Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 17 Naomi
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Capítulo 17 Naomi

Alistair continúa mirándome después de reconocer que no entiende qué esperaba que dijera. Tengo la tentación de responderle delante de todos, pero las palabras se me quedan atascadas detrás del orgullo.

—Nada —murmuro mientras suelto la servilleta—. No esperaba nada.

Es mentira y Diana, que me observa desde el otro lado de la mesa, pero se limita a beber un sorbo de vino y deja que vuelva la conversación, lo sabe.

Elara me pregunta cuándo empezaría la investigación, Amara quiere saber si escogeré yo a los periodistas locales y Elsie dice que seis semanas pasan rápido. Respondo sin mirar a Alistair, aunque noto su atención sobre mí.

—¿Ya habéis tenido vuestra primera discusión oficial? —pregunta Dorian mientras hunde la cuchara en el postre de Elsie, aunque ella le aparta el plato antes de que le robe otra cucharada.

—No estamos discutiendo —respondo.

—Entonces esto es mucho más incómodo de lo que parecía —concluye Dorian.

—Tampoco mantenemos una relación lo bastante seria para tener discusiones oficiales —aclaro mientras cojo mi bolso.

Alistair ya ha oído esa frase una vez esta noche, pero ahora no consigue disimular lo que le provoca, porque se le tensa la mandíbula y baja la vista hacia su plato antes de recuperar la expresión tranquila que utiliza para que nadie sepa qué está pensando,

aunque no siento la satisfacción que esperaba.

—Mañana tengo que madrugar —digo mientras me pongo en pie—. Disfrutad del postre.

Me despido antes de que Diana pueda detenerme, aunque cuando llego al guardarropa, oigo una silla moverse a mi espalda. No necesito volverme para saber quién me sigue.

Al salir a la calle con el abrigo todavía abierto, el aire frío me golpea y camino hacia la esquina mientras intento pedir un taxi desde el teléfono, pero Alistair me alcanza antes de que la aplicación encuentre un conductor.

—Naomi, espera —escucho que me llama.

Me detengo junto al escaparate de una joyería cerrada y me abrocho el abrigo sin mirarlo.

—No hacía falta que te marcharas de la cena.

—Tú tampoco tenías que hacerlo —responde mientras se coloca frente a mí—. ¿Qué ocurre?

—Nada. Estoy cansada.

Alistair se queda en silencio, mientras la luz de los faros de un coche recorre su rostro y, cuando vuelve a quedarse en la sombra, continúa observándome.

—Acordamos decir la verdad cuando uno de los dos quisiera marcharse —me recuerda.

—Me he marchado de una cena, no de tu vida —le aclaro.

—Entonces dime por qué.

Un taxi se detiene a unos metros de donde estoy. Supongo que podría subir y enviarle después un mensaje mejor redactado, pero solo convertiría mi cobardía en el cumplimiento técnico de uno de nuestros compromisos.

—Porque esperaba otra respuesta —admito al fin.

—¿Querías que te pidiera que rechazaras la investigación? —me pregunta frunciendo el ceño.

—No. Si lo hubieras hecho, probablemente habría aceptado solo para llevarte la contraria.

—Eso parece poco práctico.

—No estamos hablando de mi capacidad para tomar decisiones prácticas.

—Entonces no entiendo qué respuesta querías que te diera.

Aprieto el teléfono con la mano. Resulta absurdo que haya sido capaz de contarle cosas mucho más dolorosas para mí y, sin embargo, me cueste tanto decirle esto. Así que respiro hondo, cojo aire y me lanzo.

—Quería saber qué sientes ante la posibilidad de que me marche seis semanas.

Alistair abre la boca, pero tarda en responder.

—Es una oportunidad importante —me dice tras unos segundos.

—Eso es una opinión. Te he preguntado qué sientes.

La frase lo deja inmóvil. No puede responder con vuelos, horarios ni argumentos y, por primera vez desde que nos hemos marchado del restaurante, deja de buscar una solución correcta.

—No quiero que te marches —dice finalmente—. Voy a echarte de menos y seis semanas me parecen demasiado tiempo.

—Podrías haber empezado por ahí.

—No sabía cómo decirlo sin que pareciera que esperaba que renunciaras —explica mientras mete las manos en los bolsillos del abrigo—. Si te decía que no quería pasar seis semanas sin verte, convertía mi deseo en algo que debías tener en cuenta antes de decidir.

—Quería tenerlo en cuenta —aclaro mientras guardo el teléfono en el bolso—. No para pedirte permiso, sino para saber qué supone esto para los dos.

Alistair me observa durante unos segundos y noto cómo la tensión de su mandíbula disminuye, aunque la preocupación continúa en sus ojos.

—Preferiría que te quedaras en Manhattan —admite con las manos todavía hundidas en los bolsillos del abrigo—. Pero también sé que debes aceptar la oferta.

—Eso sí era lo que esperaba oír —admito mientras doy un paso hacia él.

Alistair arquea una ceja, aunque en su expresión ya no hay ni rastro de tensión.

—Podrías haberme preguntado directamente qué sentía —responde.

—Y habría sido útil que fueras capaz de admitir que vas a echarme de menos sin necesitar que te interrogara, ¿no? —replico cruzándome de brazos.

Alistair inclina la cabeza y acepta el golpe sin intentar defenderse.

—También es cierto.

