Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

La barra está a pocos metros, por lo que mientras avanzo entre los invitados me obligo a mirar hacia delante. No pienso buscarlo otra vez. Bastante ridículo ha sido descubrir que todavía soy capaz de reconocer su reloj desde el otro extremo de un salón.

Así que cuando llego a la barra, dejo la copa vacía sobre el mármol.

—¿Otra igual? —me pregunta el camarero.

—Por favor —le respondo asintiendo con la cabeza.

—Yo pediría algo con alcohol.

La voz aparece a mi espalda, aunque la reconozco antes incluso de girarme.

Durante un instante me planteo fingir que no la he oído, pero sé que sería infantil y bastante inútil.

Así que me giro despacio y veo que Max está a menos de un metro de mí.

Al verlo, tengo la sensación de que han desaparecido los últimos cinco años de golpe, no porque los recuerdos hayan regresado sino porque él me sigue provocando la misma sensación que entonces.

—Sigues pensando que el alcohol arregla las cosas.

No sé por qué digo eso, probablemente porque cualquier otra frase habría sido aún peor.

—Nunca he dicho que las arregle —me responde esbozando una sonrisa tan breve, que casi desparece antes de existir.

—No hacía falta.

El camarero deja mi copa delante de mí y aprovecha para ofrecerle otra a Max. Él acepta un whisky y al escuchar que pide lo de siempre, percibo algo tranquilizador en comprobar que mantiene ciertas costumbres, aunque también resulta profundamente irritante.

—Hola, Diana.

Cinco años y me saluda igual que si ayer nos hubiéramos cruzado en un ascensor.

—Hola, Max —le respondo tratando de parecer tan natural como él.

Durante unos segundos ninguno encuentra una continuación lógica para esa conversación, a pesar de que hace años hablábamos durante horas sin quedarnos nunca sin temas. Ahora, sin embargo, parece que nos sobran las palabras.

—Me han dicho que vives en Londres.

—Sí.

—¿Qué tal te trata la ciudad?

La pregunta es educada y trato de que mi respuesta también lo sea.

—Bien, al menos, durante todo este tiempo.

Él asiente lentamente.

—He oído hablar de tu empresa.

—¿Sí? —le pregunto sorprendida, porque no lo esperaba.

—Habéis gestionado varios casos bastante complicados.

—Bueno, intentamos que dejen de ser complicados.

—Parece que lo conseguís.

Hay un matiz de admiración en su voz que no sé cómo interpretar. Hace cinco años me habría sentido orgullosa, en cambio ahora solo consigue ponerme nerviosa.

—También he oído que el bufete sigue creciendo.

—Intentamos hacer bien nuestro trabajo.

No puedo evitar una pequeña sonrisa.

—Eso ha sonado exactamente igual que hace cinco años.

—¿El qué?

—Responder como si estuvieras en una reunión con clientes.

Él baja la vista un instante hacia su copa y cuando vuelve a mirarme, detecto algo distinto. Cansancio, aunque no físico, sino mental.

—Hay costumbres que cuesta perder.

Podría preguntarle muchas cosas: cómo está, si es feliz, si alguna vez volvió a enamorarse, si ha pensado en mí alguna vez… Pero, en lugar de eso, digo la primera tontería que se me ocurre.

—Manhattan sigue igual.

—No tanto.

—¿Qué ha cambiado?

—Nosotros.

La respuesta me descoloca, porque, aunque durante cinco años he imaginado decenas de conversaciones con él, ninguna empezaba así. Por suerte, antes de que encuentre algo que responder, una mujer se acerca a Max para saludarlo y aprovecho esa interrupción para marcharme.

—Ha sido un placer volver a verte.

La frase sabe a mentira antes incluso de salir de mi boca y él también lo nota.

—Igualmente.

Nos dedicamos una última mirada y después me alejo.

No corro, porque no sería propio de mí. Camino despacio hasta reunirme otra vez con Ethan, aunque siento la necesidad casi infantil de comprobar si Max continúa donde lo he dejado.

