Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Epílogo Naomi
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Epílogo Naomi

—Si vuelve a preguntarme si el certificado es válido, retrasaré la ceremonia de forma deliberada —advierte el funcionario mientras le quita el documento a Alistair.

Alistair observa cómo lo guarda en una carpeta.

—Solo quería confirmar que no falta ninguna firma —responde mientras se coloca el puño de la camisa.

—Todavía no han firmado porque todavía no están casados —señala el hombre con una paciencia que, sospecho, está a punto de agotarse.

—Yo también he revisado el certificado dos veces —interviene Devon desde la primera fila.

El funcionario lo mira por encima de las gafas.

—En ese caso, no vuelva a revisarlo.

Estamos en una sala pequeña del registro civil, sin prensa, inversores ni acuerdos empresariales. Ninguna carpeta contiene anexos y Dorian lleva veinte minutos protestando, porque decidimos no servir alcohol hasta después de firmar.

Solo nos acompañan las personas que conocen nuestra historia completa y que, por ese mismo motivo, entienden por qué Miles ha comprobado dos veces que Alistair no lleva ningún documento de Hudson Capital en los bolsillos.

Nuestra boda tampoco comenzó con una propuesta espectacular propia de una película de Hollywood con un gran presupuesto.

Lo nuestro fue mucho más sencillo. Hace cuatro meses, durante el desayuno, Alistair me preguntó si quería casarme con él.

Después de discutir durante dos horas qué significaría para ambos, escogimos juntos el anillo, la fecha y este lugar.

No hubo rodillas en el suelo ni cámaras escondidas, solo hubo una decisión tomada entre los dos.

Durante el último año hemos tomado unas cuantas.

Finalmente, mi investigación se convirtió en una serie de reportajes por todo el país y, dentro de tres meses, también será un libro.

Conservo mi apellido profesional y continúo viajando más de lo que Alistair considera razonable.

Pero él, ha mantenido su promesa y no ha intentado escoger la editorial ni cambiar el título, aunque compró tantos ejemplares en preventa que tuve que recordarle que eso no constituye una inversión diversificada.

La directora ejecutiva nombrada durante la investigación continúa al frente de Hudson Capital y ha completado el pago de los treinta y dos millones, junto con las compensaciones por Meridian.

Alistair conserva su puesto no ejecutivo como asesor de estrategia e inversiones y, aunque sigue siendo el fundador, ya no controla el funcionamiento diario ni pretende recuperar la dirección… Al menos, no todos los días.

También elegimos un apartamento que no había pertenecido antes a ninguno.

Tiene un despacho para cada uno, una mesa escogida por Alistair y unas estanterías que llené antes de que pudiera diseñarlas.

En mitad del pasillo hay una silla que llevo seis meses prometiendo mover.

Los armarios están organizados en una mitad y razonablemente caóticos en la otra.

En el dormitorio compartimos un cajón, que dentro tiene dos cargadores.

La convivencia no nos ha vuelto más parecidos, sino que hemos aprendido a compartir el espacio sin uniformarlo.

—Devon está reorganizando los asientos —murmura Elara a mi lado.

Devon ha cambiado dos sillas de sitio y ahora intenta convencer a Max de que intercambie la suya con Brock.

—La luz entra por la izquierda —se justifica Devon, señalando los ventanales—. La mitad del grupo quedará en la sombra.

—Es una ceremonia, no una reunión del consejo ejecutivo—replica Elara, acercándose para devolver una silla a su posición original.

—Eso no impide que pueda organizarse bien.

—No voy a discutir contigo antes de la boda —afirma ella mientras mueve la segunda silla—. Deja de ayudar.

A pocos pasos, Brock intenta cambiar la música desde su móvil, pero Amara le aparta el teléfono y lo guarda en su bolso.

—La lista la eligieron Naomi y Alistair —le recuerda ella con una mirada de advertencia.

—Solo quería evitar que se casaran con una canción fúnebre —responde Brock, levantando las manos.

—Ahora se casarán con ella y tú sobrevivirás.

Elsie aparece persiguiendo a su hijo, que intenta subirse a una silla. Dorian lo atrapa antes de que empiece la ceremonia.

—Debería llevar yo los anillos —declara Dorian con el niño bajo un brazo.

Elsie señala la mano del pequeño, que mantiene cerrada alrededor de la corbata de su padre.

—Llevas cinco minutos intentando recuperar tu corbata de un niño de un año —le recuerda mientras le coloca bien la chaqueta.

—No intento recuperarla. Estamos negociando —aclara Dorian.

El niño tira otra vez y le deja el nudo junto a la oreja.

—Vas perdiendo —observa Max desde su asiento.

Dorian se endereza la corbata con toda la dignidad que consigue reunir.

—Eso no afecta a mi capacidad para custodiar joyas —concluye, alargando una mano hacia la caja de los anillos.

Alistair la aparta antes de que pueda tocarla.

—No —dice con una firmeza que no admite negociación.

—Tu falta de confianza resulta ofensiva —protesta Dorian.

—Y está respaldada por abundantes pruebas —interviene Max, que lleva toda la mañana vigilando discretamente que nada salga mal.

Diana se acerca a mí y alisa una pequeña arruga de mi vestido.

