Capítulo 18 Alistair
Naomi minimiza la ventana tan deprisa que apenas llego a distinguir la ventana del correo antes de que aparezca en su lugar el itinerario del viaje.
Estamos sentados en el sofá de su apartamento, con el portátil sobre sus piernas y dos tazas de café en la mesa.
Faltan tres días para que se marche a Chicago y lleva más de una hora revisando documentos, aunque hasta ahora no había ocultado ninguno.
—¿De qué era la ventana que has minimizado? —pregunto, dejando mi taza sobre la mesa de centro que hay justo delante del sofá.
—Nada relacionado con el viaje —responde Naomi sin mirarme—. Solo era un correo.
—Eso no contesta a mi pregunta —replico, inclinándome ligeramente hacia ella.
Naomi cierra la pantalla y apoya las manos sobre el ordenador.
—Tengo que terminar de revisar estos documentos antes de esta noche —dice, manteniendo la voz serena—. Podemos hablar después, ¿vale?
Podría aceptar el aplazamiento, pero la velocidad con la que ha minimizado la ventana continúa en mi cabeza.
—Acordamos contarnos las decisiones que pudieran afectarnos a los dos —le recuerdo, señalándola con un gesto leve con el dedo índice de mi mano derecha—. Tú insististe en ello.
Naomi levanta la vista y su expresión confirma que sabe adónde conduce esta conversación.
—No utilices mis propias palabras como si fueran una cláusula contractual —responde, frunciendo el ceño.
—No intento pillarte en una contradicción —aclaro—. Solo quiero saber qué ocurre.
Permanece sin moverse durante unos segundos.
Después deja escapar el aire entre los labios, vuelve a abrir el correo y me entrega el portátil para que pueda leer lo que aparece en la pantalla.
Veo primero los insultos. Luego, la advertencia para que abandone la investigación, pero cuando, tras unos segundos, aparece una fotografía, todo lo demás deja de importar.
En ella aparece Naomi frente a su edificio con dos cafés en la mano.
Lleva el cabello recogido y la ropa con la que regresó al apartamento la mañana anterior, poco después de que yo me marchara.
La imagen parece tomada desde la acera de enfrente.
Por lo visto, alguien estuvo esperándola.
—¿Cuándo recibiste esto? —pregunto sin apartar los ojos de la pantalla.
—Ayer por la mañana —contesta Naomi, cruzando los brazos.
—Hace más de un día —señalo, alzando la mirada hacia ella e incapaz de ocultar mi incredulidad.
—Lo reenvié inmediatamente al responsable de seguridad del periódico —explica Naomi antes de que pueda decir nada más—. Están comprobando el origen y han conservado todos los datos del mensaje.
—¿Y qué medidas han tomado? —pregunto, devolviéndole el portátil.
Mi voz permanece tranquila, aunque ya estoy calculando entradas, recorridos y todos los lugares desde los que pudo hacerse la fotografía.
—Tendré acompañamiento en las entrevistas más delicadas, deberé confirmar que he llegado después de determinados desplazamientos y revisarán los hoteles antes de que me aloje —enumera Naomi, contando las medidas con los dedos—.
También tendré un número de emergencia al que llamar y si recibo otra amenaza concreta, avisarán a la policía.
Por suerte, no la ha ignorado, ni ha decidido enfrentarse sola a un riesgo que todavía desconocemos, ni ha rechazado la protección para demostrar que no necesita a nadie. Ha actuado con rapidez y ha aceptado unas medidas razonables sin permitir que interfieran en su trabajo.
Esto debería tranquilizarme, pero no lo hace.
Así que cierro la pantalla con la fotografía, pero dentro de mi cabeza sigo viéndola.
Ahora, esa acera ya no es solo el lugar donde la espero cuando vamos a cenar, ni el punto en el que se detiene el coche al traerla a casa.
Ahora también es un lugar desde el que alguien puede observarla sin que ella lo sepa.
—Quiero añadir seguridad privada durante todo el viaje —digo mientras le devuelvo el portátil.
—No —responde de inmediato, negando con la cabeza.
—Escucha primero mi propuesta —insisto, apoyando las manos sobre las rodillas.
—Sé en qué consiste un escolta, Alistair —replica, mirándome fijamente.
—No tiene por qué permanecer a tu lado ni entrar en las entrevistas —explico—. Puede limitarse a asegurar los traslados y comprobar los lugares a los que vayas antes de que llegues.
Naomi deja el ordenador sobre la mesa y se vuelve hacia mí.
—Ya he aceptado las medidas del periódico porque dependen de mí y están diseñadas para no interferir en la investigación —dice con firmeza—. Pero no pienso pasar seis semanas acompañada por una persona contratada por ti.
—La contratarías tú —propongo, levantando una mano para matizarlo—. Podrías escoger a la empresa, establecer las condiciones y decidir qué información recibe. Yo asumiría el coste, pero no tendría acceso a los informes.
—Seguiría siendo una protección vinculada a ti y a Hudson Capital —responde Naomi—. Algunas fuentes ya dudan antes de hablar conmigo en un lugar público. Imagínate lo que harán si descubren a un agente de seguridad esperando fuera.
