Capítulo 16 Alistair
Cada mañana, al abrir el cajón de la mesilla, encuentro el cargador de Naomi entre mis cables. No está enrollado ni ocupa el lugar más práctico. Me planteo moverlo junto al enchufe que utiliza cuando duerme aquí, pero recuerdo su último mensaje y cierro el cajón sin tocarlo.
Durante las dos semanas siguientes, el cargador deja de ser el único objeto que demuestra que piensa volver.
Primero aparece una taza amarilla que no pertenece a ningún juego de la cocina.
Después, dos libros se instalan junto al sofá y una bolsa de café demasiado amargo para mi gusto ocupa espacio en un armario donde yo tenía todo ordenado por tamaños.
Naomi cambia la lista de música, cuelga tres blusas entre mis camisas y utiliza siempre la misma silla para dejar el bolso.
Esa silla permanece mal puesta junto a la mesa incluso cuando ella no está.
La verdad es que podría devolver la silla a su posición cada mañana, pero no lo hago, porque empiezo a comprender que el desorden no siempre es la consecuencia de un descuido.
A veces es la prueba de que alguien confía en encontrar sus cosas donde las dejó.
Naomi regresa al ático cuatro noches durante la primera semana y tres durante la segunda.
Ahora ya no necesita entrevistas, documentos ni una autorización de acceso para venir a casa.
Llama al timbre, aunque ya conoce el código del ascensor y entra con la misma naturalidad con la que cambia la música.
Todavía no sé cuánto durará, pero cada vez que oigo abrirse la puerta dejo de contar los días que podrían faltarle para marcharse.
El miércoles de la segunda semana llega pasadas las diez. Deja el bolso sobre la silla, se quita los zapatos en mitad del salón y abre el portátil antes de quitarse el abrigo.
—Has cenado —afirmo mientras observo la pantalla llena de anotaciones.
Naomi levanta la vista y frunce el ceño.
—Eso ha sonado menos a pregunta que a una acusación.
Su silencio dura lo suficiente para darme por respondido, por lo que saco el teléfono para pedir comida, pero me detengo antes de abrir la aplicación. Resolver ese problema sería fácil, pero preguntar qué necesita resulta menos eficiente, pero, por eso mismo, más importante.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto mientras dejo el teléfono sobre la mesa.
—No lo sé —responde Naomi, y vuelve a mirar el documento como si allí pudiera encontrar la solución a lo que sea que le suceda.
Hace un mes habría considerado esa respuesta inútil. Sin embargo, ahora intento no llenar su cansancio con una decisión mía.
—Puedo pedir algo de cenar —empiezo mientras me siento frente a ella—. Puedo escucharte, dejarte trabajar, marcharme a otra habitación o quedarme sin hablar. También puedo preparar café, aunque a esta hora lo considero una elección cuestionable.
Naomi apoya la cabeza contra el respaldo del sofá y me estudia.
—¿Cuánto tiempo llevas ensayando esa lista? —pregunta alzando una ceja al mirarme.
—No la he ensayado —me giro para mirarla.
—Has ordenado las opciones de mayor a menor intervención.
—Ha sido involuntario —contesto alzando las palmas de las manos a modo de disculpa.
—Eso lo hace más preocupante…
Cierra el portátil, pero mantiene un dedo entre la pantalla y el teclado.
—Quiero tumbarme contigo mientras termino unas notas —decide—. Sin conversación, sin comida y sin que leas por encima de mi hombro.
—Puedo cumplir dos de esas condiciones con facilidad.
—Las tres, Alistair —insiste alzando el dedo índice de su mano derecho.
Me muevo hacia un lado y ella se tumba a lo largo del sofá con la cabeza sobre mi muslo. Vuelve a abrir el portátil, apoyándolo contra las rodillas flexionadas.
Durante casi una hora, Naomi escribe mientras yo continúo el libro que me recomendó, aunque de reojo veo que de vez en cuando borra una frase con más violencia de la necesaria o mueve los pies debajo de un cojín para calentarlos.
No intento leer sus notas, ni recordarle que sigue sin cenar.
Mi única intervención consiste en sostenerle el portátil cuando cambia de postura.
Después de un rato, guarda el documento y deja el ordenador en el suelo.
—No has intentado arreglarme —murmura Naomi sin levantar la cabeza de mi muslo.
Cierro el libro y bajo la mirada hacia ella.
—Estabas cansada, no estropeada —respondo mientras dejo el ejemplar sobre el brazo del sofá.
Naomi abre los ojos y con la mano que descansaba sobre su vientre busca la mía y enlaza nuestros dedos.
—Eso ha sido casi perfecto —dice mientras acaricia mis nudillos con el pulgar.
—¿Casi? —repito, incapaz de ignorar la precisión.
—Lo era hasta que has necesitado saber por qué no —me dice con una sonrisa cansada en los labios.
Cierro el libro. Naomi entrelaza los dedos con los míos y vuelve a cerrar los ojos. No necesita que elimine su cansancio, sino que esté a su lado, sin más pretensiones.
Permanecemos así hasta que su respiración se calma.
Cuando la siento más relajada, le pregunto si quiere ir a la cama, pero responde que todavía no y se acomoda mejor sobre mi pierna.
No insisto, a pesar de que su portátil se queda en el suelo y ninguno de los dos ha cenado, pero esta noche no importa.
