Capítulo 1
Max
Presente
«Las galas benéficas son una forma elegante de que la gente rica compita por demostrar quién es más generoso sin dejar de hablar de dinero», me digo para mí mientras observo el salón principal del Hotel Beaumont desde una posición estratégica junto a una columna, que me permite ver prácticamente toda la sala.
Es una costumbre profesional. No me gusta entrar en un lugar sin saber quién hay dentro, ni sentarme de espaldas a una puerta, ni confiar en la improvisación.
Llevo varios años ejerciendo como socio principal de Hammond & Rowe Legal Group y durante este tiempo he aprendido que la mayoría de los problemas anuncian su llegada mucho antes de estallar, por lo que solo tengo que prestar atención a lo que sucede a mi alrededor.
Así que observo que, al otro lado de la sala, uno de los organizadores intenta acercarse a un cliente importante, que claramente preferiría estar en cualquier otro sitio en lugar de aquí.
Cerca de la barra, un inversor, que lleva toda la noche fingiendo interés por causas benéficas, acaba de pedir su cuarto whisky y dos mesas más allá, una conversación aparentemente inofensiva entre dos empresarios está a punto de convertirse en una negociación.
Todo sigue el patrón habitual, no hay nada nuevo, sorprendente, ni peligroso esta noche.
—Llevas doce minutos aquí y todavía no has sonreído ni una sola vez —me dice Brock Somerset a mi derecha.
No necesito girarme para saber que es él. De hecho, reconocería su tono incluso en medio de una evacuación de emergencia.
—Buenas noches para ti también —le digo como saludo.
—No me has respondido.
—Porque no me has hecho ninguna pregunta.
—Bien visto, aún no te he preguntado nada —me dice tras dar un sorbo a su whisky.
Lo observo por el rabillo del ojo y confirmo que años después sigue teniendo la misma capacidad para convertir cualquier evento social en una amenaza para la organización.
—¿Dónde está Amara? —le pregunto yo primero.
—Huyendo de mí, probablemente —bromea.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Claro que la responde.
—No.
—Entonces debe estar hablando con gente importante mientras yo hago el trabajo duro.
—¿Beber whisky? —le pregunto con una sonrisa.
—Exactamente —sonríe asintiendo con la cabeza y alzando su copa—. Alguien tiene que mantener viva la economía.
Antes de que pueda responder, aparece Dorian Griffiths junto a nosotros con el aspecto propio de un hombre que no ha dormido una noche completa desde hace meses.
—Necesito café —suelta cuando está a nuestro lado.
—No, necesitas una cama, tío—le corrige Brock.
—También.
—¿Dónde está Elsie?
Dorian mira el reloj, después su teléfono y vuelve a mirar el reloj.
—En casa.
—Has comprobado el móvil y el reloj tres veces durante esta conversación.
—Cuatro —me responde después de mirar la pantalla de nuevo.
—Eso no es normal.
—Tenemos un bebé de seis meses.
—Sigue sin ser normal —insisto.
Dorian ignora mi comentario.
—Creí que la paternidad sería complicada.
—Y lo es —le confirmo.
—No. Quiero decir que pensé que sería complicada de una forma razonable.
—Pobrecillo —ser ríe Brock.
—Ayer me desperté a las tres de la mañana convencido de que había perdido al niño.
—¿Y dónde estaba?
—Durmiendo en su cuna.
—Eso parece positivo.
—Estaba abrazando una almohada porque pensaba que era él.
Brock se atraganta con el whisky y yo tengo que apartar la mirada para no reírme.
—No os burléis —dice Dorian.
—Lo intentaremos —le digo intentando mantenerme serio.
—No lo haréis.
—Probablemente no.
Dorian resopla.
—Elsie dice que esto solo es una fase.
—Elsie miente —sentencia Brock.
—Gracias, tío —responde Dorian con sarcasmo.
—Solo trato de ayudarte.
—¿Cómo?
—Preparándote psicológicamente para los próximos dieciocho años.
Dorian parece valorar seriamente la posibilidad de darle un puñetazo, pero una voz grave aparece detrás de nosotros antes de que tome una decisión.
—Me alegra comprobar que algunos hombres siguen madurando al mismo ritmo que en la universidad.
Nos giramos y nos encontramos con Alistair Hudson que sostiene una copa de agua mineral, sí, agua mineral, ni whisky, ni vino, ni champán. Alistair siempre ha sido la única persona capaz de entrar en una habitación llena de depredadores financieros y conseguir que parezcan estudiantes de prácticas.
—Eso ha sido un insulto —dice Brock.
—Solo era una observación —le aclara Alistair.
—Pues ha sonado como un insulto.
—La diferencia suele depender de quién escucha —añade Alistair.
Brock abre la boca para responderle, pero la vuelve a cerrar poco después, porque por primera vez en toda la noche parece quedarse sin saber qué responder.
Dorian aprovecha la oportunidad.
—¿Cómo va Londres?
—Sigue donde la dejé —le respondo encogiéndome de hombros.
—Eso es decepcionante.
—Lo sé.
Alistair dirige entonces la mirada hacia mí.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—Llevas quince minutos observando la sala.
—Veintidós concretamente —le corrige Brock.
—¿Los has contado?
—Me aburría —reconoce Brock encogiéndose de hombros.
