cara de estar negociando un tratado de paz.

—Estoy trabajando —le recuerdo.

—Eso ya lo hacías antes.

—También.

—La diferencia es que ahora pareces incluso más simpático de lo habitual.

Lo miro unos segundos.

—No sabía que eso fuera posible.

—Créeme. Yo tampoco.

Se hace un breve silencio y observo cómo Brock pasea la mirada por mi mesa hasta detenerse en el dossier que todavía permanece abierto y no tarda ni dos segundos en leer el nombre de la empresa. Después levanta lentamente la cabeza.

—Vaya.

No le respondo y él alarga la mano hacia la carpeta.

—¿Puedo?

—Vas a hacerlo igualmente —le respondo encogiéndome de hombros y recostando la espalda en la silla.

—Me conoces bien.

Abre el dossier y pasa un par de páginas hasta detenerse en la fotografía de Diana y lanza un silbido.

—No sabía que hubiera montado una empresa de este tamaño —me dice después de lanzar un silbido.

—La ha levantado ella sola.

—Tiene mérito —añade asintiendo con la cabeza levemente.

Asiento yo también, porque lo tiene. Diana siempre fue una de las personas más inteligentes que he conocido.

Nunca necesitó que nadie le abriera una puerta, porque si la encontraba una cerrada, construía otra que le permitiera pasar.

No obstante, lo que me desconcierta no es descubrir el éxito de su empresa, sino comprobar que sigo sintiendo orgullo al verlo.

—Entonces supongo que aceptarás el asunto, ¿no? —me dice dejando la carpeta sobre la mesa.

—Es mi departamento.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí la responde.

Él niega despacio.

—No. La respuesta correcta sería: «Sí, Brock, voy a reunirme con la mujer que me rompió el corazón hace cinco años, porque soy incapaz de derivar el expediente a otro socio» —suelta de carrerilla impostando la voz para que se parezca a la mía.

—Qué suerte que no te dediques a la interpretación.

—Precisamente eso es lo que estoy haciendo.

Me levanto y camino hasta el ventanal y observo que, a esta hora, Manhattan ya ha alcanzado el ritmo frenético de cualquier lunes. Desde aquí arriba los coches parecen avanzar siguiendo un orden perfecto. Ojalá las personas funcionáramos igual de bien.

—¿Sabes qué creo? —pregunta Brock a mi espalda.

—No.

—Que llevas cinco años repitiéndote que aquella historia terminó.

No respondo, porque sería perder el tiempo. Brock suele equivocarse en muchas cosas, pero en esta no.

—Y ahora has descubierto que te basta con verla cinco minutos para darte cuenta de que nunca conseguiste cerrar esa puerta —añade.

Me giro lentamente hacia él.

—Resulta curioso escuchar consejos sentimentales de alguien que intentó ligar con la directora de una fundación benéfica llevando una servilleta colgando del bolsillo de la americana.

Brock sonríe.

—Eso solo fue una de mis estrategias —me responde alzando una ceja.

—No, fue un desastre.

—Los grandes estrategas rara vez son comprendidos en su tiempo.

—La mujer te rechazó.

—Era una posibilidad.

—Delante de la mitad de los asistentes a la gala —le recuerdo.

—Insistes mucho en ese detalle.

La conversación consigue aliviar la tensión durante unos instantes, porque el reloj del despacho marca las doce y treinta y ocho y vuelvo a pensar en la misma escena por enésima vez.

Mañana a las diez de la mañana en la sala de reuniones, Diana estará sentada al otro lado de la mesa. No habrá música, ni copas, ni invitados alrededor fingiendo no mirar. Solo estaremos nosotros, dos profesionales defendiendo intereses distintos.

Durante años pensé que esa era una de las cosas que mejor hacíamos juntos.

Discutíamos por trabajo igual que otras parejas discutían por dónde ir de vacaciones.

Ella encontraba un fallo en mi planteamiento y yo desmontaba el suyo, para acabar reformulando la estrategia entre los dos.

Y, casi sin darnos cuenta, acabábamos riéndonos de la discusión, porque nunca fue una competición.

Era nuestra forma de pensar y de construir algo mejor.

Suspiro y apoyo una mano sobre el cristal del ventanal.

—¿Quieres que te dé un consejo? —pregunta Brock.

—No.

—Te lo voy a dar igualmente.

Ya me lo imaginaba.

—Cuando mañana entre por esa puerta, deja de intentar adivinar lo que está pensando.

Frunzo el ceño.

—¿Perdón?

—Llevas cinco años haciéndolo y probablemente ella también. Pero, por una vez, escucha lo que diga. No lo que tú creas que quiere decir.

Permanezco unos segundos mirándolo y después niego con la cabeza.

—No recordaba haberte pedido una sesión de terapia.

—Te la regalo.

—Prefiero que no.

—Es una pena, porque te hace bastante falta.

Sale del despacho antes de que pueda responderle y me quedo solo de nuevo. Miro el dossier abierto sobre la mesa y después la fotografía.

Mañana volveré a verla, sí, pero lo que todavía no sé es si seré capaz de comportarme como el abogado que llevo cinco años convenciendo al mundo que soy... o como el hombre que nunca consiguió olvidarla.