No obstante, me obligo a no hacerlo, aunque aguanto doce segundos y al décimo tercero vuelvo la cabeza.

Sigue allí hablando con varias personas, con el mismo reloj, el mismo traje impecable y la misma facilidad para parecer completamente dueño de la situación.

Mi mirada desciende por puro reflejo hasta su mano izquierda y compruebo que no lleva alianza. El descubrimiento me atraviesa de una forma absurda y me obligo a apartar la mirada inmediatamente.

«¿Qué tontería acabo de hacer?», me enfado conmigo misma antes incluso de llegar junto a Ethan.

Porque no tengo ningún derecho a fijarme en eso.

Además, eso tampoco cambiaría nada, porque hace cinco años que nuestras vidas tomaron caminos distintos.

Además, una mujer adulta, con treinta y dos años, una empresa que funciona y una vida construida desde cero al otro lado del Atlántico, no debería sentir ningún alivio al descubrir que el hombre que le rompió el corazón sigue sin llevar un anillo en el dedo.

Ethan me observa cuando regreso a su lado, aunque tiene la prudencia de esperar a que yo coja otra copa de agua antes de hablar.

—¿Todo bien?

—Perfectamente —asiento levemente con la cabeza.

—Entonces debes haber tenido una conversación muy agradable.

—Ha sido educada.

—Eso no es lo mismo.

Le dirijo una mirada de advertencia, pero él se limita a guardar la tarjeta que sostiene en el bolsillo interior de la chaqueta.

—No voy a preguntar quién era —añade—. Al menos, no esta noche.

—Te lo agradezco.

—Aunque sospecho que no era solo un abogado al que conociste hace años.

Mantengo la atención en el grupo que conversa frente a nosotros.

—Las sospechas también pueden destruir la reputación de una empresa.

—Por suerte, no estamos hablando de ninguna empresa —insiste él.

—Ethan.

—Ya he dicho que no voy a preguntar.

Su tono no es de burla, algo que agradezco mucho.

Hemos venido a Nueva York por trabajo y eso es lo único que debería preocuparme ahora.

Tenemos reuniones previstas, un proyecto importante que consolidar y una sede que poner en marcha.

He construido todo eso sin Max y no pienso permitir que una conversación de cinco minutos ponga patas arriba la vida que me ha costado años levantar.

Un miembro de la organización se acerca para presentarnos a una posible clienta y agradezco la interrupción.

Así que me concentro en la conversación, hago las preguntas adecuadas y explico nuestro trabajo con mi seguridad habitual.

Poco a poco recupero el terreno que conozco y en el que me muevo como pez en el agua.

Sin duda, los problemas de otras personas resultan mucho más sencillos de resolver cuando no incluyen un hombre al que una vez estuve a punto de prometerle toda mi vida.

Aun así, cuando la mujer se marcha, mi mirada intenta volver al otro extremo del salón, pero la detengo a tiempo.

No necesito comprobar dónde está Max, con quién habla ni si vuelve a observarme y mucho menos necesito recordar que sigue llevando el mismo reloj o que continúa tensando la mandíbula cuando algo le incomoda.

Tampoco debería importarme que no lleve alianza.

Sin embargo, ese detalle se ha quedado adherido a mi cabeza con una precisión que me irrita.

«Max está soltero», me repito para mí, aunque me maldigo al darme cuenta de lo que he hecho.

La idea no significa nada. No cambia el pasado ni arregla lo que ocurrió entre nosotros.

Tampoco convierte este reencuentro en una oportunidad.

Solo demuestra que he pasado cinco años construyendo una vida lejos de él y que basta una noche en la misma habitación para que vuelva a fijarme en cosas que ya no deberían interesarme.

Aprieto la copa entre los dedos y me obligo a atender a Ethan, que acaba de señalar a otro posible cliente.

He vuelto a Manhattan para trabajar y Max Hammond forma parte del pasado, eso lo tengo claro. Pero lo que me enfurece es que mi cuerpo todavía no parece haberse enterado.