Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 19 Naomi
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Capítulo 19 Naomi

Alistair no intenta negar lo que aparece en los documentos, pero tampoco aparta la vista de su firma ni busca en Miles una explicación que pueda utilizar en su lugar. Por lo que la quietud de ambos me confirma que todavía desconozco una parte de lo ocurrido.

—Quiero saber exactamente qué has hecho —digo, apoyando las manos sobre el borde de su escritorio—. Todo, Alistair. No una versión escogida para que parezca menos grave.

Miles permanece junto a la puerta, con el teléfono todavía en la mano. Su expresión deja claro que preferiría estar en cualquier otro lugar y no aquí.

—¿Quieres que me quede? —me pregunta, mirando primero a Alistair y después a mí.

—No —respondo—. Pero gracias por no mentirme.

Miles asiente antes de salir del despacho y cerrar la puerta. Alistair espera hasta que nos quedamos solos, aunque no se acerca ni intenta retirar los documentos que he dejado entre los dos.

—Utilicé el itinerario que me enviaste —empieza, manteniendo las manos sobre la mesa—. Ayer contraté a Kestrel Risk Group y pedí que asignaran un agente a tu protección desde ese momento hasta el final del viaje.

—Después de que yo te dijera que no expresamente a eso—señalo.

—Sí —admite Alistair, sin intentar suavizarlo.

—¿Qué instrucciones recibió? —pregunto alzando una ceja inquisitiva.

Alistair mira durante un instante la autorización antes de responder.

—Debía permanecer a distancia, evitar cualquier contacto contigo o con tus fuentes e intervenir únicamente si detectaba un peligro. Le prohibí informar sobre conversaciones, reuniones o actividades personales.

—Pero te informaba.

—Solo sobre cuestiones relacionadas con tu seguridad.

—¿Qué significa eso exactamente?

Alistair tarda demasiado en contestar. Me enderezo y cruzo los brazos mientras espero.

—Ayer recibí la confirmación de que habías salido de la redacción a las siete y doce, habías tomado un taxi y habías llegado a tu edificio sin incidentes —reconoce al fin—. Esta mañana me comunicaron que habías salido de casa y que el agente había retomado el seguimiento.

Recuerdo la vibración de su teléfono durante la cena, las preguntas sobre Detroit y la facilidad con la que fingió no conocer respuestas que ya había recibido.

—Sabías a qué hora salí del trabajo, cómo regresé a casa y cuándo entré en mi edificio —enumero, clavando un dedo sobre la autorización—. Datos que yo no te había dado y que nunca te permití solicitar.

—No pedí fotografías ni información sobre las personas con las que estabas —replica Alistair, aunque esa precisión no consigue convertir su respuesta en una defensa—. Solo quería asegurarme de que no había ocurrido nada.

—¿Pensabas contármelo?

Alistair levanta los ojos hacia mí.

—Si aparecía una amenaza real, habría intervenido.

—No te he preguntado qué habrías hecho si ocurría algo —le recuerdo—. Te he preguntado si pensabas contarme que habías contratado a alguien para seguirme.

Su mandíbula se tensa antes de responder.

—No mientras el agente no necesitara acercarse a ti.

La respuesta me atraviesa, porque me deja claro que no tenía previsto contarme la verdad. Por lo que parece él pretendía sentarse a mi mesa, escuchar mis planes y besarme mientras otra persona comprobaba si la información que yo le daba coincidía con la que recibía a escondidas.

—Actuaste sin decírmelo porque sabías que me negaría —afirmo.

—Sí —contesta, sosteniendo mi mirada.

—No estoy enfadada porque te preocupe que pueda ocurrirme algo —digo, obligándome a mantener la voz firme—. Entiendo que la fotografía te asustara, porque a mí también me asustó, pero estoy enfadada porque decidiste que tu miedo te daba autoridad sobre mí.

—La amenaza existía —insiste Alistair, rodeando el escritorio sin llegar a acercarse—. El protocolo del periódico dejaba sin cubrir trayectos completos, por lo que durante horas, nadie habría sabido dónde estabas.

—Podías haber vuelto a hablar conmigo.

—Ya habías respondido.

—Podías decirme que no estabas de acuerdo —continúo, abriendo las manos—.

Podías admitir que tenías miedo, insistir en que revisáramos las medidas o negarte a apoyar mi decisión.

Incluso podías marcharte de mi apartamento convencido de que estaba cometiendo un error.

Lo que no podías hacer era aparentar que respetabas el límite mientras buscabas una forma de cruzarlo sin que yo lo supiera.

Alistair baja la vista hacia los papeles y, por primera vez desde que he entrado, parece no tener preparada una frase capaz de ordenar lo ocurrido.

—Querer protegerme no te concede derechos sobre mí —añado—. Ni siquiera si tienes razón al pensar que existe un peligro.

Él vuelve a mirarme y algo cambia en su expresión, aunque aún no es rendición.

—Tú tampoco me contaste que habías recibido el correo —dice Alistair—. Decidiste que no sabría reaccionar y ocultaste una información que afectaba a los dos.

Aparto las manos del escritorio y doy un paso atrás.

—Sí —reconozco—. Me equivoqué al ocultártelo.

