Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 22 Alistair #2
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Capítulo 22 Alistair #2

Naomi sonríe. Sin embargo, la sonrisa le desaparece de los labios poco a poco cuando me acerco y me detengo frente a ella sin tocarla. La última vez que nos besamos, en la puerta de su hotel, fue ella quien se acercó a mí y decidió cuándo debía terminar.

Ahora vuelve a levantar la cara hacia mí y espera.

—Quiero besarte —digo mientras apoyo una mano en el respaldo de la silla.

—Entonces hazlo —responde Naomi, tirando de mi corbata para acercarme más a ella—. Si me preguntas cada cinco segundos, voy a empezar a echar de menos tu arrogancia.

—Eso sería un retroceso preocupante —contesto alzando una ceja.

—Alistair…

La advertencia termina contra mi boca y la beso despacio, disfrutando del sabor de sus labios y de la forma en que su cuerpo se adapta al mío.

Naomi me quita la chaqueta, la deja caer sobre la silla y me rodea el cuello con los brazos.

Cuando profundizo el beso, un gemido bajo se escapa de su garganta y acaba con la poca paciencia que me queda.

La levanto y la siento sobre la mesa y ella se ríe contra mi boca.

—Has tardado muy poco en volver a dar órdenes —murmura mientras empieza a desabrocharme la camisa.

—No he dicho nada.

—No te hacen falta palabras para intentar mandar.

Me aparto lo suficiente para mirarla.

—¿Quieres que te baje?

—Quiero que dejes de hablar —responde, rodeándome la cadera con una pierna—. Al menos durante un rato…

Obedezco y vuelvo a besarla mientras recorro sus muslos por encima del pantalón. Naomi me desabrocha la camisa y pasea las manos sobre mi pecho. Cuando intento acercarla, se inclina hacia atrás con una sonrisa.

—Ahora te toca esperar —dice mientras me quita el cinturón.

—Empiezo a sospechar que esta reconciliación incluye un castigo.

—Deberías haber leído la letra pequeña.

Sus dedos rozan mi abdomen y cualquier respuesta pierde importancia. Bajo una mano hasta el escote de su blusa y me detengo sobre el primer botón. Naomi cubre mi mano con la suya, abre el botón y después hace lo mismo con el siguiente.

—Sigue —susurra sin apartar los ojos de mí.

Abro el resto de la blusa y beso la piel que deja al descubierto. Naomi hunde los dedos en mi cabello, pero tira con suavidad cuando la presión de mi boca aumenta.

—Más despacio —me pide.

Reduzco el ritmo de inmediato. Al instante, sus hombros se relajan y su respiración se acelera cuando aparto el encaje y la acaricio con la lengua.

—No pareces arrepentida de haber elegido venir a mi apartamento —murmuro contra su piel.

—Todavía puedo pedir un taxi.

—Primero tendrías que soltarme.

Naomi mira la mano que mantiene cerrada alrededor de mi camisa y se ríe. Después me besa con más fuerza, baja de la mesa y tira de mí hacia el pasillo.

—¿Dormitorio? —pregunto mientras me dejo guiar.

—Esa capacidad de deducción explica el éxito de Hudson Capital.

En la habitación, nos quitamos la ropa entre besos y caricias. No hay prisa ni miedo a que el tiempo se termine. Ya conocemos nuestros cuerpos, pero esta vez nos detenemos para pedir lo que queremos y para escuchar la respuesta.

Naomi me empuja hasta sentarme en la cama y se coloca entre mis piernas. Recorro sus caderas con las manos mientras ella decide cuánto quiere acercarse a mí.

—Quiero verte —digo, acariciándole la cintura.

—Ya me estás viendo.

—No lo suficiente.

Naomi me hace retroceder sobre el colchón y se sienta a horcajadas sobre mí. La observo mientras mueve las caderas y dejo las manos sobre sus muslos sin alterar el ritmo. Cuando se inclina para besarme, le aparto un mechón de pelo de la cara.

—Puedes moverte —susurra junto a mi boca.

—Agradezco que me des permiso.

—No lo estropees.

Giro con ella sobre el colchón y me quedo encima. Naomi me recibe entre sus piernas, pero apoya una mano sobre mi pecho antes de que continúe.

—Protección —me recuerda.

—Está en el cajón.

—Por fin tu obsesión por estar preparado sirve para algo —bromea y con una sonrisa alargo el brazo y estoy a punto de tirar la lámpara.

Naomi se ríe, pero la risa se convierte en un gemido poco después cuando entro en ella despacio. Me quedo quieto hasta que me rodea la cintura con las piernas y su cuerpo se adapta a mí.

—Ahora —dice mientras me mira a los ojos.

Empiezo a moverme al ritmo que marca su cuerpo.

No necesitamos recuperar las semanas perdidas ni demostrar que el deseo ha sobrevivido, porque podemos detenernos para besarnos, cambiar de postura o reírnos cuando su rodilla me golpea en un costado.

Nos besamos mientras nuestras lenguas se enredan y nuestros cuerpos se regalan placer el uno al otro.

Noto sus uñas en mi espalda y cómo su sexo se humedece y calienta cada vez más, hasta que entre gemidos pronuncia mi nombre y estalla de placer.

La sigo poco después, con la frente apoyada contra la suya y sus brazos alrededor de mi cuello.

—Esto no arregla lo que ocurrió —susurra mientras me acaricia el hombro.

—No —respondo, besándole la muñeca—. Pero me alegra que haya ocurrido después de hablar.

—A mí también.

Más tarde, Naomi recoge del pasillo mi camisa, se la pone sin abrochársela y abre la maleta.

Desde la cama, la observo rebuscar en uno de los bolsillos interiores.

Cuando se vuelve, lleva un cargador en la mano.

Reconozco el cable que retiró del cajón la noche en que se marchó.

Naomi se acerca a la mesilla, abre ese mismo cajón y vuelve a guardarlo dentro.

—¿Piensas quedarte?

Ella cierra el cajón y se mete en la cama.

—Esta noche, sí —responde mientras se acomoda a mi lado—. Mañana ya hablaremos del resto.

No es un calendario completo ni una garantía, aunque tampoco lo necesito.

—De acuerdo —contesto mientras levanto el brazo para que apoye la cabeza sobre mi pecho.

Naomi abre el chat de nuestros amigos en el teléfono.

Naomi:

He vuelto y

Alistair continúa vivo.

Las respuestas aparecen antes de que pueda protestar.

Dorian:

Eso no aporta los detalles importantes.

Elara:

¿Quién ha pedido perdón primero?

Devon:

No discutáis asuntos privados

en un chat en el que está Dorian.

Dorian:

La censura siempre empieza así.

Elsie envía una fotografía del bebé dormido sobre su pecho y Diana responde justo después.

Diana:

Me alegro mucho.

Intento quitarle el teléfono a Naomi, pero ella lo pone fuera de mi alcance.

—No puedes controlar este grupo —me advierte con una sonrisa.

—Empiezo a comprender que tampoco quiero intentarlo.

Naomi deja el móvil sobre la mesilla y vuelve a acomodarse a mi lado.

Durante años he creído que una decisión definitiva era aquella cuyo resultado podía asegurar. Sin embargo, ahora tengo claro que es justo lo contrario. Naomi es la primera elección que no puedo controlar y también la única que no cambiaría, aunque pudiera hacerlo.