Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 21 Naomi
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Capítulo 21 Naomi

La entrevista debía durar una hora, pero llevo casi tres horas sentada frente a Margaret Ellis cuando abre la tercera caja de documentos en la sala de reuniones que nos ha prestado el periódico de Chicago.

Sobre la mesa hay contratos, correos y acuerdos de confidencialidad que Margaret conservó después de abandonar la empresa para la que trabajó durante doce años.

En los márgenes aparecen sus anotaciones, hechas con una letra pequeña y furiosa.

—Esto demuestra que no utilizaban los acuerdos para proteger información comercial —explico mientras señalo una cláusula—. Sin duda, los utilizaban para impedir que los empleados denunciaran determinadas prácticas.

—Exacto. Si alguien hacía preguntas, le recordaban cuánto podía costarle hablar —responde Margaret quitándose las gafas para frotarse el puente de la nariz.

El fotógrafo deja de revisar la cámara y se inclina sobre la mesa.

Hace cinco semanas, yo habría mirado a Rebecca antes de seguir una línea que podía multiplicar el alcance del reportaje.

Sin embargo, hoy soy yo quien decide qué documento debemos verificar y a quién entrevistaremos después.

Mi equipo confía en mí y las fuentes también han empezado a hacerlo.

En poco más de un mes hemos hablado con antiguos empleados de cuatro empresas y reunido material suficiente para publicar varios reportajes.

Esta mañana, Rebecca me ha reenviado además el correo de una editora interesada en saber si la investigación podría convertirse en un libro.

Todavía no es una oferta, pero ya he leído el mensaje cinco veces y comprobado otras dos que no me lo ha enviado por error.

Sin duda, estoy gestionando la emoción con una serenidad admirable…

Profesionalmente, mi vida funciona mejor que nunca y también funciona sin Alistair.

Durante semanas he esperado que esa evidencia me produjera alivio, porque puedo viajar sola, tomar decisiones sin consultarle y afrontar los imprevistos sin su ayuda.

Es decir, que nada se ha detenido porque ya no forme parte de mis días.

Sin embargo, esta noche cenaré con él y llevo desde que me he despertado mirando la hora una y otra vez en la pantalla de mi teléfono.

Durante semanas me he empeñado en llamar deseo, costumbre e incluso dependencia a lo que siento, porque cualquiera de esas palabras parecía menos peligrosa que admitir la verdad: estoy enamorada de Alistair.

Reconocerlo no borra lo que hizo, ni significa que esté preparada para volver.

Admitirlo confirma que la distancia no ha cambiado lo que siento, pero también me obliga a reconocer algo mucho menos cómodo: me he escudado en que puedo vivir sin Alistair para no tener que compartir con él ninguna de mis decisiones.

Pero no necesitar que alguien me salve no significa preferir que no esté.

Margaret me acerca la última carpeta y regreso de nuevo a la entrevista.

Cuando finalmente salimos del edificio, ya debería llevar casi cuarenta minutos en el restaurante en el que hemos quedado.

Mientras bajo al vestíbulo del periódico, consulto mi teléfono y solo un encuentro un solo mensaje de él.

Alistair:

Estoy aquí.

No te preocupes.

Avísame si necesitas cambiar la hora.

No tengo llamadas perdidas, ni mensajes de Rebecca preguntando cuándo terminaré, ni un coche esperándome en la puerta. Alistair se ha limitado a esperar sin presionarme de ninguna manera.

Llego al restaurante poco después. El local está en la planta baja de un edificio de ladrillo rehabilitado, junto al río.

Los grandes ventanales ofrecen una vista de los puentes iluminados y de los reflejos que tiemblan sobre el agua cada vez que pasa una embarcación.

Dentro, las lámparas de latón proyectan una luz cálida sobre las mesas de madera oscura.

El comedor está lleno y el murmullo de las conversaciones se mezcla con la música suave que llega desde el bar.

Alistair está junto a uno de los ventanales. Lleva un traje gris oscuro, una camisa blanca y una corbata que se ha aflojado ligeramente. Ha dejado la chaqueta sobre el respaldo de la silla y va un poco despeinado. Aun así, sigue teniendo un aspecto impecable.

La distancia no ha cambiado nada esencial en él, pero verlo después de tantas semanas provoca que me detenga un momento a observarlo.

Frente a él solo hay un vaso de agua y un libro cerrado.

Alistair levanta la mirada y, en cuanto me descubre entre las mesas, algo cambia en su expresión.

La tensión desaparece de sus hombros y se pone en pie para recibirme.

—Lo siento —digo mientras dejo el bolso junto a mi silla—. La entrevista se ha alargado mucho más de lo previsto.

—No tienes que disculparte —responde, apartando la silla para que me siente—. Tu trabajo es la razón por la que estás en Chicago. Yo he venido para verte cuando terminaras.

—Podrías haber pedido algo.

—He pedido agua.

Miro el vaso.

—Un despliegue temerario, ¿eh?

—Me he planteado añadir hielo, pero, al final, no he querido precipitarme.

Se me dibuja una sonrisa en los labios sin que pueda evitarlo mientras tomo asiento. Justo después, Alistair vuelve a sentarse y espera a que yo abra la carta.