Alistair frunce ligeramente el ceño, como si que admita mi error le impidiera continuar con una discusión que esperaba más difícil.

—No te lo conté porque temía precisamente esta reacción —explico—. Pensé que intentarías cancelar el viaje, cambiar mis reservas o llenar cada desplazamiento de personas contratadas por ti. En lugar de darte la oportunidad de responder de otra manera, decidí qué parte de mi vida podías conocer.

—Y acertaste sobre mi reacción —señala Alistair.

—Eso no convierte mi decisión en correcta.

Camino hasta los ventanales. Desde allí, los coches parecen avanzar por carriles perfectamente delimitados, aunque basta mirar una intersección para comprobar que ninguno se mueve sin depender de los demás.

—Cuando temo que intentes dirigir mi vida, te dejo fuera —admito, volviéndome hacia él—.

Elijo qué puedes saber, qué problemas puedo manejar sola y cuándo tienes permiso para participar.

Espero que comprendas necesidades que no expreso y después utilizo tu incapacidad para adivinarlas como prueba de que no podía confiar en ti.

Alistair permanece junto al escritorio, inmóvil.

—Y cuando yo tengo miedo, actúo sin permiso —añade él.

—Tú invades y yo excluyo —respondo—. Los dos intentamos eliminar el riesgo antes de permitir que el otro participe.

Pronunciarlo no reparte la culpa a partes iguales, sino que impide que utilice su error para esconder el mío.

—Pero hay una diferencia —continúo, acercándome de nuevo—.

Yo te oculté el correo. No contraté a nadie para impedir que tomaras una decisión con la que no estaba de acuerdo, ni utilicé tu confianza, tu agenda ni mi dinero para anular tu voluntad.

Lo que hice estuvo mal, pero no justifica lo que has hecho tú.

Alistair inspira despacio y después mira su firma al pie de la autorización.

—No lo justifica —admite.

—Anoche sabías que me estabas mintiendo.

—Sí —dice y asiente a la vez con la cabeza.

—Y aun así dejaste que creyera que estabas aprendiendo a aceptar mis decisiones.

—Sí —responde, aunque esta vez le cuesta más.

El despacho se queda en silencio. Alistair ya no dice nada sobre el protocolo, la amenaza, ni los trayectos desprotegidos. Tampoco insiste en que sus instrucciones eran limitadas.

—He recaído —admite finalmente, en voz baja—. Vi un límite claro y busqué una forma de rodearlo, porque estaba convencido de que el resultado justificaba hacerlo. Sabía que me habías dicho que no, pero creí que mi criterio era más importante.

La exactitud de su admisión me duele porque es lo que necesitaba escuchar y porque no consigue cambiar lo ocurrido.

Alistair coge el teléfono de la mesa.

—Cancelaré el servicio ahora mismo —anuncia cogiendo su teléfono de la mesa—. Ordenaré que destruyan cualquier informe y te enviaré una confirmación escrita.

—Hazlo —respondo—. Pero no creas que eso resuelve el problema.

Su pulgar se detiene sobre la pantalla.

—No, no lo creo.

—Durante semanas pensé que estabas cambiando —continúo—. Preguntabas antes de intervenir, escuchabas mis respuestas y aceptabas una negativa, aunque no te gustara. Creí que podía confiar en que no necesitábamos querer lo mismo para que respetaras mis decisiones.

Alistair deja el teléfono sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.

—Ahora sé que solo las respetabas mientras coincidían con lo que tú considerabas aceptable —añado—. En cuanto decidiste que el riesgo era demasiado alto, mi negativa dejó de importar.

—No sé cómo demostrarte lo contrario después de esto —admite.

—Ahora mismo no puedes.

Lo quiero, y admitirlo no hace que la decisión sea más sencilla, sino mucho más dolorosa.

Lo quiero incluso ahora, mientras reconoce lo que ha hecho, deja de buscar argumentos con los que defenderse y contiene el impulso de acercarse a mí.

Pero precisamente por eso tengo que irme.

Si me quedo a su lado porque actuó asustado y porque yo también he cometido errores, le evitaré enfrentarse de verdad a las consecuencias de su decisión.

Él aprenderá que basta con querer protegerme para que pueda ignorar mis límites y yo terminaré aceptando que amar a alguien es motivo suficiente para renunciar a ellos en cuanto defenderlos se vuelve doloroso.

—No puedo seguir contigo —suelto.

Alistair no se mueve y su gesto permanece sereno, pero sus dedos se cierran alrededor del borde del escritorio.

—Entiendo —responde, aunque dice esa palabra más despacio de lo habitual.

Una parte de mí espera que intente negociar y proponga un plazo, una terapia, unas condiciones verificables o cualquier otro sistema que convierta la ruptura en un problema con solución, pero no lo hace.

—Pasaré por tu casa esta tarde para recoger mis cosas —le explico—. Necesito que no estés allí.

—No, no estaré.

—También necesito que no vengas al aeropuerto.

Alistair baja la mirada durante un instante antes de asentir.

—De acuerdo —asiente levemente con la cabeza mirando hacia abajo.

Camino hacia la puerta, pero cuando apoyo la mano sobre el tirador, su voz me obliga a detenerme.

—Naomi —dice desde el otro lado del despacho—. ¿Esto es definitivo?