Capítulo 20 Alistair #2
—Yo podría averiguar dónde está en menos de diez minutos —asegura Dorian después de meterse una aceituna en la boca—. Cinco si no exigimos que el procedimiento sea estrictamente legal.
—No vas a averiguar nada —le advierte Devon, quitándole el teléfono antes de que pueda desbloquearlo.
—Ni siquiera he dicho que fuera a hacerlo —protesta Dorian mientras intenta recuperarlo.
—Has empezado a cronometrarte —señala Brock sin levantar la mirada de su copa.
Max extiende la mano y Devon le entrega el teléfono de Dorian.
—Te lo devolveremos cuando termine la cena —decide Max, guardándolo en el bolsillo de su chaqueta.
—Soy un adulto funcional y padre de familia —replica Dorian, mirando a los tres con indignación—. No podéis confiscarme el teléfono.
—Eso mismo dijo Elsie la última vez —responde Max—. Después nos explicó cómo hacerlo.
Dorian se vuelve hacia mí.
—Espero que valores todo lo que estoy dispuesto a sacrificar por tu vida amorosa.
—Valoro que los demás te detengan antes de que consigas empeorarla —contesto.
Devon sonríe y Brock acerca el cuenco de aceitunas a Dorian como compensación. La conversación regresa al bufete sin que, por suerte, nadie convierta mi ruptura con Naomi en el asunto central de la noche.
Dos días después de su partida, Naomi me escribe por primera vez.
Naomi:
He llegado bien.
La maleta también,
aunque está bastante ofendida
porque nadie la ha perdido,
enviado a otro continente ni lanzado desde el avión.
Esperaba un viaje con más protagonismo.
Leo el mensaje sentado en el sofá del ático. Tardo varios minutos en responder porque no quiero que parezca que estoy presionándola. Hasta que comprendo que pensar tanto cada palabra es solo otra forma de intentar controlar lo que ocurrirá.
Alistair:
No te preocupes.
Después de seis semanas viajando contigo,
esa maleta tendrá material suficiente
para escribir sus memorias.
Naomi me responde con el icono de una maleta y no volvemos a hablar ese día.
Al final de esa semana, me envía una fotografía de un vaso de cartón. El café tiene un color demasiado claro y un aspecto un tanto… cuestionable.
Naomi:
He encontrado un café que ni siquiera tú servirías a tu peor enemigo.
Alistair:
Eso no es café.
Es una declaración de hostilidad.
Busco una cafetería que conozco en Chicago y escribo la dirección exacta.
Antes de enviar el mensaje, compruebo que el establecimiento está cerca del hotel donde Naomi iba a alojarse según recuerdo del itinerario que sabía que haría.
Antes de enviárselo, elimino la dirección y dejo únicamente el nombre del local.
Alistair:
Pruebe el café de Intelligentsia.
No garantizo que mejore,
pero al menos reconocerás el contenido de la taza
como algo parecido a café.
Naomi:
Tu confianza en mis posibilidades de mejora resulta conmovedora.
Tres noches después, Naomi me llama por primera vez.
Cuando descuelgo, me pregunta si puedo hablar y permanecemos veinte minutos al teléfono.
Me cuenta que una de sus fuentes ha cancelado una entrevista en el último momento y que el fotógrafo se ha pasado toda la tarde indignado, porque le han cobrado siete dólares por un café que, según él, sabe a calcetín mojado.
La escucho hablar de esos pequeños contratiempos sin preguntarle dónde se aloja ni qué hará al día siguiente.
Tampoco ella me cuenta por qué ha decidido llamarme y, cuando nos despedimos, ninguno de los dos menciona la ruptura.
La siguiente conversación dura apenas cinco minutos.
—Tengo que marcharme —dice Naomi al otro lado de la línea mientras se oye cómo se cierra una puerta—. Me han adelantado la hora de una entrevista.
—Entonces mejor que no le hagas esperar —respondo, levantándome del escritorio.
—La entrevistada soy yo.
—En ese caso, espero que te hagan mejores preguntas mejores que las que me hiciste a mí.
