Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—No, solo ha sido una observación.

—Ha sido una pregunta.

—Que no.

—Ya te digo yo que sí —insiste él.

—¿Cuántos años tienes?

—Los suficientes para disfrutar de esto.

Estoy considerando seriamente abandonar la conversación cuando sucede algo peor: Diana levanta la vista y me ve. El impacto es inmediato, no porque haga ningún gesto, ni sonría, ni parezca sorprendida, sino porque reconozco en ella la misma reacción que acaba de atravesarme a mí.

Durante un instante ninguno de los dos se mueve y la fiesta sigue a nuestro alrededor ajena a lo que acaba de suceder. La gente continúa hablando, los camareros siguen circulando entre las mesas, pero para mí todo eso ha desaparecido y solo existe ella y su mirada.

Los últimos cinco años se han condesado en unos pocos segundos, porque no sé qué está pensando, ni qué siente, ni si está enfadada, ni si me odia. No sé absolutamente nada. Lo único que tengo claro ahora mismo es que sigue siendo capaz de dejarme sin respiración.

Después, alguien le dice algo, ella aparta la vista para responderle y el momento desaparece.

—Bueno —murmura Brock.

—Ni una palabra —le ordeno.

—No he dicho nada.

—Pero vas a hacerlo.

—Probablemente —admite con una media sonrisa que trata de disimular.

Lo ignoro, porque ahora mismo hay algo mucho más importante que ocupa mi atención. Diana está aquí y acaba de mirarme igual que lo he hecho yo y eso significa que ella tampoco me ha olvidado. Ese pensamiento resulta tan peligroso que debería borrarlo inmediatamente de mi cabeza, pero no lo hago.

Una conversación cerca de nosotros llama mi atención unos minutos después. Dos organizadores comentan detalles relacionados con futuros proyectos benéficos. Es algo que normalmente no escucharía, pero esta vez una frase concreta consigue dejarme parado.

—La incorporación de Diana Kline ha sido una suerte para el proyecto.

Mi cabeza gira automáticamente.

—¿Perdón?

Los dos hombres me observan sorprendidos.

—¿Conoce a Diana?

—Hace tiempo —le respondo asintiendo levemente con la cabeza.

—Trabajará con nosotros durante una temporada.

Siento algo extraño instalándose en mi estómago y trago saliva antes de preguntar.

—¿Durante una temporada?

—Sí. La firma que representa va a colaborar con varios proyectos en Nueva York, aunque también trabaja en Londres.

Miro de nuevo hacia el otro lado del salón, hacia ella y hacia el problema que acaba de reaparecer en mi vida. Creía que verla una noche ya era una complicación, pero descubrir que vuelve a formar parte de mi mundo convierte esa complicación en un desastre.

No me gusta la sensación que se instala en mi estómago, porque la reconozco y por eso llevo años evitando cualquier cosa que se le parezca.

Porque no tiene nada que ver con los negocios, los clientes o los problemas profesionales, sino con Diana y eso la convierte de forma automática en territorio peligroso para mí.

—¿Max?

La voz de Devon me devuelve al presente. Ni siquiera me he dado cuenta de que se ha acercado.

—¿Qué ocurre? —le pregunto.

Su mirada sigue la dirección de la mía durante un instante antes de volver a mí, aunque no me pregunta, de hecho, Devon nunca lo hace y esa es una de las razones por las que siempre nos hemos entendido bien.

—Nada.

Devon arquea una ceja.

—Claro.

—¿Tú también vas a empezar? —le pregunto sin mirarle directamente.

—No, no, para nada.

—Gracias.

—Porque ya sé que no serviría de nada.

Eso me arranca una sonrisa, mientras veo cómo Devon observa la sala durante unos segundos.

—He oído que Diana vuelve a trabajar en Nueva York —me suelta como quien no quiere la cosa.

—Yo también.

—¿Es un problema?

Su pregunta es sencilla, pero la respuesta es no, porque la versión inteligente de mí debería decir que no.

Han pasado cinco años, somos adultos con vidas y trayectorias distintas, por lo que no existe ninguna razón lógica para que esto sea un problema.

Sin embargo, la lógica nunca tuvo mucho peso cuando se trataba de Diaana.

—No lo sé.

Devon asiente lentamente.

—Eso significa que sí.

—Gracias por tu optimismo.

—No es optimismo.

—¿Entonces?

