Error imperdonable (Errores en Manhattan 4)
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Prólogo
Diana
Cinco años antes
La ecografía aparece mientras vacío la última estantería del salón, aunque ni siquiera la estaba buscando.
De hecho, llevo mucho intentando no pensar en ella, pero ahí está.
Escondida dentro de una carpeta detrás de varios archivadores y una guía de viaje de Italia, que Max compró convencido de que acabaríamos recorriendo la Toscana después de tener al bebé.
Pero como muchas otras cosas, nunca llegamos a hacerlo.
Durante unos segundos me quedo quieta en mitad del salón, sosteniendo el papel entre los dedos mientras el resto del apartamento desaparece para mí.
Sé que esta ecografía no debería seguir teniendo este efecto sobre mí, porque han pasado muchas cosas desde entonces.
Durante todo este tiempo, he aprendido a levantarme por las mañanas, a trabajar, a fingir que estoy bien y a responder con una sonrisa cuando la gente me pregunta cómo estoy.
Además, me he repetido tantas veces lo de «estoy bien» que ya casi me suena creíble.
Pese a eso, me basta una hoja de papel en blanco y negro para hacerme sentir igual que aquel día.
Apoyo la espalda contra la estantería y trago saliva, pero no me sirve de nada. El puño en mi estómago continúa bien apretado, porque hay dolores que no desaparecen, simplemente aprendes a convivir con ellos.
Miro alrededor buscando cualquier excusa para dejar de pensar y solo veo cajas, maletas, cuadros descolgados de las paredes, estanterías medio vacías…
Parece que todo lo que me rodea pertenece a otra persona.
Quizá a una mujer que ya ha tomado una decisión, que tiene claro lo que quiere hacer con su vida y que no lleva tres semanas esperando una reacción que probablemente nunca llegará. Evidentemente, esa mujer no soy yo.
Lo peor es que ahora el apartamento está extrañamente silencioso.
Durante años este lugar ha estado lleno de sonidos pequeños que no parecían importantes: la cafetera de Max funcionando a las seis de la mañana, las llamadas interminables con el bufete, el repiqueteo de las teclas de su portátil...
Detalles insignificantes y momentos que no se valoran hasta que desaparecen.
Ahora, en cambio, solo se escucha el zumbido del frigorífico y el ruido de mis propios pasos.
Dejo la ecografía sobre la mesa del comedor, pero vuelvo a cogerla y la observo unos segundos más antes de guardarla en la carpeta, porque si sigo mirándola voy a terminar sentada en el suelo llorando y ya he dedicado demasiadas horas de mi vida a eso.
Justo en ese momento, mi teléfono vibra sobre la encimera de la cocina y el corazón me da un salto completamente ridículo y humillante, porque sé perfectamente que no puede ser él.
Pese a eso, corro a mirar la pantalla y veo que es Naomi otra vez.
He perdido la cuenta de cuántas veces me ha llamado durante los últimos días, así que lanzo un hondo suspiro y decido contestarle.
—¿Qué pasa?
—Buenos días para ti también —me saluda Naomi desde el otro lado.
—No son buenos días.
—Eso ya lo había deducido.
Cierro los ojos, porque mi amiga posee el don sobrenatural de seguir resultándome irritante incluso cuando intenta ayudar.
—Estoy ocupada —la corto.
—Te he llamado varias veces y no me has respondido.
—Estoy haciendo una mudanza.
—Diana, las personas normales hacen mudanzas y siguen con su vida. Tú llevas una semana desaparecida del planeta y respondes a los mensajes con monosílabos, si es que los respondes.
—¿Has hablado con Max?
La pregunta se me escapa de la garganta tan de repente que me pilla desprevenida.
—No.
—¿Y él contigo?
—No —me responde de forma taxativa, aunque tras eso se queda unos segundos callada, como si estuviera pensando qué más decirme—. Pero hay algo que no entiendo.
—¿El qué? —le pregunto abriendo mucho los ojos.
—Que dos personas como vosotros hayan sido incapaces de mantener una conversación para acabar su relación.
Aprieto la mandíbula.
—Créeme, hemos hablado —reconozco y me muerdo el labio inferior.
—Pues no parece que haya servido de mucho.
—No.
A pesar de todo, una sonrisa consigue abrirse paso en mis labios, es breve, pero real.
—Estoy bien —trato de tranquilizarla.
—No sé yo…
—Que sí —insisto.
—No te creo, te conozco demasiado y sé…
—Naomi —la corto.
—Diana —me dice con el mismo tono que utiliza cuando ya ha tomado una decisión y simplemente está fingiendo que la conversación continúa—. Voy para allá.
—No hace falta.
—Llevas tres días sin responderme a mis mensajes. Así que sí, hace falta.
—Estoy empaquetando cosas —añado en un intento de disuadirla.
—Precisamente por eso.
Apoyo una mano sobre una de las cajas abiertas.
—Puedo hacerlo sola.
—Tienes la costumbre de intentar resolverlo todo sola.