Un taxi pasa junto a nosotros y levanta una ráfaga de aire frío, por lo que me ajusto mejor el abrigo antes de continuar.

—No he aceptado porque quería hablar contigo primero. No necesito tu autorización, pero estar fuera seis semanas afectará a lo que tenemos. A estas alturas, fingir que no formas parte de mi vida sería otra forma de mantenerte fuera.

—¿Quieres hacerlo? —pregunta Alistair sin apartar la mirada de mí.

—Sí —confirmo asintiendo con la cabeza.

Él respira hondo y mira un instante hacia el tráfico antes de asentir.

—Entonces quiero que lo hagas —dice cuando vuelve a mirarme—. Aunque preferiría tenerte aquí.

La sinceridad de su frase elimina lo poco que queda de mi enfado.

—¿Qué necesitas para que la distancia no se convierta en otra manera de desaparecer? —pregunto mientras descruzo los brazos.

Alistair tarda unos segundos en responder, porque mi pregunta parece haberlo sorprendido más que la noticia del viaje.

—Quiero hablar contigo cuando tengas tiempo —contesta al fin—. Y verte si en algún momento quieres que viaje hasta donde estés.

—¿Sin llamadas programadas cada noche? —pregunto inclinando la cabeza.

—Sin llamadas programadas —confirma, asintiendo.

—¿Y sin exigir mi ubicación en tiempo real?

Alistair frunce el ceño y se lleva una mano al pecho.

—Considero ofensivo que creas necesario preguntarlo.

—Es mejor dejarlo claro —replico, incapaz de contener una sonrisa.

La comisura de su boca se eleva y rompe por fin la tensión de su expresión.

—No voy a preocuparme ni a intentar averiguar qué ocurre cada vez que tardes en responderme —promete Alistair mientras acorta un poco la distancia entre nosotros—. Pero, si necesitas estar sola, dímelo.

—No utilizaré el trabajo como excusa para dejar de hablarte —respondo.

Nos quedamos frente a frente bajo la luz del escaparate y no añadimos más condiciones. Unos segundos después, saco el teléfono y llamo a Rebecca antes de que alguno de los dos intente convertir la conversación en un acuerdo de cuarenta cláusulas.

—Acepto —le digo en cuanto responde mientras miro a Alistair—. Envíame el itinerario y la composición del equipo.

Rebecca me confirma que saldré el lunes y me advierte que dormiré poco durante las próximas seis semanas. Cuando termina la llamada, guardo el teléfono en mi bolso y alzo la mirada para mirarlo directamente a los ojos.

—La primera ciudad es Chicago.

Alistair mantiene una mano en el bolsillo, donde sé que tiene guardado el móvil.

—Chicago —repite mientras asiente despacio.

No saca el teléfono ni abre su calendario para comprobar vuelos, hoteles o fechas. Para cualquier otra persona, el gesto no significaría nada, pero para él, se parece bastante a la confianza.

Regresamos andando a mi apartamento. Al entrar, Alistair tropieza con la silla cargada de ropa que bloquea el acceso al dormitorio y se golpea la espinilla contra una de las patas.

—Por lo visto, ha dejado de ser una amenaza teórica —se queja mientras se frota la pierna y mira la silla con mala cara.

—Te advertí que era sensible a las críticas —respondo cerrando la puerta y dejando mi bolso sobre el mueble de la entrada. —Además, en esta casa, los muebles se apoyan entre ellos —explico con absoluta seriedad.

Se agacha y acerca una mano al respaldo, pero se detiene antes de tocarlo.

—¿Puedo apartarla?

La pregunta termina de deshacer el enfado que me quedaba y me apoyo contra la pared para quitarme los zapatos.

—Te concedo una autorización temporal.

Alistair mueve la silla lo necesario para quitarla del paso y se incorpora. Quedamos frente a frente en mitad del pasillo, tan cerca que su abrigo roza el mío. La luz de la cocina llega hasta nosotros, aunque deja una parte de su rostro en sombra.

—¿Quieres que me quede? —pregunta mientras busca mis ojos.

—Sí —respondo sin fingir que necesito pensarlo.

Alistair levanta una mano hacia mi cara, pero deja los dedos suspendidos a pocos centímetros de mi piel.

—¿Puedo besarte?

—Creía que estabas aprendiendo a interpretar instrucciones menos precisas —murmuro.

—Esta prefiero confirmarla.

Le sujeto las solapas del abrigo y tiro de él hasta que su boca queda muy cerca de la mía.

—Bésame —susurro sin dejar de mirarle a los ojos.

Alistair se acerca a mí despacio, me acaricia la mandíbula con el pulgar y me besa de forma lenta, pero profunda.

Mientras nos besamos aprovecho para quitarle el abrigo y lo dejo caer sobre la silla que acaba de apartar del paso.

Alistair contempla cómo dejo su abrigo y después vuelve a mirarme, aunque, por suerte, no pregunta dónde lo he dejado.

—Ni una palabra —le advierto en un susurro al darme cuenta del reproche en su expresión.

—No he dicho nada —se defiende levantando las manos.

—Pero estabas a punto.

Lo beso antes de que pueda negarlo y le saco la camisa del pantalón. Alistair me quita el abrigo, lo cuelga con cuidado en el perchero.

—Esa diferencia de trato es deliberada —murmura mientras pasea con suavidad sus labios por mi cuello.

—Puedes presentar una queja mañana —respondo, inclinando la cabeza para dejarle más espacio.