Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 17 Naomi #2
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Capítulo 17 Naomi #2

Alistair rodea mi cintura y me guía hacia el dormitorio sin apartar la boca de mi piel. Esta vez los dos chocamos con la silla y varias prendas caen al suelo mientras escucho cómo se le escapa la risa.

—Autorización ampliada —le aviso mientras aparto la silla con una patada suave.

—Queda registrado —responde antes de volver a besarme.

Llegamos hasta la cama, me siento en el borde y tiro de él para colocarlo entre mis piernas. Después le desabrocho la camisa con él quieto y sin intentar acelerar mis manos, solo se limita a observarme mientras retiro la tela de sus hombros y apoyo los labios sobre su pecho.

Cuando me incorpora para quitarme el jersey, detiene los dedos en el borde de la prenda y espera a que lo mire.

—¿Sí? —pregunta.

—Sí —respondo, levantando los brazos—. Pero despacio.

Alistair me saca el jersey por la cabeza y lo deja a un lado.

Me desnuda con lentitud, como si dispusiéramos de mucho más que cuatro noches antes de mi viaje.

Sus manos se detienen cada vez que encuentran una porción de piel nueva para él y me conceden la posibilidad de acercarme o apartarme.

Yo también anhelo tocarlo, por lo que recorro su espalda, le desabrocho el cinturón y noto cómo contiene el aliento cuando cierro la mano alrededor de su sexo duro.

Alistair apoya la frente contra la mía, pero no intenta recuperar el control, simplemente me tumba con cuidado y me da un beso en el vientre.

Su boca desciende hacia el interior de mis muslos, más lenta que la primera vez, y cuando está a punto de continuar, hundo los dedos en su pelo.

—Ven aquí —le pido.

Alistair alza la cabeza.

—¿Quieres que pare?

—No, solo quiero verte.

Regresa sobre mí y apoyo una mano en su nuca para atraerlo hasta mi boca. Mientras lo beso, abro el cajón de la mesilla y saco un preservativo. Se lo entrego, pero cuando intenta abrirlo se lo quito de las manos.

—Yo también sé tomar decisiones —murmuro mientras rasgo el envoltorio con una sonrisa llena de intención.

—Nunca lo he dudado —responde Alistair, observándome.

Me ocupo de colocárselo y apoyo una mano sobre su pecho para empujarlo hasta dejarlo tumbado. Me siento sobre él y sus manos se posan en mis caderas sin intentar guiarme.

—¿Así? —pregunta mientras sus pulgares acarician mi piel.

—Así —confirmo.

Desciendo despacio y los dos dejamos de hablar.

Alistair cierra los ojos durante un instante, pero vuelve a abrirlos cuando empiezo a moverme.

No aparta la mirada de mí, ni intenta imponerme un ritmo.

Solo cuando tomo una de sus manos y la llevo hasta mi cuerpo, sus dedos empiezan a acariciarme.

El placer va creciendo sin prisa. Me inclino para besarlo y Alistair me rodea con los brazos, pegándome a su pecho hasta que apenas queda espacio entre los dos.

Cuando mis piernas comienzan a cansarse, nos hace girar con cuidado y se queda inmóvil sobre mí, esperando.

—No pares —susurro, acariciándole la nuca y alzando las caderas para buscarlo.

Alistair vuelve a entrar en mí con movimientos lentos y profundos.

Un instante después, escucho cómo pronuncia mi nombre junto a mi oído cuando mi cuerpo empieza a tensarse y mantiene el mismo ritmo hasta que el placer me obliga a aferrarme a sus hombros.

Él estalla poco después, con la frente apoyada contra la mía y la respiración entrecortada.

Permanece sobre mí unos segundos antes de apartarse.

Se ocupa del preservativo y regresa con un vaso de agua.

Esta vez lo acepto sin hacer ningún comentario sobre sus planes de contingencia y observo cómo se tumba a mi lado y levanta el brazo para que pueda acomodarme junto él.

Apoyo la cabeza sobre su pecho y escucho cómo se calma poco a poco el ritmo de su corazón.

No hablamos del lunes ni de las seis semanas. Tampoco necesitamos decidir qué significa que ninguno de los dos quiera dormir separado del otro.

A la mañana siguiente regreso de la cafetería de la esquina con dos cafés y encuentro a Alistair sentado frente al portátil. Lleva los pantalones de anoche y la camisa sin abrochar en el cuello. En la pantalla aparece el itinerario provisional que Rebecca me envió a las seis y media.

—No lo estoy modificando. Solo evitaba que el ordenador se apagara —dice alzando las manos en cuanto me ve entrar.

Dejo los vasos sobre la mesa y lo miro con desconfianza.

—Una defensa sospechosamente rápida —respondo, alzando una ceja.

Me siento a su lado y abro la lista de vuelos. Alistair se recuesta en la silla mientras comparo un trayecto directo que sale demasiado temprano con otro que incluye una escala absurda en Washington. Después paso a los hoteles y los traslados.