Naomi se ríe antes de colgar y el sonido de su risa permanece dentro de mí mucho después de colguemos.
Durante la tercera semana, Naomi me escribe antes de subir a un avión y me dice a qué hora debería aterrizar.
Sin embargo, cuando han pasado cuatro horas desde la llegada prevista, sigo sin tener noticias suyas.
Abro la aplicación de la aerolínea, pero no sé el número de vuelo.
Podría averiguarlo comparando la ciudad de salida y el horario, aunque también podría llamar a Max para preguntarle si Naomi ha escrito en el grupo, pero no hago ninguna de las dos cosas.
Espero una hora más antes de enviarle un mensaje.
Alistair:
Avísame cuando pueda.
No necesito detalles.
Naomi me responde cuarenta minutos después.
Naomi:
He llegado, pero el vuelo se ha retrasado
y después mi teléfono ha decidido
que necesitaba descansar más que yo.
Apoyo la cabeza contra el respaldo de la silla y dejo escapar el aire con un resoplido.
Alistair:
Me alegro de que los dos estéis bien.
Pero no me atrevo a preguntarle, dónde está.
Cada día surgen nuevas posibilidades que no puedo eliminar: vuelos que se retrasan, amenazas de las que quizá nunca llegue a enterarme y calles por las que Naomi camina sin que yo conozca siquiera su nombre.
Mi miedo no desaparece porque haya dejado de obedecerlo, solo estoy tratando de aprender a soportarlo.
Esa noche, cuando regreso a mi apartamento, la silla continúa en el mismo lugar donde Naomi la dejó.
Su taza ya no está en la cocina y el cajón de la mesilla donde guardaba el cargador sigue vacío.
El sofá ha recuperado el orden que tenía antes de que ella empezara a dejar libros, y sus cosas sobre los cojines.
Sin embargo, ya no disfruto de esa perfección.
Intento escuchar música mientras ceno, pero las canciones apenas llenan el silencio que ahora lo invade todo. Naomi habría cambiado la lista antes de que terminara el segundo tema y habría defendido que cualquier canción de más de siete minutos constituye una forma de castigo.
Dejo el plato sobre la encimera, miro el espacio vacío frente a mí y lanzo un suspiro.
Estas semanas también me han demostrado que Naomi no me necesita.
Su carrera avanza sin mi ayuda, viaja de una ciudad a otra y resuelve los problemas que surgen por el camino.
Cuando algo le sale mal, no me llama para que lo solucione.
A veces me lo cuenta después; otras, ni siquiera llego a saber que ha ocurrido.
Antes habría interpretado esa independencia como el comienzo de una pérdida y habría buscado la forma de volverme imprescindible para ella y así asegurarme de que no pudiera alejarse de mí.
Ahora, en cambio, comprendo que no quiero que Naomi permanezca a mi lado porque marcharse le resulte demasiado difícil.
Quiero que regrese, aunque sea libre de escoger cualquier otra cosa.
Su mensaje llega al final de la cuarta semana, un jueves por la noche cuando estoy sentado en la silla junto al ventanal, revisando un informe que ya no tengo autoridad para aprobar.
Naomi:
Estaré en Chicago el próximo fin de semana.
Tengo libre el sábado por la noche.
Si quieres venir, me gustaría verte.
Leo la invitación tres veces, procurando no encontrar entre sus palabras ninguna promesa que Naomi no haya hecho.
Después reservo un vuelo y una habitación en el hotel que suelo utilizar cuando viajo a Chicago.
No le pregunto dónde se aloja, ni intento averiguar cómo tiene organizado el día ni compro entradas para ir a un musical, ni al teatro.
Tampoco preparo una lista de lugares a los que podríamos ir después de cenar, simplemente me limito a responder.
Alistair:
Allí estaré.
¿Dónde quieres cenar?
Naomi me envía el nombre de un restaurante, junto a una dirección y una hora. Un minuto después, anoto en mi agenda el vuelo, el hotel y la cena. Nada más. Esta va a ser la primera vez que voy a viajar sin haber planeado lo que ocurrirá después.