No obstante, he de reconocer que permanecer a su lado sin intentar solucionar nada me cuesta más de lo que esperaba.
También paso varias noches en su apartamento. La primera vez, me encuentro con una silla cargada de ropa que bloquea la entrada al dormitorio y tres libros forman una torre inestable junto al sofá, aunque me contengo para no colocarlos en su lugar.
—Puedes respirar —dice Naomi desde la cocina al verme detenido frente a una silla cubierta de ropa—. No va a atacarte.
La rodeo para llegar al sofá.
—Está bloqueando el paso.
Naomi aparece con dos tazas y me ofrece una.
—Está haciendo su trabajo: guardar la ropa que no está lo bastante sucia para lavar ni lo bastante limpia para volver al armario.
—No sabía que amontonar ropa contara como una función.
La cafetera suelta un ruido extraño y escupe varias gotas sobre la encimera, aunque yo solo me limito a observarla.
—No la mires así —me advierte Naomi mientras limpia el café con un paño—. Es sensible a las críticas.
Me acerco para examinarla.
—Puedo arreglarla.
Alargo una mano hacia la cafetera, pero me detengo antes de tocarla.
—¿Quieres que la arregle?
Naomi deja el paño y alterna la mirada entre la máquina y yo.
—Todavía no. Hace un café horrible, pero llevo seis años con ella. Necesito prepararme para descubrir que solo había que apretar un tornillo.
—De acuerdo. No sacaré el destornillador hasta que me lo pidas —respondo dando un paso atrás y alzando las manos.
Naomi estrecha los ojos, aunque no consigue ocultar una sonrisa.
—Tu evolución empieza a preocuparme.
Trabajo durante una hora, respondiendo al cuestionario que los auditores me han enviado a través de mis abogados, desde una mesa que se inclina cada vez que apoyo los brazos.
Podría estabilizarla poniendo un trozo de cartón bajo una de sus patas, pero, en lugar de eso, aprendo a compensar el movimiento con la rodilla.
Cuando llega la cena, Naomi coloca las cajas sobre la mesa baja y se sienta en el suelo.
—Hay una mesa —señalo.
—Hay un sofá —replica mientras me ofrece unos palillos—. Intenta vivir peligrosamente.
Cenamos con los platos apoyados sobre las rodillas, pero una gota de salsa cae sobre mi pantalón. Cuando Naomi lo ve, sonríe con una satisfacción desproporcionada.
—No es una catástrofe —le advierto antes de que pueda decir algo.
—No, pero me gustaría conservar este momento en mi memoria para recordarlo de vez en cuando.
Más tarde, saca una caja del estante inferior de la librería que contiene fotografías, entradas de teatro y varias postales dobladas en las esquinas. Se sienta a mi lado y encuentra una imagen de Daniel en una playa, con unos pantalones remangados y una Naomi adolescente subida a su espalda.
—Mi padre odiaba la arena —explica mientras alisa una esquina—. Se pasó todo el día diciendo que habría arena en el coche, en la casa y probablemente en su testamento.
Ambos nos reímos y a continuación me enseña otra fotografía. Daniel aparece dormido sobre una mesa, rodeado de carpetas, y Naomi sostiene detrás de él un folio donde ha escrito abogado del año.
Podría analizar la diferencia entre ese hombre y el socio que conocían los demás.
También podría decirle que su exigencia profesional quizá fuera otra forma de cuidarla, pero no hago ninguna de las dos cosas.
Simplemente me limito a escuchar mientras recuerda cómo cantaba mal al conducir, las llamadas que nunca dejaba sin responder y la última discusión que tuvieron por un viaje que ella aceptó sin consultarle.
Cuando guarda la fotografía, apoya la cabeza contra mi hombro y yo continúo mirando la caja abierta y dejo que el peso de su cuerpo se acomode contra el mío.
Dos días después, Naomi y yo intentamos llegar por separado al Lumière, porque hemos quedado con los chicos.
Yo entro a las ocho en punto y ella aparece siete minutos más tarde con el libro que estoy leyendo bajo el brazo.
Se lo llevó anoche después de quitármelo de las manos porque, según ella, pasar de página mientras me hablaba constituía una falta de respeto.
Cuando la veo cruzar el restaurante, aparto la silla libre a mi lado, pero cuando deja el bolso en el respaldo recuerdo que habíamos decidido no anunciar nada y chasqueo la lengua al darme cuenta de mi metedura de pata.
Diana sigue mi movimiento desde el otro lado de la mesa y por el rabillo del ojo observo cómo sonríe antes de dar un trago a su copa.
El camarero se acerca mientras Naomi toma asiento.
—¿Agua con gas, sin hielo, y el risotto? —le pregunto antes de que pueda abrir la carta.
Naomi deja el menú junto a mi plato y me mira con los ojos entrecerrados.
—Pensaba pedir pescado.
—Nunca pides pescado aquí.
—Hoy podría haber cambiado de opinión, ¿no? —replica mientras despliega la servilleta sobre su regazo.
—¿Has cambiado de opinión?
Naomi echa un vistazo a la carta que ha vuelto a coger.
—No, pero me molesta que ya tengas suficientes datos para saberlo.
Elara deja los cubiertos sobre el plato y pasea la mirada entre los dos.
—¿Estáis juntos?