Alistair arquea una ceja.
—¿Tienes problemas?
—No, ninguno.
—Mentira.
—Gracias por la confianza —le agradezco.
—No es confianza, solo me baso en la experiencia —asegura Alistair.
Durante unos segundos mantiene la mirada fija en mí y la sensación me resulta extraña, porque Alistair tiene una habilidad bastante incómoda para detectar cosas que la mayoría pasa por alto y porque últimamente me he acostumbrado a que nadie me haga demasiadas preguntas.
—Todo está bien —insisto, aunque Alistair no responde, solo asiente y eso me parece mucho peor.
La conversación se dispersa poco después.
Brock desaparece en dirección a la barra, Dorian aprovecha una llamada de Elsie para apartarse unos metros, Alistair termina atrapado por dos empresarios europeos que parecen necesitar su opinión sobre algo relacionado con una adquisición internacional y yo vuelvo a quedarme solo.
Eso no me incomoda, nunca lo ha hecho, es más, la prefiero, porque cuando nadie espera que participes en una conversación resulta mucho más sencillo observar.
Un camarero pasa junto a mí con una bandeja de champán, pero no cojo ninguna copa, porque no me gusta perder el control, ni siquiera un poco. Sobre todo en eventos donde media sala toma decisiones millonarias después de la tercera copa.
Mientras me muevo lentamente por el salón, mi atención va de una conversación a otra.
Reconozco a clientes, socios, directivos…
Algunos se acercan a saludar y otros simplemente intercambian una inclinación de cabeza.
Nada fuera de lo habitual hasta que ocurre, aunque no lo hace de forma dramática, sino como una especie de golpe seco en medio de mi pecho y después mi cerebro reconoce algo antes incluso de que lo procese.
Dirijo la mirada hacia el otro lado de la sala de forma automática y el mundo se detiene al ver a Diana.
«No debería estar aquí».
Es el primer pensamiento que atraviesa mi cabeza, ella no pinta nada aquí y por eso durante un instante creo que me he equivocado.
Que es otra persona que se le parece, pero después cuando gira ligeramente la cabeza y la veo mejor, desaparece cualquier duda y comprueba, sin el menor atisbo de duda, que es ella.
Aunque hace cinco años que no la veo, sé que es Diana.
Los mismo cinco años que llevo sin escuchar su voz y durante los que he intentado convencerme de que lo nuestro pertenece al pasado.
Pese a eso, solo me han bastado dos segundos para que mi cerebro derribe esa mentira.
Lo peor es que no ha cambiado tanto, aunque hay algo distinto en ella, quizá más seguridad, más calma, más experiencia…
Pero sigue siendo Diana. Reconocería su forma de apartarse el pelo de la cara entre un millón de personas y también su forma de sonreír, la manera en que mueve los hombros y cualquier cosa relacionada con ella.
El problema es que no debo reconocer nada, porque cuanto más la observo, más evidente resulta algo que llevo años evitando: nunca he logrado olvidarla
—Ah, mierda —dice Brock que de repente aparece a mi lado.
—¿Qué?
—Eso mismo iba a preguntarte yo.
—No sé de qué hablas —le respondo girándome para mirarlo.
—Acabas de quedarte inmóvil.
—No —niego con la cabeza.
—Llevamos más de diez años siendo amigos y sé perfectamente cuándo estás a punto de cometer una estupidez.
Eso consigue que aparte la mirada de Diana.
—No voy a cometer ninguna estupidez.
—Excelente noticia.
—Lo digo en serio.
—Yo también —me responde y da un sorbo a su whisky—. Porque la estupidez ya la has cometido.
—¿Quieres dejar de decir tonterías?
—La estoy viendo.
Vuelvo la cabeza hacia él.
—¿A quién? —pregunto con gesto de desconcierto.
—A Diana.
Maldigo internamente, porque pensaba que aún no la habría visto.
—No seas ridículo.
—No soy yo quien lleva dos minutos observándola.
—Han pasado cinco años.
—Precisamente por eso…
—No significa nada —trato de convencerle.
—Claro… ¿Sabes qué es lo más interesante?
Ya sé qué sucede cuando dice eso y nunca trae nada bueno.
—No.
—Que no estás mirando a Diana.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Estás mirando al hombre que está con ella.
Mi mandíbula se tensa, porque, aunque me duele reconocerlo, lo he hecho. Y sí, hay un hombre a su lado, alto, con un traje impecable, una sonrisa perfecta y se inclina ligeramente hacia ella mientras hablan, es decir, que se conocen y esa familiaridad me atraviesa el pecho.
—No parece especialmente simpático —le digo a mi amigo.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Instinto —le suelto encogiéndome de hombros
—Tu instinto acaba de decidir que no le gusta un desconocido.
—Correcto.
—Sin hablar con él.
—Correcto.
—Sin saber quién es.
—Correcto.
Brock empieza a sonreír.
—Esto es muchísimo mejor de lo que esperaba.
—No empieces —le ruego— ¿Es su pareja?
Su pregunta llega antes de que pueda detenerla y el cambio en mi gesto Brock tarda en detectarlo apenas medio segundo.
—Oh.
—Cállate —le ordeno.
—Oh, Dios mío.
—Brock.
—Te importa.
—No —insisto.
—Acabas de preguntar si es su pareja.