—No tienen por qué descubrirlo —digo, convencido de que la discreción resolvería el problema.
Su expresión cambia en cuanto pronuncio la frase.
—Ese no es el argumento tranquilizador que crees que es —replica, con una sonrisa breve y sin humor.
Me obligo a no responderle de inmediato, porque no está rechazando el peligro, ni fingiendo que el correo carece de importancia, sino que está eligiendo cómo afrontarlo.
—La amenaza puede ser solo un intento de asustarme —continúa Naomi, bajando la voz—. Por ahora no hay ninguna referencia a una entrevista, un hotel o un desplazamiento concreto. El periódico tiene un protocolo y estoy siguiéndolo.
—Ese protocolo no impidió que alguien te fotografiara frente a tu casa —señalo.
—Porque todavía no existía cuando hicieron la fotografía —responde ella, sin apartar la mirada.
Apoyo los antebrazos sobre las rodillas y miro el portátil cerrado. Conozco varias empresas de seguridad que podrían poner un agente en la puerta en menos de una hora. También sé que cualquiera de ellas aceptaría mis instrucciones sin pedirme que explicara por qué Naomi no las ha autorizado.
—¿Qué tendría que ocurrir para que reconsideraras tu decisión? —pregunto, procurando que mi tono no suene a ultimátum.
Naomi tarda un instante en responder, quizá porque esperaba que continuara discutiendo.
—Si recibo otra amenaza concreta, si alguien intenta acercarse a mí o si el responsable de seguridad considera insuficiente el protocolo, aceptaré que lo revisemos —responde finalmente.
No es la respuesta que quiero, pero sí una respuesta clara.
—De acuerdo —digo mientras me pongo en pie—. Respetaré tu decisión.
A la mañana siguiente, entro en la sala del comité independiente a las ocho y encuentro la documentación sobre la mesa. Hay una copia delante de cada silla y nadie ha dejado la mía abierta por la página que considera que debería leer primero.
La directora ejecutiva interina ocupa el lugar desde el que yo dirigía las reuniones.
Yo me siento en uno de los laterales y recibo el informe al mismo tiempo que el resto.
El documento preliminar concluye que no ordené la manipulación de Meridian ni participé en la sustitución del anexo.
También establece que la concentración de decisiones en torno a mí debilitó los controles internos y que permití que una irregularidad continuara, porque detenerla habría eliminado una ventaja para Hudson Capital.
La recomendación aparece en la página treinta y dos exponiendo que la directora interina se mantendrá hasta que finalice la investigación.
Después, el consejo podrá ofrecerme un puesto no ejecutivo limitado al análisis estratégico y de inversiones.
Podré estudiar operaciones y presentar recomendaciones, pero no aprobarlas, impartir órdenes a los departamentos ni acceder a todas las comunicaciones de la empresa.
Hace un mes, habría considerado esas restricciones una humillación diseñada por personas incapaces de comprender cómo funciona Hudson Capital, pero ahora leo el alcance completo antes de intervenir.
—¿Quién asumirá la revisión final de las operaciones que yo proponga? —pregunto cuando la presidenta del comité abre el turno de preguntas.
La directora ejecutiva interina me explica que los departamentos de inversiones y riesgos revisarán cada una de mis propuestas antes de enviarlas al consejo.
Pregunto quién tomará la decisión si ambos departamentos no están de acuerdo y qué información podré consultar para preparar mi trabajo.
Por supuesto, no intento negociar excepciones que me permitan seguir actuando como si todavía dirigiera la empresa.
Cuando analizan una operación pendiente, discrepo de la recomendación de retrasarla. Expongo el coste de esperar y entrego mis cálculos y al comprobar que lo que defiendo es la mejor opción la directora ejecutiva la revisa y decide mantener el aplazamiento.
—Creo que perderemos la oportunidad —advierto, cerrando el informe.
—Lo tendré en cuenta —responde ella, devolviéndome la carpeta—. Pero la decisión está tomada.
Asiento y permito que la reunión continúe.
Miles me está esperando en su oficina cuando la reunión acaba. Ha observado toda la sesión, aunque no dice nada del informe hasta que cierra la puerta.
—Estás aprendiendo a ceder poder —dice mientras deja su tableta junto al teclado.
—No me han ofrecido muchas alternativas —respondo, quitándome la chaqueta.
—Antes eso no te habría impedido intentar fabricarlas —replica Miles, apoyándose contra el escritorio.
No puedo negarlo. En Hudson Capital me resulta más fácil aceptar que otros tomen las decisiones porque conozco las posibles consecuencias y sé cómo medir los riesgos. Con Naomi es diferente: pensar que puede estar en peligro me impide actuar con la misma calma.
Le cuento a Miles el correo que recibió y las medidas que ha adoptado el periódico y él me escucha sin interrumpirme y, cuando termino, vuelve a sentarse.
—El protocolo parece adecuado para una amenaza sin autor identificado —concluye—. Cubrirá las entrevistas consideradas sensibles y los hoteles, pero no puede proteger cada traslado, cada comida ni todas las horas en las que trabaje sola.