Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 16 Alistair #2
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Capítulo 16 Alistair #2

—Esa pregunta carece por completo de tacto —señala Devon.

Pero Elara, a pesar de la crítica, se inclina hacia delante para escuchar mejor.

—Fingir que no queremos saberlo también carecería de sentido —suelta Elara volviéndose hacia él.

—Yo solo quiero saber quién rompió primero la promesa de que no volverían a besarse —interviene Dorian desde el otro extremo de la mesa.

Elsie le lanza una mirada de advertencia mientras acomoda la manta del cochecito.

—Hay un bebé presente.

Brock se inclina hacia el niño, que continúa dormido sin inmutarse por la conversación.

—No entiende nada. De hecho, es la persona más discreta de esta mesa.

—También es la única que todavía no ha hecho ninguna pregunta —añade Amara.

Después mira a Naomi con atención, dispuesta a cambiar de tema si la ve incómoda. Sin embargo, Naomi toma su copa y bebe un sorbo. Lo hace con una calma demasiado estudiada para engañar a nadie.

—Nos estamos viendo —admite al dejarla sobre la mesa—. Y eso es todo lo que vais a conseguir que diga.

—¿Desde cuándo? —pregunta Diana, aunque su sonrisa deja claro que ya conoce la respuesta.

—Desde que terminó la investigación —respondo.

Dorian se lleva una mano al pecho.

—Qué respeto tan escrupuloso por los plazos. Seguro que esperasteis hasta el minuto exacto en que se publicó el reportaje.

Naomi abre la carta y la levanta lo suficiente para ocultarse detrás.

—No pienso dar más información.

—Eso no ha sido un no —señala Dorian.

Elsie le da un golpe suave en el brazo.

—Déjalos respirar.

—Yo no estoy impidiendo que respiren. Solo intento reconstruir los hechos.

Max, que hasta ahora ha permanecido callado, deja el vaso y apoya los antebrazos sobre la mesa. Su atención se dirige hacia mí.

—Naomi no necesita que la protejas ni que organices su vida.

Antes de que pueda responder, ella baja la carta de golpe.

—Tampoco necesito que hagas advertencias en mi nombre. Si Alistair olvida lo que hemos acordado, puedo recordárselo yo.

—Retiro la advertencia —suelta Max levantando las manos y recostándose en la silla.

—Puedes conservar la amenaza —le concede Naomi—. Parece hacerte ilusión.

Diana se oculta de nuevo detrás de su copa para disimular la sonrisa, pero cuando nuestras miradas se cruzan, arquea las cejas y señala con un gesto apenas visible el libro que Naomi ha dejado junto a mí.

No necesito preguntarle cuánto tiempo lleva sospechándolo, porque probablemente lo supo antes que nosotros.

La llegada de una nueva botella de vino interrumpe las preguntas, aunque no las miradas. Elara intenta averiguar quién llamó primero a quién y Dorian propone una apuesta sobre cuánto tardaré en reorganizar el apartamento de Naomi.

—No voy a reorganizar nada —digo mientras el camarero sirve el vino.

Naomi me mira de reojo.

—Hoy has pasado tres veces junto a una silla llena de ropa y solo has sufrido un poco.

—He decidido no interferir en su compleja función textil.

—¿Lo veis? —Naomi señala hacia mí con la copa—. Está aprendiendo.

Las conversaciones se cruzan alrededor de la mesa y debajo de ella, la mano de Naomi encuentra mi rodilla. El contacto es breve, pero basta para que deje de escuchar lo que Dorian está diciendo.

—Entonces, ¿a partir de ahora os incluimos como pareja cuando organicemos las cenas? —pregunta Amara.

Los dedos de Naomi se detienen sobre mi pierna.

—No es una relación seria —aclara.

La frase llega acompañada de una caricia, como si quisiera suavizarla antes de apartar la mano.

Podría contradecirla, porque para mí, esto dejó de ser temporal antes incluso de comenzar.

Ocurrió cuando empecé a contar los días en los que no entraba en mi despacho y a notar su ausencia en cada habitación de mi apartamento.

Ahora sé que estoy enamorado de ella, pero decirlo delante de todos significaría imponerle una definición que todavía no ha aceptado.

—No hace falta cambiar nada —respondo mientras tomo mi copa—. Podéis seguir organizando las cenas como hasta ahora.

Naomi me mira y su expresión cambia durante un instante.