—Ya está —dice después de comprobar el resultado—. Ahora puedes respirar.

—Eso arrugará otra vez la tela —bromeo.

—Tendrás que correr el riesgo.

Juliette y Theo entran los últimos. Ella observa las sillas y a Dorian intentando que Miles registre a Alistair una tercera vez.

—Esta boda será mucho más sencilla que la nuestra —asegura Juliette mientras se quita el abrigo.

—La nuestra también debía ser sencilla —le recuerda Theo, ayudándola a dejarlo sobre una silla.

—Hasta que invitaste a personas incapaces de firmar un documento sin provocar cinco crisis sentimentales y una empresarial.

Theo mira al grupo y sonríe sin mostrar el menor arrepentimiento.

—Fue una boda memorable.

Observo cómo discuten y se interrumpen. Durante mucho tiempo creí que ocupaba un lugar provisional en este grupo. Sin embargo, ahora sé que pertenecer a algo no significa renunciar a la posibilidad de marcharme, sino que significa saber por qué elijo quedarme.

El funcionario nos llama y Alistair ocupa su lugar frente a mí. Miles le entrega los anillos después de comprobar por última vez que no lleva ningún documento empresarial escondido.

—Está limpio —anuncia Miles mientras toma asiento.

—Gracias por preservar la dignidad de la ceremonia —murmura Alistair.

—Hace años que abandoné ese objetivo —responde Miles sin alterar la expresión de su gesto.

El funcionario comienza a hablar, aunque apenas lo escucho porque Alistair sostiene mi mirada y se esfuerza por no comprobar dónde han dejado el certificado.

Cuando llega el momento de los votos, saco una hoja doblada que he guardado con cuidado en mi bolso. He intentado escribir algo solemne, pero todas las versiones parecían un reportaje sobre nuestra relación.

Miro el papel y vuelvo a guardarlo.

—Había preparado mis votos —le explico a Alistair mientras cierro el bolso—, pero sonaban como un artículo que nadie querría leer.

—Yo lo habría leído —responde él, observándome con atención.

—Tú has comprado doscientas copias de un libro que todavía no existe. Así que tu criterio no cuenta.

Varias risas se escuchan en la sala y Alistair sonríe, pero no aparta los ojos de mí.

—Te prometo que te contaré la verdad incluso cuando todavía no sepa cómo explicarla —continúo, sujetándole las manos—.

No me marcharé solo para demostrar que puedo hacerlo.

Seguiré eligiendo mi carrera, mis viajes y las preguntas que quiera hacer, pero dejaré que formes parte de las respuestas que construyamos juntos.

La sonrisa desaparece de su rostro y sus dedos se cierran alrededor de los míos.

—Te quiero —añado—. Y hoy vuelvo a elegirte sabiendo exactamente quién eres.

Alistair respira hondo antes de sacar una hoja del bolsillo interior de la chaqueta.

El papel tiene tantos dobleces que conozco de memoria las líneas que lo cruzan, porque he visto que lo ha revisado cada noche durante las últimas dos semanas.

Sin embargo, después de mirarlo, también decide guardarlo.

—Te prometo que preguntaré antes de intervenir —dice mientras vuelve a tomarme las manos—. Que te diré cuándo tengo miedo, aunque no sepa qué hacer con él. Permaneceré a tu lado incluso cuando no pueda solucionar lo que te duele y aceptaré que ayudar no siempre significa actuar.

La presión de sus dedos aumenta ligeramente.

—No puedo prometerte que nunca volveré a equivocarme —continúa—, pero sí que no ocultaré mis errores detrás de la intención de protegerte. Te quiero y pienso seguir eligiéndote incluso en los días en que hacerlo no resulte sencillo.

Hace una pausa y una sombra de humor aparece en sus ojos.

—Sin embargo, no prometo dejar de ordenar los cargadores.

—Entonces yo tampoco prometo dejar de moverlos —respondo, levantando una ceja.

—Estábamos a punto de conseguir una ceremonia elegante —murmura Dorian desde la primera fila.

—Guarda silencio —le ordena Devon sin mirarlo.

—Lleva llorando desde que Alistair ha guardado el papel —revela Elsie mientras entrega un pañuelo a Dorian.

—Tengo alergia a los registros civiles —se defiende él, secándose los ojos.

Las risas llenan la sala y alivian la emoción sin restar importancia a lo que acabamos de prometernos.

El funcionario coloca el certificado frente a nosotros y esta vez soy yo quien lo lee primero.

Leo nuestros nombres, la fecha, cada apartado y el espacio reservado para las firmas.

No hay páginas sustituidas, anexos escondidos ni documentos privados mezclados por error.

Nadie ha bebido y Theo se encuentra a varios metros de la mesa.

Le paso el certificado a Alistair. Él lo revisa con la misma atención y, cuando termina, me mira.

—Es correcto —confirma mientras deja el documento sobre la mesa.

—Ya lo era las cuatro veces anteriores —le recuerda el funcionario, ofreciéndole el bolígrafo.

Alistair firma y después me lo entrega. Observo su nombre sobre el papel antes de añadir el mío. Esta vez nadie firma por impulso, bajo los efectos del alcohol o sin comprender qué consecuencias tendrá por la mañana. Ahora firmamos porque queremos hacerlo.