Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 21 Naomi #2
91%

Capítulo 21 Naomi #2

—Utilicé el itinerario que me entregaste para seguirte —dice finalmente—. Contraté la vigilancia después de escuchar tu negativa y cené contigo fingiendo que estaba respetando nuestro acuerdo, aunque sabía que te estaba mintiendo.

La precisión de sus palabras me obliga a apoyar las manos sobre las piernas.

—Ya hablamos de eso en tu despacho.

—Al principio intenté justificarme con el miedo —continúa Alistair—. Y sí, estaba asustado, pero también fui arrogante. Creí que sabía qué era lo mejor para ti y que eso me daba derecho a ignorar tu decisión.

No menciona que la amenaza era real, ni me recuerda que el protocolo del periódico tenía espacios sin cubrir.

—¿Y ahora? —pregunto.

—Ahora sigo sintiendo el impulso de anticiparme. Cuando no respondiste después del vuelo, quise localizarlo y averiguar dónde estabas.

—Pero no lo hiciste.

—No. Te escribí y esperé. Aunque no puedo prometerte que nunca volveré a tener miedo, ni que dejaré de creer que mi solución es la mejor… Lo que sí que puedo prometerte es que, cuando eso ocurra, te lo diré antes de actuar. Y que una negativa seguirá significando una negativa, aunque no la comparta.

Paso un dedo por el borde de la servilleta.

—Yo también me equivoqué al ocultarte el correo.

Alistair no responde de inmediato ni aprovecha la admisión para aliviar su parte.

—No te oculté el correo para proteger la investigación —continúo—. Eso fue lo que quise creer, pero en realidad ya había decidido cómo ibas a reaccionar. Estaba segura de que intentarías cancelar el viaje o ponerme escoltas, así que preferí dejarte fuera antes de darte la oportunidad de opinar.

—Acertaste sobre cómo reaccionaría.

—Eso no hace correcta mi decisión. Te pedí que aprendieras a incluirme mientras yo escogía qué partes de mi vida podías conocer.

Alistair asiente, pero no deja que esa semejanza borre la diferencia.

—Que me ocultaras el correo no me daba derecho a vigilarte —afirma—. Lo que hiciste estuvo mal, pero no convierte lo mío en menos grave.

Parte de la tensión que arrastro desde que he entrado en el restaurante desaparece. Alistair no aprovecha mi confesión para defenderse ni para repartir la culpa entre los dos.

—He estado a punto de cancelar varias de nuestras llamadas —confieso.

—¿Por qué? —me pregunta y observo que una arruga aparece entre sus cejas.

—Porque cada vez que hablar contigo volvía a resultar fácil, sentía que me estaba acercando demasiado —respondo—. Incluso llegué a pensar que debía alejarme antes de descubrir que seguías importándome más de lo que quería admitir.

—¿Por qué no lo hiciste? —pregunta Alistair, observándome con atención.

—Porque dejar de hablarte para no tener que decidir también habría sido una decisión. Solo que tomada por miedo.

Alistair baja la mirada hacia sus manos y guarda silencio durante unos segundos.

—Yo también he escrito mensajes que después he borrado —admite.

—¿Qué decían esos mensajes?

—Preguntaban dónde estabas, con quién viajabas y a qué hora pensabas regresar al hotel. Incluso después del retraso de tu vuelo, escribí otro para ofrecerme a cambiarte el billete…

—¿Solo uno?

—Tres versiones —reconoce, volviendo a mirarme—. La última incluía una comparación de horarios y escalas.

No puedo evitar sonreír.

—Eso sí suena muy propio de ti.

—No enviarlos me ha costado mucho.

El camarero se acerca para retirar los platos y pregunta si queremos tomar postre. Alistair me mira, pero no responde por los dos ni hace ningún gesto para llamar su atención.

—Compartiremos uno —decido.

Él asiente y le entrega la carta al camarero. Es un gesto pequeño, pero se convierte en el primer plan que hacemos juntos desde que nos separamos. No significa que hayamos vuelto, ni que todo esté solucionado. Por ahora, solo significa que ninguno de los dos quiere que la cena termine todavía.

Cuando salimos del restaurante, una corriente de aire frío llega desde el río y me obliga a ajustarme el abrigo.

Las luces de los edificios se reflejan sobre el agua y el tráfico avanza despacio por la avenida.

Alistair camina a mi lado sin ponerme la mano en la espalda para guiarme, ni acelerar el paso.

