Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Diana

Londres me ha enseñado muchas cosas durante estos cinco años.

He aprendido a negociar con personas que consideran un ataque personal que alguien les lleve la contraria, a entrar en una sala llena de directivos convencidos de tener razón y salir de ella con un contrato firmado bajo el brazo, y a detectar una crisis antes incluso de que la empresa afectada sea consciente de que la tiene delante.

También me ha enseñado algo bastante menos profesional pero muy útil: reconstruirse no consiste en olvidar, sino en conseguir que los recuerdos dejen de decidir por ti.

Durante mucho tiempo pensé que jamás volvería a poner un pie en Manhattan.

Me repetía que no tenía sentido regresar a una ciudad donde prácticamente todo me recordaba una vida que ya no existía.

Después empezaron a llegar clientes internacionales, proyectos cada vez más grandes y reuniones repartidas entre Londres, París, Berlín y Nueva York.

Al final, Manhattan terminó convirtiéndose en una ciudad más dentro de mi agenda, aunque eso era exactamente lo que quería: que dejara de significar algo.

—Si sigues mirando el móvil con esa cara, cualquiera pensará que acabas de encontrarte de frente con un fraude fiscal.

Levanto la vista y veo que Ethan Foster sostiene dos copas de agua con gas, mientras me observa con una sonrisa tranquila. Llevamos cuatro años trabajando juntos y todavía no he conseguido sorprenderlo prácticamente nunca. Quizá porque él tampoco pierde fácilmente la calma.

—No sabía que existía una expresión específica para descubrir un fraude fiscal.

—Existe y es muy parecida a la que tienes ahora mismo —me dice con convicción mientras le acepto una de las copas.

—Solo estaba revisando el horario de mañana.

—Mentira.

—¿Perdón?

—Llevas tres minutos sin moverte de la misma pantalla.

Bajo la vista hacia mi teléfono y veo que tiene razón. No he leído una sola palabra del correo que abrí hace un rato.

—Empiezas a conocerme mejor de lo que me conviene —le digo con una media sonrisa.

—Forma parte del trabajo —me responde encogiéndose de hombros.

—Eso suena inquietante.

—Nos dedicamos a gestionar crisis, por lo que detectar cuándo alguien está mintiendo es prácticamente una obligación.

Sonrío, porque Ethan nunca intenta impresionarme, ni invade mi espacio, ni hace preguntas que él no está dispuesto a dejar sin respuesta, sino que simplemente observa y espera y eso hace que sea tan sencillo trabajar con él.

—¿Te arrepientes de haber aceptado este proyecto? —pregunta finalmente.

Niego con la cabeza.

—En absoluto.

Es verdad. Cuando fundé esta empresa, hace poco más de cuatro años, muchas personas pensaron que una consultora especializada en gestión de crisis corporativas dirigida por una mujer de veintiocho años no duraría demasiado.

Algunas incluso me lo dijeron directamente, aunque son las mismas personas que ahora esperan meses para conseguir una reunión.

Sí, lo sé, la ironía tiene un sentido del humor excelente.

Nuestra empresa empezó con tres empleados, una oficina diminuta cerca de Canary Wharf y más ilusión que clientes. Sin embargo, hoy asesoramos a multinacionales repartidas por media Europa.

No ha sido sencillo, pero tampoco cambiaría nada o… casi nada.

—¿Segura?

La pregunta de Ethan me devuelve al presente.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Porque llevamos veinte minutos aquí y has identificado a siete posibles clientes, dos conflictos de intereses y un camarero que estaba a punto de tirar una bandeja.

—Pero la ha recuperado a tiempo y no se le ha caído.

—Eso no cambia mi teoría.

—¿Cuál es exactamente tu teoría? —le pregunto arrugando el entrecejo.

—Que estás trabajando para no pensar en otra cosa.

Le doy un pequeño golpe con el codo.

—Empiezas a resultar irritante.

—Lo tomaré como un cumplido —me responde con una media sonrisa.

Lo observo unos segundos antes de negar con la cabeza.

—No me arrepiento de haber venido.

Lo único que lamento es no haber imaginado que volver a Manhattan significaría encontrarme con personas que pertenecen a una versión de mí que creía superada. La ciudad cambia, los negocios cambian y las personas también o eso queremos creer.

La gala de esta noche se celebra en uno de esos hoteles donde todo parece diseñado para recordar a los asistentes cuánto dinero han gastado en la decoración.

Mientras avanzamos entre pequeños grupos de invitados, reconozco varios nombres importantes del sector financiero y dos antiguos clientes con los que trabajé antes de marcharme a Londres.

Los saludo, converso con ellos, intercambiamos tarjetas…

Es decir, que hago aquello para lo que he venido.

Es fácil, siempre lo ha sido. Sin embargo, lo complicado llega unos minutos después y sucede de forma absurda y sin avisar.