—Solo me baso en la experiencia —me dice con una media sonrisa.

Antes de que pueda responder, Brock reaparece con otra copa en la mano.

—Buenas noticias.

—Eso nunca lo son cuando lo dices tú —le suelto.

—Acabo de descubrir quién es el tipo del traje.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro y Brock sonríe. Mal asunto.

—No me interesa —le suelto antes de que siga hablando.

—Mentira —me corta.

—Me da igual.

—Se llama Ethan —empieza a decir.

—No me interesa —le interrumpo aunque no sirve de nada.

—Trabaja con ella.

—No hace falta que sigas.

—No son pareja —continúa sin hacer caso a lo que le acabo de decir.

Durante un instante me quedo inmóvil. Odio que mi primera reacción sea sentir alivio, que Brock lo note y odio todavía más que empiece a reírse.

—Madre mía.

—Cállate —le exijo.

—No son pareja y acabas de relajarte.

—Para nada —le respondo negando con la cabeza.

—Y tanto que sí —me contesta él, aunque yo sigo en mis trece.

Devon decide abandonar la conversación antes de verse obligado a escuchar algo más y probablemente es la decisión más inteligente de la noche.

—Voy a buscar a Elara —me dice.

—Buena idea.

—Deberías hacer lo mismo.

—¿Buscar a Elara? —le pregunto alzando una ceja.

—No, buscar una vida.

Brock parece profundamente ofendido.

—Tengo una vida.

—Tu esposa no creo que esté de acuerdo —le suelto.

—Traidor.

Devon se aleja sin molestarse en responderme y durante unos segundos observo el salón, las conversaciones, las mesa, la música, la gente…

Todo parece igual que cuando empezó la fiesta, pero nada es igual, porque Diana está aquí, ha vuelto y dentro de unas horas seguirá estando en Nueva York y no en Londres a miles de millas como durante estos últimos cinco años.

Así que ahora la posibilidad de volver a encontrarme con ella ha dejado de ser una hipótesis imposible y eso cambia las reglas del juego, aunque no tengo ni la más mínima intención de jugar.

Hace años que aprendí la lección o, al menos, eso creía.

Justo en este momento noto como el teléfono vibra en mi bolsillo y lo saco.

Es un mensaje relacionado con un cliente, que respondo de forma automática y acto seguido me guardo el móvil en su sitio.

Sin embargo, al hacerlo me doy cuenta de que por primera vez no me importa el trabajo, al menos, no en este momento.

Justo después, mi atención se desplaza de nuevo hacia el otro extremo del salón, donde Diana se mueve y habla con soltura con otras personas.

Además, según la observo la veo feliz y aunque sé que eso debería hacerme feliz, no lo hace.

Porque durante estos últimos cinco años me he acostumbrado a la idea de que nuestra historia había terminado, que ya no tendría que verla y de que el pasado permanecería donde debía estar, a mi espalda.

Sin embargo, ahora me doy cuenta de que me equivocaba, porque el pasado acaba de entrar por la puerta principal de una gala benéfica con un vestido negro y su melena pelirroja suelta.

—¿Quieres un consejo? —me pregunta Brock tras apurar su whisky.

—No.

—Te lo pienso dar igualmente.

—Qué sorpresa… —ironizo.

—Si piensas que esto va a desaparecer por ignorarlo, eres más idiota de lo que pareces.

—Gracias —le digo con sarcasmo y le clavo la mirada en la suya.

—Para eso están los amigos —me responde con una sonrisa.

—No somos amigos.

—Claro que sí.

Resoplo.

—Vete.

—Con mucho gusto.

Brock se aleja hacia la barra, mientras yo sigo donde estoy observando, pensando y calculando posibilidades que hace una hora ni siquiera existían para mí.

Mientras, al otro lado del salón, Diana vuelve a levantar la vista y nuestros ojos se encuentran una segunda vez.

Ninguno sonríe, ni se acerca, ni aparta la mirada inmediatamente y esta vez resulta peor, porque ahora ya no hay sorpresa, solo reconocimiento.

Después, alguien la llama y ella gira la cabeza y nuestra conexión desaparece, aunque el daño ya está hecho.

Niego con la cabeza levemente y aprieto la mandíbula. Después de cinco años sin saber nada el uno del otro, Diana Kline ha vuelto a Nueva York y puede convertirse en el mayor problema de mi vida.