Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 20 Alistair
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Capítulo 20 Alistair

La puerta del despacho se cierra detrás de Naomi y yo permanezco inmóvil, con una mano apoyada sobre el teléfono que dejé en la mesa cuando todavía creía que cancelar la vigilancia podía solucionar algo.

No la sigo ni llamo a Miles para preguntarle por qué permitió que Naomi llegara hasta aquí sin avisarme. Hace un mes, habría convertido ambas decisiones en errores ajenos que debía corregir. Ahora, en cambio, solo veo una puerta cerrada y los documentos que demuestran lo que he hecho.

Marco el número de Kestrel Risk Group.

—Quiero cancelar el servicio de protección de Naomi Rowe con efecto inmediato —ordeno cuando responde el responsable de operaciones—. El agente debe retirarse sin volver a acercarse a ella.

—Podemos mantenerlo inactivo hasta que termine el periodo contratado —propone el hombre al otro lado de la línea—. De ese modo, si cambia de opinión…

—No cambiaré de opinión —lo interrumpo mientras observo la copia del itinerario que Naomi ha dejado sobre la mesa—. Destruyan todos los informes, registros de seguimiento y anotaciones relacionados con ella. Quiero una confirmación escrita de que no conservan ninguna copia.

—Señor Hudson, nuestra política exige mantener durante treinta días la documentación administrativa.

—Conserven las facturas que estén obligados a conservar, pero eliminen todo lo que incluya sus desplazamientos, horarios, fotografías o información personal.

El responsable acepta las instrucciones y cuelgo.

Miles entra pocos minutos después con un sobre cerrado. Lo sostiene por una esquina, como si tocarlo durante demasiado tiempo pudiera convertirlo en cómplice.

—Kestrel lo envió antes de que cancelaras el servicio —explica mientras deja el sobre sobre mi escritorio—. Es el último informe del agente.

No necesito abrirlo para saber qué contiene. Horas, calles y quizá el trayecto que Naomi ha seguido hasta Hudson Capital.

—Destrúyelo —respondo.

Miles no se mueve.

—Podría incluir alguna incidencia de seguridad.

La posibilidad consigue que mi mano avance unos centímetros.

Si Naomi ha visto a otra persona, si alguien la ha seguido además del agente o si el autor del correo ha intentado acercarse, el informe podría demostrarlo.

También podría ofrecerme una nueva razón para justificar que continúe accediendo a información que ella no me ha autorizado a conocer. Pero me obligo a alejar la mano.

—Si existe una incidencia, Kestrel debe comunicarla al responsable de seguridad del periódico —digo, levantando la mirada hacia Miles—. Yo no voy a abrir el informe.

Miles asiente y se marcha con el sobre.

Después elimino el itinerario del teléfono, del ordenador y de la carpeta donde se guardan automáticamente los archivos recibidos.

Borro las alertas de los vuelos, las reservas que había pensado modificar y los números de los hoteles que anoté para contactar con ellos.

En mi calendario encuentro también cinco fechas añadidas sin que Naomi lo supiera: cambios de ciudad, entrevistas que consideré delicadas y el día previsto para su regreso. También las elimino una a una.

Durante unos segundos, me quedo observando la papelera del ordenador.

Podría conservar allí los archivos, decirme que ya no están a la vista y también podría guardar una sola copia por si volviera a recibir una amenaza, pero finalmente vacío la papelera.

Conservar una forma de acceder a Naomi sería seguir esperando el momento en que mi miedo me permitiera utilizarla.

Dos semanas después, el consejo se reúne para recibir las conclusiones definitivas de la investigación externa.

Esta vez no ocupo el asiento situado frente a la pantalla.

Me siento en uno de los laterales, con la misma copia del informe que han recibido los demás y sin acceso previo a las recomendaciones.

Mientras reviso el documento, la directora ejecutiva interina abre la sesión y entrega la palabra al responsable de la auditoría.

—La investigación confirma que Marcus Vale manipuló el anexo de Meridian y organizó la sustitución del documento —expone el auditor mientras proyecta la cronología de los hechos—.

No hemos encontrado ninguna prueba de que Alistair Hudson participara en la falsificación o tuviera conocimiento previo del plan.

Un consejero se vuelve hacia mí, pero yo no le miro y sigo concentrado en la exposición del auditor, que justo cambia de página para continuar con la exposición.

—También hemos confirmado que el señor Hudson conoció la existencia de dos versiones antes de que se firmara la operación, comprendió las consecuencias económicas de la modificación y decidió no detener el proceso.

Después ocultó la irregularidad y permitió que Hudson Capital conservara la ventaja obtenida.

—Entonces las conclusiones coinciden con las publicadas por el periódico —señala la presidenta del consejo entrelazando las manos sobre la mesa.

—En lo esencial, sí —responde el auditor—. Hemos podido cuantificar con mayor precisión el perjuicio y establecer qué entidades asumieron una parte de la obligación que no les correspondía.