No consigo saber por qué, pero después aparta la mano de mi pierna y coge el tenedor.

Quiero decir algo, pero me callo. Respeto lo que acordamos, aunque esa no es la única razón, porque también tengo miedo.

Si le confieso que para mí esto ya no es temporal, quizá se sienta atrapada y decida marcharse.

Cuando llegan los postres, Dorian ya ha propuesto tres nombres para definir nuestra relación, aunque Diana le ha prohibido pronunciar dos de ellos delante del niño.

—El bebé sigue sin entenderte —protesta Dorian mientras roba una cucharada del postre de Elsie.

—Pero algún día lo hará —responde ella, apartando el plato de su alcance—. Y quiero retrasar ese momento todo lo posible.

El teléfono de Naomi se ilumina sobre el mantel, pero al ver el nombre de Rebecca en la pantalla, la sonrisa desaparece de su rostro.

—Tengo que contestar —dice mientras se levanta—. Ahora vuelvo.

La sigo con la mirada hasta que llega al vestíbulo. Allí habla de espaldas a nosotros, con una mano apoyada en la cintura. Al principio escucha sin moverse, pero después endereza la espalda y empieza a caminar de un lado a otro.

Regresa diez minutos más tarde con el teléfono todavía en la mano y algo distinto en la mirada. Intenta sentarse como si no hubiera ocurrido nada, pero Amara se adelanta.

—¿Va todo bien? —pregunta mientras se inclina hacia ella.

Naomi deja el móvil junto al plato.

—Rebecca quiere que dirija una investigación nacional sobre acuerdos de confidencialidad utilizados para silenciar a antiguos empleados.

Elara abre mucho los ojos.

—¡Eso es enorme! —exclama Amara con una sonrisa.

—Sí, pero también implica pasar seis semanas viajando por distintas ciudades —añade Naomi.

Las preguntas llegan de inmediato. Diana quiere saber cuándo empezaría, Elara pregunta por las ciudades, Amara por el equipo con el que trabajaría y Naomi responde una tras otra mientras gira la copa entre los dedos.

Nos cuenta también que todavía no conoce todas las fechas, pero trabajaría con periodistas locales y tendría acceso a recursos que el periódico rara vez concede.

La investigación podría convertirse en una serie de reportajes y tendría libertad para decidir hasta dónde llegar.

Evidentemente, no es necesario que diga que quiere hacerlo, porque se le nota en la rapidez con la que habla y en el brillo que aparece en sus ojos cada vez que explica una posibilidad.

—¿Has aceptado? —le pregunto cuando los demás le conceden un momento de silencio.

—Le he pedido unas horas para pensarlo —responde volviéndose hacia mí.

Mi mente empieza a trabajar antes de que pueda impedirlo.

Vuelos, hoteles, traslados y un servicio de seguridad que no interfiera en sus entrevistas.

Podría organizar los fines de semana, reservar billetes para reunirme con ella y convertir seis semanas de distancia en un calendario manejable…

También podría confesarle que la idea de regresar al ático y no encontrar su taza, sus libros ni su ropa fuera de lugar me resulta insoportable, pero contengo ambos impulsos.

Naomi dejó claro que ninguna decisión profesional estaría condicionada por lo que ocurriera entre nosotros. Por lo que si le digo cuánto deseo que se quede, podría convertir mis sentimientos en otra carga que deba valorar antes de aceptar formar parte de esta importante oportunidad.

—Deberías aceptar —digo apoyando las manos sobre mis rodillas.

Naomi deja de responder a una pregunta de Elara y se gira despacio hacia mí. La expectación que había en sus ojos desaparece.

—¿Eso es todo? —pregunta.

El resto de la mesa enmudece.

—Es una oportunidad importante —respondo mientras sostengo su mirada.

—Lo sé —contesta apretando los dedos alrededor de la servilleta.

—Entonces no entiendo qué esperas que diga.

Permanece inmóvil durante unos segundos. Después aparta la vista y dobla la servilleta sobre su regazo con una precisión impropia de ella.

Creo haber hecho lo correcto. No he intentado organizarle la vida, ni convencerla de que se quede, ni convertir lo que siento en una obligación que deba tener en cuenta. Por eso no entiendo la decepción que acaba de cruzar su rostro.

No se me ocurre que quizá Naomi no esperaba que decidiera por ella ni que intentara detenerla. Quizá solo quería saber si iba a echarla de menos.