Prólogo #2
Todavía recuerdo aquella conversación y cómo intentamos organizar la distribución de las mesas durante una cena y terminamos discutiendo durante casi una hora sobre si Brock era una amenaza real para cualquier evento social o simplemente una molestia.
Miro por detrás de ese mismo papel y veo otros nombres: Devon, Elara, Amara, Dorian, Elsie...
Nombres de personas que entonces formaban parte de nuestra vida de forma tan natural, que jamás imaginé que un día leería sus nombres sintiendo nostalgia.
Porque nunca pensé que sería una de esas mujeres que miran hacia atrás, porque siempre había sido la que avanzaba y sabía con exactitud cuál era el siguiente paso.
Yo era así hasta que llegó Max, un hombre insoportablemente responsable, obsesionado con el trabajo y convencido de que podía arreglar cualquier cosa si le dedicaba suficientes horas.
Nunca he sido capaz de saber el momento exacto en el que me enamoré de él. Simplemente ocurrió entre cenas improvisadas, viajes de trabajo, domingos en pijama viendo películas malas y planes de futuro que parecían inevitables.
Mi mirada se detiene en una esquina de la hoja, donde hay una nota breve escrita por Max: «Recordarme que debo sobrevivir a esta boda».
Suelto una carcajada de verdad, la primera de toda la mañana, porque recuerdo perfectamente el momento en el que la escribió.
Yo estaba revisando presupuestos, él llevaba dos horas respondiendo correos del trabajo mientras fingía ayudarme y en algún momento decidió que organizar una boda era más complicado que cerrar una fusión empresarial de cientos de millones. Probablemente tenía razón.
La sonrisa desaparece despacio de mis labios, porque detrás de aquella nota sigue existiendo la misma realidad. Todo esto iba a ocurrir, porque parecía tan seguro que ninguno de los dos se molestó en imaginar que podía desaparecer.
Doblo la lista con cuidado y la guardo dentro de la caja que contiene las pocas cosas que todavía no he sido capaz de tirar. Porque quizá haya objetos que ya no pertenezcan al presente, pero todavía pertenecen a una parte de mí, de la que aún no estoy preparada de despedirme.
El timbre suena cuando más perdida estoy en mis pensamientos y al abrir la puerta Naomi entra en el apartamento con una bolsa de café en una mano y un gesto de preocupación en la cara.
—Tienes una cara horrible —me dice nada más verme.
—Qué bonito saludo.
—Soy una persona sincera.
—Yo diría más bien… insufrible.
—Tú también.
Deja la bolsa sobre la encimera y observa el salón lleno de cajas, maletas y de huecos vacíos. Su expresión cambia ligeramente, porque una cosa es escuchar que alguien se marcha y otra muy distinta verlo.
—Vaya —dice mirando a nuestro alrededor.
—Sí —asiento apretando los labios.
—Lo estás haciendo de verdad —añade poniendo las manos en su cintura.
No le respondo, porque las dos sabemos que no hace falta, pero mi amiga se acerca a mí despacio y me abraza sin preguntar ni tratar de arreglar nada. Por un momento agradezco tanto ese gesto, que casi me rompe.
—¿Has hablado con él? —me pregunta varios minutos después mientras prepara café y yo finjo ordenar papeles.
—No.
—¿Nada?
—No, nada.
—¿Y él?
Suelto una carcajada breve y vacía.
—¿Te parece que estaría haciendo esto si hubiera hablado conmigo?
Naomi guarda silencio, porque sabe que tengo razón, y durante unos segundos solo se escucha la cafetera.
—Diana, voy a hacerte una pregunta y quiero que me respondas con sinceridad —me dice girándose hacia mí.
Mala señal, porque las preguntas precedidas por esa frase nunca terminan bien.
—Adelante.
—Si Max apareciera ahora mismo y te pidiera que te quedaras... ¿lo harías?
Mi respuesta se escapa tan rápido de mi garganta, que ni siquiera necesito pensarla.
—Sí —respondo con sinceridad.
Sin embargo, eso es lo que nadie entiende. No me marcho porque haya dejado de quererlo, sino porque sigo queriéndolo y él parece incapaz de luchar por nosotros.
—Entonces quizá deberías decírselo —me contesta dejando la taza frente a ella.
Niego con la cabeza.
—Ya lo sabe.
—¿Estás segura?
La pregunta me molesta, porque durante semanas me la he repetido a mí misma.
Pero hay una diferencia enorme entre decir algo y conseguir que la otra persona lo entienda.
Aunque también existe otra verdad: Max me conoce mejor que nadie y sabe cuándo estoy asustada, enfadada, fingiendo que estoy bien o cuando necesito que me insistan.
Él sabe todo eso y pese a eso no está aquí.
Miro el reloj y veo que falta muy poco para que llegue el taxi a buscarme.
Resoplo y siento como la presión vuelve a instalarse en mi pecho.
Naomi también la siente, lo noto por cómo me mira e intenta encontrar algo que decir para arreglar esto, por eso no insiste, porque hay situaciones que nadie puede solucionar por ti.
Hay decisiones que debes tomar sola y esta es una de ellas.
Un rato más tarde las cajas y las maletas ya están abajo. Naomi me acompaña hasta el portal, aunque ninguna de las dos habla demasiado, porque las despedidas tienen algo extraño y cuanto más importantes son, menos palabras necesitan.
El coche espera junto a la acera y el conductor carga mi equipaje y las cajas que, por suerte no son muchas y caben en la furgoneta taxi que he pedido.
Yo permanezco inmóvil observando la entrada del edificio, por donde Max debería aparecer, porque todavía existe una parte de mí que le espera.
No mi parte racional, porque esa ya se ha rendido, sino la otra, la que sigue enamorada y creyendo que una historia como la nuestra no puede terminar así.
—¿Quieres saber lo que creo? —me pregunta Naomi apretándome la mano antes de que entre en el taxi.
—No especialmente —le respondo mirándola de reojo.
—Creo que los dos estáis esperando lo mismo —me lo dice igualmente.
Durante un instante no le respondo, porque llevo toda la mañana pensando en él.
—Pues uno de los dos está equivocado.
Naomi no responde y eso resulta mucho peor.
Justo en ese momento, el conductor abre la puerta trasera del taxi y entro en el coche.
Sin embargo, el taxi permanece detenido junto a la acera tres segundos.
Tiempo suficiente para que vuelva a mirar hacia el portal e imagine que la puerta se abrirá, que escucharé su voz, que correrá hacia mí y por una vez dejará de intentar soportarlo todo en silencio y luchará por nosotros.
Pero la puerta permanece cerrada, Max no aparece y el taxi empieza a moverse.
Durante un instante sigo convencida de que aparecerá en la siguiente esquina y sigo mirando hacia atrás hasta que el edificio desaparece de mi vista.
Es entonces cuando por fin entiendo algo que me acompañará durante años: si hubiera querido que me quedara, habría venido y no lo ha hecho.