Capítulo 22 Alistair
Llego al aeropuerto cincuenta y dos minutos antes de la hora prevista, una antelación que Miles consideraría razonable y Naomi utilizaría como prueba de que necesito ayuda profesional.
Durante el trayecto he pensado en solicitar acceso a la zona reservada o pedir que alguien la acompañe hasta una salida menos concurrida.
De hecho, tengo claro que podría conseguir ambas cosas con dos llamadas, pero, en lugar de hacerlas, sigo las indicaciones hasta la zona de llegadas del aeropuerto y espero junto al resto.
A mi izquierda, hay dos niños corriendo alrededor de su padre, que sostiene un cartel con una paciencia infinita.
A mi derecha, varios conductores levantan tabletas con nombres y uno se me acerca demasiado cada vez que ve a alguien con traje.
Delante de mí, una mujer comprueba si sale alguien por la puerta automática cada pocos segundos y me tengo que obligar a respirar profundo para mantener mis nervios a raya.
Por suerte, a la hora prevista, el vuelo de Naomi aterriza y en la pantalla aparece que los pasajeros están recogiendo su equipaje y, durante los siguientes treinta y siete minutos, las puertas se abren para dejar salir a pasajeros que no son ella.
Reviso la hora en mi reloj mil veces, pero no llamo a la aerolínea ni escribo a ninguno de mis contactos. Respiro hondo y me limito a esperar.
Cuando por fin aparece, veo que está despeinada, lleva el abrigo abierto y una maleta que parece a punto de explotar.
Abraza el portátil contra el pecho, mientras intenta esquivar a un hombre que se ha detenido en mitad de la puerta de salida para saludar a alguien.
Entonces levanta la mirada y al encontrarme entre la gente, me dedica una sonrisa.
En ese instante tengo la sensación de que nunca he sentido un alivio semejante.
Cruza la puerta arrastrando la maleta, pero la abandona en cuanto está frente a mí y me rodea con los brazos.
El impacto de su cuerpo con el mío me hace retroceder medio paso y respondo a su abrazo sin intentar decidir qué significa su efusividad ni utilizarla como respuesta a mis preguntas.
Me limito a estrecharla contra mí y noto cómo hunde la cara en mi cuello.
Su cabello me roza la mandíbula y el ruido de la terminal desaparece en ese instante.
Naomi decide cuándo separarse y yo dejo que lo haga, aunque cada parte de mí preferiría mantenerla bien pegada a mi cuerpo.
—Hola —dice, todavía con las manos apoyadas sobre mi pecho.
—Hola —respondo mientras observo su rostro—. Parece que has sobrevivido al vuelo.
—No ha sido gracias al hombre que reclinó el asiento hasta ocupar la mitad de mi espacio vital —contesta Naomi, arrugando la nariz.
—Puedo conseguir su nombre —bromeo alzando una ceja y recojo su maleta del suelo.
Me deja coger su maleta, pero mantiene la bolsa del ordenador cruzada sobre el cuerpo.
—¿No vas a darme eso también? —pregunto, señalando la correa.
—Una cosa es confiarte mi ropa interior y otra muy distinta mis archivos —responde moviendo las cejas de forma cómica.
—Me tranquiliza saber qué ocupa el lugar superior en tu escala de intimidad —comento.
—Mis fuentes, mis notas y después, a una distancia prudente, tú —enumera guiñándome un ojo.
—Trabajaré para ascender —respondo con una sonrisa, mientras caminamos hacia la salida.
La facilidad con la que recuperamos el humor no consigue que desaparezcan las últimas semanas de mi recuerdo, pero consigue que dejen de interponerse entre cada frase que digo.
Al llegar a la acera, el conductor de mi coche abre el maletero y yo guardo el equipaje. Naomi espera a que vuelva a su lado y me observa sin acercarse al automóvil.
—¿Adónde quieres ir? —pregunto.
Sus ojos permanecen unos segundos sobre los míos.
—A tu apartamento —responde con convicción.
No convierto su respuesta en una conclusión que ella todavía no ha dicho. Simplemente me limito a abrir la puerta trasera y espero a que entre.
El coche abandona el aeropuerto entre una fila de taxis. Naomi se quita el abrigo y mira por la ventanilla mientras pasamos junto a los edificios bajos de Queens, hasta que ella vuelve a hablar.
—Quiero volver contigo —dice, girándose hacia mí.
No respondo de inmediato, porque quiero dejar que termine de explicar su decisión antes de reaccionar.
—No voy a dejar de viajar —continúa mientras juega con el borde de su abrigo—. Si escribo el libro, tendré que hacerlo más a menudo, pero tampoco voy a organizar mi carrera alrededor de tu agenda, ni a consultarte cada una de mis decisiones profesionales.
—No quiero que lo hagas —respondo, apoyando un brazo sobre el asiento.
—Lo sé. Al menos, ahora tengo claro que puedes aprender a no quererlo.
Acepto la precisión con una inclinación de cabeza.
—Es una valoración justa.
Naomi respira hondo y mira un instante hacia la carretera antes de continuar.
—También he comprendido que llevo años confundiendo ser libre con asegurarme de que siempre puedo marcharme sin dar explicaciones. Desde siempre, en cuanto alguien empezaba a importarme demasiado, buscaba la salida para demostrarme que sigue ahí.