En ese momento, la pantalla aparece el reparto de los treinta y dos millones depositados en la cuenta restringida.

Los auditores han identificado a las entidades afectadas y han calculado las cantidades que recibirá cada una.

Hudson Capital abonará además los intereses, las compensaciones adicionales y todos los costes derivados de la investigación.

—Reparar el perjuicio económico no elimina la responsabilidad de quienes permitieron que se produjera —continúa el auditor—, pero impide que la empresa conserve un beneficio relacionado con la manipulación.

—Estoy de acuerdo —respondo cuando la presidenta me concede la palabra y nadie intenta convencerme de que diga algo distinto.

La votación sobre la nueva estructura de la empresa da como resultado, que la directora ejecutiva interina es ratificada de manera permanente y mi regreso queda limitado a un puesto no ejecutivo como asesor de estrategia e inversiones.

A partir de ahora, podré analizar operaciones y presentar recomendaciones, pero no aprobarlas.

No tendré acceso libre a las comunicaciones internas, ni podré impartir instrucciones directas a ningún departamento ni modificar decisiones ejecutivas.

También quedaré excluido de cualquier operación en la que exista un conflicto de intereses.

—¿Aceptas las condiciones? —pregunta la presidenta del consejo, acercando el documento hacia mí.

Leo cada cláusula, pero sin buscar excepciones ni palabras ambiguas que me permitan recuperar por otro camino la autoridad que el consejo acaba de retirarme.

—Sí —respondo antes de firmar—. Las acepto.

Mi primera reunión en el nuevo puesto tiene lugar tres días después. Ya no recibo toda la documentación de la operación, sino únicamente los informes que inversiones y riesgos consideran necesarios para que haga mi análisis.

El equipo estudia la entrada en una empresa logística cuya expansión depende de tres contratos todavía sin cerrar.

Al revisar las proyecciones, descubro que la cobertura contratada frente a las variaciones de divisa vence seis semanas antes de la fecha más pesimista para completar la operación.

Sé cómo resolverlo y antes de que termine la presentación, ya he calculado el coste de ampliar la cobertura y preparado mentalmente las instrucciones que debería recibir el departamento financiero.

—¿Qué ocurriría si el cierre se retrasa hasta el escenario más pesimista? —pregunto, señalando las fechas de la pantalla—. La cobertura vence antes.

La directora de riesgos revisa el documento y uno de los analistas se inclina hacia su ordenador y amplía la proyección.

—Podríamos extenderla —propone el responsable de inversiones.

—Pero aumentaría demasiado el coste —señala una analista desde el otro extremo de la mesa—. Quizá no necesitemos cubrir la operación completa desde el primer día.

Durante los siguientes minutos, el equipo estudia varias posibilidades hasta que la analista propone dividir la inversión en dos fases y vincular la segunda a la firma de los contratos pendientes.

La alternativa reduce la exposición y cuesta menos que la solución que yo había preparado, por lo que la directora ejecutiva decide incorporarla a la propuesta.

Sin embargo, nadie me felicita por haber formulado una pregunta en lugar de imponer una respuesta.

La reunión continúa y la analista recibe el reconocimiento por su idea.

Sin duda, esto es exactamente lo que debería ocurrir.

Así que empiezo a entender que continuar aportando valor no exige que todas las decisiones terminen dependiendo de mí.

Esa noche me reúno con los demás en Nocturne. Devon y Brock discuten sobre una operación del bufete mientras Max escucha con una atención que desaparece cada vez que Dorian intenta robarle las aceitunas del plato.

—Elsie ha hablado hoy con Naomi —comenta Dorian mientras aparta el cuenco de aceitunas antes de que Max pueda impedírselo—. Al parecer, ambas consideran que mi aportación al grupo de mensajes necesita supervisión.

Me gustaría preguntarle dónde está Naomi.

Si continúa fuera de la ciudad, si ha vuelto o si las entrevistas están saliendo como esperaba.

Sobre todo, quiero saber si en algún momento ha dicho algo de mí.

Sin embargo, no me atrevo a decir nada de eso y dejo mi copa sobre la mesa sin llegar a mojarme los labios con el vino.

Dejo la copa sobre la mesa sin formular ninguna de las preguntas.

Devon, sentado frente a mí, observa el movimiento.

—Puedes admitir que quieres saber cómo está —dice Devon, que está sentado frente a mí, y me ha estado observando todo este rato sin que yo me haya dado cuenta—. Que respetes su decisión no significa fingir que ha dejado de importarte.

—Pero tampoco significa que deba utilizaros a vosotros para conseguir información que ella no ha decidido darme —respondo.

Max levanta la vista de la pantalla de su teléfono.

—Naomi escribió en el grupo para confirmar que había llegado bien —explica—. Eso es lo único que voy a contarte, porque ella decidió compartirlo con todos.

—Gracias —respondo, conteniendo el impulso de preguntarle adónde había llegado.