Mi atención se desvía hacia el otro extremo del salón porque alguien menciona el nombre de Hammond & Rowe. Solo eso: un apellido, nada más. Pero entonces veo a Max. De hecho, mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza y durante un instante me olvido incluso de respirar.

Han pasado cinco años en los que he estado creyendo que este momento, si algún día llegaba, ya no tendría ningún efecto sobre mí. Durante este tiempo he estado convencida de que el paso de los años era suficiente para convertir una gran historia de amor en un recuerdo manejable.

Qué ingenua, porque todo sigue igual que antes.

Bueno, no, eso no es cierto, porque Max tiene algunas canas en las sienes que antes no estaban y ahora incluso parece más serio que entonces, si eso es posible.

No obstante, su traje continúa siendo impecable, su postura también y lleva el mismo reloj.

El mismo maldito reloj que le regalé cuando cumplió treinta años, porque el anterior se retrasaba dos minutos al día y él aseguraba que aquello arruinaría su carrera.

Recuerdo perfectamente aquella conversación.

—Dos minutos no cambian una vida —le dije cuando volvió a quejarse de que su reloj se retrasaba.

Max ni siquiera levantó la vista de la esfera.

—Depende del contrato.

—Solo tú eres capaz de responder algo así.

Él sonrió con la satisfacción discreta que aparecía en sus labios siempre que me llevaba la contraria.

—Y aun así decidiste salir conmigo.

Aprieto la copa con más fuerza, porque no quiero recordar conversaciones de hace cinco años, ni fijarme en su reloj, ni en cómo se cruza de brazos cuando alguien le habla, ni en cómo aprieta la mandíbula mientras escucha.

No obstante, lo peor no es que siga haciéndolo, sino que yo continúe sabiendo lo que significa.

—¿Diana? —escucho a Ethan llamándome.

—¿Sí?

—Llevas mirando hacia el mismo sitio durante bastante rato.

Aparto la vista inmediatamente.

—Estaba distraída.

—Eso también es mentira.

Resoplo.

—¿Siempre analizas a las personas con las que trabajas?

—Solo a las interesantes.

Le doy otro pequeño codazo.

—No empieces.

—¿Quién es?

Su pregunta queda suspendida unos segundos sobre nuestras cabezas. Podría responder con muchas cosas: mi ex, el hombre con el que iba a casarme, la persona a la que más he querido, el único hombre capaz de romperme el corazón… En lugar de eso, digo la verdad más pequeña de todas.

—Un abogado al que conocí hace años.

Ethan sigue la dirección de mi mirada y después vuelve a observarme. No insiste, él nunca lo hace y precisamente por eso me cae tan bien. Entiende que hay historias que necesitan su propio momento para ser contadas o quizá que nunca llegan a contarse del todo.

Me resulta imposible dejar de ser consciente de dónde está Max, porque no necesito mirarlo para saber que continúa al otro lado del salón.

Mi cuerpo parece haber desarrollado una especie de radar absurdo que localiza su presencia incluso cuando intento concentrarme en otra cosa.

Resoplo con disimulo consciente de que a pesar de que durante años me repetí que el tiempo lo curaba todo, ahora descubro que el tiempo también tiene un sentido del humor bastante discutible.

Justo en ese momento, un empresario italiano se acerca a saludarnos y Ethan aprovecha para presentarme.

—Diana Kline. Es la persona responsable de que varias compañías hayan evitado convertirse en portada por los motivos equivocados.

—Ethan exagera —aclaro estrechando la mano del hombre.

—No exagero. Solo vendo bien el producto —añade mi compañero con una sonrisa.

—Espero que no hables así de mí cuando no estoy delante.

—Muchísimo mejor.

La conversación deriva hacia el proyecto que hemos venido a desarrollar en Nueva York y durante varios minutos consigo olvidarme de todo lo demás.

Hablamos de reputación corporativa, de fusiones internacionales y de la facilidad con la que una crisis mal gestionada puede destruir en una semana la credibilidad que una empresa ha tardado décadas en construir.

Ese es mi terreno y aquí sé exactamente qué hacer, qué decir y qué preguntar.

Es curioso. Soy capaz de entrar en el consejo de administración de una multinacional, convencer a un director general de que ha tomado la peor decisión posible y salir con un contrato firmado sin que me tiemble la voz.

Pero basta que Max Hammond aparezca en la misma estancia en la que estoy para que olvide cómo respirar con normalidad.

Cuando la conversación termina, Ethan me entrega una tarjeta que le acaban de dar.

—Creo que acabamos de conseguir una reunión para el martes —me dice guiñándome un ojo cómplice.

—Eso parece —le respondo con una sonrisa.

—No tienes cara de alguien que acaba de conseguir un cliente importante —observa alzando una ceja.

—Tengo cara de llevar demasiadas horas con estos tacones.

—Ahora sí te creo —me contesta con una media sonrisa.

Le miro de reojo y doy un pequeño sorbo al agua con gas.

—Voy a acercarme a la barra.

—¿Quieres que te acompañe?

—No hace falta.

—¿Segura?

—Completamente.