Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 19 Naomi #2
83%

Capítulo 19 Naomi #2

Tardo unos segundos en volverme, porque una parte de mí quiere dejarle abierta alguna posibilidad, decirle algo que haga menos dolorosa la despedida, pero no sería honesto. Solo serviría para darle una esperanza que ahora mismo no sé si existe.

—No lo sé —respondo, mirándolo por encima del hombro—. Y no voy a prometerte nada sobre el futuro para que te duela menos.

—Gracias por no hacerlo —responde, asintiendo una voz y yo salgo del despacho sin que él me siga.

Esa tarde, el portero de su edificio me permite subir al ático. Alistair ha dejado autorización para que entre y se ha marchado antes de que llegue, tal y como le pedí.

La casa está perfectamente ordenada como siempre y el repiqueteo de mis tacones resuenan en el salón con una intensidad que nunca había advertido cuando Alistair estaba aquí.

Encuentro dos libros míos junto al sofá y los guardo en la bolsa.

Después recojo la taza que traje una mañana, porque la suyas eran demasiado pequeña y entro en el dormitorio.

La parte del armario que había empezado a ocupar contiene tres blusas, un pantalón y el vestido que dejé después de la gala.

Saco las perchas una a una y no encuentro ninguna caja preparada ni una nota escondida entre la ropa.

Alistair tampoco ha movido mis cosas para obligarme a preguntarle dónde están.

En el cajón de la mesilla está mi cargador y al cogerlo, permanezco unos segundos con el cable enrollado alrededor de la mano.

La primera vez que lo dejé aquí pensé que recuperarlo me permitiría fingir que mi presencia en el ático había sido accidental.

Después siguió en el cajón incluso cuando ya no necesitaba ninguna excusa para volver.

Lanzo un suspiro y lo guardo en la bolsa y regreso al salón. Al mirar a mi alrededor, veo que la silla que moví hace días continúa junto al ventanal, ligeramente apartada del ángulo exacto donde a él le gusta ponerla, pero cuando la moví Alistair nunca la devolvió a su sitio.

No encuentro flores, regalos ni ningún intento de convertir mi marcha en una prueba que deba superar. Me ha dado exactamente el espacio que pedí y aunque esperaba que eso facilitara las cosas, que la casa esté en silencio resulta mucho peor.

Cuando regreso a mi apartamento, Diana está arrodillada delante de la maleta y Amara intenta cerrar la bolsa de aseo sin romper la cremallera.

—Tienes cuatro productos que aseguran hacer lo mismo —protesta Amara mientras levanta dos frascos—. Voy a necesitar criterios objetivos.

—Uno es para la noche —respondo, dejando la bolsa que traído del ático sobre la mesa.

—Los dos dicen uso nocturno —replica ella, girando las etiquetas.

Diana se pone en pie al verme la cara. No pregunta si he recogido el cargador ni si Alistair estaba allí, se limita a coger la bolsa y empieza a colocar mis libros entre la ropa.

—Cuéntanos lo que quieras contar —dice mientras los protege con un jersey—. No necesitamos una versión en la que tú tengas razón en todo, ¿eh?

Me siento en el borde del sofá y les explico la conversación. No omito el seguimiento ni la mentira, pero tampoco oculto que recibí el correo un día antes y decidí no hablar con Alistair.

—Esperaba que entendiera que necesitaba apoyo sin intentar intervenir —admito—. Aunque nunca le expliqué cómo podía hacer una cosa sin caer en la otra.

Amara deja los frascos sobre la mesa.

—Eso es esperar que alguien apruebe un examen sin explicarle lo que le preguntarás —señala, sentándose a mi lado—. Pero él decidió robar las respuestas y cambiarte la nota.

Diana le lanza una mirada.

—La metáfora se te ha descontrolado.

—Ya… Pero el fondo se entiende —se defiende Amara.

No puedo evitar reírme ante sus ocurrencias.

—Sé que ocultarle la amenaza estuvo mal —continúo—. Si solo cuento lo que hizo él, puedo fingir que yo no intento controlar nada.

—Reconocer tu parte no te obliga a reducir la suya —responde Diana, doblando el vestido de la gala—. Puedes aceptar que lo excluiste y seguir considerando inaceptable que utilizara tu itinerario para vigilarte.

—Ha cancelado la seguridad —les cuento.

—Eso era lo mínimo que podía hacer de manera inmediata —señala Amara—. El cambio real vendrá después, cuando respetarte no le proporcione una recompensa. Es fácil comportarse bien si cree que así vas a volver mañana.

Mi teléfono vibra sobre la mesa. El grupo de mensajes lleva activo desde que Diana comunicó que necesitábamos ayuda con la maleta, una descripción bastante generosa de lo que está ocurriendo.

Dorian:

Puedo ir al aeropuerto y

establecer un perímetro por si Hudson

intenta hacer una persecución romántica.

Elsie:

Tú tienes prohibido acercarte al aeropuerto.

Dorian:

No sabía que tu autoridad se extendía a las terminales.

Elsie:

Mi autoridad se extiende a cualquier lugar

en el que tu puedas empeorar cualquier situación.

Elara:

Nadie cambia vuelos,

mejora asientos ni toca una sola reserva.

Lo digo por todos los ricachones del grupo.

Dorian:

Qué ambiente tan hostil para el romanticismo.

Amara lee por encima de mi hombro y niega con la cabeza.

—Elsie debería confiscarle el teléfono.

—Lo ha intentado —responde Diana, volviendo a la maleta—. Pero tiene otros dos.

Dejo el móvil boca abajo.

—Una parte de mí quiere que Alistair aparezca mañana —confieso—. Pero solo una parte pequeña y bastante estúpida.

Diana deja de doblar la ropa y me mira.

—Si apareciera después de que le has pedido que no lo haga, ¿demostraría que te quiere o que todavía no sabe respetar una decisión?

—Lo segundo —respondo sin pensármelo.

—Entonces quizá lo que deseas no es que vaya —dice Amara, apoyando su hombro contra el mío—. Quizá deseas no tener que descubrir si es capaz de quedarse donde le has pedido.

A la mañana siguiente, salimos hacia el aeropuerto con tiempo suficiente para encontrar tráfico y facturar dos veces la misma maleta. Por suerte, no hay carreras, cambios de puerta ni llamadas de última hora.

Diana y Amara se despiden antes del control de seguridad.

Más tarde, mientras avanzo hacia la puerta de embarque junto al fotógrafo del periódico, miro dos veces hacia la entrada de la terminal, pero Alistair no aparece.

Subo al avión, guardo la maleta de mano en el compartimento superior y me siento junto a la ventanilla.

El asiento contiguo continúa vacío cuando las puertas están a punto de cerrarse y justo en ese momento, oigo que mi teléfono vibra una sola vez.

Lo cojo para ponerlo en modo avión, pero al hacerlo veo un mensaje que me sorprende.

Alistair:

La seguridad privada está cancelada.

He eliminado la copia de tu itinerario.

No pediré información sobre tus desplazamientos.

Avísame cuando llegues si quieres hacerlo.

No necesitas responder.

Leo el mensaje dos veces, porque no contiene una disculpa elaborada, una promesa ni una petición para que regrese. Tampoco explica cuánto teme que me ocurra algo ni utiliza ese miedo para pedirme que lo consuele. Me sorprende que, por primera vez, Alistair no intente decidir qué haré después.

Apago el teléfono antes de que el avión empiece a moverse y siento que la libertad que tanto había exigido, nunca me había parecido tan parecida a una pérdida.