—Puedes decirlo —le concedo mientras giro el portátil un poco hacia él.

Alistair dirige la atención hacia mí en lugar de mirar la pantalla.

—¿Quieres mi opinión?

—Solo sobre los vuelos —aclaro levantando un dedo.

Él señala la primera opción sin tocar el ordenador.

—El directo te obliga a levantarte a las cuatro, pero llegarías con tiempo para preparar la entrevista de la tarde. Con la escala perderías casi cinco horas y dependerías de dos vuelos.

Observo de nuevo las dos opciones.

—El de las seis y diez, entonces.

—Sí, ese es el que yo elegiría—confirma Alistair mientras retira la mano.

Paso al alojamiento y cuando aparece un hotel situado a cuarenta minutos del lugar de la primera entrevista, veo cómo vuelve a contenerse.

—Los hoteles los gestiona el periódico —le recuerdo sin apartar la vista de la pantalla.

—No he dicho nada —responde recostándose un poco más en la silla.

—Estabas a punto —contesto mirándole de reojo.

—He respetado el límite acordado —replica, alzando las manos.

Tampoco dice nada sobre que varios de los desplazamientos los haré en taxi, aunque tampoco pregunta por la seguridad. En otro momento, esa falta de preguntas me habría parecido una estrategia, pero esta mañana sé cuánto esfuerzo le exige.

—No quiero que organices el resto —le digo mientras cierro la página del hotel—. Rebecca ya está coordinándolo con el equipo.

—De acuerdo —responde Alistair sin mirar otra vez la pantalla.

No discute ni intenta demostrar que podría hacerlo mejor. Su respuesta consigue que compartir la información deje de parecer el primer paso para perder el control sobre ella.

Antes de que se marche, envío el itinerario provisional a su teléfono y él baja la mirada hacia el bolsillo al notar la vibración.

—No te lo mando para que supervises mis desplazamientos —le advierto mientras cierro el portátil—. No puedes cambiar reservas, llamar a los hoteles ni organizar mi seguridad.

Alistair saca el teléfono, comprueba el archivo y vuelve a guardar el dispositivo sin abrirlo.

—Comprendido —asiente.

—Tampoco puedes pedirle a Miles que lo haga —añado mientras lo acompaño hacia la entrada.

—Miles ya no gestiona mi agenda —me recuerda al coger su abrigo de la silla.

—Eso no significa que hayas perdido su número.

Alistair se pone el abrigo, se guarda el teléfono en el bolsillo y se inclina para besarme.

—La información permanecerá exactamente donde la has puesto —promete contra mis labios.

Asiento y abro la puerta. Por primera vez, incluirlo en mis planes no se parece a entregarle una parte de mi independencia.

Espero hasta que veo cómo se cierran las puertas del ascensor antes de regresar a la mesa.

El ordenador continúa abierto junto a los cafés y, en una esquina de la pantalla, aparece la notificación de que acabo de recibir un mensaje nuevo.

Al abrirlo, compruebo que el nombre del remitente está formado por una sucesión de letras y números.

El asunto contiene mi nombre. Así que, sin esperar, abro el correo.

Las primeras líneas contienen insultos y una advertencia: debo rechazar la investigación y dejar de hacer preguntas.

Debajo hay una fotografía adjunta, en la que aparezco frente a mi edificio con los dos cafés en la mano.

Llevo la misma ropa que ahora y el cabello recogido.

La imagen ha sido tomada desde la acera de enfrente hace menos de una hora.

El miedo me encoge el estómago, pero no cierro el mensaje. Guardo una copia, descargo la cabecera completa y lo reenvío al responsable de seguridad del periódico, que me llama cuatro minutos después.

—No respondas ni borres nada —me indica en cuanto descuelgo—. Vamos a comprobar el origen y conservaremos todos los registros.

Me siento frente al ordenador mientras él me explica las medidas que activarán antes del viaje: tendré un acompañante en las entrevistas más delicadas, estableceremos horarios de contacto,

dispondré de un número de emergencia y revisarán los hoteles antes de mi llegada y si recibo otra amenaza concreta, informarán de inmediato a la policía.

—De acuerdo con todo —respondo mientras vuelvo a mirar la fotografía—. Avísame en cuanto descubráis algo.

No me molesta estar protegida cuando sigo siendo yo quien decide cómo y por quién.

Después de colgar, abro la conversación con Alistair.

Podría reenviarle el correo y contarle las medidas que ya están en marcha.

Pero mi dedo permanece sobre la pantalla durante unos segundos, hasta que al final bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo.

Me digo que esperaré hasta conocer el origen del mensaje, porque no sirve de nada preocuparlo sin disponer de más información.

La verdadera razón es menos razonable: ya he decidido cómo reaccionará y prefiero impedirle cualquier posibilidad de intervenir.

Cierro el ordenador con el correo guardado dentro y no puedo evitar pensar en que hace menos de una hora le he exigido que me permita participar en las decisiones que nos afectan a los dos, pero ahora soy yo quien decide cuál de las mías le doy derecho a conocer.