La frase consigue atravesar todas mis defensas, porque Naomi no habla de las cajas, ni de la mudanza, ni siquiera de Max, habla de mí y de lo que llevo haciendo toda la vida: intentar cargar con todo sin ayuda.
—No quiero discutir —le respondo tratando de no mostrar ninguna de las emociones que ahora mismo me dominan.
—Perfecto. Entonces no discutamos. Estaré ahí en veinte minutos.
—No vengas.
—Llegaré en veinte minutos —insiste y me cuelga el teléfono.
Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos y después dejo el teléfono sobre la mesa negando con la cabeza, porque conozco perfectamente a Naomi y las dos sabemos que dentro de veinte minutos estará aquí.
Camino hasta el dormitorio, que es la habitación que más he evitado durante toda la mañana, porque quizá es la que más se parece todavía a nosotros.
La cama sigue hecha con las almohadas colocadas en su sitio, su despertador sobre la mesilla de noche de su lado del colchón, también hay un libro y uno de sus pares de gemelos.
Todo son objetos normales, eso es lo que más rabia me da de las rupturas: el mundo no cambia, la ciudad continúa funcionando, la gente sigue trabajando y los semáforos cambiando de color.
Lo único que sucede es que está desapareciendo una parte de mi vida y nadie parece darse cuenta.
Me siento en el borde de la cama y durante unos segundos observo el espacio vacío a mi lado.
No me permito recordar el hospital, ni la ruptura, ni las discusiones, prefiero rememorar una noche cualquiera, de las que no parecían ser importantes por nada en concreto.
Me viene a la cabeza una de aquellas veladas en las que Max fingía ayudarme con la distribución de los invitados en las mesas de nuestra boda.
Digo fingía porque pasó casi una hora entera cambiando de sitio a personas únicamente para molestarme.
—Tu tío no puede sentarse junto a mi primo.
—¿Por qué? —le pregunté sin entender por qué lo decía.
—Porque discutieron en Navidad.
—Eso fue hace cuatro años.
—Pero siguen sin poderse ver…
—Quizá deberíamos aprovechar la boda para fomentar su reconciliación, ¿no crees? —insisto.
—No, mejor que la aprovecháramos para evitar una pelea.
Recuerdo perfectamente cómo me sonrió, se sentó a mi lado y acabamos hablando del futuro, de la casa que queríamos comprar, de los viajes que teníamos por hacer y de los hijos...
Siempre hablábamos de los hijos. Al recordar eso, noto cómo la presión vuelve a instalarse en mi pecho, porque nunca imaginé una vida sin Max y ahora estoy metiendo en cajas la mía.
No sé cuánto tiempo permanezco sentada sobre la cama, supongo que lo suficiente para que los recuerdos empiecen a aparecer por su cuenta y para entender que el verdadero problema de este apartamento no son las cajas, sino las versiones de nosotros que siguen viviendo aquí.
Hay una en la cocina, otra en el salón, varias escondidas entre los armarios y una especialmente molesta ocupando esta misma habitación: la de una pareja que creía tener tiempo para arreglar las cosas, para recuperarse y volver a encontrarse.
Es curioso cómo las personas damos por sentado algo tan frágil, porque durante meses seguí creyendo que aquello era temporal, que el dolor acabaría remitiendo y que terminaríamos encontrando la forma de volver a ser nosotros.
Porque al principio no parecía una ruptura sino una herida, y las heridas, por definición, deberían curarse.
Me levanto antes de que mi cabeza decida continuar por ese camino. Tengo cajas y maletas por llenar y cerrar y una cantidad alarmante de excusas para seguir retrasando lo inevitable.
Abro el armario, la mitad está vacío y la otra mitad sigue igual que siempre.
Las camisas de Max permanecen alineadas por colores del blanco a una decena de tonalidades de azul con la precisión obsesiva que utiliza para todo y que forma parte del uniforme oficial de los abogados que, como él, son incapaces de divertirse.
Recuerdo que la primera vez que le dije eso, estuvo ofendido un buen rato.
La segunda terminó comprando una camisa verde para demostrarme que exageraba y la tercera me encontró riéndome cuando se fue a una reunión vestido exactamente igual que siempre.
Sonrío sin querer y eso es probablemente lo peor, porque incluso ahora sigo recordando las cosas buenas antes que las malas.
Cuando estoy a punto de cerrar una de las últimas cajas, algo se cae desde una carpeta sobre la alfombra.
Al cogerla del suelo veo que es la lista de invitados de lo que iba a ser nuestra boda.
Durante unos segundos, me limito a observarla y veo que está llena de anotaciones, de nombre tachados, de cambios de última hora, comentarios escritos con distintos colores…
La mayoría de anotaciones son mías y unos cuantos son el resultado de discusiones absurdas que ahora mismo me resultan casi imposibles de creer.
Suspiro y leo algo una de las anotaciones con una sonrisa en los labios al ver lo que pone: «No sentar a Brock junto a la barra libre».
Debajo, con la letra de Max: «Eso eliminaría el cincuenta por ciento de las existencias de alcohol del restaurante».