No obstante, la tensión entre nosotros sigue ahí.

La noto cada vez que nuestros brazos se rozan por accidente y cuando, al llegar al hotel, las luces de la entrada iluminan su cara.

Nos detenemos frente a las puertas de cristal.

Podría invitarlo a subir. Sé que aceptaría y que durante unas horas sería muy fácil dejar que el deseo nos convenciera de que ya hemos reparado todo lo que se rompió, pero todavía no quiero hacerlo.

—Gracias por venir —digo, aferrándome a la correa del bolso.

—Gracias por pedírmelo —responde Alistair.

No pregunta si puede acompañarme hasta la habitación, ni propone tomar una última copa. Simplemente se limita a dar un paso atrás.

—Buenas noches, Naomi.

Ha aceptado la despedida sin intentar prolongarla y, por alguna razón, eso me duele más de lo que esperaba.

—Alistair —lo llamo antes de que pueda alejarse.

Él se detiene y espera. Soy yo quien se acerca, le sujeta la solapa de la chaqueta y levanta el rostro hacia el suyo.

Alistair no se mueve hasta que mis labios rozan los suyos.

Entonces apoya una mano en mi cintura y me besa despacio.

La contención no hace que el beso resulte menos intenso.

Al contrario, me obliga a sentir cada movimiento de su boca y la presión de sus dedos sobre mi cuerpo.

Durante unos segundos, recuerdo todo lo que hemos hecho juntos y lo fácil que sería subir con él, cerrar la puerta de la habitación y olvidarme de las dudas hasta mañana por la mañana, pero antes de ceder al impulso me aparto.

Alistair retira la mano de mi cintura sin intentar detenerme.

—Buenas noches —repito, todavía demasiado cerca de su boca.

—Que descanses… —responde él con la voz más grave.

Un taxi se detiene frente al hotel y Alistair abre la puerta. Entra sin preguntarme por última vez si estoy segura y el vehículo se incorpora al tráfico. Observo el coche desde la acera hasta que las luces traseras desaparecen al doblar la esquina.

Que se haya marchado cuando ambos queríamos lo contrario demuestra mucho más que cualquiera de las promesas que haya dicho durante la cena.

A la mañana siguiente, desayunamos en una cafetería cercana antes de que Alistair vaya al aeropuerto. Cuando entra, lleva la corbata de la noche anterior asomando en el bolsillo de la chaqueta y una arruga bastante visible junto al cuello de la camisa.

—Te falta Miles —señalo cuando se sienta frente a mí.

Alistair baja la mirada hacia su camisa.

—He preparado la maleta yo solo y este es el resultado —me dice con una media sonrisa.

—No parece una experiencia que debas repetir —contesto alzando una ceja.

—Coincido contigo. Ha sido innecesariamente humillante.

Sonrío mientras él sirve café en su taza. Desayunamos sin hablar del beso de anoche, ni de todo lo que podría haber ocurrido si lo hubiera invitado a subir a mi habitación. Cuando terminamos, Alistair consulta la hora y deja el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—Mi vuelo sale dentro de dos horas —me informa mientras se ajusta el reloj de muñeca.

—Yo regresaré a Nueva York la semana que viene —anuncio, doblando la servilleta entre los dedos.

Alistair se queda mirándome, aunque no me pregunta por qué no vuelvo antes, ni qué pienso hacer durante los días que faltan.

—¿Quieres que vaya a buscarte? —se limita a preguntarme.

No anuncia que enviará un coche, ni da por hecho que estará esperándome. Por primera vez, se limita a preguntarme qué es lo que yo quiero.

—Sí —respondo mientras saco el teléfono—. Me gustaría que estuvieras allí cuando aterrice.

Le envío la fecha, el número de vuelo y la hora de llegada. Alistair lee la información y guarda el teléfono en el bolsillo antes de volver a mirarme.

—Ahí estaré.

Nos ponemos en pie, aunque esta vez no lo beso y él tampoco interpreta mi respuesta como algo más amplio de lo que le he ofrecido. Se limita a recoger el abrigo del respaldo y espera mientras yo guardo mis cosas.

Cuando salimos de la cafetería, comprendo que ya he tomado una decisión. La semana que queda no servirá para averiguar si puedo vivir sin Alistair, porque eso ya lo sé, sino que servirá para regresar a él porque quiero hacerlo.