—¿Has dejado la maleta en mi hotel? —pregunto, intentando que parezca una curiosidad y no una comprobación.

—En el mío.

Levanto la vista.

—¿Tienes otro hotel?

—Reservé una habitación en el que utilizo cuando viajo a Chicago. No sabía dónde te alojabas y no me pareció apropiado preguntarlo para escoger el mismo.

Es exactamente lo que le había pedido: que no diera por hecho qué ocurrirá después de la cena, ni cuánto espacio estoy dispuesta a compartir con él.

El camarero se acerca y pedimos la cena. Alistair espera hasta que se aleja antes de señalar la carpeta que sobresale de mi bolso.

—¿La entrevista que ha provocado mi relación más larga con un vaso de agua ha merecido la pena?

—Mucho. Margaret conservaba más documentos de los que esperaba —respondo mientras saco uno de los papeles—. No puedo enseñarte el contenido, pero confirma que varias empresas utilizaban acuerdos de confidencialidad para silenciar denuncias internas.

—¿Las empresas estaban relacionadas entre sí? —pregunta con verdadero interés.

—Compartían asesores externos y un sistema muy parecido. Todavía debemos demostrar quién lo diseñó y cuánto sabía cada dirección.

—¿Los antiguos empleados están dispuestos a aparecer identificados?

—Algunos sí. Otros solo hablarán si protegemos su identidad.

Asiente despacio.

—Eso complicará la verificación.

—Sí, pero ya tenemos documentos que respaldan parte de sus declaraciones.

En este momento, espero que me proponga un abogado, me ofrezca el nombre de algún directivo o me explique cómo organizaría la publicación para reducir el riesgo. Sin embargo, en lugar de hacerlo, solo me pregunta cómo encontré a Margaret.

Se lo cuento, por lo que durante el primer plato hablamos de las entrevistas y de una antigua empleada que decidió confiar en mí al comprobar cómo protegía a otra fuente. Alistair me escucha sin mirar el teléfono y sus preguntas no pretenden darme una solución, sino comprender mi trabajo.

—Rebecca cree que tenemos material para una serie de reportajes —añado mientras apartan los platos—. Y una editora ha preguntado si podría convertirse en un libro.

Alistair deja la copa sobre la mesa con cuidado.

—¿Quieres escribirlo?

La pregunta me desconcierta, porque no se interesa por cuánto pagarán, qué editorial es o si resultará conveniente para mi carrera, sino qué deseo yo.

—Creo que sí —respondo después de pensarlo—. Aunque necesitaría más tiempo y tendría que ampliar la investigación, pero me gustaría contar todo lo que no cabe en un reportaje.

—Entonces espero que te hagan una propuesta que no puedas rechazar —contesta con una sonrisa, antes de dar un sorbo a su copa.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a un apoyo sin condiciones.

—Puedo añadir algunas si te hace sentir más cómoda.

—No estropees tu progreso —afirmo con una sonrisa.

Alistair sonríe y durante unos segundos recuperamos la complicidad que existía antes de que el miedo sacara lo peor de los dos.

—¿Y Hudson Capital? —pregunto cuando llega el segundo plato—. ¿Cómo es ocupar una silla que no está en la cabecera de la mesa?

—Incómodo —admite mientras corta un trozo de carne—. Algunas decisiones han mejorado desde que yo no puedo tomarlas solo. Aunque aún no he decidido cómo sentirme al respecto.

—Podrías empezar por una alegría madura y generosa.

—He probado, pero me produce acidez —dice en tono de broma y yo suelto una risa. Él baja la mirada hacia el plato, aunque veo cómo se le curvan los labios.

—¿Sigues entrando en las reuniones esperando que todos se callen cuando hablas? —pregunto.

—Sí.

—¿Y lo hacen?

—Algunos.

—¿Te gusta?

Alistair levanta la vista y no intenta ofrecerme la respuesta correcta, sino la verdadera.

—Sí —. Asiente también con la cabeza y su sinceridad me hace reír otra vez.

—Al menos no has sufrido una transformación completa —digo mientras agarro mi copa—. Empezaba a preocuparme que hubieran sustituido al hombre insoportable que conocía.

—Sigo siendo insoportable, pero ahora dispongo de menos departamentos a los que demostrárselo.

La conversación podría quedarse aquí y terminar la cena hablando de mi trabajo, de su nueva posición y de todo lo que resulta sencillo, mientras evitamos la razón verdadera por la que le he pedido que venga.

Dejo la copa sobre la mesa.

—No te he invitado para recompensarte por haberme dejado en paz.

—Lo sé —responde apoyando los cubiertos a ambos lados de su plato.

—Quería verte porque los mensajes y las llamadas no bastan. Es fácil parecer distinto cuando nos separan mil millas y podemos borrar una frase antes de enviarla.

—¿Quieres comprobar si puedo estar cerca de ti sin volver a hacer lo mismo?

—Quiero comprobar si podemos estar juntos sin regresar a lo que hacíamos los dos.

Alistair se queda en silencio. No enumera las decisiones correctas que ha tomado desde que me marché, ni utiliza el viaje como prueba de que ha cambiado. Se limita a sostenerme la mirada.