—Y necesitas que continúe ahí —digo con cuidado.
—Sí. Necesito saber que puedo irme y, aun así, elegir quedarme —responde Naomi mientras mira por la ventanilla—. No quiero seguir comportándome como si amarte pusiera en peligro todo lo que he construido.
La palabra «amarte» me deja inmóvil durante un instante, pero no la interrumpo, porque deseo escuchar todo lo que ha venido a decirme.
—¿Qué necesitarás de mí cuando sientas que vuelvo a invadir tu espacio? —pregunto.
Naomi se queda en silencio un segundo, pensativa antes de responder.
—Que me dejes decírtelo antes de intentar arreglarlo —explica, volviéndose hacia mí—. Puede que me enfade, que necesite estar sola o que no sepa explicarme bien al principio, pero solo quiero que me escuches sin decidir por mí lo que significa.
—Puedo intentarlo —respondo encogiéndome de hombros.
—¿Solo intentarlo? —pregunta, arqueando una ceja.
—Prometerte que nunca volveré a equivocarme sería mentirte —respondo—. Lo que sí puedo prometerte es que te escucharé y que no buscaré una forma de ignorar tu respuesta cuando no me guste.
Naomi asiente y deja de jugar con su abrigo.
—¿Y tú qué necesitas de mí?
Nunca me ha resultado fácil admitir que necesito algo de otra persona, pero ocultarlo no ha logrado que desaparezca.
—Que no me dejes fuera porque temes cómo voy a reaccionar —respondo—. No necesito saber todo lo que haces, pero sí quiero que me cuentes lo que nos afecta a los dos. Incluso si crees que voy a tomármelo mal.
—Puede que te lo tomes mal —advierte Naomi.
—Es muy posible.
—Entonces te lo diré.
—Y yo tendré que escucharte —respondo y observo cómo una sonrisa se dibuja en sus labios.
No intentamos establecer nuevas condiciones ni encontrar una solución para todos los problemas que puedan surgir. Ya sabemos en qué nos equivocamos y lo único que podemos hacer es actuar de otra manera la próxima vez.
—¿Quieres que lo intentemos? —pregunto mientras dejo la mano abierta sobre el asiento.
Naomi la observa durante unos segundos y después entrelaza sus dedos con los míos.
—Sí —responde con firmeza—. Quiero estar contigo.
Le acaricio los nudillos con el pulgar, pero no tiro de ella para acercarla a mí.
—¿Sigues queriendo ir a mi apartamento?
—Sí —contesta mientras se acerca un poco a mí—. Y ahora puedes interpretar la respuesta.
Durante la última semana he imaginado varias formas de decirle lo que siento. Todas incluían el lugar adecuado, las palabras precisas y una respuesta que yo ya había previsto. Sin embargo, ahora nada de todo eso me sirve.
El coche cruza el puente y las torres de Manhattan aparecen al otro lado del río mientras Naomi continúa sujetándome la mano.
—Te quiero —digo.
Ella se vuelve hacia mí y sus dedos se cierran con más fuerza alrededor de los míos, pero tarda unos segundos en responder. En ese momento, querría llenar el silencio con explicaciones o promesas que le aseguren que esta vez todo será distinto, pero no lo hago.
—Te quiero y quiero construir una vida contigo —continúo—. Todavía no sé cómo será esa vida, ni puedo prometerte que siempre sabré darte lo que necesitas, pero lo que tengo claro es que tendré que aprender a cuidar lo nuestro sin intentar controlar lo que ocurra.
Naomi me mira en silencio, como si comprendiera cuánto me cuesta admitir que no puedo ofrecerle ninguna garantía.
—Yo también te quiero —responde al fin y al escucharla, suelto el aire que llevo semanas conteniendo.
—Has tardado en decirlo más de lo que me habría gustado —admito.
—Quería disfrutar un poco de verte incómodo —replica Naomi, aunque sus ojos se humedecen—. No es algo que pase muy a menudo.
—Entonces me alegra haber contribuido a tu entretenimiento.
Naomi levanta nuestras manos unidas y me besa los nudillos.
—Amarte no hace que mi vida sea menos mía —dice—. Solo he dejado de mantenerte fuera para demostrármelo.
Después levanta la otra mano y me acaricia la mandíbula.
—Sigo teniendo miedo —confieso en voz baja—. De repetir los mismos errores, de no saber hacerlo bien y de que un día decidas que lo que te doy no es suficiente para ti.
—Yo también tengo miedo —admite Naomi mientras aprieta mi mano.
Ninguno de los dos intenta buscar una solución y seguimos así hasta que el coche se detiene frente al edificio.
Al entrar en mi apartamento, Naomi deja el ordenador sobre la consola de la entrada y observa el salón, donde encuentra que la silla que puso junto al ventanal sigue en el mismo sitio. También están allí su taza, el libro que dejó y una goma para el pelo junto a la lámpara.
—No has movido nada —dice mientras se acerca a la silla.
—No sabía si volverías y preferí dejarlo todo como estaba.
Naomi mira los objetos antes de volverse hacia mí.
—Has convertido tu salón en una exposición sobre mi ausencia.
—Me pareció más sencillo que decidir dónde se guarda una goma del pelo.